lunes, 15 de julio de 2019

A Toda Máquina



                                          
                                              A Toda Máquina

–¡Capitán, niebla a proa!
–¡Reduzca la velocidad!
–¡No responde el mando!
–¡Llama al cuarto de máquinas y que reduzcan la velocidad!
–¡No contestan! Voy a ver lo que sucede.
El Primer oficial se dirigió al cuarto de máquinas apresuradamente. Bajó las escaleras y se sorprendió al no ver a nadie. Caminó unos pasos por entre los dos potentes motores y se encontró con un mecánico tendido en el suelo. Lo movió con la punta del pie y no se movió. Le cogió el brazo y le tomó las pulsaciones. ¡Estaba muerto! Recorrió todo el cuarto de máquinas y todos, estaban muertos. Salió horrorizado y fue directamente al Puente de Mando. ¡El Capitán estaba muerto! Miró hacia la proa y observó como el buque entraba en una niebla espesa. Se dirigió con dificultad a las habitaciones de los tripulantes y a pesar de la escasa visibilidad, se dio cuenta que todos estaban muertos.
El barco navegaba a toda máquina por entre la niebla espesa y el único sobreviviente se encontraba en un pasillo sentado en el suelo. Tenía miedo. ¿Qué es lo que ha pasado?
De pronto recordó que dentro de treinta minutos llegarían a puerto. ¡Tenía que hacer algo! Corrió nuevamente al Puente de Mando. Con fuerza trató inútilmente de hacer girar el timón para cambiar el rumbo del buque, pero no respondía. Regresó al cuarto de máquinas. Tenía que apagar los motores. Cerró las llaves del combustible y se sentó sofocado, en el primer escalón de la escalera de salida. Sabía que cuando se terminara el combustible de la las tuberías y filtros, el motor se pararía y el barco se iría deteniendo paulatinamente. Los minutos pasaban y el barco seguía navegando a toda máquina. Miró por la escotilla y vio que la niebla se había disipado y la costa estaba próxima. Era imposible que los motores siguieran funcionando. Ni el reversible ni las válvulas de descompresión funcionaban. Cada vez más cerca la ciudad. Él podía salvarse tirándose al mar, pero la carga explosiva del buque  destruiría la mitad de la ciudad y la muerte de miles de inocentes. ¿Qué hacer? Llamaría por radio para alertar sobre la gravedad de lo que estaba ocurriendo. Subió de nuevo y comenzó a llamar por el radio. ¡Nada! ¡No funcionaba! Recostó su cabeza sobre el panel de mando. Esperando lo peor, comenzó a llorar como un niño. De pronto, sitió que los motores disminuían la velocidad y escuchó la voz del Capitán que le decía.
–¡Ordena ocupar los puestos de maniobra para el atraque!
No dijo nada. Cumplió la orden y comenzó la maniobra. El barco, suavemente se arrimaba al muelle. Los cabos se afianzaban a los bolardos y acto seguido, los motores se apagaron.

Ese día llegó a la casa, cansado y confundido. ¡Era tan real lo que había visto! No tenía nada de comer. La nevera vacía y casi todo caducado. Había estado seis meses navegando y atracado en varios puertos. Salió a la calle y se fue a un restaurant cercano. No era gran cosa, pero no tenía deseos de caminar lejos y tenía hambre.
Pidió una Lubina a la sal y ensalada. Fijó su vista en el televisor y estaban dando una noticia que lo horrorizó. Un barco con carga explosiva había impactado contra el muelle de un puerto en Asia. Se veían las llamas y los muertos por doquier. Comenzó a llorar como un niño. El mesero le preguntó si podía ayudarlo y señaló con el dedo al televisor.
        ¡Ah, sí! Eso ocurrió hace una hora aproximadamente. ¡Pasan cada cosas en este mundo! Vamos, cene que la Lubina está exquisita.


