miércoles, 28 de agosto de 2019

COPO




                                                    Copo



Bernardo se dirigía a Lugo para ver un partido de fútbol cuando a la altura de Meira, observó un pequeño perrito al borde de la carretera. ¡Lo habían abandonado! Lo recogió y se dirigió a su casa en el campo. Allí vivía desde muy joven acompañado de sus padres recién fallecidos. Aquel perrito era ahora, lo único que amaba. Lo alimentó y cuidó con esmero, pero sobre todo le daba mucho cariño. Era tan blanco y peludo que le puso Copo en alusión a los copos de nieves.

Bernardo y Copo se bañaban en el río, cenaban juntos y dormían juntos. El perro era inteligente y sobre todo no le perdía pies ni pisada a su amo.

Un día, estando de cacería, Bernardo cayó en una trampa de lazo y quedó guindando por una pierna. Copo, al ver que su amo no podía desprenderse de la trampa, salió al parecer en busca de ayuda.

Los minutos pasaban y no llegaba ayuda  y Copo no regresaba.  Comenzó a balancear el cuerpo hasta que logró agarrar el tronco del árbol cuya rama lo sostenía y con mucha dificultad logró soltarse. Le dolía el pie terriblemente y apoyándose en la escopeta comenzó a andar por aquellos montes  con la esperanza de encontrar a su querida mascota.

Andando y descansando a ratos, llegó a una casa. Se sentó bajo una encina y recostó la espalda al tronco. Pasado unos  minutos, salió un señor con un sombrero y una chaqueta vieja, una barba espesa y larga y vientre abultado.

–¡Eh, amigo! ¿Estás bien? –dirigiéndose a Bernardo que casi no podía gesticular palabra– ahora te traigo algo de comer. Jeje

Bernardo siguió al hombro que entró en la casa y al poco rato salió con un trozo de carne asada. En realidad tenía mucha hambre y aquella carne sazonada con hierbas le sabía a gloria.

–¡Tú come! Ahora te voy a traer un buen vino.

Cuando el hombre entró a la cabaña, observó un bolsa con muchas moscas volando encima. Se levantó y fue hasta la bolsa que estaba a unos pasos y la abrió. Lo que vió, le dieron deseos de vomitar y le salió del fondo de su garganta, un grito desgarrador que retumbó en todas aquellas montañas.

–¡Noooooooooo!

Bernardo regresó junto a su escopeta y cuando el hombre abrió la puerta recibió una descarga mortal. Con lágrimas en los ojos y el dolor reflejado en su rostro se dirigió al cuerpo del hombre y le volvió a disparar. Regresó a la bolsa llena de piel con pelos blancos.

Lloraba desconsoladamente cuando sintió como unos gemidos provenientes del inerior de la vivienda. En una habitación estaba herido Copo. Huellas delas garras y colmillos de los lobos por todo el cuerpo. El hombre lo había curado, le había dado alimento y le había hecho como una cama con mantas y sacos. Entonces, demasiado tarde,  comprendió todo. El hombre había salvado a Copo de los lobos y había matado uno para comérselo.



Nunca debemos tomar decisiones cuando a ira nos empuja porque podemos cometer errores y el corazón se nos estruja.



Autor: Pedro Celestino Fernandez Arregui








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