sábado, 6 de julio de 2019

La Ciénaga


                                          
                                                
                                              La Ciénaga

En Isla de Pinos existe la Ciénaga de Lanier, un humedal lleno de historias y de cocodrilos. A este lugar llegó una vez un joven en busca de la verdad.
        ¿Usted es Casimiro?
        Sí, soy yo. ¿Desea algo? –preguntó un señor de mediana edad, delgado, cabello muy negro y una amplia sonrisa. Calzaba botas de goma y de su cintura colgaba un machete.
        Quería hablar con usted. – el anfitrión dejó ver en su rostro un gesto de contrariedad y lo invitó a pasar al interior de su choza.
        ¿Ésta es su vivienda? – preguntó observando las paredes y techo de hojas de palma. Piso de tierra, una hamaca de una pared a otra, una mesa rústica de madera y algunos pantalones cortos y camisas descoloridas, colgando de un alambre paralelo a su hamaca. Una hornilla de hierro fundido sobre un soporte de madera. Un tronco de palma era la única silla.
        ¡Sí, éste es mi palacio. Diga lo que tiene que decir! Tengo que ir al monte a buscar algo de comer.
        ¿Dónde puedo encontrar a Pablo López?
Aquel hombre miró fijamente a los negros ojos del visitante. Luego pasó su mirada por su elegante ropa. Al cinto, un estuche de piel guardaba las gafas que hacían combinación con la piel de sus botas tejanas.
      –No sé de quién me hablas.
          Hace muchos años tu padre y tú, lo ayudaron cuando llegó aquí. Ustedes sabían que era un prófugo de la Justicia. No sabían si era un criminal o un político, pero lo ayudaron. ¿Dónde está?
    El hombre puso a hervir agua en la hornilla, previamente encendida mientras el joven lo seguía con la mirada. Salió al patio y regresó con un jarro pequeño de aluminio y se detuvo frente al rústico “fogón”.
        Suponiendo que yo supiera donde se encuentra, tendría que preguntarle cual es el motivo de su búsqueda.
     De una lata, cogió dos cucharas de café en polvo y lo vertió dentro de un embudo de tela sostenido por un soporte de madera. Luego le echó el agua hirviendo y el líquido negro caía en una lata de leche condensada vacía. De ahí, sirvió el café en otra lata similar y se la ofreció al visitante junto con un cartucho de azúcar y una cuchara. Luego se sirvió él y se sentó en la hamaca, frente al joven.
–Recuerdo a ese señor. Llegó muy cansado. Mi padre le dio comida y salieron rumbo a la ciénaga. Luego mi padre regresó solo. No sé mas nada.
–Tengo mucho dinero y desean que me digas la verdad para ir para tu bolsillo.
–Ese día, los seguí y fueron hasta un montículo que hay como a quinientos metros dentro del pantano. Allí mi padre tenía una cabaña como ésta para cuando iba a cazar. Al cabo de varios minutos, salió solo. Yo estaba escondido y no me pudo ver. Regresé y recuerdo que mi padre me dijo: “De esto a nadie”
        ¿Me puedes llevar al lugar?
–Sí, puedo llevarle, pero tendría que ser mañana. Pronto se hará de noche y la ciénaga de noche es peligrosa.
        ¡Bien! Mañana temprano estaré aquí Toma aquí tiene cien pesos como adelanto.


El hombre bajó del todoterreno y comenzó a caminar hacia la vivienda del campesino, situada a más de dos mil metros del camino.
–¡Buenos días!
El campesino estaba limpiando una piel de cocodrilo para ponerla a secar. Sin levantar la vista, contestó al forastero y siguió su labor.
–Puede entrar y tomar café. Lo colé hace poco.
–No se preocupe me gusta ver el campo.
El hombre comenzó a recorrer todo los alrededores de la choza. El terreno blando y poca vegetación. Algunas aves cruzaban el cielo rumbo al humedal. En una zanja, varios huesos de reptiles daban mal olor y algunas auras volaban en círculo sobre su cabeza a bastante altura.
–¡ Vamos! El camino es largo. Si lo desea puede dejar el dinero porque lo puede perder. No tengas miedo que nadie va a venir.
Aunque era muy temprano, el sol calentaba demasiado y el andar rápido le hacía sudar copiosamente. Después de varios minutos caminando, llegaron al borde del agua.
–Tienes que seguir detrás de mí. A los dos lados, es profundo. Si te desvías quedarás atrapado entre ramas, bejucos y “diente perro”. ¿Conoces el “diente perro”?
–Sí son esas piedras grandes de muchas puntas afiladas.
Llegaron al montículo y se detuvieron. Un enorme cocodrilo bloqueaba la entrada a la choza.
–No tengas miedo. Esa es Mamá Yaca. Lo más probable es que tenga el nido por aquí.
Desenfundó el machete y el cuchillo y comenzó a frotarlo. El sonido le recordaba al visitante, la música tradicional del Territorio, el Sucu Sucu. Ante su asombro, lentamente se fue desplazando el animal hasta sumergirse en las oscuras aguas. Entraron a la cabaña y pudieron percatarse que hacía mucho tiempo, nadie la visitaba.
El visitante, rodillas en tierra, removía el suelo con una rama en busca de alguna pista. Se levantó decepcionado y salió de la maltrecha choza. ¡El campesino, no estaba! Comenzó a llamarlo, primero en voz baja y después casi a gritos. ¿Cómo iba a regresar?
Se dio cuenta que aquel hombre lo había traicionado. No le importaba el dinero. Ahora, le importaba la vida. Se sentó en el suelo, recostado a la pared de la casucha, recordaba cuando su padre se enfrentó al hombre que abusaba de una anciana. En la pelea, el hombre resultó mortalmente herido y él, enviado a cumplir condena al Presidio de esta Isla. Logró escapar y se quiso refugiar en la Ciénaga.