Autor: Pedro Celestino Fernández Arregui




viernes, 12 de julio de 2019

Los Prisioneros


        
   


   Cuento basado en una leyenda de Mallorquina                           

                                 
                                        Los Prisioneros

En un calabozo de Madina Mayurca se encontraban diez y seis hombres de distintas edades y de distintas profesiones. Habían cometido el delito de estar contra el dominio extranjero sobre su isla.
–¿Crees que Jaume I nos liberará? –preguntó un señor de barba y cabello blanco.
–¡Estoy seguro! –contestó un joven semidesnudo recostado a la pared.
–Quiera Dios que así sea. Quiero casarme con mi novia. Teníamos todo preparado. –manifestó otro joven abrazado a los barrotes de la puerta y observando el oscuro pasillo.
De pronto se escucharon disparos de cañón y soldados corriendo por el pasillo. Los prisioneros se pusieron todos de pie y se acercaron a la ventana para poder escuchar pues era imposible mirar por ella debido a la altura donde estaba situada.
En pocos minutos un grupo de soldados abrieron la puerta y les ordenó salir de uno en uno. Según salían, se ataban con cadenas en los brazos y en los pies. Todos los prisioneros esperaban lo peor. Fueron sacados y colgados de la Muralla que protegía la ciudad. Las intenciones podían ser que fueran asesinados por los propios atacantes o que se apiadaran de ellos y desistieran de atacar la Ciudad.
–¡No llores! –le decía un prisionero colgado a su derecha
–No lloro por mí. Lloro por Juana. ¡Estaba tan ilusionada con nuestra boda!
–Tengo dos niños de dos y cuatro años. ¡Como sufrirán al saber que su padre no regresará jamás!
–¡Recemos! Sabemos que nuestra suerte está echada. Pidamos a Dios que Jaime I logre liberar la ciudad. Al menos, serán libres os demás.
Las tropas de los atacantes se acercaban con valentía y llenaba de orgullo a aquellos prisioneros que colgaban de la muralla. Otros, con los ojos cerrados, esperaban la muerte. Una muerte horrible a manos de sus propios libertadores.
Después de un tiempo sufriendo esa tortura vieron como sus opresores izaban la bandera blanca y se rendían.
En cuestión de minutos fueron liberados los prisioneros. Todos agradecieron a Dios estar vivos. ¡Ninguno había sido alcanzado por los disparos!
El encuentro con sus familiares y amigos fue conmovedor. El joven estuvo largo rato besando a su novia, el padre abrazado a sus hijos lloraba como un niño. Algunos no tenían a nadie que os recibiera pero llevaban en su rostro la marca de la felicidad.

(Madina Mayurca fue el nombre que tenía Palma de Mallorca cuando estaba ocupada por los musulmanes)

