martes, 21 de diciembre de 2021

Atrapado


 

                                                   ATRAPADO

     Lo que le pasó a él le sucede a cualquiera y por eso no podemos desesperarnos ante un problema. Hay que analizar las cosas con calma, siempre y cuando tengamos cerebro para eso. El siguiente relato es una muestra de la desesperación que puede causar un episodio de nuestras vidas.

     Todas las tardes, poco antes del anochecer, se asomaba a la ventana de su habitación y se pegaba al cristal para ver mejor. Sabía que a esa hora, la joven se duchaba y luego se acostaba un rato a leer. La vio salir del baño desnuda, como siempre lo hacía, con una toalla envuelta en su cabeza para secar su cabellera. En realidad, el no miraba el cuerpo de la mujer como un deseo que pudiera tener sino, como una obra maestra de la naturaleza.  Sus ojos seguían todos los movimientos de aquella chica. Se había puesto una bata de dormir, se estuvo secando el pelo con el secador, luego cogió un libro de la mesita de noche y se puso a leer. El disfrutaba viendo sus gestos, al parecer, según lo que leyera. Tan absorto estaba que no se percató de que alguien se acercaba y cuando se dio cuenta, estaba encerrado. Era imposible entrar en el cuarto de la joven y ahora alguien, le había cortado la posibilidad de marcharse. Comenzó a tejer una serie de posibles culpable y consecuencias. ¿Por qué harían eso? ¿Me mataran? La mujer no podía hacerle nada porque ella estaba leyendo tranquilamente. Lo más probable es que el padre quisiera aplastarlo. Lo había visto varias veces en la carnicería donde trabajaba y no tenía compasión con nadie. El hacha y los cuchillos eran manipulados con rabia y al parecer disfrutaba ver sus manos llenas de sangre. También podía ser el hermano. Se reúne con delincuentes y asesinan perros como si fuera una gracia. Observó que la chica se había dormido. Se puso en un rincón a esperar lo peor, sin dormir nada y así amaneció. Un ruido lo despertó y entonces vio como la cortina metálica de la ventana se había abierto y salió volando del espacio entre el cristal y la cortina en la que había pasado  la noche. ¡Pobre moscón!

 

Pcfa

 

lunes, 20 de diciembre de 2021

Mi Adolescencia


 

 

MI ADOLESCENCIA

 

Tenía esa edad en que quieres ser adulto pero eres un niño, esa edad donde nos afeitamos para que nos salgan pronto la barba y el bigote, la edad en que queremos ser mayores y comenzamos a “probar” cosas de adultos como el alcohol o el tabaco, cuando no queríamos usar pantalones cortos o bombaches (muy de moda para los niños en mi época) y queríamos ir al cine para ver una película prohibida para 16 años, entre otras cosas.

En esa edad, nos enamorábamos por el rostro Era lo único que veíamos de las chicas. Los vestidos de la época escondían todo, aunque algunos modelos dejaban calcular el tamaño de los senos.

En esas condiciones, me enamoré de la hija de un ganadero de la zona. El señor, aunque era relativamente joven, tenía fama de tener más mala leche que un toro de lidia cuando sale al ruedo. Tenía miedo de que alguien le hablara sobre mi cortejo a su hija.

Estrella me dijo un día que su padre quería conocerme. Fue como si me dijeran que me iban a torturar, pero era peor si no asistía a su casa.

Le saqué brillo a los zapatos de tal manera que podía ver las espinillas en mi rostro. Me puse un pantalón largo planchado con sendos filos prominentes semejantes a las proas de un catamarán y una camisa blanca, también planchada que te obligaba a llevar el cuello tieso como todo un caballero de la Edad Media con su armadura. A esto hay que agregarle medio pomo de colonia distribuida por todo el cuerpo.

Llegué a la casa de Don Porfirio dos minutos antes de las cinco de la tarde, hora acordada. Me hizo pasar a un gran salón que hacía derroche de ostentación.

– Buenos días, joven.

– Buenos días, Don Porfirio

– ¿Usted fuma? –me preguntó ofreciéndome un tabaco enorme.

