miércoles, 26 de junio de 2019

Amor, Deseo y Humillación






                                                      AMOR DESEO Y HUMILLACIÓN

   Alberto se sentía bien los domingos que acudían los reservistas a la Unidad Militar para recibir instrucciones y prácticas con las armas, porque esos días acudía Marcelo, un reservista de treinta y dos años, trabajador en un almacén de víveres, casado y con tres hijos de ocho, diez y trece años. Desde el primer momento se enamoró de él pero sabía que era un imposible.
   A Marcelo le gustaba aquel recluta de gestos delicados, amable, servicial y trabajador. De todos los reclutas del campamento, ése era el que apreciaba. Deseaba que su hijos fueran como Alberto y estaba seguro que el joven llegaría a ser un buen profesional en cualquier trabajo o un buen oficial si seguía en el ejército.
   Un día la Unidad fue movilizada y enviados a Angola. En el viaje hacia ese país, estuvieron en el mismo camarote y una vez en tierra siempre estuvieron juntos. Sin saberlo, Marcelo cada día y en todo momento era blanco de las miradas de Alberto. El amor que sentía por él crecía cada día que pasaban juntos.
   Los meses transcurrieron y los integrantes de la Unidad buscaban tener relaciones sexuales con las nativas, pero Marcelo decía, para satisfacción de Alberto, que él no se acostaba con mujeres desconocidas que pudieran transmitirle alguna enfermedad de transmisión sexual, tan común en aquellos años.
   Una vez, Alberto escuchó a Marcelo conversando con un compañero. Marcelo decía que tenía tremendo deseos de tener sexo a tal punto que era capaz de tener esa satisfacción hasta con un “maricón” y al joven le dio un vuelco al corazón.
Esa misma tarde, en el baño, Alberto consiguió estar cerca de Marcelo y como si fuera un descuido, rozó su glúteo por su pene. Pidió disculpa, pero pudo apreciar que el reservista había tenido una pequeña erección.
Por la noche, cuando todos dormían, el recluta se acercó a la litera de Marcelo y le dijo al oído que quería estar con él. Lo esperaría en unos matorrales junto a un aguacatero.
Marcelo se quedó mudo. Tuvo deseos de partirle la cara pero algo lo contuvo. Nunca había pensado que el joven era homosexual. En su cerebro varias ideas cruzaban su mente. Algunas lo incitaban a encontrarse con el chico, otros pensamientos le decían que el era un hombre y los hombres no se acostaban con homosexuales porque como decía la gente “el que apunta, banquea” Al final, pensó que nadie se enteraría y que iba a terminar con el “atraso” que tenía. Alberto iba hacer el amor con el hombre que hacía mucho tiempo deseaba y Marcelo se sentiría satisfecho sexualmente. Lo que ninguno de los dos imaginaron es que habían sido observado por otro soldado que regresaba a la Unidad después de haber tenido una cita con una chica.
A la mañana siguiente, las compañías formaron como lo hacían habitualmente. Una vez formados. El Jefe de la Unidad nombró a Marcelo y Alberto para que salieran de la fila y se pusieran a su lado.
Los dos se imaginaban el por qué y mas cuando vieron al Político situarse junto a ellos y dirigiéndose a la tropa, dijo:
–¡Compañeros, atiendan! Ha sucedido algo bochornoso que no puede ser permitido en nuestro glorioso ejército, un ejército heredero de las mejores tradiciones de valor y heroísmo. Un ejército forjado por hombres como Maceo contra los colonialistas, con hombres que se enfrentaron a los bandidos del Escambray, a los mercenarios de Playa Girón y en misiones internacionalista. Como vamos a permitir el homosexualismo entre nuestras filas. Estos dos –dijo dirigiéndose al reservista y al recluta– son “maricones” y eso es denigrar al ejército y a la Revolución. El Estado Mayor ha decidido enviarlos de regreso a Cuba. Mientras estén aquí, seguirán como hasta ahora pero dormirán en barracas distintas y se les prohíbe salir de noche. Podrán salir cuando les toque hacer la guardia que por supuesto no será el mismo día.
   Alberto estaba avergonzado por Marcelo. Había sido culpa de él, pero lo amaba. Por el contrario para Marcelo aquello había sido la vergüenza mas grande de su vida. Había sido humillado delante de todos. ¡Si se enteraban sus hijos!
   –Marcelo, tienes guardia en la parte trasera del campamento de doce a dos de la mañana.

