miércoles, 5 de diciembre de 2018

Cuando te ví


                                                                   



                                     



                                      Cuando te vi



Aquellos hermosos ojos negros, me enloquecieron.

Fue esa locura inocente despertando los sentidos.

Te conviertes en algo que nunca has sido

y llueven los sueños que nunca existieron.



Ese día, cuando te vi, surgir de la nada sonriendo,

alumbraste, sin saberlo, mi camino a recorrer.

Porque a partir de ese momento pensaba en poder

amarte eternamente, mientras estuviera viviendo.



Cuando te vi, llegó la magia, todo desapareció.

 No había nada alrededor desviando mi atención

y fuerte se escuchaban los latidos del corazón.

Yo, en ese mundo creado, estábamos sólo, tú y yo.





Autor: Pedro Celestino Fernandez Arregui


MIRADAS







                                                                MIRADAS



Esa mirada que hipnotiza, que resbala y tropieza con la mía.

Esas miradas que hablan de sentimientos y que nadie escucha

son miradas que llevan, sin tapujos, mensajes de almas puras

y se vuelven monumentos perpetuos para toda una vida.

No importa la distancia, la forma ni el color de los ojos,

porque las miradas tienen vida propia, son independientes.

capaces de leer los corazones, el alma, las mentes.

Capaces de transmitir alegrías, disgustos y enojos.

Así fueron nuestras miradas enamoradas y aquel día,

dicen que fue el mas lindo donde brilló el Sol.

Aquella noche, cada uno en su cama, soñó con su amor

y se impregnaron, de aquellas miradas, para toda la vida.



Autor: Pedro Celestino Fernández Arregui

sábado, 6 de octubre de 2018

Don Quijote





                                                Don Quijote
                    ─ ¿Has visto, Sancho? Cada día hay menos gigantes.

                    ─No se fíe mi señor. Sucede que han cambiado de forma.
                    ─ ¿Qué dices?
                   ─Ahora no vienen con brazos largos. Los gigantes te estrangulan o te matan de hambre.
                   ─ ¿Dónde están, Sancho?
                   ─Se encuentran por todas partes y adoptan múltiples formas. No tienen colores, no               tienen un lugar donde vivir. Viven en todas partes pero son invisibles.
                  ─ Es igual. Blandiré mi espada y correrán asustados. La razón y la verdad nos               acompañan  y todos juntos, venceremos a los gigantes.
                ─ ¡Hay señor! Es muy triste ver el rápido deterioro de su salud.
pcfa


                        

Cuando la Burla Suena y el Intelecto Calla




                                   Cuando la Burla Suena y el Intelecto Calla

   Solía pasear por las márgenes de aquel riachuelo. Al llegar a la pequeña cascada, se sen-taba en el tronco de una palma derribada y allí, con su filarmónica, producía melodías preciosas. No hay mejor inspiración que observar un pequeño salto de agua en un río sin importancia, rodeado de árboles y acompañado por el canto de los pájaros. Es la magia de la naturaleza que convierte lo simple en algo fantástico. Una sinfonía mágica de la mezcla de sonidos, sensibiliza el alma y encanta al corazón.
  Sus pies descalzos, los pantalones rotos, la camisa desabrochada y su cabello largo revuelto, los exhibía por las calles de su pueblo mientras interpretaba las melodías surgidas junto al arroyo. Las burlas no faltaban y las risas explotaban cuando él, con furia desafiante, se agarraba el pantalón entre sus piernas para luego comenzar a correr calle abajo.
  Un día, un productor musical extranjero, puso atención a la melodía que interpretaba el joven y lo siguió pensando que iba para su casa. El joven como siempre fue para el río y repitió lo que día tras día hacía sin saber que lo estaban grabando.

  Años después, los habitantes del pueblo escuchaban en sus radios y los traganíqueles de los bares, una música contagiosa interpretada por un famoso cantante. En todos los discos rezaba: autor desconocido; sin darse cuenta que esa música la llevaba interpretando hacía años un joven que se extasiaba observando la cascada.

