lunes, 6 de junio de 2016

Mi Último Toro





                                                          Mi último toro

 Están terminando de ponerme el traje de luces bajo la supervisión del Mozo de Espada. Dentro de unos segundos entraré al ruedo en busca de cinco millones de pesetas que voy a cobrar por esta faena. Con ese dinero les compararé una pequeña finca a mis padres para que vivan sus últimos años en un ambiente de paz, tranquilidad, rodeado de árboles y animales.
    Voy andando por el pasillo y recuerdo que mi apoderado me ha dicho que los toros son de la ganadería de Barraceda, un ganadero famoso por tener los mejores toros. El señor Barraceda compró la hacienda de los Martínez-Romero, lugar donde mi padre trabajó por muchos años.  En la finca de Martínez-Romero, tuve mi primer encuentro con los toros. Siendo muy pequeño mi padre me llevaba a los potreros. Me comentaba sobre el esmero y cuidado necesario para criar a esos animales. Un día, pude observar en el establo, el nacimiento de un futuro toro bravo. No sé por qué, pero me llamó la atención. Quizás fuera su color negro azabache o aquella pequeña mancha blanca, como una estrella de cuatro puntas, encima de su hocico. Cada vez que visitaba los establos, me encontraba con “Negrito”, nombre impuesto por mí y desconocidos por los demás. Le hablaba mientras  me miraba atentamente, como si me escuchara. Según fue creciendo y yo aumentando mi interés taurino, entraba al potrero para jugar con él. Con una camisa vieja improvisábamos una corrida espectacular. Aprendíamos el uno del otro. Yo, a perder el miedo a los toros. Él a embestir como era debido. Muchas veces me riñeron y hasta amenazaron con despedir a mi padre y denunciarme a la Guardia Civil, si seguía con mi imitación de torero. Pero ya tenía el “bichito” del torero dentro, por lo tanto, a escondidas seguíamos, Negrito y yo, representando las mejores corridas de España.
      Un día me fui al pueblo y observé a unos chicos practicando con unas carretillas con cuernos y en un momento apareció en mis manos, un paño de color rojo. A los pocos días me contrataron. Comenzaron las peregrinaciones por distintas Plazas y el dinero y la fama me convertían en un personaje importante. Muy pronto me dieron título de “Uno de los mejores toreros de España”. Llegué a alternar con grandes maestros. Fue una carrera vertiginosa.
     Termino mi paseíllo y el Mozo de Espada me entrega el Capote de Brega.  Fijo mi vista en el toril. Veo salir al toro. Parece un zaíno y es un todo trapío, con temperamento. 
     Comienzo mi faena y también las ovaciones. El tiempo ha transcurrido sin percatarme. Me encuentro en el último tercio, con la muleta y el estoque. El toro está frente a mí, como estudiándome, con la cabeza un poco baja, humillada, las banderillas clavadas en el morrillo, torturándolo y haciéndole sangrar. Me voy acercando. Oigo sus resoplidos. De pronto veo algo increíble: la estrella blanca de cuatro puntas. No, no podía ser. Iba a matar a Negrito. Me sale de muy adentro, la pregunta: “Negrito, ¿eres tú?”. Sube la cabeza un poco, un movimiento imperceptible, apenas par de centímetros, lo suficiente para saber si me ha reconocido. Lanzo al suelo el estoque y la muleta, camino hasta situarme a escaso centímetros de él. El público me abucheaba, oigo  palabrotas y los objetos vuelan hacia el ruedo. Me arrodillo, le digo: “Como pude ser tanto tiempo un imbécil, sin llegar a conocerte. Me arrepiento de ser torero. He sido un criminal. Perdóname Negrito. Si Dios y tú quieren condenarme, aquí estoy. Hunde tus cuernos en mi pecho y sácame de adentro toda la sangre que puedas.”, Inclino mi cabeza y comienzo a rezar mientras veo las lágrimas caer y mojar la arena caliente. Hay un silencio absoluto. Siento el aire caliente de los pulmones del toro en mi nuca y algo granuloso y húmedo en la frente. Negrito me ha perdonado. Me está lamiendo. Me he incorporado, lo abrazo llorando. Con mi brazo rodeando su cuello, caminamos hacia la puerta de salida bajo ensordecedores aplausos del público.
     Buscaré trabajo en la finca de Barraceda, atendiendo a los animales. Así podré estar cerca de “Negrito”. Todos los días reservaré unos minutos para conversar con él, leerle algo relacionado con el medio ambiente o simplemente, mirarnos los dos.


