miércoles, 28 de agosto de 2019

CRIMEN





                                                   Crimen


Regresaba a su casa, situada en uno de los barrios pobres de la ciudad, cuando de pronto se le interpuso un individuo.

–¡Hola Julio! ¿Te sorprende verme? Quiero recordarte que hace unos tres meses me pediste dinero. Me dijiste que en una semana me pagaba. ¿Recuerdas?

–Sí, pero me quedé sin trabajo. ¡Te juro que te lo pagaré en cuanto pueda! Manuel,  siempre he sido tu amigo y no te voy hacer una mierda –dijo con voz temblorosa y un miedo enorme le calaba los huesos.

–Pasado mañana vengo a buscar el dinero. No me digas nada. Si no tienes roba, pero quiero mi dinero. ¿De acuerdo?

Cuando Manuel se marchó pudo respirar tranquilo. Manuel era temible. Se le atribuía la muerte de un anciano por el mismo motivo. Todavía no entiende como fue a pedirle dinero a él, habiendo otros prestamistas.

Llegó a su depauperada vivienda y llenó un vaso de una botella de aguardiente destilado en casa de un vecino. Entonces miró y vio en el piso un sobre. Le recogió, lo abrió y comenzó a leer la carta que había en su interior.

Pensaba que eras mi amigo y he descubierto la cochinada que me estás haciendo. Te la puedes llevar. Esa mujer no me interesa porque es una puta barata, pero Julio, estabas viviendo a mi costilla. Yo le daba dinero a ella y ella te lo daba a ti y eso no lo perdono. ¡La vas a pagar! No descansaré hasta ver tu boca cubierta de hormigas”

¡Mierda! Ricardo ha descubierto todo. ¿Qué hago? pensó, mientras se servía otro vaso del repugnante líquido. Hay días que todo lo malo le cae a uno y este es uno de ellos.

Se levantó temprano y fue a casa  de Castell. Un inválido que servía de intermediario entre la delincuencia y los traficantes de armas.  Le dijo que necesitaba una pistola con dos cargadores. Éste le mostró una Beretta.

–¿Te gusta ésta? Cuesta tres mil. ¿Te conviene?

–Sí, me va bien. Es solo por si acaso. Deja manipularla.

Apenas el hombre le dio la pistola y un cargador, Julio salió corriendo. Mataría a los dos individuos que lo amenazaron y luego le devolvería la pistola a Castell.

La policía llegó a la vivienda de Julio alertada por los vecinos, derribó la puerta y entraron. En medio del pequeño salón estaba su cuerpo sin vida. En la mano derecha, la pistola y en la sien un agujero provocado por un proyectil.

En un primer momento pensaron en un suicidio. Sin embargo el inspector Gondín, tenía sus dudas.

Después del informe del forense y las pesquisas realizadas con los vecinos, se descartaba el suicidio. ¡Había sido un asesinato!





Las pesquisas comenzaron de inmediato, sobre todo con los vecinos. Por ellos se supo que siempre estaba pidiendo dinero y que en ocasiones había acudido a prestamistas. Conocieron de las relaciones sentimentales con la esposa de un amigo. Averiguaron sobre la procedencia de la pistola sin resultado alguno.

Al primero en investigar fue al esposo de su amante.

–¿Dónde estaba usted el miércoles a las cuatro de la tarde? –preguntó el Inspector.

–Estaba en el trabajo. Toda la semana tenía el turno de dos de la tarde a las diez de la noche.

–¿Qué me dices de esta nota escrita por usted?

–Tenía rabia por haber sido traicionado, pero es una estupidez por mi parte. ¡Por supuesto, no iba a causarle daño!

–Sin embargo Julio fue asesinado y usted tenía motivos.

–¡No haría eso, Inspector! Quería asustarlo. Nada más.

–¡Puede marcharse!

Ricardo se marchó y el inspector Gondín quedó pensativo.

El segundo interrogatorio se le hizo a Manuel, el prestamista.

–¿Usted le prestó dinero a Julio? –comenzó el Inspector.

–¡Sí! Hace mucho tiempo.

