martes, 3 de mayo de 2016

Añoranza de un Anciano


                                                            Añoranza de un anciano

 Mi vista se clava en la ladera de la montaña y salen, como lava ardiente, aquellos recuerdos que siguen incrustados en mi cerebro. La Sierra de las Casas, mi vieja montaña vestida de mármol, no es la que ven mis ojos, porque esa, está muy lejos tal vez llorando mi ausencia. Su cuerpo había sido perforado para extraerle la piedra preciosa y poseía cavernas naturales que albergaron hombres semidesnudos que disfrutaban del verdor de los pinos y el sabor de la tierra pero sentía orgullo de ser testigo de huracanes que arañaron su piel sin vencerla y de ver nacer una ciudad a sus pies. Esa ciudad, de historia corta pero de brazos largos, ha acogido y adoptados hijos de varios continentes. Esa ciudad, acariciada por el río y custodiada por dos montañas, es mi ciudad.

Cerca de la ciudad se erige un monumento a la tristeza, el sufrimiento y el odio. Un presidio que albergaba miles de almas sufriendo duras condenas quizás más que la de los cuerpos que habitaban y paradójicamente era la riqueza que alimentaba muchas bocas en la ciudad.

Sin camisa y con mis pantalones cortos me sentaba en un tronco de pino y me extasiaba viendo los papalotes hacer piruetas sobre el río o sobre viviendas, mientras pequeños cangrejos caminaban entre mis pies y se escondían en los diminutos agujeros en el piso arenoso. Me llamaba la atención los barcos llenos de langostas o pescados tripulados por hombres curtidos por el sol y el salitre, pero contentos por regresar a casa, nos saludaban con sus manos.

Inolvidables las noches domingueras en el parque central. Aquella orquesta interpretando danzones y contradanzas desde la glorieta y las jovencitas con sus mejores atuendos paseando alrededor de la glorieta observando a todos los que hacíamos el paseo en sentido contrario con hermosas sonrisas y perturbadoras miradas.

El verano llegaba con su ardiente sol invitándonos a aquella playa con sus arenas negras de mármol de ese color y adornada con cocoteros. Las estrellas y las conchas se ofrecían para que la regaláramos a la novia o para que los niños se entretuvieran.

No sé de esta montaña que estoy observando pero por momento se transforma en aquella que sigue esperando y en su cima salen espíritus con pinos como aquellos, playas de arenas negras, gente que sonríe, baila y la atmósfera se carga de viejas melodías.  Enciendo el viejo toca-disco para que haga brotar con su aguja un Suco Sucu de mi tierra.





Autor: Pedro Celestino Fernández Arregui

lunes, 2 de mayo de 2016

MAL TERRIBLE




                                                       Mal Terrible



                               Desear ser comprendido, querido… en vano.

Querer correr, saltar, bailar o aunque sea hablar

Para que nos escuchen, para escuchar

Y ser parte de todos como un humano.

Sentir la tristeza que acompaña el dolor

En todo el cuerpo y sobre ellos sonreír

Cuando en realidad deseas llorar.

Saber que aunque te alimentes de ilusión

Aunque te aferres a la voluntad, es igual.

No hay retorno en el mar de la vida

El viento siempre sopla por popa,

Te empuja para llevarte al final.

 El dolor en el alma que también duele

Quizás mucho más que el dolor físico.

Ese dolor causado por la incomprensión

Y a veces hasta la burla de tu situación.

Te apartas, te arrinconas, te alejas.

No hay más que hacer. Poco a poco

Te vas volviendo invisible hasta desaparecer.

¡Oremos por los enfermos de Parkinson!

Comprenderlos, ayudarlos, amarlos.

¡Es lo único que podemos hacer!



      Pedro Celestino Fernandez Arregui

domingo, 11 de enero de 2015

El Escritor pobre

                                                   




