martes, 16 de junio de 2020

Ambición y Poder




                             Ambición y Poder


La vida es como una Noria, da vueltas y vueltas. Hace paradas, donde unas veces quedas arriba y otras abajo. También, como un balancín o cachumbambé, subiendo y bajando. Es por ello que no podemos escupir para abajo cuando estamos arriba.

Emeraldo Tabera era un acaudalado comerciante de origen español y radicado en Francia. Siempre acompañaba a su padre desde que era niño. A viajes de negocios, transacciones comerciales y estudiaba en uno de los mejores colegios privados de París. Por su inteligencia y dedicación  recibió títulos de Ciencia e informáticas y experto en economía. Al morir su padre, el joven con veintiséis años, tomó las riendas de los negocios heredados. Era de estatura mediana, delgado, piel morena, ojos y cabellos negros, pero no era nada agradable su físico, sin embargo, no eran pocas las chicas que trataban de seducirlo. Una de esas chicas se llamaba Jennefer Dubois, directora del área comercial de la más importante fábrica de la Corporación, situadas en la India.

–¿Qué tal el viaje, señor Tabera? –preguntó y lo saludó efusivamente, el Director General..

–Esos viajes son agotadores, pero por lo demás muy bien.

Se sentó en la silla de su interlocutor y éste se sentó frente a él, escritorio por medio. El director de la fábrica era un indio nacido en el sur del País y llegó a estudiar ingeniería informática en la Universidad de Kerala en Thiruvananthapuram. Era de estatura baja, un poco grueso, cara redondeada, pelo  medio canoso y usaba lentes de aumentos, que siempre llevaba encima de la cabeza y sólo los utilizaba para leer. Usaba la vestimenta típica de los habitantes de las grandes ciudades indias.

–Señor Uma, como sabes, he venido para visitar con usted, los yacimientos de Tailandia. Como me informaste, el cuarzo existente allí, es ideal para tener un buen abastecimiento para nuestra fábrica aquí dedicada a la fabricación de chips.

–Sí, señor. He conversado con las autoridades de ese país y podemos ir cuando usted lo desee.

–¡Saldremos mañana!



El avión de la compañía Air India debía estar sobrevolando Thailandia, sin embargo, nada más se veía mar. Los pasajeros comenzaban a inquietarse cuando escucharon por el audio la voz del capitán de la aeronave.

–Señores pasajeros, hemos tenido una avería en nuestro radar y no podemos aproximarnos al aeropuerto hasta que no se resuelva el problema. Le rogamos que tengan paciencia.

–Señor Uma, dígale a la aeromoza que quizás usted pueda arreglar el desperfecto.

El empresario hindú se dirigió a la aeromoza, pero antes de llegar a ella, el avión dio una vuelta completa y se precipitaba al mar. La aeromoza le ordenó sentarse y a todos los pasajeros que se abrocharan el cinturón y se pusieran con la cabeza entre las piernas.

El impacto contra el mar, fue terrible. El fuselaje se partió en tres partes y fueron tragadas por el mar.

Cuando Emeraldo Tabera abrió los ojos, se encontraba flotando gracias al salvavidas. Había tenido el tiempo exacto para cogerlo antes del impacto y ponérselo, luego quedó con el disparador inflador en la mano, mientras el resto de los pasajeros gritaban con su cabeza entre las piernas. No había nadie a su alrededor y únicamente, algunos materiales flotaban en una tarde que daba paso a la oscuridad y ocultaría los restos de la catástrofe. No se explicaba como no se le había desprendido el salvavidas, ya que no llegó a ponérselo correctamente

Cuando se hizo día, el señor Tabera se encontraba dormido y se despertó al sentir el roce de su cuerpo en la arena, abatido por las olas. Se incorporó y observó que se encontraba en una pequeña cala. Caminó por entre las puntiagudas y afiladas rocas hasta llegar a pisar tierra. Delante, tenía un espeso bosque. Necesitaba beber agua y pensó que caminando paralelo a la costa encontraría la desembocadura de algún río. Cuando había andado aproximadamente un kilómetro observó unos hombres conversando en torno a unas cajas de madera. Se les acercó con la idea de saber el lugar que se encontraba y pedirle agua. Los hombres al verlo fueron hacia él y lo rodearon. Eran cuatro hombres. Por la vestimenta, pudo saber que no eran hindúes. Uno de ellos se le acercó. Le hablaba en un idioma extraño.