Pedro Celestino Fernández Arregui

viernes, 3 de junio de 2016

La Tormenta












                                                            La tormenta



 La tempestad, como siempre, se acercaba  revolviendo las nubes negras y lanzando rayos  como un demonio furioso, El viento se iba haciendo más fuerte arrastrando consigo esa humedad que se agradece en medio del calor sofocante.

  Mi madre hacía más de media hora, cuando las nubes aún vestían de blanco, me había ordenado buscar agua. El pozo quedaba a unos doscientos metros de la casa. Era un pozo pequeño y sin peligro pues apenas llegaba a dos metros de profundidad y el agua no alcanzaba el metro pero me daba pereza buscar el agua cuando me sentía bien jugando con pequeñas piedras convertidas en piratas, indios, vikingos, vaqueros, en fin, los personajes de las películas y los libros. 

 Me decidí a partir, para cumplir la tediosa misión, en el preciso momento que grandes gotas de aguas se estrellaban contra el guano seco del techo de la casa. Tomé el balde y salí disparado pensando en aquel indio que corría esquivando los disparos de los soldados. Llegué al pozo justo cuando alguien rasgó las nubes  y el agua se precipitó con fuerza.  Me resguardé de la fuerte lluvia debajo de un cedro que lamentablemente era poco presumido y apenas mostraba hojas. MI pantalón corto, la única prenda que llevaba encima se fue empapando y el frío penetraba la piel hasta provocarme escalofríos y temblores.  Murmurando, condenaba a mi madre por haberme enviado a buscar agua y mis lágrimas se confundían con las gotas de agua en mi rostro. La lluvia seguía cayendo con la misma intensidad y el nivel del agua en el río, junto al pozo, iba subiendo poco a poco. Llené mi vasija de agua y encaminé mis pasos hacia la casa. Los pies descalzos resbalaban en el barro y la casa se iba alejando en lugar de acercarse,

 No sé la cantidad de agua que logré llevar. No sé cuántos días estuve con fiebre pero nunca se me ha olvidado lo ocurrido y cada vez que juego con mis soldados e indios les advierto que no me entretengan mucho por si tengo que ir a buscar agua.