   Todos dormían. De pronto, los soldados se despertaron al oir una ráfaga de disparos. Todos tomaron su fusil y acudieron a cubrir sus respectivos puestos de combate. No se escuchaba mas nada. Alguien les dijo que regresaran a sus albergues.
Por la mañana, Alberto lloraba desconsoladamente. La noticia sorprendió a todos. Marcelo había puesto su fusil en modo ráfaga y había apoyado el cañon en el pecho.
El reservista había muerto con el corazón destrozado.

En Cuba, una mujer y sus hijos lloraban, al recibir la comunicación de la muerte de Marcelo en combate.


Autor: Pedro Celestino Fernández Arregui

domingo, 23 de junio de 2019

El Ascensor




                                               El Ascensor

Como era su costumbre, Ronald tomó el ascensor para dirigirse  a su casa. Su horario de tabajo  era hasta las doce de la noche, pero nunca terminaba a esa hora sino, dos horas mas tarde. Había tenido una tarde complicada por la rotura de una tubería en el piso veinte y después una tupición en el baño de una habitación de la planta cuarenta y cinco en la cual estuvo trabajando desde las cuatro de la tarde hasta cerca de la una y media de la madrugada. Estaba muy cansado y todavía tenía que conducir unos cincuenta minutos hasta su casa. En la casa no lo esperaba nadie. Su esposa lo había abandonado hacía seis meses. Aquello le había trastornado un poco. Recordaba cuando llegó a su casa a media noche y solo encontró una nota encima de la mesa donde le decía que se marchaba de la casa por incompatibilidad de carácter. Es verdad que ella siempre le decía cosas y estaba de mal humor, pero él nunca le decía nada y ni siquiera le contestaba. Pensaba que ese hotel donde trabajaba le había traído mala suerte porque su primera mujer se fue con el vecino. Como amó a Eloisa. En ningun momento sospechó nada porque ella lo mimaba y lo complacía en todo. Marta era distinta. Ella era muy liberal y siempre estaba con amigas y un día le dijo que se iba para Chicago y que no resistía la vida de casada.
El ascensor se detuvo en la planta treinta y ocho y entró una pareja de jóvenes. No les importó su presencia. Apenas entraron se abrazaron y comenzaron a besarse apasionadamente. Ese romanticismo le recordó a a Isabel y sintió envidia de los jóvenes. Isabel fue su tercera esposa. Siempre lo estaba besando y acariciando y solo le pedía sexo. Un día fue de compras y mas nunca regresó. Algunos vecinos aseguraron haberla visto con otro hombre en un auto. No lo creía porque ella lo amaba mucho. Pensó que pudo haber sido raptada por esas mafias que secuestran chicas jóvenes para obligarlas a prostituirse. El chico le introdujo la mano por la parte superior de la blusa y comenzó a tocarle el seno mientras ella cerraba los ojos y bajó su mano hasta las entrepiernas del chico. Aquello le dio rabia. La sangre le hervía y estuvo a punto de bajarse del ascensor, pero fueron ellos los que oprimieron el botón del piso siete y se bajaron. Respiró con alivio y siguió con sus pensamientos. Elena no fue su mujer pero eran amantes. Trabajaba de camarera de piso en el hotel y se amaron apasionadamente. El amor que sentían era tan grande que ella le iba a pedir el divorcio a su marido para casarse y más porque esperaba un hijo de él.
Llegó al parking e iba a tomar su auto cuando se dio cuenta que había perdido el destornillador. Volvió al ascensor y cuando estaba mirando el piso, la puerta se cerró. Oprimía el botón de apertura y la puerta se mantenía cerrada. Entonces quiso desplazarse hacia arriba y el ascensor no se movía. Oprimió desesperadamente todos los botones, incluído el de alarma y nada. Comenzó a gritar desesperadamente y como si los gritos hubieran hecho efecto, se abrió la puerta. Varios policías lo esperaban empuñando sus pistolas. Un señor vestido de civil le dijo: “ ¡Ronald Smith, está detenido!
Fue conducido a la Estación mas cercanas e introducido en una habitación cuyo inmobiliario  consistía en una pequeña mesa y dos sillas.
–Señor Smith. Usted está acusado del asesinato de Eloisa Grant, Marta Sandoval, Isabel Jiménez y Elena Seward.
El inspector acomodó la silla frente al sospechoso, se sentó y mirando fijamente a sus ojos, le dijo:
–Ahora usted nos va a contar como realizó esos asesinatos.
Ronald se frotó las manos. Bebío de un vaso con agua que esta encima de la mesa. Entrelazó sus manos y las miraba fijamente.
–Eloisa me tenía la vida imposible con su mal carácter , regaños y protestas. Un día invité al vecino a tomar té. Eloisa estaba de buen carácter porque abía bebido unas copas de whisky. En broma le dje que escribiera diciendo que se iba con el vecino. Lo escribió y acto seguido los envenené a los dos. Asi inventé la historia que se había dido con él. Marta  gustaba de salir con sus amigas y me encargué de decir en el vecindario que era muy liberal. Un día le dije que viniera con alguna amiga y que pasaran un tiempo en el bar hasta que yo saliera. Luego las invié a una habitación vacía. Le dije a mi esposa que se duchara y cuando ella entró a la ducha estrangulé a su amiga y a ella la ahogué en la bañera. Isabel no se había dado cuenta que no me gustaban las mujeres hasta un día que me encontró en el baño masturbándome y un consolador en el ano. Antes que pudiera hablar le introduje el juguete sexual en la boca hasta asfixiarla. Elena me había dicho que se iba a divorciar para casarse conmigo porque estaba embarazada de mí. Un día trabajando en una habitación llegó ella. Había terminado de trabajar y quería hacer el amor conmigo. Fue la última vez. La estrangué con una toalla.
–¿Me puedes decir donde estan los cadáveres, señor Smith?
–Estan en debajo del ascensor del hotel.