Casimiro tenía todas las pieles listas para vender. Con el dinero de aquel forastero y la venta de las pieles podía montar un buen negocio. Pondría gente a cazar cocodrilos y sacarles la piel para vender a gran escala a las fábricas de confecciones de pieles. Estaba atando las cajas cuando escuchó una voz tras él.
–¿No se te olvida algo?
Se volteó y su rostro se puso blanco al ver al hombre que había dejado en la ciénaga a merced de los cocodrilos. Trató de desenfundar el machete cuando vio un revólver en la mano del hombre. Desistió y dejó en su lugar el afilado machete.
–¿Por qué deseabas mi muerte?
–No, no es eso. Pensé que te habías ido porque tenías miedo. –contestó Casimiro con voz temblorosa.
–¡No! Quisiste que muriera. ¿Por qué? ¡No me digas! Te contaré la historia real, no la contada por tu padre. Un día mi padre pasaba por frente a la casa de ustedes cuando escuchó gritos proveniente de su interior. Sin pensarlo, entró por la ventana y vio como tu padre le entraba a golpes a tu madre. Se enfrascaron en una dura pelea donde tu padre salió perdiendo. Con un fuerte puñetazo había caído al suelo y entonces quiso socorrer a tu madre sin saber que había muerto. Por todo el escándalo formado, llegó la policía y tu padre, ya en pie, acusó al mío de las lesiones y muerte de tu madre. Fue condenado a cadena perpetua, pero pensando que un día se podía descubrir la verdad vino contigo a esconderse en la ciénaga. Cuando mi padre se fugó del presidio trató de esconderse aquí. Tu padre lo encontró dormido debajo de una palma cana y cubierto con sus hojas. Sacó su machete y lo asesinó a sangre fría. Los cocos y patos pudieron hacerme llegar esa macabra historia, pero fue tu padre quien se lo confesó, en sus últimos minutos de vida al Doctor que lo atendía. A ti te contaría otra historia en la que mi progenitor era el malo. No me interesa.
Ramiro quedó mudo ante la revelación del joven y bajó la cabeza. El forastero le dio la espalda y salió caminando un poco aliviado a pesar de tener su ropa raída y sucia y sus pies descalzos.

Pedro Celestino Fernández Arregui













lunes, 1 de julio de 2019

El Arcoíris


                                                  

                                               El Arcoíris

Dicen que en una tierra lejana vivía un niño con su abuelo. Sus padres y hermano habían muerto en una guerra que le arrebató a su familia y a su infancia.
En su país de origen, nunca pudo disfrutar de muchas cosas lindas que a un niño le gustaría ver. Apenas podía jugar con su hermano dentro de la casa y siempre con el miedo enterrado en sus huesos. Por tales motivos en su país de acogida observaba todo y le parecía estar en otro mundo ¡Y lo era!
Un día observó por la ventana un hermoso arcoíris. Luego de estar extasiado, durante unos minutos, corrió a donde el abuelo.
¡Abuelo, abuelo! Hay un arcoíris. Es muy bonito. ¿Qué es?
–Te diré. – dijo el abuelo mientras se acomodaba las gafas– Hay quien dice que de donde sale el arcoíris existe un tesoro, otros que ahí comienza un mundo de fantasía, muchos dicen que es un fenómeno natural que se forma con el Sol y las gotas de agua y tu abuela decía que es un regalo del Señor para mostrarnos que no todo es blanco y negro. Decía ella, Dios la guarde, que aunque tengamos distintos colores, formamos un mundo de colores como el arcoíris.
–¿Y tú, abuelo, que crees?
Cuando quieres saber quién tiene la razón, busca la verdad.