Pedro Celestino Fernandez Arregui




martes, 31 de mayo de 2016

El Maestro, el Crimen y yo









                                          El maestro, el crimen y yo


 Sentí un ruido como si mil barriles cayeran de un camión. Con una rapidez increíble para su edad, tomó a la más pequeña por la mano y con su voz temblorosa y enérgica, dijo: “Vengan todos. ¡Rápido!” Nos condujo hasta una habitación que usaba para almacenar los materiales escolares. Muy nervioso, nos indicó el piso al tiempo que decía en voz baja: Siéntense en el suelo. No se muevan de aquí. Yo no asimilaba el porqué de tanto misterio por un ruido en la calle. Total, más misterioso era el almacén con docenas de cajones envueltos en polvo y adornados con algunas telarañas. Los demás niños no tenían que disimular el miedo que sentían, no por el ruido escuchado ni por la actitud del profesor, sino, por lo tétrico del local. Hasta Hugo, el más valiente de la clase se comía las uñas hasta ver salir la sangre y eso que… ¡Él no se comía las uñas!
   Los minutos pasaban y algunos niños llegaron a dormirse. Los mayores se entretenían con unos lápices sacados de una de las cajas utilizándolos como palitos chinos. Otros, como yo, preocupados porque llegarían tarde a sus respectivas casas. Según pasaba el tiempo, la luz en el interior de la habitación, se hacía más tenue.
   Pensaba en mi pobre yegua sin beber agua todo el día y seguramente se habría comido toda la hierba a su alcance. Bueno, también pensaba en lo asustados que pudieran estar mis padres.
   Vivía, a unos quince kilómetros del pueblo, en una casa enclavada en un pequeño terreno propiedad de mi abuelo. Me levantaba muy temprano. Tormenta, así se llamaba mi yegua, siempre disponible, le ponía un paño por encima y le hacía un bozal con la cuerda. Al trote, y con el trinar de los sinsontes y la brisa mañanera, recorría los tres kilómetros que separaba mi casa de la carretera. La ataba en un poste de la cerca, separada de la vía, pero con la cuerda larga para que pudiera alimentarse con las hierbas existentes en la cuneta. Cuando por la noche, me bajaba del autobús levantaba la cabeza y con la mirada, me suplicaba que la llevara para la finca. El regreso por aquel callejón, cubierto por las ramas de los árboles, era digno de formar parte del escenario de una novela de Agatha Christie. La oscuridad era absoluta y tenía que confiar en la buena visión de “Tormenta”. A veces se asustaba con alguna hoja de palmera, caída sobre una cerca.
   Como la escuela era de doble sesión, mi padre contrató el servicio de comida, con una fonda. Por cincuenta centavos podía comer lo que quisiera y siempre quería arroz con huevo frito. A mi padre no le agradaba que estuviera solo por pueblo durante dos horas y llegó a un acuerdo con el maestro para que comiera en su casa donde era atendido, por él y su esposa, a las mil maravillas. De manera que compartía desde las 8 de la mañana hasta las 5 de la tarde, con el maestro. Lo mismo en su hogar que en el colegio, siempre lo vi igual. No se enfadaba, no alzaba la voz y todos sus gestos eran delicados. No había tenido descendencia. Quizás por ese motivo, amaba a sus alumnos y los cuidaba como si fueran sus propios hijos. Los niños se comportaban disciplinadamente sin que él tuviera que exigir nada. Por eso aquel día estaba muy preocupado por ellos y sobre todo por mí, que debía tomar el autobús para irme a casa.
   En una ocasión tuve la osadía de levantarme y llegar hasta la puerta del almacén. El maestro miraba para la calle, por una pequeña apertura en la puerta. Seguía sin comprender el misterio y esa situación me ponía nervioso. Pasado varios minutos,, vino hacia el almacén y me llamó.
   -¡Coge tu maleta!
   Cogí el maletín y me llevó hasta la puerta principal.  Abrió la puerta. Estaba detrás de él y por los espacios libres entre su cuerpo y la puerta, pude ver que había una gran cantidad de soldados en la calle. Lo oí decir: “Sargento, por favor ¿Puede venir?” y por entre sus piernas pude ver unos pantalones de los que usaban los militares, calzaba botas bien pulidas, negras y altas. Le preguntó a mi maestro:
   -¿Qué quiere? 
   -Este niño, -le dijo echándose a un lado para que me viera- vive en el campo y tiene que coger el ómnibus. Es muy tarde.
   -Deja ver. -Me miró de arriba abajo, lentamente, con detenimiento, como si se tratara de un escáner. 
   - Está bien, que se vaya. Pero eso sí, que no se detenga. ¡Andando y ya estás allá, al final de la calle! Me había gritado el uniformado.
   No me despedí del profesor. Quería correr o volar, pero algo me lo impedía. Logré poder caminar de prisa. Al llegar a la primera intersección pude observar un hombre tendido en el suelo, bocabajo y un charco de sangre al lado de su cabeza, se extendía a lo largo del cuerpo hasta la cintura, manchando la camisa blanca que llevaba. A partir de ahí las piernas se me entumecieron a pesar de oír las voces que decían: ¡Vamos, Vamos, Camina rápido! Apenas tenía que recorrer tres calles, hasta el parque. pero me parecía una distancia enorme. Respiré profundo cuando logré pasar las vallas que cerraban el paso y dónde había una docena de curiosos que me preguntaban:
    -¿Qué pasó, qué pasó?
    -Nada. No sé. –Me limitaba a decir mientras me dirigía apresuradamente hacia la terminal de autobús.
   Tenía diez años y no entendía que habían asesinado a un revolucionario. No sabía que había una tiranía y mucho menos que habían personas luchando para derrocarla.
   Al otro día, todo estaba normal. El profesor no comentó nada de lo sucedido el día anterior. Al pasar por donde había caído el hombre, no podía evitar mirar a la calle donde aún quedaba vestigios de su sangre.  Durante todo el curso me parecía ver su cadáver y los soldados con sus rifles amenazantes.