Inmediatamente se trasladaron al lugar la brigada de criminalista y la canina. Descubrieron un espacio oculto al cual se accedía por una pared del foso del ascensor. Encontraron los cadáveres de las víctimas mencionadas por Ronald y los de una pareja de jóvenes recien asesinados con heridas de un objeto punzante.

Autor: Pedro Celestino Fernández Arregui





Equivocado


                                               
                                               Equivocado

Entraron a la cafetería, como todos los días, cuando terminaban de trabajar. El camarero se les acercó para tomarle el pedido.
–¿Qué les pongo? ¿Lo mismo de siempre?
El de mayor edad, un señor con un bigote enorme, contestó.
–A mí no. Solo quiero una cerveza. No estoy bien del estómago.
–¡Muy bien! Entonces sandwich mixto y cereveza para los demás –dijo el camarero y se retiró.
Un joven pelirrojo y su rostro cubierto de pecas, tomó el periódico y le mostró a los demás la portada con la fotografía de Jim Cowly, un jugador famoso de uno de los mejores equipos del beisbol profesional en los Estados Unidos..
–¡Miren! ¿No se parece a Bob? –preguntó.
Los demás rieron.
–¡Eso quisiera Bob! ¿Te imaginas Bob jugando en las Grandes Ligas? –dijo un moreno alto y delgado.
–No estaría con ustedes aquí con ustedes. Disfrutaría con mi novia en una Isla del Pacifico. –contestó sonriendo, Bob.
–Dicen las malas lenguas, a mi no me crean, que Cowly es gay.
En ese momento llegó el camarero y depositó en la mesa los bocadillos y las cervezas.
–¿Desean algo mas, los señores?
Ante la negativa de sus clientes, se retiró.
El pelirrojo dejó el periódico en la mesa contigua.
–Hahora que hablaste de novia te voy hacer una pregunta. ¿Cuándo te casas? Porque llevan como cinco año de novios.
–En Diciembre nos casamos. ¡Señores, una boda cuesta mucho!
–¡Claro! En invierno es mejor. No se suda tanto en la cama. –dijo el moreno y todos rieron a carcajadas.
Una vez terminada la consumición, pagaron y salieron cada uno para sus respectivas casas a descansar después de ua jornada agotadora.
Bob tomó su auto y se dirigió a la vivienda de su novia. La invitaría a cenar y pasarían una noche deliciosa como todas las que pasaba con ella. ¡Como la amaba! Recuerda cuando la conoció. Se le había roto un zapato y el la ayudó y la llevó hasta su casa. Desde ese día habían quedado prendidos sus corazones. Pasaba junto al Estadio de Beisbol y sonrió al recordar la broma en la cafetería. Se detuvo en el semáforo, justo una calle después del Estadio. Al poner la luz verde, se disponía a continuar, cuando sintió fuertes golpes en la cabeza y todo se puso negro.