Cierto día, el niño observó un hermoso arcoíris y sin decirle nada a su abuelo, salió corriendo con la idea de llegar hasta él. Por mucho que corría, no podía llegar hasta él. Mirando solamente a los colores del arcoíris, cayó en un pozo abandonado sin agua. Pensaba como salir de allí cuando vio entrar por la boca del pozo franjas de luces de colores que lo levantaron suavemente y lo trasladaron a lo alto del arcoíris. Desde allí todo le parecía hermoso. Los colores vivos abundaban y hasta el cielo, era de un azul intenso. De pronto, los colores comenzaron a hablar y decirle la importancia de ver todo lo que nos rodeas en colores, de como todos los colores unidos forman cosas maravillosas como el arcoíris, de la importancia de ver la muerte como algo natural, donde resalten los colores de las flores. Muchas cosas le dijeron de la importancia de los colores.

El abuelo desesperado buscaba a su nieto. Pensando en el interés mostrado por el arcoíris, siguió caminando en la dirección donde estaba el fenómeno natural. Después de mucho andar, el arcoíris desapareció. Tenía mucha sed y observó a pocos metros, un pozo. Bebería y luego lo seguiría buscando. Al inclinarse para ver el agua, se dio cuenta que estaba seco y en el fondo, el cuerpo del niño.

 Las brigadas de salvamento y los vecinos encontraron al día siguiente, los cuerpos sin vida del abuelo con su nieto. Desde entonces, en el pueblo que se comenta que siempre se ve el arcoíris hacia ese lugar.

Autor: Pedro Celestino Fernández Arregui







miércoles, 26 de junio de 2019

Amor, Deseo y Humillación






                                                      AMOR DESEO Y HUMILLACIÓN

   Alberto se sentía bien los domingos que acudían los reservistas a la Unidad Militar para recibir instrucciones y prácticas con las armas, porque esos días acudía Marcelo, un reservista de treinta y dos años, trabajador en un almacén de víveres, casado y con tres hijos de ocho, diez y trece años. Desde el primer momento se enamoró de él pero sabía que era un imposible.
   A Marcelo le gustaba aquel recluta de gestos delicados, amable, servicial y trabajador. De todos los reclutas del campamento, ése era el que apreciaba. Deseaba que su hijos fueran como Alberto y estaba seguro que el joven llegaría a ser un buen profesional en cualquier trabajo o un buen oficial si seguía en el ejército.
   Un día la Unidad fue movilizada y enviados a Angola. En el viaje hacia ese país, estuvieron en el mismo camarote y una vez en tierra siempre estuvieron juntos. Sin saberlo, Marcelo cada día y en todo momento era blanco de las miradas de Alberto. El amor que sentía por él crecía cada día que pasaban juntos.
   Los meses transcurrieron y los integrantes de la Unidad buscaban tener relaciones sexuales con las nativas, pero Marcelo decía, para satisfacción de Alberto, que él no se acostaba con mujeres desconocidas que pudieran transmitirle alguna enfermedad de transmisión sexual, tan común en aquellos años.
   Una vez, Alberto escuchó a Marcelo conversando con un compañero. Marcelo decía que tenía tremendo deseos de tener sexo a tal punto que era capaz de tener esa satisfacción hasta con un “maricón” y al joven le dio un vuelco al corazón.
Esa misma tarde, en el baño, Alberto consiguió estar cerca de Marcelo y como si fuera un descuido, rozó su glúteo por su pene. Pidió disculpa, pero pudo apreciar que el reservista había tenido una pequeña erección.
Por la noche, cuando todos dormían, el recluta se acercó a la litera de Marcelo y le dijo al oído que quería estar con él. Lo esperaría en unos matorrales junto a un aguacatero.
Marcelo se quedó mudo. Tuvo deseos de partirle la cara pero algo lo contuvo. Nunca había pensado que el joven era homosexual. En su cerebro varias ideas cruzaban su mente. Algunas lo incitaban a encontrarse con el chico, otros pensamientos le decían que el era un hombre y los hombres no se acostaban con homosexuales porque como decía la gente “el que apunta, banquea” Al final, pensó que nadie se enteraría y que iba a terminar con el “atraso” que tenía. Alberto iba hacer el amor con el hombre que hacía mucho tiempo deseaba y Marcelo se sentiría satisfecho sexualmente. Lo que ninguno de los dos imaginaron es que habían sido observado por otro soldado que regresaba a la Unidad después de haber tenido una cita con una chica.
A la mañana siguiente, las compañías formaron como lo hacían habitualmente. Una vez formados. El Jefe de la Unidad nombró a Marcelo y Alberto para que salieran de la fila y se pusieran a su lado.
Los dos se imaginaban el por qué y mas cuando vieron al Político situarse junto a ellos y dirigiéndose a la tropa, dijo:
–¡Compañeros, atiendan! Ha sucedido algo bochornoso que no puede ser permitido en nuestro glorioso ejército, un ejército heredero de las mejores tradiciones de valor y heroísmo. Un ejército forjado por hombres como Maceo contra los colonialistas, con hombres que se enfrentaron a los bandidos del Escambray, a los mercenarios de Playa Girón y en misiones internacionalista. Como vamos a permitir el homosexualismo entre nuestras filas. Estos dos –dijo dirigiéndose al reservista y al recluta– son “maricones” y eso es denigrar al ejército y a la Revolución. El Estado Mayor ha decidido enviarlos de regreso a Cuba. Mientras estén aquí, seguirán como hasta ahora pero dormirán en barracas distintas y se les prohíbe salir de noche. Podrán salir cuando les toque hacer la guardia que por supuesto no será el mismo día.
   Alberto estaba avergonzado por Marcelo. Había sido culpa de él, pero lo amaba. Por el contrario para Marcelo aquello había sido la vergüenza mas grande de su vida. Había sido humillado delante de todos. ¡Si se enteraban sus hijos!
   –Marcelo, tienes guardia en la parte trasera del campamento de doce a dos de la mañana.