Pedro Celestino Fernández Arregui






El Sumiciu


        
                                             EL SUMICIU

 Hace muchos años fui a visitar un pariente lejano que vivía al sur del Principiado de Asturias, cerca de la provincia de León en la Comunidad autónoma de León-Castilla la Mancha. Habíamos salido de Madrid y pasado por Valdevimbre, al sur de la provincia de León, Asturias. Quería conocer las famosas bodegas que forman innumerables montículos de tierra que recuerdan, en cierto modo, la vivienda de los teletubbies, el programa producido por la BBC y dirigido a los niños, la ciudad de León con sus iglesias y catedrales, principalmente la catedral de León, de estilo gótico, que data del siglo XIII y destaca por sus torres y arbotantes y la basílica románica de San Isidoro, del siglo X, muy conocida por sus frescos y tumbas reales.
De León fuimos hasta Caín donde los senderistas inician la famosa Ruta de Cares, la mas importante de los Picos de Europa. Luego, por carretera llegamos a Cangas de Onis, capital del Reino de Asturias hasta el año 774. Fue en esta ciudad donde el Rey Don Pelayo emprendió acciones contra el norte de España como único foco de resistencia y en el año 722 fue vencedor en la famosa Batalla de Covadonga donde venció a las fuerzas musulmanas.
En este consejo vivía mi primo al que no veía desde que éramos pequeños. Vivía en el campo porque había sido su pasión de toda la vida. Cuidar de los animales, sobre todos las vacas y los cerdos. También le encantaba el frio y era feliz cuando aquellos campos se cubrían de nieve.
Llegamos al mediodía. Nos dimos la mano, los abrazos y entre sidra y sidra comenzamos a recordar nuestra niñez allá en el caribe. Nos enseñó nuestra habitación y luego de acomodar un poco las cosas me invitó a recorrer los verdes prados mientras mi esposa se quedó charlando con la suya. Me brindó manzanas y peras arrancadas de sus respectivos árboles frutales.
Llegamos casi a la hora de cenar y muy cansados, al menos yo que no me bajo del coche ni para recorrer cien metros. Nos duchamos y cuando salimos del dormitorio, la mesa se encontraba lista para cenar. Lo primero, un pastel de cabracho seguido de una fuente con un potaje preparado con  las exquisitas fabadas asturianas. Luego unos exquisitos cachopos. Todo acompañado con buenos embutidos, ensaladas y la buena sidra. Para terminar una exquisita Tarta de la Abuela asturiana.
Esa noche dormimos como si nos hubieran dado somníferos y nos levantamos tarde. Lo primero que hago al vestirme es ponerme el reloj, pero en esta ocasión lo dejé para último pues no lo veía y no lo vi. ¡El reloj había desaparecido! Lo comenté con mi mujer y ésta me dijo que no encontraba sus pendientes que se los había quitado para limpiarlos. Me extrañó enormemente y no podía pensar en el pariente porque su honradez era su distintivo desde siempre.
Cuando nos sentamos a desayunar comenté la desaparición de las prendas. Se rio y movió la cabeza a ambos lados.
–­Esto ye cosa del Sumiciu –me dijo riéndose.
–¿Qué dices? ¿Quién es ése?
–Es como un duende que hace desaparecer las cosas.
–¿Y tú crees en eso? ¿Lo has visto?
–¡Es invisible!
–¡Escucha, primo! Sabes que allá teníamos el Güije y nosotros le teníamos terror pero supimos que era una leyenda.
–Sí, pero nunca se supo que le hiciera nada a los niños, pero este duende si hace desaparecer las cosas y tú mismo as sufrido su mal proceder.
No quise discutir más con él y no hablamos en todo el día del asunto. Nos acostamos tarde, pero yo no tenía sueño. Pasada la media noche escuché un ligero ruido. Puse atención y sentí como que alguien abría la maleta. Con cuidado pude coger el móvil y encender la linterna del mismo. Me quedé tieso. Mi corbata insignia, la que mas me gustaba y usaba, flotaba a unos treinta centímetros del suelo y como si volara salió de la habitación y yo tras ella. Subió la escalera y entró en el desván. Cuando entré no vi la corbata. Encendí la luz y tampoco. No estaba la corbata.
Al día siguiente le dije lo sucedido al primo y éste de nuevo con la misma risa me dijo lo mismo.
–El Sumiciu tiene otro “atributo”. Es capaz de hacer mal a las personas. Por eso te aconsejo dejar esos objetos por perdidos y ni mencionarlo.
Ese mismo día hicimos las maletas y nos fuimos. Allá dejamos a mi primo viviendo en paz con el Sumiciu.

Pedro Celestino Fernández Arregui.



miércoles, 10 de julio de 2019

Los Abuelos










 

                                          LOS ABUELOS
                                   
   Mis abuelos son lindos, sí, muy lindos. No porque me consientan ni me mimen. ¡Es que son lindos!  Yo me siento en las piernas de mi abuela y le paso mi dedo por sus arrugas, que parecen un mapa de carretera, y ella cierra los ojos y sonríe. Mi abuelo me hace cuentos muy lindos pero no de princesas sino de animalitos. ¡A mi me encantan! Es que los animalitos son muy lindos y mi abuelo dice que son inteligentes. Cuando salgo a pasear con él me enseña a conocer los árboles y las flores. El otro día, en el parque,  arranqué una flor y se la enseñé. Me regañó. Dice que las flores no se arrancan porque las estoy matando y creo que es verdad porque siempre se ponen tristes. Me dice que las flores son para contemplarlas y sentir su fragancia. Hay que cuidarlas como el me cuida a mí y también hay que cuidar a los animalitos.
  Disfruto mucho con mis abuelos. Y mi mamá también los quiere mucho. Si mi abuela tose enseguida le dice que hay que ir al médico. Le sirve la comida y hasta le canta canciones.
   Pero en el parque se sienta en un banco, un abuelo que siempre está muy triste. A veces mira al cielo y otras, se tiende en el banco con un bulto  como almohada. Dice mi abuelo que hay muchas personas que cuando llegan a una edad avanzada se vuelven invisibles y otros, crecen tanto que no caben en ningún lugar, como el señor del parque. No sé por qué lo dice porque yo lo veo del mismo tamaño que otros, Pero bueno, cuando mi abuelo lo dice, es verdad.
  Mañana es el cumpleaños de mi abuela y mi mamá le va a comprar una tarta y le va a poner velas con números, porque sino, son tantas que no caben en la tarta.  Le voy a decir a mi abuelo de llevarle un trocito al abuelo del parque. 