Dos horas después, un joven llegaba a su apartamento en un barrio pobre de la ciudad. El desorden y la suciedad imperaba en auella habitación. ¡Estaba satisfecho! Había acabado con la vida de aquel hombre que lo había rechazado. En un papel virtió un poco de polvo blanco e inhaló. Se había enamorado de él cuando estaban en el Colegio y se lo dijo y quiso besarlo. Recuerda que lo separó bruscamente y le dijo: ¿No te das cuenta que no me gustas? Yo quiero a un hombre, no una mierda”. Todavía sentía esas palabras en el oído. Desde entonces juró que se vengaría. Encendió la televisión y se quedó paralizado. En la pantalla estaban entrevistando a Jim Cowly. Gracias a un jonrón conectado, su equipo había ganado. Apagó la tele con rabia.
–¡Mierda! ¿Entonces, a quien maté?

Autor: Pedro Celestino Fernández Arregui

                                                                

domingo, 9 de junio de 2019

Engaño y Favor







                                                Engaño y Favor

El jinete llegó junto a la choza de paredes de yaguas y techo de guano. En la puerta, recostado a la endeble pared, un hombre de tez morena, rostro escondido detrás de una barba espesa, una pequeña astilla de madera entre sus labios y un cuerpo frágil. Su vestimenta consistía en un sombrero de guano, una camisa azul, un pantalón de mezclilla desteñido y botas que en un tiempo eran marrón y ahora parecía difícil saber su color.
  - ¡Hola! ¿Puede usted decirme donde vive Ramón Casillas?
 Preguntó aquel hombre vestido al estilo vaquero del Oeste de los estados Unidos y que cabalgaba un hermoso caballo negro. El hombre mostraba una sonrisa indescifrable y alardeaba de su montura y las botas con unas espuelas enchapadas en oro.
El aludido se llevó la mano a la astilla de madera que tenía entre los labios y lentamente la retiró.
-Siga el callejón y al final está la finca El Diamante. Verá su casa encima de la colina.
- Gracias, señor.
Casillas estaba desayunando. Su rostro blanco estaba rojo y le corrían gotas de sudor. Su vientre rozaba con la mesa. Bebió un sorbo de su café con leche y detuvo la taza a poca distancia de sus labios. Había escuchado un ruido familiar. Siguió escuchando atentamente y depositando la taza en la mesa. Alguien estaba caminando por el portal de madera. Las pisadas eran de un hombre que llevaba pesadas botas con espuelas. Ese sonido de las ruedas de las espuelas las conoce un vaquero a muchos metros de distancia. Se levantó de su asiento lentamente cuando escuchó unos fuertes golpes en la puerta. Bartolo, su ayudante se dirigió a la puerta, la abrió y no llegó a ver al hombre. Cayó al suelo con un orificio en la frente. El hombre entró pistola en mano y observando todo el comedor minuciosamente. Sabía que su objetivo se encontraba ahí. La taza humeante y la servilleta estrujada lo delataba. Siguió revisando con la vista hasta percibir un ligero movimiento en las copas que se encontraban encima del cabinet situado junto a una puerta.
- ¡Sal de ahí, Ramón! Tenemos que hablar y si no sales le prenderé fuego al gabinete.
Muy despacio se abrió la puerta y salió gateando Ramón. Ahora le corría el sudor como si se tratara de un manantial y su ropa completamente mojada. Se puso de pie sin dejar de mirar a aquel hombre que le apuntaba con un arma.
- ¿Qué hiciste con el diamante? ¿Compraste esta finca? ¿No te acordaste de tu amigo? ¡Muy mala memoria Ramón! Te voy a refrescar la memoria. Hace diez años me dijiste que tu hijo necesitaba una operación que costaba mucho dinero y tú, cortador de caña, no podías pagarla con lo que ganabas. Si yo te ayudaba a robar el diamante de la “Casa de la Joya”, compartiríamos la ganancia entre los dos y con tu parte era suficiente para pagar la operación. Arreglaste todo para que yo fuera el único culpable. ¡Muy inteligente, Ramón! Luego en la cárcel me enteré de la inexistencia de tu hijo.
- ¡Suelte el arma, Leocadio García!
- ¡Sí, la soltaré!
El arma de Leocadio y el cuerpo de Ramón Casillas cayeron al suelo casi al mismo tiempo. El jinete de las espuelas enchapadas en oro se le acercó a Leocadio y le colocó las esposas.
- ¡Está usted detenido, Leocadio García!
- ¿Me permite mirarle la cara a ese perro?
- Sí, puede.
Se acercó al cadáver lo escupió y dijo con rabia:
- Me pudriré en la cárcel, hijo de puta, pero tu te vas a podrir en el infierno.