– No señor. Muchas gracias.

– ¿Bebe ron o vino?

– No señor, ninguna de las dos cosas.

– ¡Manuela! ¡Tráele jugo de mango al muchacho!

– Así que usted está enamorado de mi hija. ¿Cómo piensa mantenerla?

¿Mantenerla? ¿Cómo la voy a mantener? Pensé.

– Pues trabajaré –le respondí casi balbuceando.

– Le puedo dar trabajo limpiando los excrementos de las vacas en los establos.

¿Recoger mierda? Este hombre está loco. Tengo que decirle que sí. No tengo alternativa, meditaba.

– Pues lo haría muy a gusto, señor.

– También puedes trabajar con el veterinario recogiendo semen de los toros.

¿Cómo? ¿Masturbar a los toros? No lo podía creer.

– Sí, también lo haría. –lo dije como para que no me oyera.

– Mira muchacho, todavía le falta un poco para ser hombre. Cando tengas pelos en el ano, me vienes a ver. (Lo de pelos en el ano me lo dijo vulgarmente) Mientras tanto no quiero verte cerca de Estrella. ¿De acuerdo?

– Sí señor

Pasaron los años y había matriculado en la Universidad para estudiar Ingeniería Mecánica y un día, saliendo de la Universidad, un auto se detiene a mi lado y el copiloto baja el cristal tintado.

– ¿Tu eres Guillermo? ¿El que quería ser novio de mi hija?

– Si, Don Porfirio.

– ¿Ya te salieron los pelos?

– Sí, señor.

– Cuando lo desees puedes ir por la casa para que veas a Estrella, conocerás a su marido y sus cuatros hijos. Hasta luego. ¡Chófer, vamos! Diciendo esto último, subió el cristal de la puerta y el auto partió.

 

 

Pcfa

 

sábado, 18 de diciembre de 2021

Fantasma


 

                                              FANTASMA

 

 

La Terminal de Ómnibus donde trabajaba estaba situada al lado del cementerio de mi pueblo. Nos era fácil asistir al enterramiento de alguien pues solo teníamos que mirar por encima del muro que dividía a la terminal del cementerio. Me imagino que más de uno se cabreaba cuando su panegírico a un difunto era inaudible por el ruido de un motor en prueba o cundo algún mecánico le decía a otro “Acaba ya” refiriéndose a algún trabajo.

Podría poner muchos ejemplos de la relación del cementerio y la Terminal, pero hay algo que nunca se me ha olvidado.

Me tocaba trabajar, un domingo, en el turno de once de la noche a siete de la mañana. En aquel entonces, a las diez de la noche, no había nadie en la calle y tampoco, autos. Las oficinas no trabajaban y en el taller estaban los mecánicos imprescindible para el mantenimiento. A la hora de la merienda nos sentábamos dentro de un autobús y hacíamos cuentos y bromas. No sé por qué, casi siempre en el grupo hay alguien un poco distraído. Sí, son personas que no se puede decir que sean tontos ni mucho menos, pero son un poco lentos en entender las cosas y a veces, no entienden una broma y se asombra ante algún cuento. Ese día pues comenzamos a hablar de muertos. Que si a mi tía se le apareció un muerto en el cuarto, que si en casa de una vecina se escuchan voces, en fin, cuentos que le ponían a Teleforo los pelos de puntas. Teleforo era de esas personas que mencionaba anteriormente, o sea, muy tonto para analizar las conversaciones para saber si se trataba de una broma, una historia o algo real.

Pancho, uno del grupo salió sutilmente del ómnibus, sin que Teleforo se diera cuenta. El ómnibus estaba de frente a la pared del cementerio. De pronto Teleforo abrió los ojos y señalaba para el cementerio. Una figura fantasmagórica estaba encima del muro y haciendo un ruido como si se tratara de una ventolera.