–No lo entiendo –dijo en francés.

–¡Ah! Es usted francés –le preguntó en un francés chapurreado, otro de los hombres.

–Sí, soy francés.

–¿Qué hace por aquí?

–El avión en que viaja se precipitó al mar. Por favor, necesito agua.

–¡Si, como no! –le ofreció una garrafa con agua que tenían junto a las cajas, después de observarlo detenidamente.

–Así que es francés. ¿En que trabajaba?

–Soy un empresario.

–¿Tiene un negocio?

–Soy el Presidente de World Chermical and Software Company con sede en París y cuenta con fábricas y sucursales en varios países.

        Pues no se preocupe. Le resolveremos volver a casa.

Mientras Tabera bebía sorbos de agua los hombres comenzaron a hablar entre ellos.

–Cuando venga el barco iremos hasta un puerto cercano y allí lo llevaran hasta el aeropuerto.

–Muchas gracias. ¿Dónde estamos?

–Estamos en la isla de Preparis. Miren, llega el barco –dijo señalando  hacia el mar.

–Una hora mas tarde, Emeraldo Tabera y dos individuos abordaban un pequeño barco de pesca, después que lo hicieran los otros individuos con las cajas.

Una vez en el barco, lo llevaron a cubierta para que hablar por el radio.

–Diga quién es, saludos a su familia y que desea volver a casa. No diga donde está porque pronto llegaremos a puerto y entonces allí volverá a conectarse.

Después de terminar su alocución, como le había indicado el hombre, lo condujo a una especie de cuarto bajo cubierta. Aquí podrá descansar sin molestias. ¡Buen descanso, Monsieur!



Madeleine, había recibido a través de un mensajero, un sobre con un pendrive y una carta. Al leer la carta y escuchar la memoria USB llamó de inmediato a la policía.

–¿Está segura que esa es la voz de su esposo? –preguntó el agente.

–Sí, señor oficial. En su despacho hay muchas grabaciones de su voz, grabadas en teleconferencias con directivos de otras fábricas y filiales.

–La cantidad que solicitan por su liberación, es enorme., o sea, que los secuestradores saben quien es él. ¿Podría disponer de esos cinco millones en cualquier momento?

–Sí, señor. Tendría que reunir a los directivos de la compañía y explicarles el caso.

Madeleine tomó el teléfono y le explicó al Vicepresidente de la compañía, la actual situación de su marido y lo que pedían los secuestradores. Al día siguiente, se autorizó a Jennefer Dubois para llevar el dinero a los secuestradores cuando le comunicaran el lugar de intercambio. Salió en un avión privado y según la nota de los secuestradores, esperaría instrucciones en el Hotel Peti en Maungmagan, cerca de Dawei, importante ciudad de Birmania. Llegó al hotel cerca de la medianoche. Después de pasar por la Recepción se dirigió a su habitación previamente reservada. A la señorita Dubois no le gustaba el hotel por la afluencia de nativos, pero no había sido su decisión sino, la de los bandidos. El problema consistía en que el hotel era económico y no contaba con los lujos a los que ella acostumbraba. Además, por su blanca piel, ojos azules y cabellera rubia, era blanco de todas las miradas. Ella era muy hermosa y bonito cuerpo de modelo, lo cual contrastaba enormemente con su mal carácter. Al llegar a la habitación, dejó caer el equipaje en el suelo con rabia. Aunque era confortable, muy limpia, amplio ventanales y otras comodidades, para ella era indecoroso. Se acostó diciendo palabrotas y poco faltaba para que llorara de rabia. Se despertó, tomó una ducha y pidió un Desayuno Continental. Se sorprendió al observar lo bien elaborado y apetitoso que estaba. La tostada estaba exquisita, croissant de mantequilla el zumo de naranja con el ácido preferido por ella, la porciones de miel o mantequilla cuidadosamente envuelto en una fina servilleta, azúcar, la tetera bien caliente y todo ordenado cuidadosamente. Cuando quitó la servilleta del croissant se dio cuenta que había una nota escrita. “Señorita Dubois: Después de cenar, un auto del hotel la recogerá y la llevará a un lugar donde nos entregará el dinero y su Jefe se irá con usted”

Cuando terminó de leer la nota se le ocurrió una idea.





