EL PATIO
El señor Balmaseda miraba pensativo a su hija sentada, en el mismo banco de siempre, leyendo poemas de José Ángel Buesa. Siempre llevaba libros con poemas de Gustavo Adolfo Bécker, Octavio Paz, Jorge Luis Borges, Pablo Neruda y otros. Sabía que ante su vista tenía una obra de teatro que no reflejaba la verdad del personaje, En este caso su hija. Sabía que a pesar de sus sonrisas, en su corazón encerraba mucha tristeza. Todo comenzó en una tarde de Abril.
Cuando Beatriz entró al salón lo esperaba su padre.
– ¿Qué te crees? Una niña dejándose besar por un hombre al aire libre. Eso que has hecho no es digno de una joven de nuestra altura. Una familia que ha mantenido durante muchos años el respeto y la decencia, la moral y las buenas costumbres de lo mejor de la sociedad. –terminando de hablar, bofeteó a la joven que se marchó apresuradamente y llorando a su habitación.
Las visitas de Alberto continuaban, pero no había besos.
Dos años después, Balmaseda sufre un accidente al ser embestido por un toro y recibir heridas graves. En el hospital fue atendido por varios cirujanos y el recién graduado Dr. Alberto Lemus que le dedicó su atención y cuidados durante todos los momentos libres que tenía.
Don Gregorio Balmaseda había quedado con parálisis parcial y los médicos le aconsejaron a su hija que evitara darles disgustos porque podía agravar su estado de salud.
Dos días antes de salir del hospital, llamó al Dr. Lemus.
– Doctor, usted se ha portado muy bien conmigo y se lo agradezco en el alma. Quiero decirle que estoy de acuerdo en que usted se case con Beatriz.
– Señor, estoy muy agradecido con la distinción de agradecimiento que me hace, pero quiero decirle algo. Su hija no es un objeto, una mascota o una planta que se brinda o se regala para agradecer o felicitar. Su hija es una mujer con conciencia y criterio propio y no necesita permiso de nadie para decidir en algo y mucho menos en el amor. Hablaré con ella y le pediré que se case conmigo, pero no le diré jamás de lo que hemos hablado. Muchas gracias y le deseo una rápida recuperación.
Esa noche, Alberto Lemus visitó la residencia de los Lemus. Se sentaron en el mismo banco de siempre junto a las rosas y de frente a la bailarina española.
– Mi amor, hace tiempo nos amamos. En esta noche, frente a la fuente, bajo la Luna y con el aroma de las rosas, te pido que te cases conmigo.
– Alberto, siempre te he amado y te amo, pero no es justo casarnos en la situación que está mi padre.
– Tu padre no se recuperará nunca y nosotros tenemos na vida por delante para amarnos y cuidar de él.
– No, Alberto. No puedo hacer eso.
– Eres una chica de buenos sentimientos y buen corazón, pero no me amas. El amor es algo que no se supedita a nada, ni siquiera a la muerte, porque aunque no lo creas se sigue amando cuando desaparecemos de la vida terrenal. Siento no poder tener una vida en común contigo y solo deseo que seas feliz. Adiós, Beatriz.
El joven se marchó con su corazón destrozado y sus ojos humedecidos, mientras Beatriz mencionaba, como en un susurro su nombre, y por sus mejillas corrían las lágrimas.
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