lunes, 16 de diciembre de 2019

"Diablo"




                                                       Diablo



Donald está sentado en la terraza de una cafetería en Málaga. Como siempre busca la página Cultural, pero se detiene en la página de Sucesos y lee el titular: “Asesinan a un hombre en la calle Badisoa”. Se pone visiblemente nervioso, se incorpora, tira el periódico en la mesa y se marcha.

Meses después aparece ahorcado cerca de la Calle Eresma, un joven  en cuyo DNI, consta el nombre de Donald Heiz.



–Gallardo, han encontrado un joven colgado por el cuello en un árbol junto a la calle Eresma, casi llegando a la calle de La Yesera. Presume sea un suicidio. Así que tienes un trabajito fácil –le dijo el oficial.

Llegó al lugar, acordonado por miembros de la Policía Local, y se dirigió hacia el lugar donde estaba el cuerpo inmóvil del joven. Comenzó a observar detenidamente el cadáver. Luego miró en el suelo un taburete plástico de costado.

–Quiero que busquen huellas en el taburete y registren minuciosamente todo ésta área y los bordes de las calles. Esto es un asesinato. Iré a su casa.

     –¡Buenos días! Soy el Inspector Gallardo de la Sección de Criminalística –dijo mientras le enseñaba su carnet.

–¿Sucede algo? –preguntó una señora de unos ochenta años que había acudido a abrirle la puerta al oficial.

–¿Podemos hablar dentro?

–Sí, sí, como no. Pase, por favor –dándole paso y señalándole el interior de la casa.

El comedor presentaba una decoración inglesa con algunos elementos españoles, una limpieza impecable y los muebles, aunque eran baratos, distribuidos con elegancia.

–¿Conoce a Donald Heiz?

–Es mi hijo. ¿Le ha sucedido algo?

Al ver el rostro compungido del Inspector y moviendo la cabeza afirmativamente, comenzó a llorar.

–¿Cómo fue? – pudo balbucear entre sollozos.

–Se ha quitado la vida.

–¿Por qué? No tenía problemas con nada ni con nadie. Era cumplidor en su trabajo. Sus compañeros le querían mucho y los vecinos también. Cuando iba a alguna fiesta regresaba temprano. Muy bueno, inteligente, buen hijo. ¡Como va a sufrir Mariana cuando lo sepa!

–¿Quién es Mariana?

–Es su hermana.

–Me tengo que ir. Lo siento mucho. Mañana regresaré para hacerles algunas preguntas a usted y a su hija. ¡Hasta mañana!



–Hemos encontrado huellas de zapatos en el lugar. Una huella coincide con los zapatos de Donald y junto a esa otra huella que no coincide. En el taburete hay huellas dactilares que no son de la víctima. La huella en el brazo izquierdo parece ser de uñas clavadas en la piel. –informaba uno de los investigadores al Inspector.

–Desde el primer momento me pareció que no era un suicidio. La posición del taburete correspondía a la acción de alguien que no podía ser Donald. Además, la marca en el brazo izquierdo. ¿Algo más?

–El chico era buen trabajador y buen vecino. Todos hablan bien de él.

–Comprueben las huellas de sus compañeros de trabajo y si pueden tomar muestras de ADN en la huella del brazo.



–¿Usted es la hermana de Donald?

–Sí. - contestó llorando la joven.

–¿Cuándo fue la última vez que lo vió?

–Ayer, siempre lo veo a la hora de comida. Vivimos todos juntos. Vino a la casa a comer y volvió para el trabajo. Tiene turno partido. Siempre llego después que él porque todas las noches salgo con mi novio por eso no supe que no había llegado

–¿No vio nada extraño en él que le llamara su atención?

              –Casi no nos vemos pero desde hace varios días lo notaba algo nervioso.

–¿ Sabes el motivo o se lo imagina?

–¡No!

–¿Tenía algún momento que mostraba enfado?