                         

El auto de la policía se detuvo junto a los dos hombres vestidos como vaqueros. Uno de ellos sin espuela y el otro con unas espuelas enchapadas en oro. Un uniformado se bajó del auto, abrió la portezuela trasera y entró el vaquero esposado.
-          ¡Gracias inspector! ¡Salúdame a su Jefe! Ustedes los “Especiales” de la Guardia Rural, son muy buenos.
-          ¡Gracias, Capitán!
   El Capitán se encontraba en su despacho revisando algunos papeles. Un policía se le presentó con un prisionero.
-          ¡Puede retirarse! -dijo refiriéndose al policía- Bien, Leocadio García, espero haya dormido bien. Mañana temprano, yo mismo, lo llevaré a la Provincia y allí permanecerá hasta que le celebren el juicio. No te preocupes por las condiciones. La cárcel provincial está muy bien. ¿Algo que decir?
-          No, Capitán.
    Un auto con dos personas transitaba por la carretera hacia la capital provincial. Al volante, un oficial de la policía. En el asiento trasero, un hombre se acariciaba las esposas mientras por su mente pasaban retazos de su vida. Antes había pensado en el misterio que rodeaba su traslado. Un oficial, sin mas escolta lo llevaban a otra cárcel. Sabía que eso estaba contra las Reglas del Cuerpo. Lo mas probable es que fuera asesinado. No era la primera vez que asesinaban a un prisionero y argumentaban intento de fuga. De cualquier manera, había cumplido su misión.
El auto se desvió de la carretera por un camino en mal estado. Se podía apreciar que por allí hacía mucho tiempo no circulaban vehículos. Se detuvo y con toda su calma bajó el Capitán. Abrió la puerta trasera y le dijo al reo que saliera. Ante la negativa de éste lo arrastró con toda su fuerza. Su cuerpo cayó en medio de un charco de agua putrefacta.
-          ¡No te levantes! Escucha lo que te voy a decir. Cometiste un crimen y lo tienes que pagar. Yo también tendré que pagar por todo lo que estoy haciendo. Para el otro mundo, si es que lo hay, nadie se va sin pagar. Dirás que existen individuos que asesinan y al final de su vida, se marchan tranquilamente. ¡Pues no! El umbral de la muerte puede ser tan terrible como lo que le espera en el otro lado. Me dirás que tu no crees en nada de eso. No me extrañaría que un hombre que asesina a sangre fría, a dos individuos, crea en eso. Leocadio ¿Por qué tenías que asesinar al ayudante? La cuenta pendiente era con Ramón Casillas. Sí, sé que pensaste que podía no dejarte realizar el trabajo. Sé toda tu historia, pero yo también tengo una historia que contar. El verdadero nombre de Ramón Casilla era Julián Gómez, buscado por la justicia poco después del robo del diamante. No, no era buscado por ese delito, sino, por la violación y asesinato de una niña. Después de ese crimen desapareció, hasta hace poco, que gracias a la investigación del oficial que te detuvo fue encontrado. Había logrado cambiarse el nombre, usaba barba postiza y salía de la casa con gafas de sol. Te voy a soltar y te irás por este camino hasta llegar hasta los restos de un viejo puente de madera sobre un río. Atado al puente, hay un bote, tómalo y sigue corriente abajo hasta que divises las montañas. Ve para la Sierra. Allí estarás seguro por el resto de tu vida.
El Capitán ayudó a levantarse y le quitó las esposas al sorprendido prisionero que sospechaba que lo mataría.
-          ¡Corre!
-          ¿Quieres matarme verdad? Prefiero morir de pie, mirando a sus ojos.
-          No seas imbécil. Para matarte no hubiera gastado saliva.
Leocadio le dio la espalda y comenzó a caminar despacio primero y luego mas apresurado, pero siempre esperando ser atravesado por una bala. A unos cuarenta metros se detuvo. Se puso de frente al oficial.
-          ¿Por qué lo haces?
-          Porque esa niña, era mi hija.
Leocadio comenzó a correr hasta oír un disparo. Se volteó justo en el momento de ver caer el cuerpo del uniformado al suelo.