Tabera había dormido toda la noche. La luz que entraba por una pequeña ventana con malla fina de acero, lo había despertado. Iría a cubierta a asearse un poco ir al baño y desayunar. La puerta no abría, por mucho que lo intentó, entonces comenzó a dar golpes y a llamar.  Momentos después escuchó una voz.

–¿Desea algo, señor?

–La puerta no abre y deseo ir al baño y desayunar.

–No se preocupe, espere un momento.

Estaba impaciente cuando escuchó pasos de alguien y vio como introducían en la habitación, por debajo de la puerta una especie de pequeña canasta tejida con dos trozos de pan duro.

–¿Pero, qué es esto? ¿Qué pasa? –preguntó colérico– mientras le daba patada a la puerta.

Poco tiempo después de calmarse y pensar, se dio cuenta que era un prisionero de los hombres que lo trajeron a bordo.



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¿Cómo iba a hacer sus necesidades fisiológicas? La comida ese día era tallarines de arroz en una sopa con pequeños trozos de pescados. No se imaginaba hasta cuando duraría su cautiverio y cual sería el final. Estaba seguro que habían pedido o pedirían mucho dinero por su rescate.

La única ventilación de que disponía la habitación era una pequeña claraboya de unos 20 centímetros por donde podía ver las luces cercanas de una población.

Tenía que escapar de allí pero no tenía ni idea de cómo hacerlo.  La puerta estaba cerrada por fuera, al parecer con un pestillo. ¿Cómo llegar a él? La  claraboya muy pequeña y aunque el piso, techo y las paredes eran de madera, no podía hacer nada al no contar con ninguna herramienta.

Cuando uno de los bandidos y quiso introducirle la comida `por debajo de la puerta, la bandeja chocaba con algo. Después de batallar por hacerla introducir en la habitación, decidió abrir la puerta para lo cual tuvo que empujar muy fuerte. El cuerpo del prisionero estaba tendido en el suelo. Lo fue a halar y se vio lanzado al suelo. Tabera lo tomó por los brazos y una vez derribado le propinó gran cantidad de golpes que lo dejó inconsciente. Luego con jirones de ropa de su custodio le ató las manos y pies y le tapó la boca. Salió sigilosamente y cerró la puerta. Se deslizó suavemente por la borda para no hacer ruido y se alejó nadando de la embarcación.



Tres años después, Marina Herrnández se encontraba  acostada en una tumbona junto a la piscina de su residencia en la Costa Verde de República Dominicana cuando dos hombres se les acercaron.

        Jennefer Dubois, está detenida por el robo millonario a la compañía World Chermical and Software Company.

No lo podía creer. ¿Cómo habían podido dar con ella?

El señor Tabera, apenas llegó a tierra firme se puso en contacto con el Consulado de su país y éste a su vez con la policía de Birmania. Los delincuentes fueron arrestados y confesaron su culpabilidad en el secuestro del Empresario. Una vez verificada su identidad y regresado a Francia contrató a un famoso detective de la época al cual prometió un millón de dólares por la localización de la señorita Dubois. La INTERPOL también estaba detrás de ella. Pocos meses después, dicho detective se encontraba veraneando en el mejor hotel de Varadero, Cuba.



Autor: Pedro Celestino Fernandez Arregui






















domingo, 31 de mayo de 2020

El Crimen Misterioso




                       El Crimen Misterioso

                                       (Relatos del Inspector Pelly)



Me había recién graduado como Investigador Criminal cuando mi Jefe, un señor muy antipático como casi todos los jefes, me asigna a un caso que todos temen, pues investigar un asesinato en la vía pública es difícil, porque casi nunca hay testigo, no hay pruebas en el lugar, en fin, se hace difícil y muy difícil si es un recién graduado como yo. Los compañeros me miraban, unos con compasión y otros con tono burlón.