–Cuando único se ponía serio era cuando le decía que iba a salir con mi novio. Él me quería mucho y no le gustaba que saliera con alguien que no conociera.

–Era tu novio y lo conocería.

–Lo había visto dos veces como máximo. Creo que no le gustó cuando le dije que era extranjero. No le gustaban los extranjeros. Decía que venían a hacer cosas malas aquí.

–¿Ustedes no son descendientes de extranjeros?

–Sí, mi padre era Suizo. Murió cuando éramos niños.

–¿Qué enemigo podría tener su hermano? ¿Tenía deuda? ¿Había peleado con alguien?

–No, no, nada de eso. Le aseguro que no tenía enemigos.



–Tenemos el resultado de las huellas pero no se pudo coger muestra de ADN.

              –¿Y…?

–Pertenecen a Stivor Marka, un ciudadano de Kosovo buscado por la Interpol por múltiples asesinatos. Su seudónimo es, “Diablo”. Se cree que está como sicarios de algunas mafias.

–¿Qué relación pudo haber tenido con Donald?

–¡Mucho! Marka es Stucker, el novio de Mariana Heiz –dijo el oficial Manso, mostrándole una foto.

–¿Cuál podría ser el móvil del crimen? ¿Por celos? No lo creo. ¿Sabía Donald que era buscado por criminal? No, tampoco.

–Marka fue visto, hablando con Donald, el día del asesinato por el dependiente de la cafetería donde el acostumbra a tomar café. Ambos salieron y se montaron en un Audi negro.



Stivor Marka fue juzgado y sancionado a cadena perpetua por los crímenes cometidos, menos por el asesinato de Donald Heiz por falta de pruebas. Alegó que tocó el taburete porque estaba en medio de la vía y lo tiró para el área verde.

Al no encontrarse el motivo del crimen, se supone que el joven fue testigo de algunos de sus crímenes y por eso lo asesinó.



Pedro Celestino Fernandez Arregui














sábado, 7 de diciembre de 2019

Un Vuelo muy Extraño




                         Un Vuelo Muy Extraño
  

¡Al fin! –dijo Jim cuando pudo sentarse. Su asiento, el 42-A, le era incómodo pero soportaría los cuarenta y cinco minutos de vuelo. El cielo despejado permitía ver los bosques y los ríos con claridad. Los niños se divertían mirando por las ventanas circulares del avión y el resto de los pasajeros leían, conversaban con sus acompañantes o simplemente dormían. A su lado, una señora tenía en sus manos un ejemplar de “El Tiempo que nos une”. Una novela de Alejandro Palomas. Del otro lado del pasillo, un niño jugaba con una bola de cristal y la madre, junto a él, buscaba algo en su bolso. Una hermosa aeromoza caminaba dirigiendo su mirada hacia la cintura de los pasajeros cerciorándose que tuvieran los cinturones abrochados.

Jim reclinó su cabeza en el espaldar del asiento y cerró sus ojos. No le gustaba mirar para afuera por padecer de una acrofobia terrible. Cuando era pequeño un amigo lo invitó a subir a un árbol. Tuvo la mala suerte que la rama donde estaba sentado se partió. Tuvo que ser ingresado con fracturas en sus extremidades y desde entonces lo perseguía ese miedo a las alturas. No pudo observar como todo oscureció en cuestión de segundos. En un principio, los pasajeros no le dieron importancia, pero comenzaron a alarmarse cuando la oscuridad se fue poniendo densa. Algunos comenzaron a llamar a las azafatas y otros en voz alta preguntaban qué sucedía. Las voces altas y los niños llorando, despertaron a Jim que solo alcanzó los últimos instantes en que todo quedara oscuro por completo. Las voces fueron cesando. Poco después, en medio de un silencio total, poco a poco volvió la claridad.