Teleforo, temblaba como las hojas de los árboles azotadas por un fuerte vendaval y nosotros, imaginando de que se trataba de una broma de una broma de Pancho, pues ayudábamos a crear el ambiente terrorífico y hacer más efectivo los efectos especiales. Nos dio lástima como estaba aquel chico y temíamos que le pudiera producir algún problema cardiaco o neurótico y le dije: “Tranquilo, Tele. Ese es Pancho” En eso llegó Pancho diciendo que había estado mucho tiempo en el baño con dolor de barriga y Telo señalando de nuevo para el cementerio. El “fantasma” seguía ahí. Nos asustamos de verdad. El mal olor se propagó dentro del autobús sin poder identificar al causante, porque lo mismo podía ser Pancho que Teleforo. Me bajé del transporte y fui hasta el muro. Era una sábana que había quedado prendida de una rama de un árbol. Me subí para quitarla y calmar a los muchachos, cuando una voz me dijo: “Esa es mi sábana” Un señor, encima de una tumba había hablado. Le tiré la sábana y me bajé del muro. “Vamos chicos a trabajar”.

Al parecer era un señor que dormía en el cementerio. Nunca supe quién era y no lo vi nunca más. Ahora me pregunto, ¿Sería un hombre o un fantasma?

 

Pcfa

 

 

 

 


lunes, 13 de diciembre de 2021

Oscura Historia


 

OSCURA HISTORIA

Como todos los días, a las siete de la noche,  Edgardo Abreu llegaba al bar La Estrella, situado en una calle céntrica de la ciudad. Se sentó en la barra y pidió un Whisky barato con hielo. En el bar estaban sentados en dos mesas, cuatro personas. Abreu no se interesó por ninguno de los clientes del bar. Bebería varias copas de whisky hasta sentirse “bien” y se iría para la casa. No soportaba por mucho tiempo la música alta que se escuchaba por los altavoces.

– Señor, ¿Le pongo otra copa? –le preguntó el camarero a Edgardo que se encontraba  recostado al mostrador, como si estuviera dormido y con la copa vacía en una mano.

– Señor, ¿Me escucha? –repitió de nuevo el camarero y lo movió por el hombro.

Edgardo cayó al suelo. Estaba muerto con una herida de bala en la espalda a la altura de la parte superior del pulmón izquierdo.

La policía llegó de inmediato, revisó el cuerpo tomó declaración y los datos personales de cada uno de los presentes. Nadie se había movido de sus asientos desde que llegó la víctima y el camarero no había salido de la barra. Tampoco no había entrado nadie y las ventanas estaban cerradas porque el local tenía aire acondicionado. Ninguno portaba arma. ¿Cómo lo asesinaron? Se preguntaba el Inspector Pelly.

Ninguno de los presentes en el bar podían salir de la ciudad y tenían que estar localizados, mientras el Inspector buscaba información de ellos y esperaba el resultado de la autopsia. También buscó información sobre Edgardo Abreu.

El occiso tenía 52 años, natural de esa ciudad y vivía en un barrio del sur. Arrestado y condenado por una muerte imprudente. Cuando tenía 18 años tuvo una discusión con un compañero del Instituto que se convirtió en una pelea en la que su adversario cayó sobre un trozo de hierro puntiagudo, causándole la muerte. Fue condenado a 20 años. Al salir se mudó a dos calles del bar. Trabajaba de custodio en un almacén.

El camarero, 25 años, natural de la ciudad, nunca había tenido problemas, vivía desde niño en el mismo barrio.   

De los clientes, dos tenían antecedentes penales por robos menores y los otros dos estaban “limpios” Los cuatros vivían cerca del bar, pero uno de ellos, el que estaba sentado solo en una mesa, vivió en el mismo barrio donde vivió Abreu.

El informe de la autopsia decía que Edgardo Abreu había muerto de una hemorragia interna pulmonar provocado por una herida de bala. Balística informaba que se trataba de una pistola calibre 38 disparado a una distancia de un metro aproximadamente y la trayectoria indicaba que había sido disparada desde atrás y un poco a su derecha.

Las investigaciones del equipo del inspector se centraron en los dos hombres con antecedentes penales. Sin embargo no había nada que los vinculara con la víctima. De pronto, la investigación dio un giro cuando Pelly descubrió que había alguien que tenía motivos para asesinar al señor Abreu. Además, ordenó un registro exhaustivo del Bar pues la pistola tenía que estar escondida allí.