   Todos dormían. De pronto, los soldados se despertaron al oir una ráfaga de disparos. Todos tomaron su fusil y acudieron a cubrir sus respectivos puestos de combate. No se escuchaba mas nada. Alguien les dijo que regresaran a sus albergues.
Por la mañana, Alberto lloraba desconsoladamente. La noticia sorprendió a todos. Marcelo había puesto su fusil en modo ráfaga y había apoyado el cañon en el pecho.
El reservista había muerto con el corazón destrozado.

En Cuba, una mujer y sus hijos lloraban, al recibir la comunicación de la muerte de Marcelo en combate.


Autor: Pedro Celestino Fernández Arregui

domingo, 23 de junio de 2019

El Ascensor




                                               El Ascensor

Como era su costumbre, Ronald tomó el ascensor para dirigirse  a su casa. Su horario de tabajo  era hasta las doce de la noche, pero nunca terminaba a esa hora sino, dos horas mas tarde. Había tenido una tarde complicada por la rotura de una tubería en el piso veinte y después una tupición en el baño de una habitación de la planta cuarenta y cinco en la cual estuvo trabajando desde las cuatro de la tarde hasta cerca de la una y media de la madrugada. Estaba muy cansado y todavía tenía que conducir unos cincuenta minutos hasta su casa. En la casa no lo esperaba nadie. Su esposa lo había abandonado hacía seis meses. Aquello le había trastornado un poco. Recordaba cuando llegó a su casa a media noche y solo encontró una nota encima de la mesa donde le decía que se marchaba de la casa por incompatibilidad de carácter. Es verdad que ella siempre le decía cosas y estaba de mal humor, pero él nunca le decía nada y ni siquiera le contestaba. Pensaba que ese hotel donde trabajaba le había traído mala suerte porque su primera mujer se fue con el vecino. Como amó a Eloisa. En ningun momento sospechó nada porque ella lo mimaba y lo complacía en todo. Marta era distinta. Ella era muy liberal y siempre estaba con amigas y un día le dijo que se iba para Chicago y que no resistía la vida de casada.
El ascensor se detuvo en la planta treinta y ocho y entró una pareja de jóvenes. No les importó su presencia. Apenas entraron se abrazaron y comenzaron a besarse apasionadamente. Ese romanticismo le recordó a a Isabel y sintió envidia de los jóvenes. Isabel fue su tercera esposa. Siempre lo estaba besando y acariciando y solo le pedía sexo. Un día fue de compras y mas nunca regresó. Algunos vecinos aseguraron haberla visto con otro hombre en un auto. No lo creía porque ella lo amaba mucho. Pensó que pudo haber sido raptada por esas mafias que secuestran chicas jóvenes para obligarlas a prostituirse. El chico le introdujo la mano por la parte superior de la blusa y comenzó a tocarle el seno mientras ella cerraba los ojos y bajó su mano hasta las entrepiernas del chico. Aquello le dio rabia. La sangre le hervía y estuvo a punto de bajarse del ascensor, pero fueron ellos los que oprimieron el botón del piso siete y se bajaron. Respiró con alivio y siguió con sus pensamientos. Elena no fue su mujer pero eran amantes. Trabajaba de camarera de piso en el hotel y se amaron apasionadamente. El amor que sentían era tan grande que ella le iba a pedir el divorcio a su marido para casarse y más porque esperaba un hijo de él.
Llegó al parking e iba a tomar su auto cuando se dio cuenta que había perdido el destornillador. Volvió al ascensor y cuando estaba mirando el piso, la puerta se cerró. Oprimía el botón de apertura y la puerta se mantenía cerrada. Entonces quiso desplazarse hacia arriba y el ascensor no se movía. Oprimió desesperadamente todos los botones, incluído el de alarma y nada. Comenzó a gritar desesperadamente y como si los gritos hubieran hecho efecto, se abrió la puerta. Varios policías lo esperaban empuñando sus pistolas. Un señor vestido de civil le dijo: “ ¡Ronald Smith, está detenido!
Fue conducido a la Estación mas cercanas e introducido en una habitación cuyo inmobiliario  consistía en una pequeña mesa y dos sillas.
–Señor Smith. Usted está acusado del asesinato de Eloisa Grant, Marta Sandoval, Isabel Jiménez y Elena Seward.
El inspector acomodó la silla frente al sospechoso, se sentó y mirando fijamente a sus ojos, le dijo:
–Ahora usted nos va a contar como realizó esos asesinatos.
Ronald se frotó las manos. Bebío de un vaso con agua que esta encima de la mesa. Entrelazó sus manos y las miraba fijamente.
–Eloisa me tenía la vida imposible con su mal carácter , regaños y protestas. Un día invité al vecino a tomar té. Eloisa estaba de buen carácter porque abía bebido unas copas de whisky. En broma le dje que escribiera diciendo que se iba con el vecino. Lo escribió y acto seguido los envenené a los dos. Asi inventé la historia que se había dido con él. Marta  gustaba de salir con sus amigas y me encargué de decir en el vecindario que era muy liberal. Un día le dije que viniera con alguna amiga y que pasaran un tiempo en el bar hasta que yo saliera. Luego las invié a una habitación vacía. Le dije a mi esposa que se duchara y cuando ella entró a la ducha estrangulé a su amiga y a ella la ahogué en la bañera. Isabel no se había dado cuenta que no me gustaban las mujeres hasta un día que me encontró en el baño masturbándome y un consolador en el ano. Antes que pudiera hablar le introduje el juguete sexual en la boca hasta asfixiarla. Elena me había dicho que se iba a divorciar para casarse conmigo porque estaba embarazada de mí. Un día trabajando en una habitación llegó ella. Había terminado de trabajar y quería hacer el amor conmigo. Fue la última vez. La estrangué con una toalla.
–¿Me puedes decir donde estan los cadáveres, señor Smith?
–Estan en debajo del ascensor del hotel.