–¿Y le pagó?

–No, me lo debe.

–¿Y qué piensa hacer para cobrarlo?

–Le meteré miedo. Oficial, es mi dinero.

–Julio está muerto. Ceo que no podrá cobrarlo. ¿No habrás cumplido una amenaza?

–No, no. Presto dinero pero no soy un asesino.

–¿Habrás cumplido una amenaza?

–No, no. Presto dinero pero no soy un asesino.

–¿ Si no le pagan? ¿Golpea, mata?

–¡Eso nunca!

–¿Que hacía usted el miércoles a las cuatro de la tarde?

–Estuve paseando con mi novia por la playa y luego tomamos unas copas en el Tulio’s Bar.

El tercer interrogatorio se le hizo a Castell.

–¿Usted vende armas?

–¡De ninguna manera! Yo con mi jubilación y la ayuda por minusvalía, tengo para vivir.

–Tenemos información que Julio Estévez entró a su vivienda y salió corriendo. ¿Por qué?

–Me dijo que tenía algo urgente que hacer.

–¿No le vendió una pistola?

–¿De donde voy a sacar una pistola, Oficial?

–A julio se le ocupó una Beretta y dice que se la compró a usted.

–¡Hijo de Puta! En realidad se la enseñé y salió corriendo con ella. No lo he visto más.

–Pero anteriormente me mintió.

–Me daba vergüenza y luego el problema de tener un arma de fuego en la casa. Entiende, oficial, soy un minusválido y hay mucha gente mala.

–¿Dónde se encontraba el miércoles a las cuatro de la tarde?

–Aquí, en la casa. Yo no salgo a ninguna parte.

 

Si algo tenía claro el inspector Gondín, era que ni el prestamista, ni el traficante habían cometido el asesinato, quizás hubieran enviado a sicarios a cometer el crimen. Esos dos individuos conocían que Julio era zurdo y ninguno de los dos iba a cometer la torpeza de ponerle el arma en la mano derecha. ¡Tenía que hacerle preguntas a Ricardo y a Luisa, su mujer.
Citó a la esposa de Ricardo en el horario que éste se encontraba en el taller. Debía hacerle las preguntas por separado.
–Señora Gonzáles sabemos de sus relaciones sentimentales con Julio. Su esposo descubrió esa relación y le envió esta nota a Julio.
Luisa leyó la nota y esbozó una sonrisa.
–Ricardo no es capaz de matar a una mosca.
–¿Él se enfadaba a menudo?
–¡Nunca! En ocasiones se enfadaba pero rápidamente se le iba el enfado.
–¿Usted, lo quería mucho?
–¡Muchísimo! Llevamos 15 años de casado y siempre nos hemos amado.
–Sin embargo, llevaban meses sin tener relaciones sexuales.
–¡Eso no es cierto!
–Por eso estabas con Julio, porque no lo amabas. Era necesario mantener la relación porque así podías tener dinero y darle una parte a Julio. ¿Qué le decías para no tener relaciones sexuales?
–Eso que usted dice no es cierto y lo voy a demandar por injurias.
–Señora Gonzáles, tenemos información de una amiga suya a la cual usted le dijo, hace aproximadamente un mes, que no tenías relaciones sexuales con Ricardo y le habías dicho que tenías un tumor en la vagina que te daba mucho dolor. Que estabas en tratamiento. Le puedo refrescar la memoria diciéndole que esa conversación se sostuvo en la terraza de la cafetería “Elpis” el día 17 del mes pasado a las cuatro de la tarde.
–¡Mentirosa, María! Yo pensaba que era incapaz de revelar mis confidencias.
–También es mentiroso el médico que los atiende y al cual, su esposo y usted acudieron para un chequeo normal y que hace unos días, usted fue a buscar los resultados, recibiendo la mala noticia de que tenía el virus del SIDA.
Luisa bajó la cabeza y comenzó a llorar.
–¡Cuéntame todo! –dio el inspector al tiempo que le alcanzaba un pañuelo.
–Cuando el médico me dio el informe, el Mundo se me vino abajo –comenzó a decir entre sollozos– luego, el dolor se convirtió en ira cuando supe que efectivamente, él tenía la enfermedad. Me había engañado explotado y enfermado. Eso no tenía perdón. Ese día llevaba un cuchillo en mi cartera. ¡Iba a matarlo!–bebió un poco de agua que le había brindado el inspector y siguió declarando– Cuando llegué me abrazó y besó. Yo me dejé y entonces observé la pistola encima de la mesa. Le dije que íbamos a ir despacio que mi esposo no salía del trabajo hasta las diez de la noche. Le pregunté por la pistola. Me dijo riéndose que mi marido lo había amenazado y la compró para defenderse. Le pedí me enseñara a manipularla. Después que aprendí como hacerlo le pedí que preparara unos tragos para ir “calienticos” para la cama. En ese momento aproveché y dejé una bala en la recámara y le quité el cargador. Bebimos unos sorbos y le dije que si me dejaba de amar le iba a volar los sesos. Le dije que no tuviera miedo que estaba sin el cargador y le puse la pistola en la sien. Él se reía de mi gracia y yo de mi victoria. Apreté el gatillo y cayó al suelo. Me puse nerviosa y se me ocurrió que apareciera un suicidio. Me bebí lo que quedaba en las copas y me las llevé. Salí rápido por temor a que alguien hubiera oído el disparo. Eso es todo Inspector.
El Inspector Gondín observó con pena como se llevaban esposada a Luisa González. Siempre que resolvía un caso le sucedía lo mismo. Sentía pena por aquellas almas que caían en las llamas del infierno.