El arma fue encontrada dentro del tanque de la taza del inodoro. Se encontraron huellas digitales y el proyectil extraído del cuerpo de la víctima coincidía con el arma encontrada.

El Inspector reunió a los presentes, en el momento del asesinato y los interrogó por separados. Luego les pidió que se sentaran en la misma posición en que estaban todos.

– Ustedes tres, estaban hablando de una fiesta a la que habían asistido y ninguno se levantó de la mesa desde el momento en que llegó la víctima –dijo dirigiéndose a los que estaban sentados en una de las mesas.

– Usted, señor Cobos, estabas leyendo el periódico. Sabemos que usted lee hasta la publicidad, según nos ha informado. Tampoco se levantó de la mesa –esta vez sus palabras iban dirigidas al que estaba sentado solo en otra mesa.

– Marcos, nos ha dicho que usted conversaba con el señor Abreu, pero nos omitió que había ido al baño. ¿No es así?

– Es normal. Cuando no tengo mucho trabajo reviso el baño por si falta papel higiénico, gel o si está limpio.

– Es normal, pero en esta ocasión usted fue por otra cosa. Para  esconder el arma con la que había cometido el asesinato.

– ¡Eso es absurdo! No tenía motivos para hacerlo.

– Eso creímos. Investigando supimos que usted fue adoptado con seis meses de haber nacido. Su padre, un joven de 19 años resultó muerto en una pelea. Su madre, ante el dolor y la incertidumbre de desamparo con un bebé, decidió darlo en adopción y después se suicidó. Usted no sabía esa historia y siempre creyó que sus padres eran los que lo habían adoptado mientras fue pequeño. Un día, su cliente, borracho como una uva se lo confesó sin saber que usted era hijo del compañero fallecido. Por varias conversaciones que había escuchado entre sus padres sabía lo de la adopción y comenzaste a averiguar hasta que pudiste comprobar que el culpable de la muerte de tus padres venía todas las noches a beber a tu bar. Esa noche cogiste la pistola y al pasar por su lado, le disparaste. Seguiste para el baño donde la escondiste.

– Nadie escuchó ningún disparo. Puedes preguntarle.

– Nadie escuchó el disparo por tres razones. Primero, estaban entretenidos. Segundo, ese día usted tenía el volumen del equipo de audio más alto que nunca y tercero, la pistola tiene un silenciador acoplado y un paño para recoger el casquillo. A esto hay que agregarle que disparaste a través del interior de un rollo de papel higiénico apoyado en su espalda. Marcos Gutiérrez, queda usted detenido por el asesinato de Edgardo Abreu.

 

FIN

 

Pcfa

 

 

 

 

 

 

 

 

domingo, 12 de diciembre de 2021

La Leyenda de Sierra Las Casas


 

                    LA LEYENDA DE SIERRA DE CASAS

Hace alrededor de 120 años vivieron dos personajes en la entonces pequeña Nueva Gerona que conformaron una leyenda.

Tingo era un joven con discapacidad mental. Entre sus características estaba la de deambular hasta altas horas de la noche por las calles y los alrededores del pueblo y la otra, siempre hablaba de cosas y hechos inexistes. Nunca decía algo que fuera totalmente cierto y los pobladores lo escuchaban con sonrisas y algunos con burlas.

Gregorio era un joven de unos treinta años muy dedicado a los ejercicios y su “biblioteca” estaba llena de folletos de Charles Atlas que prometía cuerpos musculosos y fuertes. Llegó en una goleta con apenas un jolongo y vivía sólo en un cuarto alquilado cerca del río Las Casas. No se relacionaba con nadie, encargaba la comida a una fonda y no iba a ninguna parte, a no ser pasear por la orilla del río hasta la playa.

Casi con la llegada de Gregorio la gente comenzó a decir que en la cima próxima a Nueva Gerona, podía verse en las noches de luna llena, la figura de una mujer y cuando había viento su cabellera ondeaba como las hojas de una palmera.

