miércoles, 4 de mayo de 2016

Lacasu




                                        Lacasu

 Ignacio llegó a Lacasu alrededor del mediodía. Todo era diferente. Las casas, el arroyo, la gente, el árbol de la salida del caserío, todo era distinto. Estaba contento. Se había prometido regresar a ese lugar donde se había llevado recuerdos tristes.

Se detuvo frente a una casona donde varios niños jugaban alrededor. Allí estuvo, durante varios días, la cocina de campaña en aquel año que sus paredes mostraban las huellas de disparos. Allí calentaban la ración del soldado y alguna que otra mandioca. Recuerda aquella niña blanca que resaltaba entre todos los nativos, pequeña y su cabello rubio desarreglado le cubría parte de su rostro sucio. Traía en sus manitos un saltamontes y lo tiró a las brasas del improvisado fogón. Luego, con una pequeña rama lo sacó, le desprendió la cabeza y se lo comió como si fuera dulce golosina. La llamó, abrió su mochila y extrajo un bote de carne. “¡Toma! Le dijo y puso el bote en su mano tiznada. La niña sonrió y se fue corriendo. ¡Cómo había hambre en aquellos años de guerra!

Se iba a montar en el todoterreno cuando alguien le tocó el hombro. Se viró y vio a una desconocida que le extendió la mano. Le entregó un bote de carne. Dio la vuelta y salió corriendo mientras, la siguió con la vista hasta que la cabellera rubia se perdió detrás de una casa. ¡Era la misma carne en conserva que le había entregado a la niña!

Inútilmente, preguntó a casi todos los vecinos por aquella mujer blanca. ¡Nadie la conocía! Como tampoco nadie conocía a aquella niña que comía saltamontes.



Pedro Celestino Fernández Arregui

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