(pcfa)




martes, 14 de agosto de 2018

El Cuaderno






                                       El Cuaderno                            


Osvaldo era de esos individuos muy reservados, tanto que los amigos le pusieron el mote de El Misterioso. Además, el joven era muy tímido y nunca miraba a los ojos de nadie. Dicen los entendidos que ese es un defecto de las personas que no son de fiar. Miraba de reojo a todos y apretaba fuertemente contra su pecho su inseparable cuaderno. Nadie sabe cómo se las arreglaba para, al llegar al restaurant donde trabajaba como ayudante, el cuaderno desaparecía como por arte de magia. ¿Dónde lo guarda?  Se preguntaban los compañeros de trabajo y buscaban por todos los sitios sin encontrarlo. Cada día, la curiosidad en el restaurant, era mayor que la Carta, hasta que el dueño se sumó a la comitiva de investigación con el fin de encontrarlo y al no obtener resultado, se le ocurrió esperarlo en la puerta del establecimiento. Por fin había surgido la posibilidad de saber el contenido del cuaderno. Unos opinaban que podían ser cartas de amor, otros aseguraban que era un libro que estaba escribiendo, pero todos estaban seguros que Osvaldo ocultaba algo muy importante.
  Cuando llegó al restaurant, se encontró con su jefe en la puerta. Saludó sin apenas levantar la vista y cuando iba a entrar, el dueño le pidió el cuaderno. Por primera vez levantó la cara y con sus ojos muy abiertos por el terror, salió corriendo. A mitad de la calle, fue atropellado por un camión cuyo conductor conducía en estado de embriaguez. Los trabajadores del restaurant y de los locales próximos, salieron al oír el frenazo. Todos quedaron sorprendidos al ver a Osvaldo tendido en la calzada en medio de un charco de sangre.
  Uno de sus compañeros de trabajo recogió con tristeza el cuaderno y lo puso en la taquilla de Osvaldo.
 Pasado unos meses, el empleado recordó el misterioso cuaderno que había guardado y llamó a sus compañeros.
 ─Compañeros este es el cuaderno de Osvaldo.  ¿Lo abrimos?
 Todos estuvieron de acuerdo. El cuaderno lo situaron en una mesa del restaurant y todos alrededor esperaban impaciente para ver su contenido. Alguien lo iba abriendo despacio como si fuera a explotar. Parecía que una fuerza superior los hubiera paralizados. Sus cuerpos rígidos, los ojos de espanto, la mirada incrédula… ¡El descubrimiento de lo insólito los había petrificado!
  Lentamente fueron volviendo en sí. Muy despacio, se fueron alejando de la mesa. Allí estaba el cuaderno de Osvaldo, sin nada escrito, en blanco.

pcfa

lunes, 30 de julio de 2018

Historias de Taxistas


                                                      Historias de Taxistas

 Los taxistas pueden escribir un libro sobre su experiencia o una canción como Arjona. Los taxistas acumulan  miles y miles de horas al volante y transportan la mas variada carga humana. Por eso no es de extrañar  que contemos algunas de ellas. No para que se rían sino para que valoren el trabajo de estos hombres.

 Recuerdo la noche que regresaba a la Base cuando un hombre se me atraviesa en la carretera para que me detuviera.

  ─Compañero por favor, necesito llevar a mi mujer al hospital. ¡Está pariendo!

 Observo a la mujer sosteniendo con sus dos manos, aquella barriga grande, tan grande como las que utiliza mi primo en el gimnasio.  Apenas subió y comenzaron  los gritos. Una ambulancia no hubiera tocado la sirena con tanta intensidad  como la mujer. El marido le daba palmaditas en el ombligo diciéndole a la criatura que no tuviera prisa en salir que estábamos llegando. Y yo pisaba el acelerador y le decía a mi taxi que se apurara que la mujer iba a parir ahí.

  ─ ¡Chofer, para aquí! Ya salió. – dijo el campesino con cara de disgusto.

 ¡Madre mía!, miro hacia atrás y aquello era horroroso. Un niño envuelto en una baba rosada, una cara sonriente, otra admirada y yo con cara de mono.

  ─¡Pero hay que llevarla para el hospital!

  ─No, en aquella casa vive una comadrona. La llamaremos y vendrá acortarle la tripa.