No, no todo era como antes. Jim comenzó a observar a los demás pasajeros y todos habían envejecidos. ¡No había niños! Los pasajeros eran adolescente, jóvenes y ancianos. La señora sentada a su lado se había convertido en una anciana. El niño de la bola de cristal, no estaba. En su lugar, había un joven sentado al lado de su abuela. Se miró sus manos y estaban arrugadas. Una aeromoza apenas se podía sostener y caminaba con mucha dificultad tratando de esbozar una sonrisa entre múltiples arrugas que surcaban su rostro.

–¿Qué sucede señorita? –preguntó a la aeromoza.

–No sucede nada, caballero. Hemos volado sobre el tiempo. ¡Sabe usted lo que es el tiempo?

–Si, claro.

–No, usted no sabe lo que es el tiempo. ¿Ves los pasajeros? ¡Ese es el tiempo!

Es aquello que nos transforma y sin piedad nos atropella. Es el momento que empleamos para amar, reír, en fin, disfrutar de la vida. Es lo mas valioso del Universo y es lo menos que tenemos presente.

–Pero ahora hemos envejecidos y teníamos compromisos con el trabajo, nuestra familia, mi novia... ¿Qué hago ahora?

–¿Usted valoró eso antes, señor? No, no pensó en eso. No pensó que el tiempo pasa. No le importa nada de usted. Él pasa sin que te des cuenta. Tú eres el que te tienes que darse cuenta.

–¡Yo aprovecho el tiempo! Aprovecho al máximo mi trabajo, salgo con mi novia, amo a mis padres.

–Pero no lo has valorado. ¡El tiempo vale, señor! Tú le puedes dar mas valor. Recuerda que el tiempo pasa, pero a su vez deja huellas buenas y malas, hasta que se acaba.

–¿Qué puedo hacer?

–¡Dale valor a tu tiempo!¡Abrochase el cinturón! Estamos a punto de aterrizar.

El avión se deslizó por la pista en medio de una absoluta oscuridad, la cual desapareció en cuanto se detuvo la aeronave.

Por la mente de Jim pasaba la imagen de su familia, de sus compañeros de trabajo, pero sobre todo su novia que lo estaba esperando en la terminal. Sacó el pañuelo para secarse una lágrima y entonces observó su mano sin arrugas. Miró a todos los pasajeros y todos estaban como cuando el avión había despegado. Una bella aeromoza con rasgos que le recordaba a la anciana que le había hablado anteriormente, le guiñó un ojo.

–Joven, ha llegado a su destino. ¡Hemos llegado en tiempo!



Autor: Pedro Celestino Fernandez Arreguui




sábado, 30 de noviembre de 2019

El Hombre del Violin




                                        El Hombre del Violín


Puso el violín con cuidado encima de una butaca. Se sentó en el sofá y se quitó los zapatos. Le dolían los pies, el estómago, el brazo izquierdo, el cuello y la vida. Recorrió la vista por todo el apartamento como tratando de descubrir algo nuevo donde llevaba dos años viviendo. Sacó de sus bolsillos dos euros y varias monedas de a céntimo. Sonrió,

pensando en sus amigos y en su familia. ¡Si supieran! Quién iba a decir que el violinista de una popular orquesta en su tierra donde no ganaba mucho, pero lo suficiente para vivir holgadamente se encontraba en una situación tan difícil. Las actuaciones de la orquesta siempre eran en teatros ante un público con barrigas y bolsillos llenos. Había una barrera invisible entre ese público y él. Siempre había deseado actuar en los lugares donde estuviera cerca del pueblo, de la gente de los barrios pobres, pero nunca se imaginó como lo haría y por qué.

Un día abandonó la orquesta, su pueblo y lo único que supieron de su decisión es que partía hacia un lugar lejano.  