Inmediatamente se trasladaron al lugar la brigada de criminalista y la canina. Descubrieron un espacio oculto al cual se accedía por una pared del foso del ascensor. Encontraron los cadáveres de las víctimas mencionadas por Ronald y los de una pareja de jóvenes recien asesinados con heridas de un objeto punzante.

Autor: Pedro Celestino Fernández Arregui





Equivocado


                                               
                                               Equivocado

Entraron a la cafetería, como todos los días, cuando terminaban de trabajar. El camarero se les acercó para tomarle el pedido.
–¿Qué les pongo? ¿Lo mismo de siempre?
El de mayor edad, un señor con un bigote enorme, contestó.
–A mí no. Solo quiero una cerveza. No estoy bien del estómago.
–¡Muy bien! Entonces sandwich mixto y cereveza para los demás –dijo el camarero y se retiró.
Un joven pelirrojo y su rostro cubierto de pecas, tomó el periódico y le mostró a los demás la portada con la fotografía de Jim Cowly, un jugador famoso de uno de los mejores equipos del beisbol profesional en los Estados Unidos..
–¡Miren! ¿No se parece a Bob? –preguntó.
Los demás rieron.
–¡Eso quisiera Bob! ¿Te imaginas Bob jugando en las Grandes Ligas? –dijo un moreno alto y delgado.
–No estaría con ustedes aquí con ustedes. Disfrutaría con mi novia en una Isla del Pacifico. –contestó sonriendo, Bob.
–Dicen las malas lenguas, a mi no me crean, que Cowly es gay.
En ese momento llegó el camarero y depositó en la mesa los bocadillos y las cervezas.
–¿Desean algo mas, los señores?
Ante la negativa de sus clientes, se retiró.
El pelirrojo dejó el periódico en la mesa contigua.
–Hahora que hablaste de novia te voy hacer una pregunta. ¿Cuándo te casas? Porque llevan como cinco año de novios.
–En Diciembre nos casamos. ¡Señores, una boda cuesta mucho!
–¡Claro! En invierno es mejor. No se suda tanto en la cama. –dijo el moreno y todos rieron a carcajadas.
Una vez terminada la consumición, pagaron y salieron cada uno para sus respectivas casas a descansar después de ua jornada agotadora.
Bob tomó su auto y se dirigió a la vivienda de su novia. La invitaría a cenar y pasarían una noche deliciosa como todas las que pasaba con ella. ¡Como la amaba! Recuerda cuando la conoció. Se le había roto un zapato y el la ayudó y la llevó hasta su casa. Desde ese día habían quedado prendidos sus corazones. Pasaba junto al Estadio de Beisbol y sonrió al recordar la broma en la cafetería. Se detuvo en el semáforo, justo una calle después del Estadio. Al poner la luz verde, se disponía a continuar, cuando sintió fuertes golpes en la cabeza y todo se puso negro.