Autor: Pedro Celestino Fernández Arregui










COPO




                                                    Copo



Bernardo se dirigía a Lugo para ver un partido de fútbol cuando a la altura de Meira, observó un pequeño perrito al borde de la carretera. ¡Lo habían abandonado! Lo recogió y se dirigió a su casa en el campo. Allí vivía desde muy joven acompañado de sus padres recién fallecidos. Aquel perrito era ahora, lo único que amaba. Lo alimentó y cuidó con esmero, pero sobre todo le daba mucho cariño. Era tan blanco y peludo que le puso Copo en alusión a los copos de nieves.

Bernardo y Copo se bañaban en el río, cenaban juntos y dormían juntos. El perro era inteligente y sobre todo no le perdía pies ni pisada a su amo.

Un día, estando de cacería, Bernardo cayó en una trampa de lazo y quedó guindando por una pierna. Copo, al ver que su amo no podía desprenderse de la trampa, salió al parecer en busca de ayuda.

Los minutos pasaban y no llegaba ayuda  y Copo no regresaba.  Comenzó a balancear el cuerpo hasta que logró agarrar el tronco del árbol cuya rama lo sostenía y con mucha dificultad logró soltarse. Le dolía el pie terriblemente y apoyándose en la escopeta comenzó a andar por aquellos montes  con la esperanza de encontrar a su querida mascota.

Andando y descansando a ratos, llegó a una casa. Se sentó bajo una encina y recostó la espalda al tronco. Pasado unos  minutos, salió un señor con un sombrero y una chaqueta vieja, una barba espesa y larga y vientre abultado.

–¡Eh, amigo! ¿Estás bien? –dirigiéndose a Bernardo que casi no podía gesticular palabra– ahora te traigo algo de comer. Jeje

Bernardo siguió al hombro que entró en la casa y al poco rato salió con un trozo de carne asada. En realidad tenía mucha hambre y aquella carne sazonada con hierbas le sabía a gloria.

–¡Tú come! Ahora te voy a traer un buen vino.

Cuando el hombre entró a la cabaña, observó un bolsa con muchas moscas volando encima. Se levantó y fue hasta la bolsa que estaba a unos pasos y la abrió. Lo que vió, le dieron deseos de vomitar y le salió del fondo de su garganta, un grito desgarrador que retumbó en todas aquellas montañas.

–¡Noooooooooo!