Autor: Pedro Celestino Fernandez Arregui









sábado, 6 de julio de 2019

La Ciénaga


                                          
                                                
                                              La Ciénaga

En Isla de Pinos existe la Ciénaga de Lanier, un humedal lleno de historias y de cocodrilos. A este lugar llegó una vez un joven en busca de la verdad.
        ¿Usted es Casimiro?
        Sí, soy yo. ¿Desea algo? –preguntó un señor de mediana edad, delgado, cabello muy negro y una amplia sonrisa. Calzaba botas de goma y de su cintura colgaba un machete.
        Quería hablar con usted. – el anfitrión dejó ver en su rostro un gesto de contrariedad y lo invitó a pasar al interior de su choza.
        ¿Ésta es su vivienda? – preguntó observando las paredes y techo de hojas de palma. Piso de tierra, una hamaca de una pared a otra, una mesa rústica de madera y algunos pantalones cortos y camisas descoloridas, colgando de un alambre paralelo a su hamaca. Una hornilla de hierro fundido sobre un soporte de madera. Un tronco de palma era la única silla.
        ¡Sí, éste es mi palacio. Diga lo que tiene que decir! Tengo que ir al monte a buscar algo de comer.
        ¿Dónde puedo encontrar a Pablo López?
Aquel hombre miró fijamente a los negros ojos del visitante. Luego pasó su mirada por su elegante ropa. Al cinto, un estuche de piel guardaba las gafas que hacían combinación con la piel de sus botas tejanas.
      –No sé de quién me hablas.
          Hace muchos años tu padre y tú, lo ayudaron cuando llegó aquí. Ustedes sabían que era un prófugo de la Justicia. No sabían si era un criminal o un político, pero lo ayudaron. ¿Dónde está?
    El hombre puso a hervir agua en la hornilla, previamente encendida mientras el joven lo seguía con la mirada. Salió al patio y regresó con un jarro pequeño de aluminio y se detuvo frente al rústico “fogón”.
        Suponiendo que yo supiera donde se encuentra, tendría que preguntarle cual es el motivo de su búsqueda.
     De una lata, cogió dos cucharas de café en polvo y lo vertió dentro de un embudo de tela sostenido por un soporte de madera. Luego le echó el agua hirviendo y el líquido negro caía en una lata de leche condensada vacía. De ahí, sirvió el café en otra lata similar y se la ofreció al visitante junto con un cartucho de azúcar y una cuchara. Luego se sirvió él y se sentó en la hamaca, frente al joven.
–Recuerdo a ese señor. Llegó muy cansado. Mi padre le dio comida y salieron rumbo a la ciénaga. Luego mi padre regresó solo. No sé mas nada.
–Tengo mucho dinero y desean que me digas la verdad para ir para tu bolsillo.
–Ese día, los seguí y fueron hasta un montículo que hay como a quinientos metros dentro del pantano. Allí mi padre tenía una cabaña como ésta para cuando iba a cazar. Al cabo de varios minutos, salió solo. Yo estaba escondido y no me pudo ver. Regresé y recuerdo que mi padre me dijo: “De esto a nadie”
        ¿Me puedes llevar al lugar?
–Sí, puedo llevarle, pero tendría que ser mañana. Pronto se hará de noche y la ciénaga de noche es peligrosa.
        ¡Bien! Mañana temprano estaré aquí Toma aquí tiene cien pesos como adelanto.