Una noche de hermosa luna, Tingo paseaba por los alrededores del pueblo cuando vio que Gregorio se dirigía  hacia la loma y lo siguió. Cuando llegó arriba observó escondido, a una mujer desnuda y brillante. Su cabellera larguísima y de sus ojos salía chispas. Miró como Gregorio se acercó a ella lentamente, se abrazaron y se dieron un beso largo hasta que de pronto apareció una densa niebla, ocultándolos e imposibilitando de ver nada más. Cuando la niebla se disipó, no había nadie.

Eso lo contó muy temprano en un mesón. Por supuesto, nadie lo creyó, pero Gregorio desapareció, como también desapareció la figura de la mujer en la cima de la Sierra de Casas.

A pesar de los años transcurridos, hay personas que aún miran hacia la loma en las noches de Luna Llena.

 

Pcfa

miércoles, 8 de diciembre de 2021

Nadie me Cree (Ciencia ficción)


                                             

                                                                      Nadie me cree


–¡Usted no existe! Hemos verificado todos los datos que nos ha brindado y no existe su esposa, su hijo, su trabajo, su auto, en fin, nada.

 Con estas palabras, el abogado, hacía añicos mi inocencia. No sé si se despidió  o simplemente se levantó y se marchó. Estaba estupefacto, clavado en aquella silla plástica. El guardia me sacó de mi estado de shock: “Por favor. Por aquí.”  Me condujo hasta mi triste celda. Me tiré de espalda en aquella dura litera, como cuando llegaba exhausto del trabajo y me dejaba caer en el blando sofá del salón de mi casa.

El compañero de celda, sentado en un banco,  me miraba con ojos de compasión. Se levantó,  me alcanzó unas hojas, un lápiz y me dijo “Escribe tu historia. A lo mejor, algún día, alguien te cree”. Lo miré con decepción, tomé los materiales y comencé  a escribir.                                                                         