Bernardo regresó junto a su escopeta y cuando el hombre abrió la puerta recibió una descarga mortal. Con lágrimas en los ojos y el dolor reflejado en su rostro se dirigió al cuerpo del hombre y le volvió a disparar. Regresó a la bolsa llena de piel con pelos blancos.

Lloraba desconsoladamente cuando sintió como unos gemidos provenientes del inerior de la vivienda. En una habitación estaba herido Copo. Huellas delas garras y colmillos de los lobos por todo el cuerpo. El hombre lo había curado, le había dado alimento y le había hecho como una cama con mantas y sacos. Entonces, demasiado tarde,  comprendió todo. El hombre había salvado a Copo de los lobos y había matado uno para comérselo.



Nunca debemos tomar decisiones cuando a ira nos empuja porque podemos cometer errores y el corazón se nos estruja.



Autor: Pedro Celestino Fernandez Arregui








sábado, 17 de agosto de 2019

El Cocuyo




                                               
                                             EL COCUYO

Cerca de San Juan de los Remedios, en Cuba, vivía Andrés. Como todos los niños sentía curiosidad por todo lo que estaba a su alrededor, lo que observaba y lo que escuchaba. También le gustaba mucho las plantas y los animales a los cuales les hablaba como si fueran sus amiguitos.
Una noche cogió un pomo, que había tenido mermelada, lo lavó y lo secó. Tomó la tapa del envase y la perforó con la punta de un cuchillo y se sentó en un escalón que había a la entrada de la casa. Cada cierto tiempo venía un cocuyo y cogiéndolo con sus dedos lo introducía en el pomo. Así llegó a tener catorce de esos insectos los cuales emitían bastante luz para alumbrar aquella noche que no había querido salir la luna. Así estuvo casi una hora caminando por el patio alumbrando cuanto caracol y rana veía hasta que su madre lo llamó para acostarse.
Cuando se acostó, puso el frasco con los cocuyos junto a la mesita de noche y apagó la lámpara. Sonreía satisfecho al ver la luz procedente de los cocuyos alumbrar la habitación. Observaba los insectos y pensaba en sus amiguitos del Cole. Le contaría  sobre la lámpara que había inventado y probablemente recibiría felicitaciones de ellos. Así se quedó dormido.
Apenas media hora después de dormirse, lo despertó un ruido. Sus ojos se abrieron como los ojos de la lechuza que había visto hacía dos noches en un poste de la cerca del patio. Los cocuyos se habían puesto de acuerdo y todos, empujando hacia arriba habían hecho volar el pomo. Aquello parecía una luz mágica danzando por toda la habitación como las hadas que emiten una luz mientras vuela. Era fantástico y a la vez hermoso ver aquel espectáculo, pero como si fuera un helado de chocolate que cuando se acaba sientes aún el sabor en la boca, así terminó la danza de las luces al chocar el pomo contra la pared cerca de la cabecera de su cama y se rompió en muchos pedazos. Los insectos salieron volando, menos uno. Lo cogió y entonces para mayor asombro, comenzó a parpadear sus luces y una voz muy aguda y baja le dijo:
–¡Por favor, no me cojas!
–¿Tú hablas?
–Sí, todos hablamos, pero no todos los humanos nos escuchan. Me he lastimado un ala al golpear el pomo contra la pared. Por eso no he podido salir volando.
–No temas. No te haré daño.
Lo tomó con mucho cuidado y lo puso encima de la cama. Encendió la luz y vio su ala fuera de la posición normal. No sabía arreglar ese problema y caminaba impaciente de un lado a otro de la habitación hasta que escuchó de nuevo la vocecita.
–Ve al jardín busca una telaraña y tráemela.
Andrés buscó la telaraña la puso al lado del insecto y éste con sus paticas la fue distribuyendo de tal manera que el ala volvió a su lugar y pudo moverla.
–Eres un niño bueno por eso me escuchas. Los niños y las personas mayores que son malos, no escuchan. Nunca trates de alumbrarte con luz ajena y menos si ello implica la pérdida de libertad. Tú luz es la mejor y es la que tienes que seguir usando. Le pediré disculpa a la araña por tomarle su tela, pero sabrá comprenderme. ¡Buenas noches!
Diciendo esto, salió volando por la ventana. El niño siguió con su vista la lucecita hasta perderse en la noche.
Cuando la mamá despertó a Andrés, ésta vio en el suelo los cristales del pomo roto.
–¿Qué pasó aquí?
–Nada mamá. Sin darme cuenta rompí el pomo.
–No pasa nada. Levántate que se te hace tarde para la escuela.
El niño sonrió mientras pensaba en su conversación con el insecto. A partir de ese día no capturó más cocuyos y cada noche cuando veía uno, se acercaba, lo saludaba y preguntaba por el herido, aunque no recibiera respuesta.