El hombre bajó del todoterreno y comenzó a caminar hacia la vivienda del campesino, situada a más de dos mil metros del camino.
–¡Buenos días!
El campesino estaba limpiando una piel de cocodrilo para ponerla a secar. Sin levantar la vista, contestó al forastero y siguió su labor.
–Puede entrar y tomar café. Lo colé hace poco.
–No se preocupe me gusta ver el campo.
El hombre comenzó a recorrer todo los alrededores de la choza. El terreno blando y poca vegetación. Algunas aves cruzaban el cielo rumbo al humedal. En una zanja, varios huesos de reptiles daban mal olor y algunas auras volaban en círculo sobre su cabeza a bastante altura.
–¡ Vamos! El camino es largo. Si lo desea puede dejar el dinero porque lo puede perder. No tengas miedo que nadie va a venir.
Aunque era muy temprano, el sol calentaba demasiado y el andar rápido le hacía sudar copiosamente. Después de varios minutos caminando, llegaron al borde del agua.
–Tienes que seguir detrás de mí. A los dos lados, es profundo. Si te desvías quedarás atrapado entre ramas, bejucos y “diente perro”. ¿Conoces el “diente perro”?
–Sí son esas piedras grandes de muchas puntas afiladas.
Llegaron al montículo y se detuvieron. Un enorme cocodrilo bloqueaba la entrada a la choza.
–No tengas miedo. Esa es Mamá Yaca. Lo más probable es que tenga el nido por aquí.
Desenfundó el machete y el cuchillo y comenzó a frotarlo. El sonido le recordaba al visitante, la música tradicional del Territorio, el Sucu Sucu. Ante su asombro, lentamente se fue desplazando el animal hasta sumergirse en las oscuras aguas. Entraron a la cabaña y pudieron percatarse que hacía mucho tiempo, nadie la visitaba.
El visitante, rodillas en tierra, removía el suelo con una rama en busca de alguna pista. Se levantó decepcionado y salió de la maltrecha choza. ¡El campesino, no estaba! Comenzó a llamarlo, primero en voz baja y después casi a gritos. ¿Cómo iba a regresar?
Se dio cuenta que aquel hombre lo había traicionado. No le importaba el dinero. Ahora, le importaba la vida. Se sentó en el suelo, recostado a la pared de la casucha, recordaba cuando su padre se enfrentó al hombre que abusaba de una anciana. En la pelea, el hombre resultó mortalmente herido y él, enviado a cumplir condena al Presidio de esta Isla. Logró escapar y se quiso refugiar en la Ciénaga.

Casimiro tenía todas las pieles listas para vender. Con el dinero de aquel forastero y la venta de las pieles podía montar un buen negocio. Pondría gente a cazar cocodrilos y sacarles la piel para vender a gran escala a las fábricas de confecciones de pieles. Estaba atando las cajas cuando escuchó una voz tras él.
–¿No se te olvida algo?
Se volteó y su rostro se puso blanco al ver al hombre que había dejado en la ciénaga a merced de los cocodrilos. Trató de desenfundar el machete cuando vio un revólver en la mano del hombre. Desistió y dejó en su lugar el afilado machete.
–¿Por qué deseabas mi muerte?
–No, no es eso. Pensé que te habías ido porque tenías miedo. –contestó Casimiro con voz temblorosa.
–¡No! Quisiste que muriera. ¿Por qué? ¡No me digas! Te contaré la historia real, no la contada por tu padre. Un día mi padre pasaba por frente a la casa de ustedes cuando escuchó gritos proveniente de su interior. Sin pensarlo, entró por la ventana y vio como tu padre le entraba a golpes a tu madre. Se enfrascaron en una dura pelea donde tu padre salió perdiendo. Con un fuerte puñetazo había caído al suelo y entonces quiso socorrer a tu madre sin saber que había muerto. Por todo el escándalo formado, llegó la policía y tu padre, ya en pie, acusó al mío de las lesiones y muerte de tu madre. Fue condenado a cadena perpetua, pero pensando que un día se podía descubrir la verdad vino contigo a esconderse en la ciénaga. Cuando mi padre se fugó del presidio trató de esconderse aquí. Tu padre lo encontró dormido debajo de una palma cana y cubierto con sus hojas. Sacó su machete y lo asesinó a sangre fría. Los cocos y patos pudieron hacerme llegar esa macabra historia, pero fue tu padre quien se lo confesó, en sus últimos minutos de vida al Doctor que lo atendía. A ti te contaría otra historia en la que mi progenitor era el malo. No me interesa.
Ramiro quedó mudo ante la revelación del joven y bajó la cabeza. El forastero le dio la espalda y salió caminando un poco aliviado a pesar de tener su ropa raída y sucia y sus pies descalzos.