Llegué al lugar del crimen cuando había transcurrido dos horas del asesinato. El lugar estaba acordonado y en el piso de la acera, el contorno de la figura de la víctima en la posición que había sido encontrado por la policía. La calle era una avenida muy transitada y a ambos lados muchos locales comerciales, bancos, agencias de seguros, agencias de viajes y otros establecimientos. El occiso había sido identificado como Manuel Alejandro Guiteras, joven de 27 años, casado y con dos hijos de 6 y 4 años respectivamente. Trabajaba en un restaurante a unos 150 metros del lugar donde había caído. El crimen ocurrió cuando la víctima regresaba de llevar la recaudación del día anterior a un Banco cercano. Tarea que tenía asignada por el dueño de restaurant. Había recibido un disparo en la cabeza y de acuerdo al ángulo y salida del proyectil el asesino había disparado desde la primera planta de un edifico cuya entrada se encontraba casi enfrente del lugar donde el señor Guiteras había sido herido. No había a quien preguntarle pues los transeúntes, en el momento del asesinato, habían seguido sus respectivos caminos. Entré al apartamento, vacío y lleno de suciedad, en busca de alguna pista. Huellas de zapatos y nada más. Se trataba de un profesional. Había recogido el casquillo y no había huellas dactilares. Fui al restaurant y luego a su vivienda para obtener información sobre Manuel Alejandro. Deduje que el joven era trabajado, amaba su familia, buen compañero de trabajo y además estudiaba idioma alemán y contabilidad. ¿Quién pudo matarlo y por qué? Los cálculos de balísticas suponían que se trataba de un fusil potente, quizás con mira telescópica, usados por francotiradores y que podía ser un HK PSG-1 de fabricación alemana usados por cerca de 20 países. No acababa de encajar la información recopilada en este caso. Un franco tirador con un fusil potente asesinar a un simple trabajador. Las cámaras de vigilancia situadas en el lugar mostraron el momento en que el joven era asesinado. Después de revisar varias veces los videos pudo darse cuenta que en el momento del disparo circulaba un auto junto a él, Se trataba de un carro diplomático. Informé enseguida a mis superiores asegurándoles que se trataba de un atentado terrorista

A los dos días volví al lugar de los hechos. Acudía un poco antes de la hora del homicidio. Cerca de allí, había una señora con un cesto con flores. Las vendía a dólar cada una. Le pregunté si en el edificio (donde había disparado el asesino) alquilaban apartamentos. Me dijo que no, que hacía mucho tiempo estaba deshabitado, aunque hacía unos días vió salir de ahí un músico, creía ella porque el individuo llevaba un estuche de guitarra y que podía estar alquilado en uno de esos apartamentos. Enseñé mis credenciales y le pregunté si podía describirlo. Al decirme que sí, le dije que me acompañara. De acuerdo a sus observaciones se hizo un retrato robot que inmediatamente se distribuyó en los puertos y aeropuertos, así como en los hoteles.

A las 9 de la noche recibimos una llamada de un hotel cercano al lugar del crimen diciéndonos que el supuesto asesino estaba hospedado ahí. Fue un gran alivio al saber que no había abandonado el País. Llegamos en el momento que el asesino se disponía a abandonar el hotel.

Se trataba de un inglés perteneciente a una célula terrorista y que su misión era asesinar al embajador de Israel. Había dado la fatal coincidencia de que en el momento de salir el proyectil hacia el Diplomático, se interpusiera la cabeza de un inocente.







Autor: Pedro Celestino Fernández Arregui

sábado, 30 de mayo de 2020

El Jaguar Verde



                                  El Jaguar Verde


Texuacan soñaba con otro mundo. Desde pequeño miraba el cielo y se recreaba observando las estrellas. Se imaginaba cada estrella como un mundo mas hermoso que el suyo, pues solo un mundo puede ser mágico si es capaz de producir tanta luz, pensaba. Su pueblo habitaba en Balancan, cerca del lago Guanal y desde pequeño viajaba con su padre hasta Tuxtlas para ayudarlo en las tallas de piezas decorativas y ornamentales.

Llegó el momento que el niño se hizo hombre y ser hombre significaba ser guerrero. Tenía que demostrar su agilidad, inteligencia y fuerza. Debía cazar un tapir, armado únicamente con su lanza. Era una tarea difícil para cualquier cazador, pues este animal era muy astuto y de piel muy gruesa.

Faltaba poco para que el Sol se encodiera, aún no había podido cumplir con su deber, cuando de pronto apareció muy cerca de él un gran tapir. A la distancia que se encontraba sabía perfectamente que podía abatirlo. Puso la lanza en posición horizontal por encima de su hombro y la llevó hacia atrás todo lo que pudo. Iba a lanzarla cuando se vio rodeado de varias serpientes venenosas, Nayaucas dispuestas a atacar. Estaba perdido, pero lucharía hasta el final. Sintió un rugido ensordecedor que retumbó en todo el bosque y como si los Dioses quisieran ayudarlo, un enorme jaguar verde espantó a las serpientes que lo amenazaban. Jamás había visto un Jaguar tan grande y mucho menos de ese color. Estaba paralizado por todo lo sucedido y aquel animal se le acercó y le dijo. “Texuacan, los Dioses me enviaron para ayudarte. Te convertirás en un Gran Cacique lleno de sabiduría. Tu pueblo te seguirá y defenderán sus tierras contra los invasores. Solo quieren  que vayas a las montañas donde está tu padre con varios hombres a los cuales enseñarás a esculpir grandes cabezas por cada Dios que existe. Luego la traerán a estos parajes. Mientras mas grandes, mas agradecidos estarán los Dioses y la sabiduría que tendrás, podrás hallar el modo de traerlas hasta aquí.