Autor: Pedro Celestino Fernández Arregui






Orquídea




                                             
                                               Orquídea

Los jóvenes enamorados reían y de vez en cuando se daban besitos.
–Mira amor, que orquídeas más bonitas. ¡Ven!
El joven se acercó con la idea de arrancarla para obsequiarla a su amada cuando escuchó una voz potente a su espalda.
–¡No lo hagas!
Se volteó con furia, pero al ver al hombre que tenía enfrente, sonrió. Era un anciano algo encorvado, delgado y su rostro surcado de arrugas.
-¿Qué pasa abuelo? ¿Son suyas las orquídeas? ¿Este bosque es suyo?
–¡Sentémonos en aquel tronco! Por favor, quiero contarles una historia.
Los jóvenes se miraron, él se encogió de hombro y se sentaron en el suelo frente al tronco derribado al lado del hombre.
–Hace muchos años, pero muchos años, cerca de aquí vivía una preciosa joven. Su madre la había inscrito con el nombre de Orquídea, sin embargo en la casa todos le decían, Sol. Y le decían así porque todos estaban de acuerdo en que la niña parecía un Sol con su cabello rubio y aquella sonrisa siempre perenne que competía con sus hermosos ojos verdes. Quizás por eso, desde niña amaba las orquídeas. Tenía obsesión con esas flores a tal punto que en una mesita en su habitación tenía una hermosa orquídea y en las paredes y la cómoda, fotos de varias variedades, además un estante con varios libros sobre el mantenimiento y cuidado de dichas plantas.
Le gustaba mucho ir al bosque cercano a su vivienda, éste donde estamos ahora,  porque aquí, como pueden ver, podía admirar una gran cantidad de orquídeas silvestres, como no había visto jamás en ninguna parte. Había llevado consigo varias plantas que había sembrado en su jardín. Cierto día disfrutando de las bellezas de las flores observó un joven que venía hacia ella. Pensó huir para la casa, pero algo le detuvo. Nada más mirarse, se gustaron. Aquella mirada tan tierna y dulce no era una mirada cualquiera. ¡Esa mirada salía del corazón! Para no hacerles muy larga la historia, se hicieron novios. ¡Qué manera de amarse! No, no es lo que ustedes piensan. El amor no es acariciarse, besarse, reírse y sexo. Es más, es tener un mismo corazón, una misma alma en dos cuerpos distintos. Es tener los mismos sentimientos, preocupaciones y una sola vida. Todo iba bien hasta que un día enfermó. Fueron días angustiosos. Él no se apartaba de su lecho, apenas comía y bebía. ¡La vida se le iba con ella! Es lo que él deseaba, pero se fue ella sola, como si se hubiera dormido. Seguía bella hasta después de muerta y es que cuando la belleza es interna ni la muerte puede borrarla. La enterraron ahí, sí ahí donde usted iba a arrancar la orquídea. Una vez cubierto su cuerpo de tierra, él sembró muchas orquídeas encima. Yo creo que por eso son las más hermosas del bosque. Sí, amigos, ahí yace Orquídea y yo era su amor.
El anciano bajó la cabeza para ocultar sus lágrimas y los jóvenes también, con sus ojos derramando penas, lo abrazaron.
–¡No se preocupe abuelo, cuidaremos sus orquídeas!


Autor: Pedro Celestino Fernández Arregui





miércoles, 7 de agosto de 2019

Desaparecido




                                        ¿Desaparecido?