Aquel día me levanté muy temprano, pues mi destino estaba a varios cientos de kilómetros de mi hogar. Podía ir en autobús o tren hasta la ciudad más cercana y luego rentar un auto, pero prefería ir en mi viejo auto. De esa manera podía observar con más detenimiento todo lo que me rodeaba y las posibilidades de nuevos negocios.  Tenía que recorrer  todo el estado de Arizona y llegar cerca del desierto de Altar. Estábamos en pleno verano. El pavimento de la autopista brillaba como si estuviera hirviendo pero mi Lincoln estaba acostumbrado a trayectos parecidos a cualquier hora del día y en cualquier estación del año. A las diez de la mañana me detuve en un restaurante de carretera. Necesitaba merendar algo. Estuve media hora entre devorando un sándwich, leer algunas hojas del Washington Post y aseándome parcialmente en el baño. Me subí de nuevo al auto, encendí el radio y busqué una emisora con música pop.  Miré el reloj del salpicadero. Marcaba las once y treinta minutos. Abandoné la autopista para tomar una carretera secundaria. La vía estaba en buen estado y poco transitada, lo que permitía aumentar la velocidad a cien kilómetros por hora. Después de media hora de camino, llegué a una intersección sin pavimentar. No recordaba haberla visto en el mapa que siempre llevo en la guantera. Extendí la carta sobre el volante y volví a revisar todo el trayecto. En el mapa, la carretera seguía recta, sin embargo, tenía frente a mí, una gran instalación con miles de paneles solares e incluso no veía la vía que llevaba a mi destino. De todas formas pensé  que debía arriesgarme. Quizás me había equivocado pero podía perder tiempo. Giré a la izquierda y me desplacé a poca velocidad observando lo árido del terreno y observando por el espejo retrovisor, la polvareda levantada por las ruedas del auto. De repente el automóvil comenzó a dar tirones. Me alarmé ante una posible rotura en un lugar tan inhóspito. Observé el medidor del depósito de combustible,  ¡SORPRESA! No tenía combustible. Aparqué bien al borde de la calzada, para dejar espacio a los coches que circularan por allí, justo al tiempo de detenerse el motor. La emprendí a patadas con mi viejo auto hasta volver lentamente a la normalidad de ánimo. Apoyado con las dos manos en el techo, la cabeza inclinada y mi vista clavada en la tierra, me di cuenta de la estupidez cometida al no revisar el combustible. Me separé del coche,  dirigí mi vista hacia los dos lados del camino con la esperanza de divisar algún vehículo. Nada. Me dispuse a expulsar un poco de orine cuando divisé a escaso tres metros delante de mí, un animal muy raro. Me miraba con ojos muy grandes, fijos, sin  realizar ningún movimiento mientras yo observaba cada detalle  tratando de adivinar de qué especie se trataba. Tenía orejas similares a un conejo, pero cortas. Un hocico pequeño y una cara redonda. Tendría unos diez centímetros de alto por veinticinco de largo. Su cola era fina con más de medio metro de largo. Sin embargo, no tenía un solo pelo que cubriera aquella piel de color claro, pero indefinido. Comenzó a emitir un sonido difícil de identificar provocando en mí cierta inquietud. Entonces, lo miré fijamente a sus ojos inmensos y negros con un miedo rozando el terror. No sabía lo que me reservaba el destino. Aquel animalito, ante mi vista,  comenzó a ponerse pequeño pero extrañamente, mis prendas de vestir se ajustaban demasiado al cuerpo. Según disminuía su tamaño sentía como se desgarraba mi ropa. Tuve la necesidad de soltar el cinturón y quitarme los zapatos. Necesitaba quitarme el reloj marcando las doce. Miré el auto, lo vi pequeño, entonces pude comprender todo. Estaba creciendo rápidamente. Me sentí volando, estaba flotando y alejándome del suelo a una velocidad extraordinaria. Todo ocurría en fracciones de segundos.  Tenía bajo mis pies todo el territorio de los Estados Unidos, casi todo México y  Canadá. Como si fuera un astronauta, observaba nuestro hermoso planeta Tierra como se iba alejando. Lo mismo sucedía con la luna, en fin, todos los planetas del Sistema Solar, se alejaban como los cohetes espaciales. Sentía mareo, deseos de vomitar, me faltaba la respiración, sin embargo, podía percatarme de todo lo que estaba sucediendo. Luces azules, violetas, amarillas y marrón en el espacio aparecían luego se esfumaban ante mis ojos. Millones de puntos brillantes  se juntaban formando caprichosas figuras, mientras se alejaba nuestra galaxia, se  amontaban a mí alrededor otras formaciones celestes desconocidas por la ciencia. Pensaba si todo aquello no sería una recreación de los átomos, los electrones, las moléculas, etc. Porque, según me habían dibujado  en las clases de química, en el instituto, todo era similar a lo que se presentaba ante mis ojos. Pero eso era imposible. ¿O quizás, sí? Podía ver perfectamente las células, las moléculas como si se tratara de una enorme pantalla conectada a un potente microscopio. Las galaxias se estaban acercando, comprimiéndose junto a mí, formando una extraña composición de objetos donde predominaba el color rosa. No veía nada. Todo a  alrededor era una telaraña formada por esos cuerpos irregulares, hilos de colores y membranas fantásticas. Luego, oscuridad. Ruidos sordos de procedencia desconocidas, quizás, de torrentes de aire y agua. Pensé en la posibilidad de haber quedado ciego. No podía moverme ver nada y tampoco moverme.

