jueves, 23 de diciembre de 2021

Baila la Palmesana (poesía)


                                                           
                                                                       Baila la Palmesana

Lleva sus zapatos rojos

la licra bajo un vestido

y un sombrero colorido

quiere taparle los ojos.

 

En el piso, está a su lado,

Un bolso. Espera monedas

Pero  me da mucha pena

Verlo triste y desolado.

 

Una pequeña bocina

hace escuchar melodías

 Y un día tras otro día

sus vecinos, coinquilina.

 

Mueve  manos delicadas

Con suavidad y elegancia

repartiendo la fragancia

En dosis proporcionadas

 

Siente en aquel piso frío

Un escenario ideal

Ella tiene que bailar

Con elegancia y con brío.

 

Interpretando un bolero

Con cadencia en las caderas,

Su tristeza muy sincera

Con un tango arrabalero.

 

Sus manos se mueven solas

Las piernas son filigranas

la elegancia palmesana

Al ritmo de suaves olas.

 

 

El Sol, sin prisa, bajando

las monedas han caído

ella es un ser poseído

Que siempre sigue bailando

 

Al final, se ha detenido

No muestra cansancio alguno

¡Es fuerte el poder hembruno!

por eso se ha mantenido

 

 

Quizás regrese mañana

tal vez nunca la veré

Yo de nuevo allí estaré

 bailarina palmesana.

 

 

Autor: Pedro Celestino Fernandez Arregui

 

 

 

martes, 21 de diciembre de 2021

Atrapado


 

                                                   ATRAPADO

     Lo que le pasó a él le sucede a cualquiera y por eso no podemos desesperarnos ante un problema. Hay que analizar las cosas con calma, siempre y cuando tengamos cerebro para eso. El siguiente relato es una muestra de la desesperación que puede causar un episodio de nuestras vidas.

     Todas las tardes, poco antes del anochecer, se asomaba a la ventana de su habitación y se pegaba al cristal para ver mejor. Sabía que a esa hora, la joven se duchaba y luego se acostaba un rato a leer. La vio salir del baño desnuda, como siempre lo hacía, con una toalla envuelta en su cabeza para secar su cabellera. En realidad, el no miraba el cuerpo de la mujer como un deseo que pudiera tener sino, como una obra maestra de la naturaleza.  Sus ojos seguían todos los movimientos de aquella chica. Se había puesto una bata de dormir, se estuvo secando el pelo con el secador, luego cogió un libro de la mesita de noche y se puso a leer. El disfrutaba viendo sus gestos, al parecer, según lo que leyera. Tan absorto estaba que no se percató de que alguien se acercaba y cuando se dio cuenta, estaba encerrado. Era imposible entrar en el cuarto de la joven y ahora alguien, le había cortado la posibilidad de marcharse. Comenzó a tejer una serie de posibles culpable y consecuencias. ¿Por qué harían eso? ¿Me mataran? La mujer no podía hacerle nada porque ella estaba leyendo tranquilamente. Lo más probable es que el padre quisiera aplastarlo. Lo había visto varias veces en la carnicería donde trabajaba y no tenía compasión con nadie. El hacha y los cuchillos eran manipulados con rabia y al parecer disfrutaba ver sus manos llenas de sangre. También podía ser el hermano. Se reúne con delincuentes y asesinan perros como si fuera una gracia. Observó que la chica se había dormido. Se puso en un rincón a esperar lo peor, sin dormir nada y así amaneció. Un ruido lo despertó y entonces vio como la cortina metálica de la ventana se había abierto y salió volando del espacio entre el cristal y la cortina en la que había pasado  la noche. ¡Pobre moscón!

 

Pcfa

 

lunes, 20 de diciembre de 2021

Mi Adolescencia


 

 

MI ADOLESCENCIA

 

Tenía esa edad en que quieres ser adulto pero eres un niño, esa edad donde nos afeitamos para que nos salgan pronto la barba y el bigote, la edad en que queremos ser mayores y comenzamos a “probar” cosas de adultos como el alcohol o el tabaco, cuando no queríamos usar pantalones cortos o bombaches (muy de moda para los niños en mi época) y queríamos ir al cine para ver una película prohibida para 16 años, entre otras cosas.

En esa edad, nos enamorábamos por el rostro Era lo único que veíamos de las chicas. Los vestidos de la época escondían todo, aunque algunos modelos dejaban calcular el tamaño de los senos.

En esas condiciones, me enamoré de la hija de un ganadero de la zona. El señor, aunque era relativamente joven, tenía fama de tener más mala leche que un toro de lidia cuando sale al ruedo. Tenía miedo de que alguien le hablara sobre mi cortejo a su hija.

Estrella me dijo un día que su padre quería conocerme. Fue como si me dijeran que me iban a torturar, pero era peor si no asistía a su casa.

Le saqué brillo a los zapatos de tal manera que podía ver las espinillas en mi rostro. Me puse un pantalón largo planchado con sendos filos prominentes semejantes a las proas de un catamarán y una camisa blanca, también planchada que te obligaba a llevar el cuello tieso como todo un caballero de la Edad Media con su armadura. A esto hay que agregarle medio pomo de colonia distribuida por todo el cuerpo.

Llegué a la casa de Don Porfirio dos minutos antes de las cinco de la tarde, hora acordada. Me hizo pasar a un gran salón que hacía derroche de ostentación.

– Buenos días, joven.

– Buenos días, Don Porfirio

– ¿Usted fuma? –me preguntó ofreciéndome un tabaco enorme.

– No señor. Muchas gracias.

– ¿Bebe ron o vino?

– No señor, ninguna de las dos cosas.

– ¡Manuela! ¡Tráele jugo de mango al muchacho!

– Así que usted está enamorado de mi hija. ¿Cómo piensa mantenerla?

¿Mantenerla? ¿Cómo la voy a mantener? Pensé.

– Pues trabajaré –le respondí casi balbuceando.

– Le puedo dar trabajo limpiando los excrementos de las vacas en los establos.

¿Recoger mierda? Este hombre está loco. Tengo que decirle que sí. No tengo alternativa, meditaba.

– Pues lo haría muy a gusto, señor.

– También puedes trabajar con el veterinario recogiendo semen de los toros.

¿Cómo? ¿Masturbar a los toros? No lo podía creer.

– Sí, también lo haría. –lo dije como para que no me oyera.

– Mira muchacho, todavía le falta un poco para ser hombre. Cando tengas pelos en el ano, me vienes a ver. (Lo de pelos en el ano me lo dijo vulgarmente) Mientras tanto no quiero verte cerca de Estrella. ¿De acuerdo?

– Sí señor

Pasaron los años y había matriculado en la Universidad para estudiar Ingeniería Mecánica y un día, saliendo de la Universidad, un auto se detiene a mi lado y el copiloto baja el cristal tintado.

– ¿Tu eres Guillermo? ¿El que quería ser novio de mi hija?

– Si, Don Porfirio.

– ¿Ya te salieron los pelos?

– Sí, señor.

– Cuando lo desees puedes ir por la casa para que veas a Estrella, conocerás a su marido y sus cuatros hijos. Hasta luego. ¡Chófer, vamos! Diciendo esto último, subió el cristal de la puerta y el auto partió.

 

 

Pcfa