Dos horas después, un joven llegaba a su apartamento en un barrio pobre de la ciudad. El desorden y la suciedad imperaba en auella habitación. ¡Estaba satisfecho! Había acabado con la vida de aquel hombre que lo había rechazado. En un papel virtió un poco de polvo blanco e inhaló. Se había enamorado de él cuando estaban en el Colegio y se lo dijo y quiso besarlo. Recuerda que lo separó bruscamente y le dijo: ¿No te das cuenta que no me gustas? Yo quiero a un hombre, no una mierda”. Todavía sentía esas palabras en el oído. Desde entonces juró que se vengaría. Encendió la televisión y se quedó paralizado. En la pantalla estaban entrevistando a Jim Cowly. Gracias a un jonrón conectado, su equipo había ganado. Apagó la tele con rabia.
–¡Mierda! ¿Entonces, a quien maté?

Autor: Pedro Celestino Fernández Arregui

                                                                

domingo, 9 de junio de 2019

Engaño y Favor







                                                Engaño y Favor

El jinete llegó junto a la choza de paredes de yaguas y techo de guano. En la puerta, recostado a la endeble pared, un hombre de tez morena, rostro escondido detrás de una barba espesa, una pequeña astilla de madera entre sus labios y un cuerpo frágil. Su vestimenta consistía en un sombrero de guano, una camisa azul, un pantalón de mezclilla desteñido y botas que en un tiempo eran marrón y ahora parecía difícil saber su color.
  - ¡Hola! ¿Puede usted decirme donde vive Ramón Casillas?
 Preguntó aquel hombre vestido al estilo vaquero del Oeste de los estados Unidos y que cabalgaba un hermoso caballo negro. El hombre mostraba una sonrisa indescifrable y alardeaba de su montura y las botas con unas espuelas enchapadas en oro.
El aludido se llevó la mano a la astilla de madera que tenía entre los labios y lentamente la retiró.
-Siga el callejón y al final está la finca El Diamante. Verá su casa encima de la colina.
- Gracias, señor.
Casillas estaba desayunando. Su rostro blanco estaba rojo y le corrían gotas de sudor. Su vientre rozaba con la mesa. Bebió un sorbo de su café con leche y detuvo la taza a poca distancia de sus labios. Había escuchado un ruido familiar. Siguió escuchando atentamente y depositando la taza en la mesa. Alguien estaba caminando por el portal de madera. Las pisadas eran de un hombre que llevaba pesadas botas con espuelas. Ese sonido de las ruedas de las espuelas las conoce un vaquero a muchos metros de distancia. Se levantó de su asiento lentamente cuando escuchó unos fuertes golpes en la puerta. Bartolo, su ayudante se dirigió a la puerta, la abrió y no llegó a ver al hombre. Cayó al suelo con un orificio en la frente. El hombre entró pistola en mano y observando todo el comedor minuciosamente. Sabía que su objetivo se encontraba ahí. La taza humeante y la servilleta estrujada lo delataba. Siguió revisando con la vista hasta percibir un ligero movimiento en las copas que se encontraban encima del cabinet situado junto a una puerta.
- ¡Sal de ahí, Ramón! Tenemos que hablar y si no sales le prenderé fuego al gabinete.
Muy despacio se abrió la puerta y salió gateando Ramón. Ahora le corría el sudor como si se tratara de un manantial y su ropa completamente mojada. Se puso de pie sin dejar de mirar a aquel hombre que le apuntaba con un arma.
- ¿Qué hiciste con el diamante? ¿Compraste esta finca? ¿No te acordaste de tu amigo? ¡Muy mala memoria Ramón! Te voy a refrescar la memoria. Hace diez años me dijiste que tu hijo necesitaba una operación que costaba mucho dinero y tú, cortador de caña, no podías pagarla con lo que ganabas. Si yo te ayudaba a robar el diamante de la “Casa de la Joya”, compartiríamos la ganancia entre los dos y con tu parte era suficiente para pagar la operación. Arreglaste todo para que yo fuera el único culpable. ¡Muy inteligente, Ramón! Luego en la cárcel me enteré de la inexistencia de tu hijo.
- ¡Suelte el arma, Leocadio García!
- ¡Sí, la soltaré!
El arma de Leocadio y el cuerpo de Ramón Casillas cayeron al suelo casi al mismo tiempo. El jinete de las espuelas enchapadas en oro se le acercó a Leocadio y le colocó las esposas.
- ¡Está usted detenido, Leocadio García!
- ¿Me permite mirarle la cara a ese perro?
- Sí, puede.
Se acercó al cadáver lo escupió y dijo con rabia:
- Me pudriré en la cárcel, hijo de puta, pero tu te vas a podrir en el infierno.