Pedro Celestino Fernández Arregui













lunes, 1 de julio de 2019

El Arcoíris


                                                  

                                               El Arcoíris

Dicen que en una tierra lejana vivía un niño con su abuelo. Sus padres y hermano habían muerto en una guerra que le arrebató a su familia y a su infancia.
En su país de origen, nunca pudo disfrutar de muchas cosas lindas que a un niño le gustaría ver. Apenas podía jugar con su hermano dentro de la casa y siempre con el miedo enterrado en sus huesos. Por tales motivos en su país de acogida observaba todo y le parecía estar en otro mundo ¡Y lo era!
Un día observó por la ventana un hermoso arcoíris. Luego de estar extasiado, durante unos minutos, corrió a donde el abuelo.
¡Abuelo, abuelo! Hay un arcoíris. Es muy bonito. ¿Qué es?
–Te diré. – dijo el abuelo mientras se acomodaba las gafas– Hay quien dice que de donde sale el arcoíris existe un tesoro, otros que ahí comienza un mundo de fantasía, muchos dicen que es un fenómeno natural que se forma con el Sol y las gotas de agua y tu abuela decía que es un regalo del Señor para mostrarnos que no todo es blanco y negro. Decía ella, Dios la guarde, que aunque tengamos distintos colores, formamos un mundo de colores como el arcoíris.
–¿Y tú, abuelo, que crees?
Cuando quieres saber quién tiene la razón, busca la verdad.

Cierto día, el niño observó un hermoso arcoíris y sin decirle nada a su abuelo, salió corriendo con la idea de llegar hasta él. Por mucho que corría, no podía llegar hasta él. Mirando solamente a los colores del arcoíris, cayó en un pozo abandonado sin agua. Pensaba como salir de allí cuando vio entrar por la boca del pozo franjas de luces de colores que lo levantaron suavemente y lo trasladaron a lo alto del arcoíris. Desde allí todo le parecía hermoso. Los colores vivos abundaban y hasta el cielo, era de un azul intenso. De pronto, los colores comenzaron a hablar y decirle la importancia de ver todo lo que nos rodeas en colores, de como todos los colores unidos forman cosas maravillosas como el arcoíris, de la importancia de ver la muerte como algo natural, donde resalten los colores de las flores. Muchas cosas le dijeron de la importancia de los colores.

El abuelo desesperado buscaba a su nieto. Pensando en el interés mostrado por el arcoíris, siguió caminando en la dirección donde estaba el fenómeno natural. Después de mucho andar, el arcoíris desapareció. Tenía mucha sed y observó a pocos metros, un pozo. Bebería y luego lo seguiría buscando. Al inclinarse para ver el agua, se dio cuenta que estaba seco y en el fondo, el cuerpo del niño.

 Las brigadas de salvamento y los vecinos encontraron al día siguiente, los cuerpos sin vida del abuelo con su nieto. Desde entonces, en el pueblo que se comenta que siempre se ve el arcoíris hacia ese lugar.