No sé cuánto tiempo estuve así hasta ver una tenue claridad sobre mi cabeza.  Le di las gracias a Dios por no estar ciego. Estaba empapado por un líquido indescriptible impregnado de olores confusos. A pesar de estar desnudo,  no sentía frío, más bien una temperatura agradable. La claridad aumentó. Tenía la sensación de estar dentro de un tubo transparente y gelatinoso. Un foco de luz llegó a mis ojos, aunque tenue. Molestaba por haber estado, durante cierto tiempo, en la penumbra. Al fin fui “expulsado” de aquel "conducto"
Comencé a respirar normal. Me encontraba rodeado de hilos finos, sobre un suelo muy raro formado por mosaicos poligonales. Me preguntaba si en un lugar situado en mi país o en otro lugar. Inmediatamente, aquellos hilos quedaron por debajo de mi cintura dando la impresión de encontrarme en una pradera con largas hierbas de suaves colores. Ocurría algo indescriptible.  en  hierbas de suaves color. Ocurría algo indescriptible. Aquella “vegetación” redu- cía su altura y dejabas espacios libre. Me sobresalté cuando el suelo comenzó a moverse bruscamente con tanta fuerza hasta lanzarme por el aire para caer sobre un suelo blando y blanco. No era nieve. Tampoco podía ser tierra. Estaba sobre algo tejido con hilos enorme y rodeado de objetos descomunales sin poderlos definir. Frente a mí, una pared blanca, que se iba bajando muy de prisa. Entonces, con gran asombro, comprendí que todo estaba ocurriendo en sentido inverso. ¡Estaba creciendo! Los objetos  a mi alrededor tenían ahora el tamaño normal. Observé las paredes, los muebles, las lámparas, las ventanas, un hermoso reloj de pared marcando las doce. No había dudas, me encontraba en una gran habitación. Un grito aterrador me hizo salir de mi “observación”.     Dirigí  la  mirada hacia el lugar de donde provenía. En medio de la habitación había una joven tumbada en una amplia cama, con la sábana a la altura de unos  ojos bien abiertos, como si hubiera visto un  monstruo y gritando con todas sus fuerzas. En un principio estaba tan confundido que no comprendía el motivo del  estado de pánico mostrado por la joven, pero inmediatamente me cubrí con las manos mis partes íntimas del cuerpo, coincidiendo casi al mismo tiempo con la entrada de un  señor con una escopeta en sus manos  muy dispuesto a usarla. No sé describirlo, observaba el arma con  esperanza y angustia al mismo tiempo, rezando para no sentir un proyectil a perforándome. Luego dijo: “Erick, llama a la policía.”.  Se dirigió despacio, sin dejar de apuntarme, hasta el armario. Con una mano abrió el ropero, tomó una bata de dormir de la chica y me la lanzó. Me puse la prenda   e intenté de explicarle lo inexplicable, pero me gritaba: “Cállese o lo mato”. La chica no había dejado de llorar e histérica salió de la habitación corriendo. El hombre de la escopeta de vez en cuando soltaba, como un disparo: HIJO DE PUTA produciendo heridas en mi dignidad. No sé cuánto tiempo estuve en posición erguida, como una estatua, en un extremo de la habitación hasta que  llegó la policía.  Me colocaron las esposas. Me retiraron bruscamente de la habitación.  Escuché cuando el hombre del fusil decía: “Haré todo lo posible para que te pudras en la cárcel, hijo de puta”.

Esta es mi historia. La escribo para si algún día la ciencia descubre algo parecido, aunque sea, digan: “el hombre tenía razón”. Puede ser, con el paso de los siglos, se descubra que todo lo conocido hasta hoy forma parte de otros seres vivos y ellos a su vez de otros, formando las mencionadas “dimensiones”. Pero ¡Qué carajo! si nadie para ese entonces, sabrá de mi existencia. Le entregué  las hojas escritas a mi compañero. Le dije: “Tómala, guárdala y si te parece lo publicas como un cuento de ciencia ficción. Total, nadie me cree ni me creerá jamás. ¡Buena noche!”

lunes, 6 de diciembre de 2021

La Recompensa


 

                                    LA RECOMPENSA

 

El barco bonitero salió muy temprano con sus cinco tripulantes. Tratarían de capturar la mayor cantidad posible de túnidos, a pesar de su viejo barco.

– ¡Patrón, el radio no funciona! Deberíamos regresar a tierra para que lo reparen.

– Luis, estamos a cuatro millas del puerto. No podemos desperdiciar el tiempo. Dentro de poco llegaremos a la zona de pesca.

A los pocos minutos llegaron al lugar escogido y de inmediato divisaron una gran “mancha” de bonitos.

– ¿Arriba! ¡Acoger los implementos! Parece que hay bonitos para llenar el barco.