Autor: Pedro Celestino Fernández Arregui








El Destino del Cofre


                      


                                     El Destino del Cofre

Nadie sabía nada de aquel hombre. Los rumores más escuchados se referían a él como un español preso y que había sido liberado para formar parte de una embarcación que llegó a La Habana cargado de hombres para colonizar la Isla. Los vecinos del caserío de Batabanó comentaban que era un hombre muy malo, sin escrúpulo. Lo había demostrado en varias ocasiones abusando de los más débiles, pero sobre todo con su mujer e hijo. Las palizas propinadas a la mujer, estando embarazada, dicen que fue la causa para que Sebastián saliera con ciertos problemas mentales. Don Manuel no sabía que su hijo no hablaba y no se dio cuenta hasta que este llego a cumplir cinco años. Montó en cólera porque su mujer se lo había ocultado y sin pensarlo contrató a dos delincuentes para que se llevaran a la madre con su hijo para un lugar apartado de la Colonia Reina Amalia. Había escogido ese lugar porque sabía que esa isla se encontraba casi abandonada y les iba a ser difícil su supervivencia. Les dijo que cuando cumplieran con su trabajo les pagaba, pero tenía un plan perfecto para asesinarlos cuando regresaran. Su plan se cumplió y declaró a las autoridades que los delincuentes intentaron robarle.
Los sicarios, al divisar la Sierra de Casas, se dirigieron al oeste, dejaron su carga humana en la desembocadura de Río Del Medio y regresaron para caer en las garras del asesino que los había contratado.
Madre e hijo quedaron solos en un terreno desconocido y sin abrigos ni alimentos. ¡Era difícil que sobrevivieran! Aquella mujer llena de heridas, contusiones y huesos rotos causados por Manuel no le permitía andar y el pobre niño se refugiaba en los brazos de su madre buscando protección.

–¡Ustedes dos! ¡Cojan el cofre y llévenlo para el bote! Recuerden llevar las herramientas.
Los hombres cumplieron con el mandato del Capitán bajo las miradas desconfiadas de la tripulación.
Una vez en tierra comenzaron a cavar. La tierra era blanda y por eso terminaron pronto la faena. Depositaron en el fondo del agujero el pesado cofre y acto seguido cayeron tendidos sobre él a recibir sendos fogonazos salidos de la pistola empuñada por el Capitán. Le pareció oír un pequeño ruido en el bosque, pero lo atribuyó a animales salvajes. Éste cubrió los cadáveres y el cofre. Una vez en el bote, lanzó las palas al agua y diría a sus hombres que feroces cocodrilos habían terminados con las vidas de sus compañeros y por suerte, pudo escapar.

Matías era un pobre hombre que vivía solo en una choza construida de hierbas en un paraje solitario. En las solitarias noches amenizadas con los cantos de las aves nocturnas y los insectos, recordaba con lágrimas en los ojos, su triste pasado. Recordaba su trabajo como agricultor en los terrenos del Conde Torrevieja. Recordaba aquella sequía en la que no pudo pagar el diezmo y le quemaron su hogar con su mujer y dos hijos dentro. Recordaba las peripecias realizadas para venir de polizonte en un barco y luego a trabajar forzado cuando fue descubierto. Logró llegar a la Colonia Reina Amalia con el único deseo de pasar sus últimos años de su vida acompañado de sus recuerdos en plena naturaleza.
Esa mañana salió a revisar las trampas que tenía en distintos lugares y la jaula para capturar peces. Faltaba pocos metros para llegar al río cuando vio un bulto extraño como de un animal. Se quedó pasmado cuando pudo ver que se trataba de un niño abrazado al cuerpo inerte de su madre. A su mente acudieron los recuerdos de su mujer e hijos. El niño al oír los pasos del hombre se asustó y temblaba como un animalito indefenso. Con dulces palabras logró calmarlo y ante los ojos llenos de lágrimas del pequeño, abrió como pudo un hueco en la tierra para enterrar a la mujer. Fue hasta el río y sacó los peces de la jaula. Había aprendido a hacer fuego como los indios y preparó la cena a base de pescado asado. Después de comer el niño le hizo señas a Matías para que lo siguiera y le enseñó un lugar en el suelo donde había señales de tierra removida.

–Señor Gutiérrez, tengo el gusto de comunicarle que su hijo ha aprobado todos los exámenes con la máxima puntuación. Le recomiendo lo lleve a la Madre Patria y lo matricule en una Universidad.
–¡Gracias! Este mes lo llevaré.

Apenas podía andar. Dos sirvientes lo transportaban en una silla y lo situaban en la primera fila del Teatro. Los premios se iban repartiendo.
–El Premio Especial es para el Doctor en Física, el Señor Matia Gutiérrez Gutiérrez.
Los aplausos retumbaron en todo el recinto y Matia no podía contener sus lágrimas.
El recién graduado Doctor, tomó su trofeo, bajo del escenario y se dirigió al anciano. Le entregó el trofeo y lo abrazó con el mismo emotivo de los abrazos.