Había llegado a un país desconocido, sólo y sin dinero. Desde el primer día, tomó su violín y se fue para el Metro. ¡Tocaba como nunca! Entonces se dio cuenta que existe un mundo de prisas y nerviosismo. Un mundo donde las obligaciones y necesidades hacen personas a semejanzas de las hormigas. También descubrió que existen marginados que reclaman “su espacio” en lugares públicos. Son los artistas callejeros y los sin techos que rechazan al “nuevo”, obligándolos a marcharse o actuar en los lugares menos propicios para ganar unas cuantas monedas.

Arrastró la butaca junto a la ventana, tomó el violín y comenzó a deslizar el arco por sus cuerdas. Por su mente comenzaron a correr pasajes de su niñez en el campo, de su juventud como estudiante y como músico. Todo cambió desde aquel día que se encontró con un misterioso señor. Nunca imaginó un futuro tan distinto al soñado.

Al día siguiente se fue a la orilla del mar, sacó su violín y comenzó a interpretar aquella melodía que había compuesto. Una pareja de jóvenes enamorados se besaban y creaban una escena amorosa con música de fondo. Todo parecía que el sonido emanado del instrumento musical le sacaba las lágrimas. Sacó un pañuelo de papel del bolsillo y se secó las lágrimas. Había tocado el instrumento con el alma, que es como salen las cosas buenas, las cosas hermosas y en la soledad de aquella costa, la melodía volaba con el viento, saltaba en la arena y se deslizaba por la superficie mar. Las gaviotas volaban sobre su cabeza, interpretando bellas coreografías dignas de las mejores compañías de ballet del Mundo.

Una noche se dirigió al Metro como era su costumbre. Al llegar al sitio donde acostumbraba tocar el violín, se encontró con dos chicos que hacían deplorables actos de magia. Apenas se situó a su lado, se abalanzaron sobre él y lo amenazaron que se fuera inmediatamente. No quería discutir con ellos y se fue a un lugar donde no pasaba ningún pasajero y tampoco nadie lo escuchaba. Guardó su violín y salió de la Estación. Se dirigió a un restaurant y le planteó a un dependiente que lo dejara tocar el violín a los clientes. No quería nada más que un bocadillo. El dependiente se lo comunicó al dueño y éste aceptó. Su interpretación fue halagada por todos los comensales que le aplaudieron largo rato. Tomó el sándwich que le preparó el dependiente y se marchó. ¡Sería el bocadillo mas rico que se comería!

Al día siguiente, varios clientes del restaurant pidieron la presencia del violinista. El dueño pidió a los empleados que lo buscaran y lo trajeran. ¡Era imposible hallarlo en una ciudad tan grande!



Días después...



–¡Bien amigo! –Le dijo un oficial estrechándole la mano y dándole unas palmaditas en la espalda –Todo salió perfecto y el Alto Mando lo ha condecorado con la Medalla Héroe de la República. Gracias a sus informaciones, pudimos capturar a ese canalla y llevarlo para nuestro País donde será juzgado por sus crímenes.

–No entiendo por qué no se notificó a este Gobierno para su captura y extradición.

–Ese criminal tiene mucho dinero y es amigo del Presidente de este País quién lo protegía porque se benefició de gran parte del dinero procedente de la droga.

–¿Y si el Presidente hace la denuncia ante los órganos internacionales?

     –No lo hará porque se descubrirá su conexión. Nos habías dado toda la información sobre sus movimientos y los lugares frecuentados desde que lo localizaste. Esperábamos el momento adecuado para actuar y lo supimos cuando nos dejaste la nota en el pañuelo de papel. Enseguida nos dimos a la tarea de preparar un plan para capturarlo. Los “magos” te dejaron en el bolsillo las indicaciones para contactar con el agente del Restaurant. Él te dejó las instrucciones en el bocadillo para que pudieras regresar. Ese fue el mejor que te has comido. ¡Dos años, agente! Te alquilamos ese apartamento, porque sabíamos que desde allí podrías divisar los lugares mas importante de la ciudad. El muy canalla trataba de no llamar la atención y por eso cogía el metro y tenía un modesto apartamento frente a tu edificio. ¡Qué casualidad! Eso te facilitó el seguimiento. Teníamos varios agentes pero ninguno en el Metro y ya ves, ahí fue donde lo descubriste. ¡Valió la pena, amigo!