Obdulio, un campesino que vivía cerca dela Daguilla en Isla de Pinos, se perdió cuando fue a ordeñar la vaca. Según dicen, todo fue muy raro, pero ahora les contaré.

Obdulio tenía doce hijos y una vaca, no una vaca cualquiera, era una vaca que daba mucha leche. Tanta que llenaba los estómagos de los pequeños y lo que sobraba, Mariela su mujer, hacía dulce de leche cortada.

Hambre no pasaban. Los mayores ayudaban al padre en las siembras y el cuidado de los cerdos. Los menores le echaban maíz a las gallinas y se encargaban de molerlo para hacer harina. A unos cien metros de la casa pasaba un arroyo con bastante fuerza y justo frente a su casa caía una pequeña cascada que al caer levantaba piedrecillas y arenas que se mezclaban en un remolino. Mariela casi todos los días llenaba un saco de ropa sucia y las lanzaba en donde caía la cascada. Pasado el tiempo los niños menores se lanzaban al agua y sacaban la ropa, prenda a prenda, limpias como si la hubieran sacado de una lavadora.

Ese día, Obdulio tomó un balde, se puso sus polainas, se acomodó el sombrero y salió a ordeñar la vaca. El viejo reloj de la casa marcaba las seis de la mañana, la hora que siempre salía a ordeñar.

Mariela  estaba preocupada. Las nueve de la mañana y su marido, no regresaba con la leche. Varias veces lo llamó, pero no respondía. Los pequeños tenían hambre. Envió a uno de sus hijos a averiguar. La vaca no estaba lejos, aunque estaba detrás de un pequeño monte que dificultaba la visibilidad desde la casa.

Al llegar el chico al corral observó que la vaca tenía sus patas traseras atadas, como era costumbre porque así impedía una patada del animal. Junto a la vaca el pequeño banco utilizado para sentarse mientras ordeñaba y el balde. Lo único que faltaba era su padre. Después de llamarlo varias veces y no recibir contesta, ordeñó la vaca, le retiró la cuerda y soltó a ternero que tenía más hambre que ellos.

Al llegar a casa, después de desayunar, la madre ordenó a los mayores a salir en busca de su padre. Recorrieron todo los alrededores sin encontrarlo. Solo quedaba explorar la Daguilla. La montaña no era muy alta, apenas unas decenas de metros y con forma de cono. Casi al oscurecer regresaron a la casa con la frustración de no encontrar a su padre.

A la mañana siguiente, alrededor de las siete y media se disponían a salir de nuevo cuando vieron a su padre entrar con el cubo lleno de leche. ¡Se quedaron paralizados en el portal de la casa!

–¿Padre, dónde estabas? –preguntó unos de los hijos.

–Ordeñando la vaca. ¿Dónde iba a estar?

Los niños pequeños comenzaron a gritar ¡Papá! ¡Papá! Mientras su mujer se abrazaba a él llorando mientras en su rostro se dibujaba el asombro y la incomprensión.

Le dio el balde a su esposa y se sentó en un taburete en el portal como era costumbre, a esperar el café recién colado.

Según Obdulio, no había pasado nada y negaba categóricamente que se hubiera perdido.

Años más tarde desapareció la vaca, pero no la encontraron jamás.



Autor: Pedro Celestino Fernández Arregui




miércoles, 24 de julio de 2019

Isis y los Escorpiones




                                           Isis y los Escorpiones


Su esposo había llegado a tener fama en todo en todo Egipto porque había logrado que la gente conviviera en paz, cultivaran en arte, desarrollaran la música y aprendieran a sembrar. Pensó que podía ayudar a todos los países y dejó a su esposa al frente de todo aquello. Esto molestó enormemente a su hermano que decidió asesinarlo, descuartizó su cuerpo y distribuyo sus restos en distintos lugares.