Como si hubiera sido una orquesta cada uno cogió lo necesario con rapidez y coordinación. Delantales, guantes y anzuelos sentían la presencia de los peces que iban cayendo en la bodega del barco como si fuera un aguacero tropical. El sudor les corrí por sus rostros, pero no mostraban signos de fatiga. Tenían la oportunidad de aumentar las pocas capturas logradas en días anteriores.

– ¡Patrón, se acerca una tormenta! –dijo uno de los tripulantes.

– No pasa nada. Tardará en llegar. –contestó el Patrón.

Cuando el viento comenzó a batir con fuerza, comenzaron a tirar los peces de la cubierta para la bodega. A penas les dio tiempo para refugiarse en el interior del casco cuando las olas comenzaron a pasar por encima del bonitero. El ruido proveniente del exterior era aterrador y parecía que una mano gigante movía la embarcación como si fuera un juguete. Las tablas del casco habían sido dañadas y entraba agua. Después de vivir aproximadamente una hora en aquel infierno, vino una densa calma y salieron a cubierta. Quedaron atónitos cuando salieron a cubierta. El Puente de Mando había sido borrado y no veían rastro de su Capitán.

No sabían la posición en que se encontraban, pero divisaron una franja de tierra en el horizonte a la cual podían llegar nadando.

Llegaron exhausto a la costa y sentados en la arena pudieron ver con gran desconsuelo y tristeza como como el viejo barco pesquero que tanto los había acompañado en sus faenas, desafiando las inclemencias del tiempo, se iba hundiendo despacio como si la vejez no le permitiera llegar apresuradamente al final de su vida.

Uno de los pescadores se puso en pie y dando pasos cortos, primero hacia un lado y luego hacia el otro hasta que se detuvo frente a sus compañeros.

– ¡Compañeros! No podemos pensar que si fue culpa del Patrón, que Dios lo tenga en la gloria, si fue culpa de la radio o del barco que estaba en malas condiciones. Tampoco podemos pensar que tenemos mala suerte. ¡No! Estamos vivos y eso es una bendición. No podemos darnos por derrotados. ¡Sobreviremos y saldremos adelante!

– ¡Volveremos a ver a la familia! –gritó el más joven.

– ¡Claro que sí! Y yo volveré ver  a mis nietos.

– Como aquí no hay nada que comer, prepararé un arpón con un palo y capturaré peces. También buscaré mariscos. He visto cobos, ciguas y cangrejos.

– Ustedes saben que antes de enrolarme  confeccionaba redes. Así que confeccionaré una canasta para recolectar agua cuando llueva. Sí, se lo que ustedes piensan, pero haré la canasta con bejucos y luego le iré pegando hojas de con resina de las plantas –dijo Augusto.

– Cuando era joven aprendí a hacer fuego frotando palos, como lo hacían los aborígenes. Puedo recoger madera por toda la costa y hacer una fogata para la noche que tendrá varias funciones como, alejar los mosquitos, asar los alimentos y que pueda ser vista por algún barco que pase cerca –dijo Alejandro, el de mayor edad.

– Mientras ustedes hacen sus tareas haré haciendo, con lo que encuentre, algo parecido a un bohío para protegernos de la lluvia y luego ayudaré en todo. –dijo Eliecer.

Al día siguiente, Alejandro encontró, en la playa, el cuerpo de su Patrón. Lo enterraron, guardaron un momento de silencio y luego le pusieron flores silvestres que encontraron.

A los veinte días fueron rescatados y llevados a su pueblo costero.

– Compañeros, ustedes sobrevivieron gracias a su tenacidad e inteligencia y el Consejo de Dirección ha acordado que tomen unas merecidas vacaciones y cuando regresen serán enviados a la Escuela Nacional de Patrones de donde saldrán con más experiencia y su título acreditativo de Patrón de Barco. Además, se le entregará un barco bonitero nuevo a cada uno. – terminó diciendo el Director de la Empresa.

Dicen en Guanímar que esos cuatros barcos son los que obtienen mayor cantidad de bonito de todo el País.

Moraleja: Los que piensan estar derrotados, nunca la victoria han logrado.

 

Pcfa