 Autor: Pedro Celestino Fernández Arregui

domingo, 29 de mayo de 2016

Kianda









                                                                         KIANDA
                                                  (Basado en una leyenda angolana)


 Joao no dejaba de lamentarse día y noche de su triste y mísera vida. Para sumar más males, apenas podía capturar peces y tenía que volver con su canasta vacía a su kimbo donde los esperaban su esposa e hijos con las bocas abiertas y sus vientres inflados como los balones de fútbol. Al oscurecer, mientras las mujeres hacían comentarios sobre distintos temas y los niños corrían entre las chozas jugando a ser invisibles, él se acostaba en su estera de paja observando un pequeño recorte de cielo adornados de estrellas.
Aquel día llevaba para el río las canastas llenas de pesimismo. Empujó el tronco ahuecado en forma de canoa hacia el agua y comenzó a deslizar la pequeña red construida con finos bejucos y piedras atadas para que llegara hasta el fondo. De pronto la red se movía fuertemente y aquel hombre que hacía tiempo no se inmutaba ante nada, sintió un escalofrío recorrerle la espalda cuando ante él, surgiendo de las turbias aguas envuelta en la red, pudo observar el rostro de Kianda que desesperadamente agitaba sus brazos y su gran cola de pez y le decía: “Suélteme y tu vida cambiará. Serás rico”
Estas palabras de la hermosa sirena lo hicieron reaccionar e inmediatamente la liberó. Ella le sonrió y desapareció en las aguas. No quiso seguir pescando. Emprendió el camino de regreso a la aldea.
Por el camino percibió un movimiento detrás de unos matorrales. Sabía que por allí no solían aparecer felinos peligrosos y decidió averiguar. Apartó las altas plantas con una vara y observó algo que brillaba. Se acercó y descubrió varias canastas repletas de objetos de oro.
No regresó a la aldea. Se fue para la Capital y allí se rodeó de mujeres y de lujos mientras en la aldea lloraban su desaparición.
Un día quiso salir a pescar en su lujoso yate por el Río Congo. Además de la tripulación la acompañaban 3 hermosas chicas. Siguieron río arriba hasta que el motor comenzó a fallar y tuvieron que parar cerca de la ribera sur. Mientras reparaban el desperfecto, Joao bajó a un bote acompañado de las tres chicas. Se fueron hasta la orilla y se lanzaron al agua. Nadando y jugando se fueron separando, sin percatarse, de las embarcaciones y llegaron hasta un recodo donde las tres chicas lo obligaron a sumergirse. Trató de salir a la superficie a tomar aire pero las chicas se lo impedían y poco antes de perder el conocimiento pudo ver, horrorizado, a las chicas con sendas colas de pez.
Lo primero que vio, al recobrar el conocimiento, fue su vieja canoa. Se incorporó y tomó el camino a su aldea donde fue recibido con tremenda algarabía por los niños que corrían de choza en choza anunciando la “aparición” de Joao. Su esposa e hijos salieron a la puerta de su choza y al verlos se arrodilló y pidió perdón. Todos se miraban incrédulos. Jamás Joao había pedido perdón. Era otro hombre. En su rostro se apreciaba paz, amor y felicidad.
Tres días estuvieron de fiesta celebrando el regreso de Joao. Al cuarto día tomó su red y se fue al Río. Al llegar escuchó una hermosa melodía y pudo ver sobre una roca del otro lado del cauce, a Kianda. Ella le sonrió y despidiéndose con movimientos de la mano, se perdió en la profundidad del agua fría.
Joao sabía que Kianda había sido muy benévola con ella pues aunque lo devolvió a la pobreza le dejó una gran lección: la mayor riqueza es la familia.