Autor: Pedro Celestino Fernández Arregui







miércoles, 26 de junio de 2019

Amor, Deseo y Humillación






                                                      AMOR DESEO Y HUMILLACIÓN

   Alberto se sentía bien los domingos que acudían los reservistas a la Unidad Militar para recibir instrucciones y prácticas con las armas, porque esos días acudía Marcelo, un reservista de treinta y dos años, trabajador en un almacén de víveres, casado y con tres hijos de ocho, diez y trece años. Desde el primer momento se enamoró de él pero sabía que era un imposible.
   A Marcelo le gustaba aquel recluta de gestos delicados, amable, servicial y trabajador. De todos los reclutas del campamento, ése era el que apreciaba. Deseaba que su hijos fueran como Alberto y estaba seguro que el joven llegaría a ser un buen profesional en cualquier trabajo o un buen oficial si seguía en el ejército.
   Un día la Unidad fue movilizada y enviados a Angola. En el viaje hacia ese país, estuvieron en el mismo camarote y una vez en tierra siempre estuvieron juntos. Sin saberlo, Marcelo cada día y en todo momento era blanco de las miradas de Alberto. El amor que sentía por él crecía cada día que pasaban juntos.
   Los meses transcurrieron y los integrantes de la Unidad buscaban tener relaciones sexuales con las nativas, pero Marcelo decía, para satisfacción de Alberto, que él no se acostaba con mujeres desconocidas que pudieran transmitirle alguna enfermedad de transmisión sexual, tan común en aquellos años.
   Una vez, Alberto escuchó a Marcelo conversando con un compañero. Marcelo decía que tenía tremendo deseos de tener sexo a tal punto que era capaz de tener esa satisfacción hasta con un “maricón” y al joven le dio un vuelco al corazón.
Esa misma tarde, en el baño, Alberto consiguió estar cerca de Marcelo y como si fuera un descuido, rozó su glúteo por su pene. Pidió disculpa, pero pudo apreciar que el reservista había tenido una pequeña erección.
Por la noche, cuando todos dormían, el recluta se acercó a la litera de Marcelo y le dijo al oído que quería estar con él. Lo esperaría en unos matorrales junto a un aguacatero.
Marcelo se quedó mudo. Tuvo deseos de partirle la cara pero algo lo contuvo. Nunca había pensado que el joven era homosexual. En su cerebro varias ideas cruzaban su mente. Algunas lo incitaban a encontrarse con el chico, otros pensamientos le decían que el era un hombre y los hombres no se acostaban con homosexuales porque como decía la gente “el que apunta, banquea” Al final, pensó que nadie se enteraría y que iba a terminar con el “atraso” que tenía. Alberto iba hacer el amor con el hombre que hacía mucho tiempo deseaba y Marcelo se sentiría satisfecho sexualmente. Lo que ninguno de los dos imaginaron es que habían sido observado por otro soldado que regresaba a la Unidad después de haber tenido una cita con una chica.
A la mañana siguiente, las compañías formaron como lo hacían habitualmente. Una vez formados. El Jefe de la Unidad nombró a Marcelo y Alberto para que salieran de la fila y se pusieran a su lado.
Los dos se imaginaban el por qué y mas cuando vieron al Político situarse junto a ellos y dirigiéndose a la tropa, dijo:
–¡Compañeros, atiendan! Ha sucedido algo bochornoso que no puede ser permitido en nuestro glorioso ejército, un ejército heredero de las mejores tradiciones de valor y heroísmo. Un ejército forjado por hombres como Maceo contra los colonialistas, con hombres que se enfrentaron a los bandidos del Escambray, a los mercenarios de Playa Girón y en misiones internacionalista. Como vamos a permitir el homosexualismo entre nuestras filas. Estos dos –dijo dirigiéndose al reservista y al recluta– son “maricones” y eso es denigrar al ejército y a la Revolución. El Estado Mayor ha decidido enviarlos de regreso a Cuba. Mientras estén aquí, seguirán como hasta ahora pero dormirán en barracas distintas y se les prohíbe salir de noche. Podrán salir cuando les toque hacer la guardia que por supuesto no será el mismo día.
   Alberto estaba avergonzado por Marcelo. Había sido culpa de él, pero lo amaba. Por el contrario para Marcelo aquello había sido la vergüenza mas grande de su vida. Había sido humillado delante de todos. ¡Si se enteraban sus hijos!
   –Marcelo, tienes guardia en la parte trasera del campamento de doce a dos de la mañana.

   Todos dormían. De pronto, los soldados se despertaron al oir una ráfaga de disparos. Todos tomaron su fusil y acudieron a cubrir sus respectivos puestos de combate. No se escuchaba mas nada. Alguien les dijo que regresaran a sus albergues.
Por la mañana, Alberto lloraba desconsoladamente. La noticia sorprendió a todos. Marcelo había puesto su fusil en modo ráfaga y había apoyado el cañon en el pecho.
El reservista había muerto con el corazón destrozado.

En Cuba, una mujer y sus hijos lloraban, al recibir la comunicación de la muerte de Marcelo en combate.


Autor: Pedro Celestino Fernández Arregui