Autor: Pedro Celestino Fernández Arregui



sábado, 18 de mayo de 2019

La Cueva del Indio


                                    
                                            La Cueva del Indio

Dicen que mucho antes de la fundación de Nueva Gerona, Isla de Pinos, vivían varias familias de colonos españoles. Una de esas familias la integraban Doña Mercedes Azaria y Don Constantino Rubio. Se habían comprometido en Andalucía y se unieron en contra de la voluntad de sus familias por lo que siempre estuvieron buscando un lugar tranquilo donde vivir y así llegaron a descubrir la apacible, solitaria y bella Evangelista, o sea, la Colonia Reina Amalia (Isla de Pinos). Por su largo peregrinar, no habían decidido tener descendiente hasta que en esta Isla nació José Rubio Azaria.
Desde que comenzó a andar, Pepito sorprendía a sus padres con su gran imaginación. A los siete años, era todo un ejemplo de imaginación y fantasía. En todo, veía figuras y por todas partes hablaba con personajes invisibles. Esta conducta molestaba a los padres, pero llegaron a asumirla como una enfermedad mental de su hijo.
Un día, Pepito salió como de costumbre a recoger mangos, a unas decenas de metros de su vivienda, cuando vio una hermosa mariposa. La seguía mientras hablaba con ella y sin darse cuenta se alejó demasiado de su casa. Quiso volver y no encontraba el camino de regreso. Comenzó a andar por aquel bosque inmenso de Pinos hasta salir a un pequeño espacio libre de árboles donde pastaba un toro. Cuando el animal lo vio, se puso furioso y fue hacia él. Pepito se asustó y comenzó a correr cuando tropezó con una piedra y al caer, se dio un fuerte golpe con el tronco de un árbol, provocándole una herida y perdiendo el conocimiento. No pudo ver como aquel toro caía al suelo muy cerca de su cuerpo. Alguien le había lanzado una honda, confeccionada con bejucos y dos piedras, envolviendo las patas traseras del animal y derribándolo.
Cuando Pepito abrió sus ojos, pudo ver que se encontraba en una cueva sumida en penumbra. Estaba oscureciendo y le pareció ver una figura haciendo algo con dos finos   palos atados y haciendo girar un tercero apoyado entre ambos hasta que comenzó a salir humo y después una pequeña llama. Cuando se volteó, el niño quedó impresionado por aquel personaje. Nuca había visto una persona casi sin vestimenta, la piel cobriza y un pelo lacio y negro.
El hombre no hablaba. Trajo en sus manos unas hierbas y se la ató a la cabeza con una tira de hoja de palma, en la herida. Después puso al fuego un pájaro grande.
Sin embargo, aquel hombre no le producía temor, al contrario, le simpatizaba. Al día siguiente, Pepito comenzó a hacerle preguntas, pero él no entendía.
Al siguiente día, aquel señor le fue dibujando con una varilla, en el suelo de la caverna, distintas figuras que Pepito imaginaba era la historia de aquel hombre. Por la tarde, casi oscureciendo, el hombre le hizo seña para que lo siguiera y lo llevó hasta la casa. Cuando se dio cuenta, el hombre había desaparecido.
Grande fue la sorpresa de Constantino y Mercedes cuando llegó su hijo. Éste le contó lo sucedido. Imposible que pudieran aceptar la historia de su hijo. Según su descripción, su salvador era un indio y jamás había escuchado sobre la presencia de indios en ese territorio después del descubrimiento por Cristóbal Colón. No cabía dudas que la imaginación de su hijo había ido demasiado lejos. Constantino se planteaba varias preguntas: ¿Quién había atendido a su hijo? ¿En cuál cueva habitaría? ¿Sería un prófugo de la Corona? ¿Sería un pirata? Lo cierto es que su hijo fue curado y alimentado por alguien. ¡Exploraría toda la Sierra hasta encontrar esa cueva!
Al cuarto día encontró una cueva que tenía todas las características de la citada por su hijo. Encontró huesos de animales y de una persona, semicubiertos de tierra, conchas, caracoles y varios objetos confeccionados artesanalmente. Cenizas, madera con rastro de fuego y en una parte del piso varios dibujos realizados en la tierra. Sí, en ese lugar había vivido alguien y tenía que haber sido un indio, pero las huellas y objetos encontrados correspondían quizás, a más de trescientos años.
Pepito siempre decía la Cueva del Indio cada vez que mencionaba ese lugar y con el tiempo se quedó con ese nombre., hasta el día de hoy.