Pedro Celestino Fernandez Arregui

jueves, 26 de mayo de 2016

Angustia








                                                           Angustia



 Las manos heladas buscan temblorosamente en los bolsillos. De una casa, adornada con motivos navideños, se escuchan los ladridos de un perro rompiendo en pedazos el silencio de la noche. Mira las viviendas vecinas y piensa que sus moradores lo están observando a través de las ventanas. La luna llena también lo está contemplando, acompañado de millones de estrellas, gracias a un cielo despejado. Avanza un paso y retrocede dos. Revisa las ventanas con el mayor disimulo y rogándole a Dios que llene de nubes el cielo.
De pronto, sus ojos se iluminan. ¡Ha encontrado las llaves de su casa!

lunes, 23 de mayo de 2016

La Cita


                  




                  
              La Cita



Aquí estoy mi hermoso cofre

para conversar contigo, para sentir tu alma

, para recordar nuestra relación

Aquí estoy, escondiéndome en la noche.

¿Cómo empezó nuestro amor?

Acaso fue una mirada o la entrega de una flor.

No recuerdo, pero el corazón

latía fuerte y tú entre mis brazos, temblabas.

Eras la abeja de un gran panal.

Me traías polen con distintos sabores y

extraìas la miel de mis entrañas.

Nuestro amor era un secreto que rodaba por los rincones

Murmullos que confunden y engañan.

Alguien convirtió el susurro en una gran explosión

Y la tormenta se nos vino encima.

Llegó en forma de diablo, vomitando fuego y en la mano un metal.

Caímos al suelo pintado de rojo. Fue la última vez.

Pero sigo regalándote flores a pesar de no poder caminar.

Me voy, tropezando con mi silla en la oscuridad.

Nos vemos mañana. Me iré a soñar.

Aquí, en tu tumba, te dejo una flor.

sábado, 21 de mayo de 2016

El GUIJE



                                          El Güije

Lo vi. Juro que lo vi. Negro como el azabache, cabezón, ojos grandes y saltones, su boca era muy grande y los dientes grandes y muy blancos, barrigón y chiquitico. Sí, lo vi. Mi abuelo me lo había dicho: “No vayas por la Joba que ahí sale el Güije”. No le obedecía porque los padres y los abuelos siempre inventan cuentos que te dan miedo para que no hagas algo. Creía que mi abuelo me decía lo del Güije para que no fuera por la Joba porque es una poceta  muy honda y las aguas muy turbias.

  Fui a recoger pomarrosa que hay muchas alrededor de la Joba. Tenía mi pequeño Catauro casi lleno cuando sentí un ruido en la poceta. Pensé podía ser una biajaca o un majá de esos grandes que siempre están en las “matas”. Pero no vi nada y me senté en la piedra blanca que está al lado del chorro de agua. Estaba saboreando la pomarrosa y con las semillas grandes y pardas estaba formando un ejército que luego se enfrentaría al otro ejército formado por pequeñas piedras. Siempre que iba al río hacía lo mismo pero no en la Joba sino, más arriba donde  el agua no me cubría los pies y cogía la llagüita que envuelve el palmiche y ponía piedra pequeñas que eran vikingos. Pero ayer se me ocurrió ir por las pomarrosas  y lo vi pero no se lo puedo decir a nadie porque me regañarán por ir a la Joba y mi abuelo, más. Dirá que me puse de suerte porque no me comió el Güije y ya bastante miedo tengo para que me metan más. Lo que sí estoy seguro que no iré más a la Joba.
Pedro Celestino Fernandez Arregui