Texuacan se convirtió en un Gran Cacique. Ordenó esculpir grandes cabezas en las montañas de Tuxtlas. Luego, ordenó hacer una especie de carretera por la selva de unos diez metros de ancho, hasta su ciudad y en el río se hizo balsas con grandes troncos de árboles. Según terminaban las cabezas las iban poniendo de lado por medio de palancas y cuerdas construidas de bejucos. Estas mismas cuerdas sirvieron para ir rodando las cabezas, pues al construirlas, había previsto que su exterior fueran redondeados y se tumbaban sobre una larga cuerda. Un extremo lo ataban a algún árbol y el otro extremo lo pasaban por encima de la cabeza en dirección al primero. Luego decenas de hombres tiraban hasta hacerla rodar.

Cuando aquellas enormes cabezas de piedras llegaron a su lugar de destino, el pueblo Olmeca fue próspero y feliz hasta que siglos después fueron invadidos por los Mactunes e hicieron sucumbir a Pachimalai, el último cacique Olmeca.

En las pirámides de las antiguas ciudades se puede ver el Jaguar, su animal sagrado.





Autor: Pedro Celestino Fernández Arregui










miércoles, 20 de mayo de 2020

Los Indios




                                                  Los Indios


Una mujer enganchaba pescados y carnes en pequeñas estacas para que les diera los rayos del sol. Los niños jugaban alegremente entre los bohíos mientras, un anciano sentado en el suelo los observaba con una sonrisa dibujada en su rostro. Varios hombres abordaban canoas construidas de troncos de palmas y remaban hacia la desembocadura con la esperanza de capturar un manatí que les aseguraría alimento para varios días. Las jovencitas acudían al río para buscar aguas y lavar las mitades de frutos de las güiras que les servía de vasija. Una mujer se dirigía con una canasta llena de hicacos, confeccionada con hojas de palmas, hacía el bohío del Cacique. Él, como jefe máximo de la aldea, repartiría entre todos, los frutos que la mujer le había entregado.

Las mujeres esperaban ansiosas el regreso de los hombres que habían salido a pescar. Una de ellas, gritó: “Ahí vienen” y todas corrieron hacia el borde del río. Las canoas fueron llegando, pero pronto se percataron la ausencia de una de ellas. Los hombres explicaron que un monstruo había salido del mar y había volcado la embarcación faltante. Ellos estaban seguros de que el animal se había tragado a sus compañeros y huyeron del lugar. Se hizo un silencio y entonces el sacerdote dirigió sus brazos hacia el cielo y dijo varias palabras en el idioma de sus antepasados arawak. Al terminar, todos se dirigieron a sus bohíos, tristes y cabizbajos. Una joven permaneció de pie con su vista dirigida hacia la desembocadura del río, Güanay. Ella amaba a Güaco desde que apenas eran unos niños y habían anunciado al Cacique y al sacerdote su unión al terminar la tercera luna. Su madre se le acercó y trató de acompañarla a su bohío, pero ella se negó. Por su mente pasaba todos los momentos vividos con el joven desaparecido. Las flores que le obsequiaba, los collares que e fabricaba con lindas conchas y caracoles, las ricas frutas que disfrutaban juntos y, sobre todo, sus caricias y besos.