                         

El auto de la policía se detuvo junto a los dos hombres vestidos como vaqueros. Uno de ellos sin espuela y el otro con unas espuelas enchapadas en oro. Un uniformado se bajó del auto, abrió la portezuela trasera y entró el vaquero esposado.
-          ¡Gracias inspector! ¡Salúdame a su Jefe! Ustedes los “Especiales” de la Guardia Rural, son muy buenos.
-          ¡Gracias, Capitán!
   El Capitán se encontraba en su despacho revisando algunos papeles. Un policía se le presentó con un prisionero.
-          ¡Puede retirarse! -dijo refiriéndose al policía- Bien, Leocadio García, espero haya dormido bien. Mañana temprano, yo mismo, lo llevaré a la Provincia y allí permanecerá hasta que le celebren el juicio. No te preocupes por las condiciones. La cárcel provincial está muy bien. ¿Algo que decir?
-          No, Capitán.
    Un auto con dos personas transitaba por la carretera hacia la capital provincial. Al volante, un oficial de la policía. En el asiento trasero, un hombre se acariciaba las esposas mientras por su mente pasaban retazos de su vida. Antes había pensado en el misterio que rodeaba su traslado. Un oficial, sin mas escolta lo llevaban a otra cárcel. Sabía que eso estaba contra las Reglas del Cuerpo. Lo mas probable es que fuera asesinado. No era la primera vez que asesinaban a un prisionero y argumentaban intento de fuga. De cualquier manera, había cumplido su misión.
El auto se desvió de la carretera por un camino en mal estado. Se podía apreciar que por allí hacía mucho tiempo no circulaban vehículos. Se detuvo y con toda su calma bajó el Capitán. Abrió la puerta trasera y le dijo al reo que saliera. Ante la negativa de éste lo arrastró con toda su fuerza. Su cuerpo cayó en medio de un charco de agua putrefacta.
-          ¡No te levantes! Escucha lo que te voy a decir. Cometiste un crimen y lo tienes que pagar. Yo también tendré que pagar por todo lo que estoy haciendo. Para el otro mundo, si es que lo hay, nadie se va sin pagar. Dirás que existen individuos que asesinan y al final de su vida, se marchan tranquilamente. ¡Pues no! El umbral de la muerte puede ser tan terrible como lo que le espera en el otro lado. Me dirás que tu no crees en nada de eso. No me extrañaría que un hombre que asesina a sangre fría, a dos individuos, crea en eso. Leocadio ¿Por qué tenías que asesinar al ayudante? La cuenta pendiente era con Ramón Casillas. Sí, sé que pensaste que podía no dejarte realizar el trabajo. Sé toda tu historia, pero yo también tengo una historia que contar. El verdadero nombre de Ramón Casilla era Julián Gómez, buscado por la justicia poco después del robo del diamante. No, no era buscado por ese delito, sino, por la violación y asesinato de una niña. Después de ese crimen desapareció, hasta hace poco, que gracias a la investigación del oficial que te detuvo fue encontrado. Había logrado cambiarse el nombre, usaba barba postiza y salía de la casa con gafas de sol. Te voy a soltar y te irás por este camino hasta llegar hasta los restos de un viejo puente de madera sobre un río. Atado al puente, hay un bote, tómalo y sigue corriente abajo hasta que divises las montañas. Ve para la Sierra. Allí estarás seguro por el resto de tu vida.
El Capitán ayudó a levantarse y le quitó las esposas al sorprendido prisionero que sospechaba que lo mataría.
-          ¡Corre!
-          ¿Quieres matarme verdad? Prefiero morir de pie, mirando a sus ojos.
-          No seas imbécil. Para matarte no hubiera gastado saliva.
Leocadio le dio la espalda y comenzó a caminar despacio primero y luego mas apresurado, pero siempre esperando ser atravesado por una bala. A unos cuarenta metros se detuvo. Se puso de frente al oficial.
-          ¿Por qué lo haces?
-          Porque esa niña, era mi hija.
Leocadio comenzó a correr hasta oír un disparo. Se volteó justo en el momento de ver caer el cuerpo del uniformado al suelo.