Ella se encargó de reunir los restos y unirlos para después resucitarlo y concebir un hijo que podía no ser aceptado por los demás y por eso Isis se escondió con su hijo Thor. Estuvieron mucho tiempo escondidos hasta que fueron encontrados por el poderoso Seth quien los encerró. En la vida hay que tener esperanza e Isis sabía que saldría de allí con la Justicia y la Verdad. Fue así que Thot la ayudó a escapar con su hijo y además, ordenó a siete escorpiones para que la ayudaran a encontrar un refugio seguro.

Después de mucho caminar por el desierto, llegaron a un pueblo. Extenuada y hambrienta, tocó a la puerta de una vivienda. Abrió la puerta una señora que por su vestimenta y las joyas que portaba, aparentaba tener mucho dinero.

–¿Qué desea? –preguntó la mujer con cierto aire de superioridad y autoridad.

–Llevamos muchos días por el desierto. Tenemos hambre y necesitamos descansar. ¿Podría ayudarnos? –dijo Isis.

La señora la observó de abajo a arriba y luego observó a los sietes escorpiones que la acompañaba.

–¡De ninguna manera! –dijo y cerró dando un portazo.

Isis estaba a punto de llorar, pero su espíritu de mujer luchadora no e dejaban salir las lágrimas. Dirigió sus pasos hacia otra vivienda. Le abrió la puerta una mujer vestida pobremente y con una hermosa sonrisa.

–¿En qué puedo ayudarla?

–Hemos recorrido muchos kilómetros por el desierto y estamos muy cansados y hambrientos. ¿Nos podía ayudar?

–¡Sí, señora. Pasen por favor!

A los escorpiones no les había gustado la actitud de aquella prepotente y rica dama por tal motivo, el jefe de los Escorpiones quiso darle una lección. Por la noche entró por la ventana e inoculó con su veneno al hijo de tan déspota mujer.

La señora al levantarse se dio cuenta que su hijo estaba mal y salió para la calle pidiendo a gritos que la ayudaran para salvar a su hijo.

Isis escuchó los gritos y salió a la calle. Al ver la desesperación de esa madre no titubeó en ofrecerle su ayuda. Llegó hasta donde estaba el niño y gracias a sus poderes logró extraerle el veneno.  Su madre al ver la rápida recuperación de su hijo, se arrodilló ante sus pies y le pidió perdón.

–¡Gracias, señora! Pongo a su disposición y de esa señora que le dio cobija, la mitad de todas mis riquezas.

La señora no sabía que esa mujer, aparentemente desposeída de todo y errante por el desierto, era una Diosa que había resucitado a su marido, el padre de Thor. No sabía que su principal poder era la curación de la gente común.