Pedro Celestino Fernández Arregui




Dirty Glen


                                                  
                                                 Dirty Glen

Otoŋ vivía cerca del lago Chad, en Camerún. Desde niña hacia las labores como cualquier mujer adulta de la tribu a la cual pertenecía. Se destacaba entre las demás niñas, por su inteligencia y fortaleza física. Su pueblo tenía la creencia que por estar lejos de la costa y en lugar de difícil acceso, no caerían en manos de los comerciantes de esclavos, sin embargo, una noche fueron sorprendidos por una turba procedentes del oeste y capturados la mayoría de ellos.
Después de una selección, cerca de 50 fueron vendidos a un magnate español que los embarcó rumbo a Cuba. A mitad del atlántico, el barco fue interceptado y abordado por una fragata corsaria. Se llevaron a todos los esclavos, entre ellos Oton.
En Jamaica vendieron a todos menos a cinco mujeres jóvenes con la idea de satisfacer las apetencias sexuales de los marineros, los cuales utilizaban el látigo y dolorosas torturas a aquellas que se resistían. Sin embargo, una de ellas, era sumisa y se dejaba poseer sin ninguna dificultad. Todos hacían el amor con ella y había días que mas de doce corsarios tenían sexo con ella en poco tiempo. Por tal motivo se ganó el mote de Dirty Glen (Cañada sucia). Esa joven era, Oton.
Por sus bondades sexuales, ella era la única que se paseaba por todo el barco y se pasaba mas de una hora en el despacho del Capitán.
Un día el barco entró en una amplia bahía en el sur de La Evangelista para abastecerse de madera, agua y alimentos. Por la noche, la tripulación dormía después de una jornada agotadora. Sólo quedaba un vigía que era relevado cada tres horas.
Oton salió silenciosa de la bodega y fue directo, sin ser vista por el hombre de guardia, a la santabárbara, cogió un barril de pólvora y fue haciendo un zigzag desde la escalera hasta los barriles con la idea de que le diera tiempo salir del barco. Una vez, en la puerta de cubierta le prendió fuego al camino de pólvora que convertiría al barco, en breves segundos, en un infierno. Se quitó el vestido y completamente desnuda salió corriendo y se lanzó al agua. Nada vigorosamente para alejarse lo ms posible del navío.
El vigía había sentido caer algo al agua, pero por mucho que observó le fue imposible detectar a la joven que ya se encontraba a una distancia prudencial.
De pronto, una gran explosión iluminó el cielo y los trozos de maderas volaban en todas direcciones. Se detuvo y miró hacia atrás para ver como se hundía aquella goleta llena de cadáveres que había sido durante varios meses su infierno.
Mientras nadaba hacia la costa invocaba a sus Dioses para que le perdonara por la muerte de las otras cuatro mujeres.
Cuando llegó a la playa se tendió en la arena un momento a descansar. Apenas había transcurrido unos minutos se incorporó y comenzó a correr en dirección a la colina que había divisado por el día y que sabía como orientarse por las estrellas para llegar a ella.
Pasado el tiempo un moreno que trasladaba ganado vio una pequeña choza de paja junto a las rocas de la montaña. Se sorprendió al ver cubierta con hojas de palmas a una mujer de su mismo color. Ella se despertó y se asustó, pero él la supo calmar con ademanes y sonrisas. A partir de ese momento, el joven le traía alimentos y le fue enseñando palabras de ese idioma desconocido para ella.
Una vez que pudieron comunicarse por medio de palabras, cada uno contó su historia. El joven se llamaba Manuel. Era esclavo e hijo de esclavo y no la podría llevar con él, porque pasaría a propiedad de su amo. Durante muchos años se amaron en secreto y tuvieron una hija.
Una mañana regresaba contento para darle la noticia a Oton de la abolición de la esclavitud, cuando escuchó un llanto. Al llegar al bohío se encontró a su amada muerta.
¡Había nacido libre y murió libre!

Los ganaderos nombrar a ese lugar como La Cañada Real por ser el paso del ganado. Nadie sabe que en algún lugar de esa Sierra se encuentran los restos de otra Cañada, La Cañada Sucia (Dirty Glen).


Autor: Pedro Celestino Fernández Arregui