Habían pasado muchos años desde el triste suceso y la aldea seguía con su misma rutina de siempre. Dos jóvenes salen con su canoa a mar abierto con la idea de atrapar algún pez grande cuando de pronto ven surgir del agua algo oscuro, enorme y se dirigía hacia ellos. Les era imposible volver. La costa les quedaba muy distante. Remaron con fuerza hacia un cayo cercano. Según se acercaban al cayo el “monstruo” se desplazaba mas lento hasta que dejó de perseguirlos. Llegaron al islote y corrieron asustados para separarse del agua. Exhaustos, se tendieron en el suelo arenoso. A los pocos minutos, sintieron pisadas y se incorporaron. Ante ellos, un anciano, delgado y tosiendo de forma continua, los saludaba con débil voz. Les contó la historia de lo sucedido y como pudo llegar a ese cayo. Los jóvenes se brindaron para llevarlo de regreso a la aldea. El inconveniente era la capacidad de la canoa. Le prometieron que regresarían pronto a recogerlo. Los jóvenes contaron en la aldea en encuentro en el cayo con aquel señor y todos estuvieron de acuerdo de que se trataba de uno de los supervivientes de aquella desgracia ocurrida hacía muchos años. Cuando Güanay escuchó la historia contada, se desmayó. Su hijo no sabía la causa de su desvanecimiento. Una vez que su madre se recuperó salió con otros jóvenes hacia el islote en busca de aquel señor.

El pobre indio no tenía fuerzas ni para hablar. Lo trasladaron para la aldea y lo situaron en el suelo. Todos sus habitantes se reunieron a su alrededor. Güanay se acercó despacio y se abalanzó sobre él. Lo abrazó y lloraba desconsoladamente hasta que en un momento de reacción le dijo a su hijo que ese señor era su padre. Sin pensarlo dos veces, se arrodilló junto al cuerpo de su padre. Todos los habitantes de la aldea estaban muy tristes ante el espectáculo que estaban viendo. De pronto llegó un joven diciendo que se acercaban unas canoas grandes con hombres blancos. Todos corrieron a refugiarse en el monte, pero Güanay y su hijo arrastraron el cuerpo moribundo de Güaco hasta su bohío.

Los hombres blancos desembarcaron y con cautela comenzaron a caminar entre las chozas y observando el interior de ellas. Uno de los hombres gritó: “Vengan acá para que vean esto” Varios hombres entraron y otros se quedaron en la puerta. En el suelo se encontraba tres cuerpos sin vida, abrazados. Uno de ellos pudo observar junto a ellos, una jícara con residuos de un líquido de mal olor. Estuvieron de acuerdo que se habían envenenados.

Aquellos hombres construyeron nuevas viviendas y establecieron una base para abastecer los barcos de agua y alimentos principalmente. Nunca más pudieron ver a los nativos, pero aquel lugar, el río y el cayo frente a la desembocadura del río lo nombraron Los Indios. Durante mas de tres siglos fue utilizado ese embarcadero para los mismos fines. Hoy se puede apreciar vestigios de ese embarcadero en el Río Los Indios.


Autor. Pedro Celestino Fernández Arregui

Júcaro




                                                 Júcaro



Dice una leyenda que Siglos atrás, la Isla fue azotada por innumerables enfermedades que amenazaba con exterminar la población indígena que la habitaba. Los caciques y los brujos de las distintas tribus existentes se reunieron junto a las márgenes de la desembocadura de un río para tomar las medidas que pudieran terminar con los sufrimientos de sus pueblos.

Júcaro era el cacique mas joven y valiente que gobernaba en el territorio, el cual se había ganado el respeto y consideración de todos sus coterráneos en las escaramuzas sostenidas con grupos invasores de otras islas y por sus decisiones acertada en la dirección de su tribu. El joven era la máxima autoridad entre todos los jefes tribales.

Todos los presentes, en dicha reunión, pusieron sus respectivos puntos de vistas. Un jefe decía que los taínos los habían maldecidos y le pedían a los Dioses que los castigaran, otros que era la maldición de los dioses por el mal comportamiento de miembros de las distintas tribus y así cada uno fue exponiendo su criterio mientras llenaban el ambiente de humos de sus respectivos cohíbas. Júcaro se incorporó. Los demás, en sus posiciones de cuclillas, escuchaban atentamente.

–“¡Hermanos! He escuchado de ustedes las posibles causas de nuestras desgracias, pero no han ofrecido soluciones y eso me preocupa. Los que dirigimos a nuestros pueblos tenemos que analizar las causas, pero también las soluciones de todo lo que les afecta. Les hemos pedido a los dioses, pero no hemos recibido respuestas, lo cual quiere decir que tenemos que hacer algo que les llame la atención. En ocasiones, tenemos que sacrificarnos para que nuestro pueblo sea feliz porque siendo ellos felices, todo será mucho mejor. Propongo quedarme en este mismo lugar, sin alimentos, sin agua, solo, hasta que los dioses hablen conmigo.”