Autor: Pedro Celestino Fernandez Arregui










Accidente en el Golfo



                                         Accidente en el Golfo

La Terminal Marítima de Nueva Gerona estaba abarrotada de personas que deseaban viajar, pero las capacidades de las embarcaciones, eran limitadas. Muchos esperaban que hubiera fallos y se mantenían atentas en su lista de espera. Marta necesitaba embarcar en la próxima y última Kometa, nombre de los hidrodeslizadores que operaban entre Nueva Gerona y el puerto de Batabanó.
–Mario, por favor, necesito irme en esa lancha. Mi hija se casa esta noche y no he podido obtener  un pasaje desde hace tres días.
–¡No te preocupes! Tú sabes que ustedes para mí son familia. Nos conocemos desde que era muy pequeño. Lo que te vas a tener que acomodar donde quiera porque asientos, no habrá.
–Como si tengo que ir las dos horas de pie.
Los pasajeros comienzan a abordar la embarcación. Pedro y Samuel están en la fila para entrar.
–¡Al fin, hermano! Nos vamos para la capital. Todavía te quedan dos días de vacaciones.
–Sí, Pedro, pero tenemos que hacer muchas cosas en la casa. Recuerda que la “vieja” nos dijo que veníamos para la Isla pero había que arreglar un poco el patio.
–Eso lo resolvemos en dos horitas y a descansar.
Un poco mas atrás, casi al final, un señor de unos cuarenta años, mostraba preocupación en su rostro. Había venido a tratar de reconciliarse con su exmujer. Había quedado decepcionado al ver que ella tenía una pareja y que se amaban. La culpa había sido de él. Siempre llegaba borracho y tenía fama de mujeriego. Su madre le decía, “Arturo ocúpate mas de tu mujer y deja la bebida”, pero él no hacía caso. Esa etapa la había cerrado y quería comenzar una nueva vida. Había dejado el alcohol y quería formar un verdadero hogar. Por tal motivo había viajado a la Isla y ahora regresaba decepcionado.
Todos los pasajeros se acomodaron en sus respectivos asientos, menos Marta que se sentó en un banco junto a la cafetería, en la popa.
La embarcación se deslizó por el río, silenciosamente, ante las miradas de algunos pescadores aficionados sentados en el muro de la avenida que bordeaba el río. Escasos minutos después rebasaba la desembocadura y comenzaba a elevarse para deslizarse con sus patines por el mar.
Una vez cruzada lo que llamaban “La Pasa”, los pasajeros comenzaban a acomodarse en sus respectivos asientos, algunos salían al Puente de Cubierta para observar el mar, unos leían el periódico o alguna novela. Los niños no dejaban de hacer preguntas. Dos jóvenes, sentadas a estribor conversaban sobre sus respectivos novios sin ningún recato. Tres hombres hablaban sobre las medidas tomadas por la Empresa y un joven, sentado al lado de una hermosa chica, trataba de enamorarla. Ella le sonreía, pero no se veía interés por el muchacho. Otros habían acudido a la popa a beber cerveza o refresco, entre ellos, Pedro y Samuel.
–En el Puente de Mando todo era alegría. Ese día habían entregado las botellas de ron y cerveza asignadas para “Gastos de Representación”. Así, mientras la lancha se deslizaba por el Golfo de Batabanó, las cervezas y el ron se fueron terminando.
–El equipo de la Isla no va a quedar en un buen puesto. Son indisciplinados y beben muchos –había dicho el Maquinista
–No te creas, ahora tiene un buen entrenador. –dio el Capitán
–Debíamos estar cruzándonos con la Kometa III que va para la Isla – dijo un marinero de abordo.
–Tú sabes cómo es eso. Igual vienen atrasados. Ellos siempre salen atrasados –dijo el Capitán.

En la kometa III, los tripulantes también  disfrutaban de las bebidas de “cortesía”
–¡Qué raro no hayamos tropezado con la Kometa II! ¿No ves nada Nacho? –dijo el Capitán.
–Ya aparecerán. Vamos a terminar la botella esa que después tenemos que prestar mucha atención a la navegación –diciendo esto un tripulante, llenó los vasos de los demás.
En el salón, todo era normal. La hidromoza paseaba entre los pasajeros, observando por si acaso había alguien fumando u otra cosa que infringiera las normas establecidas.
En el puente de mando, han dejado la botella en el suelo y de pronto ven a escasos metros la Kometa II.
–¡Rolo, para!– se escuchó decir al Capitán.
El impacto ha sido brusco. La hidromoza cae al suelo y algunos pasajeros salen despedidos de sus asientos y el apacible salón de pasajeros se convierte en una mezcolanza de equipajes y personas. Se escuchan gritos y en los rostros se dibuja el terror y el dolor.

En la Kometa II, los tripulantes han ocupados sus puestos. El Capitán ve como se les encima el otro deslizador.
–¡Negro, todo a estribor, coño!
El giro brusco y el fuerte golpe, expulsa de sus asientos a los pasajeros. Hay varios heridos. Inmediatamente, una abuela le pone un pañuelo en una herida en la frente a su nieto, una mujer grita de dolor en el suelo y otros gritan sin saber por qué.
La Kometa III se les ha encimado. Barre toda la popa cegando la vida de los dos hermanos y arrojando al mar a Marta. En el baño estaba el cuerpo sin vida de Arturo.

Autor: Pedro Celestino Fernández Arregui

Nota: Este accidente ocurrió en el año 1986 cerca de Cayo Cruz. Los nombres de las personas y los números de las embarcaciones, así como la historia contada de los personajes es ficción. Lo real es el accidente y la muerte de cuatro personas.