Autor: Pedro Celestino Fernández Arregui








El Destino del Cofre


                      


                                     El Destino del Cofre

Nadie sabía nada de aquel hombre. Los rumores más escuchados se referían a él como un español preso y que había sido liberado para formar parte de una embarcación que llegó a La Habana cargado de hombres para colonizar la Isla. Los vecinos del caserío de Batabanó comentaban que era un hombre muy malo, sin escrúpulo. Lo había demostrado en varias ocasiones abusando de los más débiles, pero sobre todo con su mujer e hijo. Las palizas propinadas a la mujer, estando embarazada, dicen que fue la causa para que Sebastián saliera con ciertos problemas mentales. Don Manuel no sabía que su hijo no hablaba y no se dio cuenta hasta que este llego a cumplir cinco años. Montó en cólera porque su mujer se lo había ocultado y sin pensarlo contrató a dos delincuentes para que se llevaran a la madre con su hijo para un lugar apartado de la Colonia Reina Amalia. Había escogido ese lugar porque sabía que esa isla se encontraba casi abandonada y les iba a ser difícil su supervivencia. Les dijo que cuando cumplieran con su trabajo les pagaba, pero tenía un plan perfecto para asesinarlos cuando regresaran. Su plan se cumplió y declaró a las autoridades que los delincuentes intentaron robarle.
Los sicarios, al divisar la Sierra de Casas, se dirigieron al oeste, dejaron su carga humana en la desembocadura de Río Del Medio y regresaron para caer en las garras del asesino que los había contratado.
Madre e hijo quedaron solos en un terreno desconocido y sin abrigos ni alimentos. ¡Era difícil que sobrevivieran! Aquella mujer llena de heridas, contusiones y huesos rotos causados por Manuel no le permitía andar y el pobre niño se refugiaba en los brazos de su madre buscando protección.

–¡Ustedes dos! ¡Cojan el cofre y llévenlo para el bote! Recuerden llevar las herramientas.
Los hombres cumplieron con el mandato del Capitán bajo las miradas desconfiadas de la tripulación.
Una vez en tierra comenzaron a cavar. La tierra era blanda y por eso terminaron pronto la faena. Depositaron en el fondo del agujero el pesado cofre y acto seguido cayeron tendidos sobre él a recibir sendos fogonazos salidos de la pistola empuñada por el Capitán. Le pareció oír un pequeño ruido en el bosque, pero lo atribuyó a animales salvajes. Éste cubrió los cadáveres y el cofre. Una vez en el bote, lanzó las palas al agua y diría a sus hombres que feroces cocodrilos habían terminados con las vidas de sus compañeros y por suerte, pudo escapar.

Matías era un pobre hombre que vivía solo en una choza construida de hierbas en un paraje solitario. En las solitarias noches amenizadas con los cantos de las aves nocturnas y los insectos, recordaba con lágrimas en los ojos, su triste pasado. Recordaba su trabajo como agricultor en los terrenos del Conde Torrevieja. Recordaba aquella sequía en la que no pudo pagar el diezmo y le quemaron su hogar con su mujer y dos hijos dentro. Recordaba las peripecias realizadas para venir de polizonte en un barco y luego a trabajar forzado cuando fue descubierto. Logró llegar a la Colonia Reina Amalia con el único deseo de pasar sus últimos años de su vida acompañado de sus recuerdos en plena naturaleza.
Esa mañana salió a revisar las trampas que tenía en distintos lugares y la jaula para capturar peces. Faltaba pocos metros para llegar al río cuando vio un bulto extraño como de un animal. Se quedó pasmado cuando pudo ver que se trataba de un niño abrazado al cuerpo inerte de su madre. A su mente acudieron los recuerdos de su mujer e hijos. El niño al oír los pasos del hombre se asustó y temblaba como un animalito indefenso. Con dulces palabras logró calmarlo y ante los ojos llenos de lágrimas del pequeño, abrió como pudo un hueco en la tierra para enterrar a la mujer. Fue hasta el río y sacó los peces de la jaula. Había aprendido a hacer fuego como los indios y preparó la cena a base de pescado asado. Después de comer el niño le hizo señas a Matías para que lo siguiera y le enseñó un lugar en el suelo donde había señales de tierra removida.

–Señor Gutiérrez, tengo el gusto de comunicarle que su hijo ha aprobado todos los exámenes con la máxima puntuación. Le recomiendo lo lleve a la Madre Patria y lo matricule en una Universidad.
–¡Gracias! Este mes lo llevaré.

Apenas podía andar. Dos sirvientes lo transportaban en una silla y lo situaban en la primera fila del Teatro. Los premios se iban repartiendo.
–El Premio Especial es para el Doctor en Física, el Señor Matia Gutiérrez Gutiérrez.
Los aplausos retumbaron en todo el recinto y Matia no podía contener sus lágrimas.
El recién graduado Doctor, tomó su trofeo, bajo del escenario y se dirigió al anciano. Le entregó el trofeo y lo abrazó con el mismo emotivo de los abrazos.


Autor: Pedro Celestino Fernández Arregui