  El campesino fue hasta la casa, cerca de la carretera. Lo ví conversando con un señor y a los pocos minutos volvió con una mujer. No sé por qué siempre había pensado que las comadronas eran  señora mayores y me sorprendió ver que esta era joven y bonita. Tenía deseos de vomitar y mareos y decidí llegarme a la casa de la partera. El hombre al ver mi rostro descompuesto, me invitó a sentarme en un viejo sofá forrado con sacos y roto por varios lugares. Al parecer, sus inquilinos eran muy pobres. Me dijo si deseaba leche o ron y con mucha vergüenza le dije que no podía beber bebidas alcohólicas que prefería leche. El hombre se disponía a marchar hacia la cocina cuando sentí una picada horrible en una nalga y me puse de pe inmediatamente. Me dijo que no me moviera pues tenía un alacrán en mi trasero. Con el palo de la escoba lo desprendió y lo aplastó con su bota derecha.

  ─ ¡Espera un momento!

Salió y vino con un puñado de hojas de mango y mientras las estrujaba con las manos me dijo: ¡Quítate el pantalón! Luego comenzó a pasar sus manos  mojadas con la salvia de las hojas por la nalga y en eso llegó su mujer.

  ─ ¿Qué haces?

  ─Lo picó un alacrán, Rosa.

  Rojo como un tomate me puse el pantalón y fui para el taxi. La imagen era enternecedora. La madre con el bebé en brazos y el padre acariciando. Sonreí y puse en marcha el auto cuando oí una voz femenina  que me decía: Chofer, me voy contigo.

  ─ ¿Y tu marido?

  ─ ¡Que se case con uno de su mismo sexo!

  ─Mira que es verdad que me picó un alacrán

  ─No me lo creo. Y… a propósito, tiene usted unas nalgas muy bonitas.

(pcfa)


Otra Noche de Taxi









                                         Otra Noche de Taxi

Los domingos por la noche no son tan complicados para un taxista, o no eran muy complicados. Esa noche pasaba frente a un restaurant cuando salió un hombre que me hizo señas para que me detuviera. Me detuve, subió y me dijo para el Hotel Colony. ¡Hice el día! Pensé. Inmediatamente me dijo: tenemos que recoger a una joven a la salida del pueblo.

  Efectivamente, a la salida del pueblo, sentada en la parada del autobús, había una chica, vestida con una saya muy corta y una blusa donde los senos tenían que hacer un gran esfuerzo para no salir de su escondite. Al ver detenerse el taxi se incorporó y entró como un bólido. No dijeron palabras. Solamente se sentía como si estuvieran revolviéndose.

 Cuando pasábamos por los sembrados de toronja me pidieron de favor que me detuviera que querían pasear por el toronjal. Sonreí, salí de la carretera unos cien metros por un camino sin asfaltar y me detuve. Salieron de prisa, sin cerrar la puerta y se perdieron en la oscuridad.

  Mientras tanto puse el radio con un casette de mis grupos preferidos como, Los Pasteles Verdes, Los Fórmulas V y otros. Subí los cristales pues el viento soplaba con fuerza y no me dejaba escuchar. Después de sesenta minutos me decidí ir a buscar a los tortolitos gritando como un loco entre las plantas de toronja. Sentí que pisé algo blando. ¡Mierda! ¡Literalmente, mierda! Alguien había defecado  y la oscuridad de la noche no me permitió ver la mina antipersonal. Cabreado pero muy cabreado me quité el zapato y lo lancé contra un árbol. Me senté en el taxi y casi de inmediato sentí la puerta cerrar. Estaban, al parecer, avergonzados y no hablaron en todo el camino.

─ Señor, hemos llegado. –le dije con cierto enfado- ¡Catorce pesos!

 Cuando miro para el asiento de atrás no había nada. Al parecer el viento había cerrado la puerta del taxi y yo como estaba tan molesto, no me dí cuenta. Había perdido tiempo y dinero. Necesitaba tomarme un par de cervezas pero no podía porque, precisamente en el pie que le faltaba el zapato, tenía un calcetín roto y se podía ver todo el dedo gordo asomado. En eso pasaba junto al taxi un empleado y le pedí por favor, dándole una propina, que me trajera las cervezas.

 Estaba bebiendo las cerveza, muy frías, cuando llegó el último autobús que llegaba al hotel y que transportaba, en su mayoría, a empleados del hotel.

 Había “refrescado” un poco y terminaba la última cerveza cuando oigo que me dicen:

─ ¡Qué lindo! Nosotros abandonados en la carretera y usted tranquilamente tomando cerveza. ¡La pagarás hijo de p…!

 Puse en marcha el taxi y salí de allí como los bólidos de carreras.


(pcfa)