–¿Y ahora?

–Ahora vas a tocar el violín en otro país.







Autor: Pedro Celestino Fernández Arregui






miércoles, 27 de noviembre de 2019

Miradas Imposibles




                                        Miradas Imposibles


Llegó a New York al mediodía. Tomó el taxi hasta Elmon y se bajó frente a una pizzería, cerca de Guido´s Dell. No deseaba llegar a casa de su tía y sentarse a la mesa. Siempre que venía a ver la tía llegaba a esa pizzería, sin embargo, no le gustaba tanto las ìzzas como el “Shrim Pasta Dish” un plato de tallarines con camarones cubiertos con una salsa exquisita. Se sentó en una mesa cerca de la puerta, frente a la ventana de cristal que daba a la calle. Hizo el pedido y se quedó mirando la calle vacía, tan vacía como no la había visto en otras ocasiones. Pasó una chica y luego se paró frente a ella un joven vestido con traje, pantalón y corbata azul. Un sombrero de paño de alas cortas dejaba ver muy poco de sus cabellos negros. El joven sacó del bolsillo de su camisa blanca una caja de cigarro. Sacó uno y se lo puso en los labios. Se palpó los bolsillos como buscando un mechero o una caja de cerilla. Al final, volvió el cigarro a su caja y después de mirarla unos segundos, se marchó. Todo el tiempo que permaneció en el local no se le quitaba de la mente aquel joven. Ella lo había visto irresistiblemente bello con sus labios pidiendo un beso, su piel, pero sobre todos aquellos ojos negros y su seductora mirada. Pensó que era una tonta, porque era probable que no la mirara a ella. Sí, hay ocasiones que miramos pero no vemos. Es cuando tenemos la mente ocupada y entonces no recibe lo que los ojos transmiten.

Hacía dos días que había visto aquel joven desconocido y todavía lo tenía en la mente. ¿Por qué? Se preguntaba. Ahora iba con su tía al Central Park de Manhattan. Sonreía pensando que era una de los treinta y siete de millones y medio de visitantes al año. Le gustaba sobre todo pasear por el Victorian Gardens y disfrutar de sus hermosas flores.

La tía le sugirió descansar después de haber andado cerca de dos horas por varios lugares del parque. Se dirigieron a un área verde y desplegaron un pequeño mantel sobre el que situaron bocadillos, refrescos, papas fritas y otros aperitivos que habían traído de la casa. De pronto reconoció al chico que había visto en la pizzería. Pasaba cerca de ellas, apuesto e impecable como cuando lo vio la primera vez. Se detuvo un momento y dirigió la mirada hacia ella. Luego continuó caminando hasta perderse detrás de unos árboles. Todo ese tiempo ella lo siguió con la vista.

–¿Qué miras? –le preguntó su acompañante.

–Nada, es que me pareció ver a un conocido – contestó ella. No le quiso decir que había visto aquel joven interesante que la había hipnotizado con su mirada.

Una noche antes de regresar a su casa, comenzaron a recordar su niñez.

–Espera voy atraer  el álbum de fotos.

A los pocos segundos se sentaron junto a la mesa del comedor  y la tía comenzó a pasar las hojas.

–Recuerdo tía, este momento. ¡Qué joven era! Tú me habías ido a buscar al Cole para llevarme a la feria del pueblo.

–Aquí estás sobrina con aquel chico que te gustaba tanto.

–Sí, me tiraste la foto sin yo saberlo. Ja ja ja

–Esta foto es con Liz, la vecina. Buena mujer. Te la hubiera presentado pero se ha ido de vacaciones para Canadá. Ésta otra foto es en el cumpleaños de ella.