Todos se miraron asombrados y algunos protestaron diciendo que no eran necesario, pero el joven guerrero estaba dispuesto a sacrificarse en contra de la voluntad de los demás.



 Los mosquitos, el hambre y la sed fueron deteriorando el organismo de aquel aborigen valiente, según iba pasando los días y las noches. Llegó el momento que no podía incorporarse y su cuerpo tostado por el ardiente sol y lleno de picaduras de insectos, se encontraba tendido en la hierba caliente, con los brazos en cruz y su rostro hacia el cielo.

Un día, apenas podía abrir los ojos, cuando escuchó una voz distinta, una voz como una melodía que le reveló un acontecimiento que sería el remedio para terminar con las calamidades que padecían los pueblos del territorio.

Cuando lo vieron llegar, transportado en una parihuela, la aldea entera salió corriendo para recibir al Gran Jefe. Apenas en un susurro, pudo decir: “Los dioses me han concedido el honor de decirles que mañana al amanecer, brotarán varios manantiales, a pocos metros de la aldea, en las márgenes de este río. Esos manantiales sanarán las enfermedades y ustedes volverán a ser felices” Terminó de pronunciar las últimas palabras, sus ojos se cerraron y su corazón dejó de latir.

De todas partes de la Isla llegaban a recoger agua de los manantiales y las enfermedades fueron remitiendo. Los caciques a propuesta de sus pueblos decidieron bautizar al rio con el nombre de Júcaro, aquel valeroso joven que ofrendó su vida por el bienestar de su pueblo.

De los manantiales de Santa Fe, sigue brotando las milagrosas aguas que han sanado a muchísimas personas de Isla de Pinos, de Cuba y del Mundo.


Autor: Pedro Celestino Fernández Arregui

martes, 19 de mayo de 2020

Siguanea



    
                                                         Siguanea


En la desembocadura del río San Pedro, en Isla de Pinos, se encontraba un caserío indio. Sus habitantes se dedicaban a la caza y la pesca entre otras labores. Las mujeres y los hombres se repartían el trabajo y hasta los niños ayudaban como si esas labores fueran juegos.

La aldea tenía fama de tener a las mujeres mas bellas de la Isla, pero sobresalía, en hermosura, inteligencia y alegría, Siguanea. Había ciertos rumores de que la joven no era de esa tribu pues decían que la madre, a la cual no se le veía su vientre abultado, salió a buscar agua y regresó con la niña en los brazos. El padre había sido atacado por un cocodrilo que se lo llevó al fondo del río y jamás apareció su cuerpo

Siguanea tenía muchos pretendientes, pero a ella no le gustaba ninguno. No sentía amor sino, cariño por ellos y todos los vecinos. El Cacique habló con la madre y le informó que en la próxima luna se haría la selección del joven que sería el esposo de su hija.

Justo dos días antes de la selección, llegaron a la aldea tres jóvenes procedentes de una tribu del norte de la isla para intercambiar anacardos y productos artesanales por jutías y pescados. Uno de ellos, llamado Tubeco, fijó su mirada en la bella joven. Al enterarse de la proximidad del evento de la selección para el casamiento y sin pensarlo dos veces, se dirigió al Cacique y le dijo que deseaba participar como candidato. No hubiera ocurrido nada si no fuera porque Siguanea había sentido, por primera vez, como su corazón latía fuertemente cuando su mirada se cruzaba con la del joven visitante.

Sintieron una atracción tan fuerte que concertaron una cita en la ladera del cerro cercano y se entregaron al amor con todos sus deseos. Dicen que esa noche, cuando estaban acostados y abrazados, después de consumar el momento divino de sus vidas, se desató una tormenta como presagio a lo que vendría.

La selección consistía en la lucha cuerpo a cuerpo y el que ganara se quedaría con la joven. Los seis contendientes se fueron enfrentando hasta que quedaron Tubeco y Siney. El joven local era considerado el hombre mas fuerte de la aldea y el foráneo mostraba una musculatura impresionante. Mientras la lucha se desarrollaba, Siguanea era presa de una intensa fiebre y temblores en todo el cuerpo. Cuando todo parecía que el ganador sería el visitante, Siney le destrozó el cuello. Una exclamación unánime, se sintió en toda la aldea. La gente vitoreaba al vencedor el que iba a casarse con la joven recluida en su bohío. Ella se imaginó el desenlace al escuchar la algarabía de su pueblo. ¡No quería ser de nadie mas! Sabía que las leyes de la aldea la obligarían a compartir su vida con un hombre que no amaba y tomó una decisión. El ruido producido por los troncos huecos y cueros de animales no permitió escuchar el grito de la joven cuando se enterró una coa en el vientre.

