viernes, 6 de mayo de 2016

Jacinto y Futuro




                                                    Jacinto y Futuro



Todas las noches iba a casa de Pacheco a jugar a la lotería. Se reunían tres o cuatro vecinos para entretenerse en aquellas noches sin luz eléctrica. Repartían tres cartones para cada uno y de una bolsa, alguien comenzaba a leer el número estampado en la bolita. Jacinto no olvidará aquella noche. Había ganado veinticinco centavos pero su mayor satisfacción había sido la de escuchar los fantásticos cuentos de Pacheco sobre apariciones, fantasmas y espíritus. En aquel solitario paraje, en las noches sin luna, cualquier cosa podía parecer sobrenatural como, una “penca de guano” colgando de un árbol, una lechuza con su lúgubre canto, una vaca moviéndose entre los arbustos o simplemente el croar de una rana-toro. Pero aquella noche era mas oscura que ninguna. Él estaba acostumbrado a noches así y a veces con aguaceros torrenciales sin embargo presentía algo raro en la atmósfera y su instinto hizo que obligara a la bestia a trotar de prisa. De apronto, el caballo se detuvo. Un hombre y una mujer con un niño en brazos estaban en medio del camino.

— Buenas noches — saludó.

No contestaron. La mujer le extendió el niño, automáticamente lo tomó en sus brazos y se puso a contemplarlo. ¡Era un bebé hermoso! Alzó la vista para preguntarles a los padres sobre el niño, pero… ¡Habían desaparecido! Miró en todas las direcciones pero la visibilidad era escasa. El cielo se había cubierto de nubes negras y amenazadoras como preludio de una gran tormenta. Pensó que había sido un tonto. No tenía por qué haberlo cogido. ¿Qué hacía con él? En la casa tenía ocho pequeños que apenas podía alimentar.

Comenzaron a caer las primeras gotas de agua.  Se dirigió hacia un rancho abandonado en medio de una arboleda. No deseaba que el niño se mojara. Depositó al niño en una tabla apoyada en la pared y se puso, en la puerta del pequeño rancho, observando como corría el agua. Su mujer había muerto de tuberculosis y desde entonces había tenido que trabajar muy duro cortando cañas, en canteras de piedras, en fin, en cualquier cosa. Llegar a la casa arrastro sus pies con dolores en todos los huesos y preparar la comida para los mas pequeños, lavarle las ropas  y eso que los mayores ayudaban pero eran niños también.

— ¿Qué nombre le pondré?

— Me llamo Futuro — se volteó al escuchar aquella voz y se quedó paralizado.

Frente a él se encontraba un joven alto, fuerte de largo cabello. Sonrió y mostró unos colmillos espeluznantes y ante sus ojos, se fue transformado en un perro salvaje.

Cuando volvió en sí, el perro había desaparecido y corrió a contar lo sucedido. Nadie le creía, excepto Pacheco quien le dijo: “Ocurren sucesos en nuestras vidas que nos dicen, en un lenguaje místico e irreal, cual va ser nuestro futuro. No podemos descifrarlo porque estamos muy pegados a la realidad. Sucede que según van sucediendo nos sorprende o simplemente es como si supiéramos lo que iba a acontecer”

Los años pasaron velozmente por encima de Jacinto doblándole la espalda y surcando su piel con profundas arrugas. Cada semana un hijo se despedía de él y en pocos meses, todos se   marcharon. Quedó platicando con la soledad y jugando con los pensamientos. Nadie lo visitaba en su destartalado bohío. Pensaba en su lucha diaria para sobrevivir. Ahora, muy viejo, nadie se acordaba de él, ni siquiera sus hijos que no supo mas de ellos.

Un día, apoyado en un palo de guayabo, se acercó a la ventana y observó un hermoso perro. Salió, se le acercó y tomó en sus manos una chapa impresa colgando del collar del animal. Decía: Futuro. Lo invitó a pasar y le puso en el suelo trozos de malanga. El animal, moviendo su cola, no dejó nada en el suelo y se tumbó a los pies de Jacinto que se había sentado en un taburete a observar como Futuro comía.

Una noche se desató una fuerte tormenta. Gotas de agua gruesas caían y sonaban como los cascos de los caballos en el suelo y los rayos alumbraban aquella noche como si se tratara de una fiesta de fuegos artificiales.

Al día siguiente, encontraron los cadáveres calcinados de Jacinto y Futuro abrazados. Habían sido víctimas de un rayo. Dicen los vecinos, que esa noche, vieron bajo la lluvia, un hombre y una mujer con un niño en brazo.



       Autor: Pedro Celestino Fernández Arregui

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