–¡Espera tía! Conozco a este chico. ¿Sabes una cosa? Creo que le gusto porque lo he visto dos veces y me mira con una insistencia que me derrite. ¿Recuerdas en el Central Park que me preguntaste qué miraba? Pues era ese chico y no quise decirte nada porque me daba vergüenza.  

–¡Qué casualidad! ¿Recuerdas cuando viniste con tu difunta madre y nos hizo una foto en tu pizzería preferida? Él vio la foto y me dijo que eras muy hermosa que cuando vinieras la próxima vez te presentara.

–¡ Pues vamos!¡No perdamos tiempo! ¡Estoy loca por conocerlo!

–¡Es imposible!

–¿Está casado? ¿Tiene pareja? ¡Me lo imaginaba! Últimamente cuando me gusta un hombre o está casado o es gay

–Es el hijo de Liz. No te lo puedo presentar porque murió en las Torres Gemelas.





Autor: Pedro Celestino Fernandez Arregui



 


sábado, 23 de noviembre de 2019

El Clavel Rojo (poesía)




                                 El Clavel Rojo



¿Cómo la conociste? No, no la conocí. ¡Ya la conocía!

¿Dónde? Estaba escondida en un lugar del corazón.

¿Cómo la hallaste? Porque sentí algo como una voz,

Algo que  me inquietaba y me llenaba de alegría.

Entonces miré hacia dentro y vi unos hermosos ojos.

Brillaban tanto que me cegaron. No podía ver.

Me abrí el pecho para dejarla salir y entonces fue peor,

Porque al verla tan hermosa de ella me enamoré.

Fui al jardín y le llevé un hermoso ramo de claveles rojos.

Se lo entregué y su sonrisa fue la luz del Sol.

Le encantaban las flores, las orquídeas y los claveles

Y me convertí en el jardinero de su amor.

¿Ahora? Ahora, todo se ha ido a cualquier lugar

Como esas aves que emigran y no llegan a volver.

Volverán de nuevo los inviernos eternos sin sol,

Las flores se pondrán mustia como ayer.

Tendré buen recuerdo y en mí no triunfará el enojo

Y llevaré en el ojal, un lindo clavel rojo.





Pedro Celestino Fernández Arregui


Goliath, el Conejo Gigante




              Goliath, el Conejo Gigante

                                         (Cuento para niños)


–Abuelo me gusta ese conejo.

–Ese conejo tiene su historia. Ven vamos a sentarnos aquí y te lo contaré.

–En un lugar de Europa, donde habitan muchos conejos, vivía una familia de estos mamíferos, entre ellos, Goliath.  Así lo llamaban porque era un conejo gigante, muy grande, tanto como una gran liebre. La liebre y el conejo son parecidos, aunque muchas personas, sobre todo los cazadores, no los confunden porque saben que las liebres tienen las orejas inmensas, sus extremidades traseras mas largas, sus huellas son en formas de L y la de los conejos en forma de Y, la liebre huye y puede alcanzar una velocidad de  treinta o cuarenta kilómetros por hora mientras el conejo se esconde en túneles que cavan en la tierra. Una mañana llegó corriendo uno de ellos y les avisó que se acercaban cazadores con sus perros. Todos corrieron a refugiarse en sus madrigueras. A Goliath le era difícil esconderse por su tamaño, pero era un conejo muy inteligente y valiente. Corrió hacia un arroyuelo cercano, se embadurnó de barro y se puso, como si fuera una pelota, encima de unas de las piedras que sobresalían del agua. Además, se ató a sus patas ramos de  hinojo para despistar al olfato de los perros. Su astucia había dado resultado ¡No lo descubrieron! Pero de pronto los perros descubren a un pequeño conejito entre unos matorrales que no le había dado tiempo introducirse en el refugio. El conejito temblaba y los cazadores venían a por él. Los perros ladraban y ladraban y él se ponía más nervioso. Goliath veía todo y sentía lástima, sabiendo que tarde o temprano lo atraparían. Entonces, salió disparado y corrió frente a los perros. Éstos al verlo corrieron detrás de él, dando la oportunidad al asustado animalito a que pudiera llegar a su guarida. Pasó el tiempo y Goliath no regresaba, Nadie supo nada de él. No se sabe si tuvo que correr tanto que se perdió o quién sabe.