El cuerpo de Tubeco fue llevado por sus compañeros para su aldea mientras el de Siguanea fue lanzado en las aguas de la ensenada donde desemboca el río San Pedro.

Desde entonces se le conoce como Ensenada de Siguanea y la playa junto al Hotel Colony se le puso el nombre de Paya Roja porque dicen que cuando lanzaron el cuerpo ensangrentado de la joven al mar, las olas tiñeron de sangre las arenas de la playa.

Imagen: Archivo de Oliver Carralero

Autor: Pedro Celestino Fernández Arregui

lunes, 18 de mayo de 2020

Motel Rio Verde




                                                      Motel  Río Verde


El hombre bajó por la escalerilla del avión con una maleta pequeña y la vista puesta en el pequeño edificio del aeropuerto. Pasó el pequeño salón y se dirigió hacia donde varios autos estaban estacionados.

─ Please, ¿Alquila? ─le preguntó al primer auto.

─Sí, Míster, puede sentarse ─le dijo el chofer abriendo la puerta de su Plymouth 1955.

─ ¿Para dónde lo llevo, Míster?

─ ¿Hay algún lugar donde me pueda alojar cerca del río que cruza la ciudad? ─preguntó en un mal castellano.

─ ¡Oh, sí! Hay muchos, Casa Mañana, Río Verde, Shangrila, Bamboo y Rancho El Tesoro.

─ Me gusta el nombre de Río Verde. ¿Es un hotel?

─ Es un motel de reciente inauguración, Míster

─ ¡Pues llévame a ese!

El hombre abrió su habitación, puso la maleta sobre la cama, la abrió y sacó una pequeña carpeta con documentos. Luego se sentó en una butaca y comenzó a leerlos.

 Muy cerca de allí, en una vivienda junto al río Las Casas, dos hombres estaban enfrascados en revisar sendas armas de fuego. Uno, una pistola calibre 45 y el otro un Máuser con mirilla telescópica. En una pequeña mesa un mapa. Una vez terminado de revisar el armamento, uno de ellos, alto, rubio de ojos azules, vestido de cazador y el otro un mestizo de larga melena y vestido con una camiseta y pantalones corto. Salieron y se dirigieron a un bote atado frente a la casa. Subieron a él y después de soltar el amarre, comenzaron a remar muy despacio río abajo.

Después de cenar, fue a su habitación situada en la segunda planta, tomó el teléfono y solicitó un taxi. Se fue hacia el balcón. Contemplaba el cielo estrellado y respiró profundo el aire puro de la Isla.

Mientras

─ Señor, su taxi ha salido para acá. ¡Oh, perdón! Es que de pronto lo he confundido con el señor de la habitación 24.

─Para la próxima tenga mas cuidado. Me preparas la cuenta. Mañana me marcho temprano. Habitación 23.Si alguien pregunta por mí, estaré en el bar. ─ dijo, con cara de malos amigos.

El recepcionista tocó en la puerta de la habitación. Venía a avisarle que el Taxi había llegado. Se percató que la puerta no tenía el seguro pasado y al no contestar nadie, abrió la puerta despacio. Entró llamando al huésped sin recibir contestación. Miró hacia el balcón y en el suelo había un cuerpo.

En la Estación de Policía, comentaban sobre el último asesinato.

─ Si no hubiera sido por Juan, que estaba pescando peces Lisa, nos hubiera sido difícil encontrar al asesino. Pero ese viejo es valiente porque los siguió y después de ver donde vivían vino y los denunció. ─ comentó el policía mas joven.

─ ¡Pobre ingeniero! Venía lleno de ilusiones. Hoy iba a tener una reunión con el alcalde. Según nos informaron en el Ayuntamiento venía a proponer un proyecto de puente elevadizo ─ había dicho un sargento.

─ Y el desgraciado mafioso, al que pretendían asesinar esos sicarios, se marchó feliz y contento de la Isla. ¡Qué cosas tiene la vida! Según los asesinos era a él a quien iban a matar y lo confundieron con el Ingeniero.

pcfa