                       –Pueden haberlo capturado los perros, abuelo.

–No, no lo creo. Era muy astuto. Eso sí, te digo que ojalá hubieran muchos Goliath en el Mundo.

–¿ Por qué le hacen esto aquí?

–Resulta que unos trabajadores de este jardín, maestros del arte topiario, estaban de vacaciones en ese país y vieron como de forma natural, con plantas y flores, se había formado la figura de un conejo.

–¡Perdón, abuelo! ¿Qué es el arte topiario?

–Es como una poda ornamental a lo que se les da forma a las plantas. Esos señores le tomaron fotos y cuando llegaron aquí hicieron ese trabajo que estás viendo. Ellos no sabían que le estaban haciendo un homenaje a Goliath, el conejo gigante.

Pedro Celestino Fernandez Arreguiu






¡Dónde está Catalina?



                            ¿Dónde está Catalina?



Fernando trabajaba, como soldador, en una fábrica de bombonas para gas. El trabajo era agotador y al terminar la jornada se tomaba dos cervezas en un bar cerca de la fábrica. Al llegar a casa, Catalina lo esperaba con un rosario de quejas y lo ofendía de mala manera. Todos los días se podía escuchar algo parecido a esto:

–¡No te sientes en los muebles! Eres un asqueroso, no haces nada en la casa. Hay que pintar, arreglar el grifo del baño y nada, no haces nada. El colmo, el estante que está en el lavadero, roto desde hace un año y tú, siendo soldador, no lo arreglas.

Un viernes Fernando  bebió más de lo debido. Hasta el lunes no tenía que trabajar. Llegó a su apartamento y se tiró en el sofá de la sala sin oír el escándalo que le formó su esposa. De madrugada se levantó y estuvo trabajando todo el sábado, intrigando a sus vecinos por el ruido y por no escuchar la voz chillona de Catalina.

Aquel domingo se respiraba un aire de paz en aquel edificio como no había ocurrido desde hacía varios años. Cuando Fernando fue a comprar el pan, algunos vecinos, le preguntaron por Catalina y entonces una tímida lágrima se asomaba en sus pestañas mientras contestaba que lo había abandonado.

Los años pasaron. Fernando se encontraba esperando el final de su vida padeciendo una enfermedad terrible en una Residencia para ancianos. La última noche de su vida, sintió en el rostro un viento suave y frío. Abrió los ojos pensando que la ventana estaba abierta y para su asombro, ante él se encontraba Catalina. ¡No podía ser! Debía ser una alucinación, pensó.

–Pensé que eras tonto – dijo Catalina con su voz de pito y continuó– ¡Qué bien lo hiciste! Los vecinos escuchaban mis refriegas y sabían que no era posible que viviéramos juntos mucho tiempo. Era normal que se tragaran la versión de abandono. ¿Desde cuándo habías planeado eliminarme? Te robaste una a una las bombonas y las guardaste. Cortaste aquellas cuatros bombonas por las soldaduras, las rellenaste con trozos de mi cuerpo, las volviste a soldar y la pintaste de nuevo. ¿Quién va a sospechar que mis restos están ahí? Ahora vas para donde estoy yo y ahí, no podrás inventar nada para deshacerte de mí.

El cuerpo sin vida de Fernando fue encontrado en el piso de la habitación. Su rostro era una máscara de horror.





Pedro Celestino Fernandez Arregui