                                                  El Escritor Pobre

 Los pobres tienen ilusiones insignificante para los demás. ¿Será que un trozo de pan pasa desapercibido en un banquete? o ¿Una moneda en una caja de caudal, sea un poco más que una piedrecilla? Puede ser, pero pocos saben lo grande que puede ser ese pan o esa moneda.
Conocí un escritor que toda su vida deseaba plasmar en letras lo que su conciencia y su alma mandaban. Quería gritarles a todos sus sentimientos como los pájaros que cantan para darle colorido al bosque donde viven. Escribía a la luz de una lámpara improvisada. El papel, a veces, mostraba pequeñas manchas rojas, huellas de mosquitos aplastados por sus manos. Escribía poemas de amor, cuentos fantásticos y novelas. Los guardaba en una carpeta y una vez por semana recorría las editoriales entregando sus manuscritos y al final regresaba a la casa con las suelas de sus calzados más gastadas, la carpeta llena de negativas y rechazos.
Llegaba a su humilde hogar y volvía a escribir con la ilusión de que la semana entrante, alguien publicara algunos de sus escritos.
Cierto día llegó a su vivienda un señor “distinguido” acompañado por un funcionario y la policía. Fue desalojado por no pagar la renta y no le dejaron recoger lo que más amaba, aquello lleno de ilusiones, de esperanza y de amor: su carpeta.
El señor elegante y de buenos modales entró a la vivienda después del desalojo, observó la miseria reinante en el lugar y fijó su mirada en lo que había encima de la endeble mesa. Tomó en sus manos los papeles y comenzó a leer uno por uno hasta que la oscuridad no le permitió seguir. Se llevó aquel cartapacio para su lujosa mansión y esa noche no durmió. Los rayos del sol que entraron por la ventana lo sorprendieron leyendo. Se acercó a la ventana y dicen los vecinos que transitaban, a esa hora por la calle, que era el rostro de otro hombre.
Salió en busca del escritor, pero no lo encontró. Recorrió toda la ciudad, puso denuncia de su desaparición en la policía, publicó comunicados en los diarios y pasó notas a todas las emisoras de radio y televisión.
Poco después el caballero compró una editorial con el objetivo de ayudar a los escritores sin recursos y le puso por nombre “El Escritor Pobre”.
El infeliz no apareció, pero logró conmover un alma. Había conseguido una ilusión

viernes, 19 de diciembre de 2014

Héroes







                                 Héroe





 Logró introducir sus manos por la ventana del auto sin conductor que pasaba frente a él y aferrarse al volante. Había visto la fila de niños, con sus uniformes escolar, atravesando la calle con sus alegrías y la inocencia del peligro que les acechaba. Le dolían las manos pero tenía que lograr desviarlo. Apenas sentía dolor en su cuerpo ensangrentado. No pudo más. Las manos septuagenarias de Jacinto soltaron el volante en el preciso momento del impacto con el árbol.
Abrió sus ojos. Niños y padres frente a él, con hermosos ramos de flores, contemplaban su última sonrisa.

viernes, 5 de diciembre de 2014

Lo importante







                                                      Lo Importante





“¿Estás sordo? ¿No oyes el claxon?” No era la primera vez que escuchaba esas palabras gritadas con ira contenida. En otras ocasiones, malas palabras dirigidas a mi cojera. No importa. Tampoco importaba a los que sembraron las minas recibiendo órdenes.

 Aquel nefasto día pensaba en mis hijos. ¡Dos años sin verlos por culpa de la guerra! Sentí una explosión y  escuché sus voces gritando ¡Papá, papá! Otros diciendo: ¡Está vivo! No sentía ni veía nada. He aprendido a juzgar las cosas importantes. Los que me gritan en la calle, no son importante.

  La nieta, tomándome de la mano, me acompañó hasta la casa. Luego, suavemente, besó mi mejilla.  Me dijo al oído: “Abuelo, te quiero.” Eso es lo importante.

sábado, 11 de octubre de 2014

La Esperanza









                                                      La Esperanza


Cada gota de sangre era una gota de vida que se escurría de su ser. Recostado al tronco de un cerezo y apretándose el abdomen con sus dos manos, veía las hormigas llevando trocitos de hojas para su sociedad. Hubiera querido ser una hormiga o ¿Acaso no lo era? Se comportó toda su vida como esos insectos trabajando para los demás, recibiendo estímulos de toda índole, soñando en cada día ser mejor y ayudar a los demás. ¿Cuántos recordarán su muerte? ¡Que le importa ahora! Necesitaba llegar hasta la casa del vecino. Tenía que recorrer tres mil metros. ¿Le alcanzaría la sangre? Había que intentarlo. Sentía el bulto que llevaba en el bolsillo del pantalón. Era la salvación de los demás. Si ellos la cogían, sería el fin de la humanidad.


Cuando la iban a matar, la tomó y corrió todo lo que pudo. Sintió la mordida de una serpiente de acero, pero ella estaba intacta.


Trató de incorporarse pero no pudo. Entre las luces violetas, sombras dantescas y el griterío de los asesinos se aproximó una paloma, extrajo algo de su bolsillo y emprendió vuelo. Por última vez en su vida, sonrió. Ella está a salvo. La humanidad se ha salvado. ¡No pudieron matar  la esperanza!

Pedro Celestino Fernández Arregui

lunes, 24 de marzo de 2014

La Bicicleta








                                                      La Bicicleta

  Faltaban pocos días para mi cumpleaños y mi padre me había prometido un buen regalo por mis excelentes notas en los exámenes.  Sin dar detalles, me dijo que era una sorpresa.

 Vivía en el campo y no abundaban las diversiones y mucho menos los juguetes. Pensé que podía ser un par de revólveres de esos que usaban los cowboys norteamericanos y que tanto estaban de moda. A todos los niños les gustaba por el ruido que hacían y les daba un toque de realismo. Se les ponía un rollito como las serpentinas, con protuberancias conteniendo pólvora y que coincidían con la aguja del gatillo cada vez que disparaba. Y como los revólveres de los héroes del oeste, realizaban un montón de disparos.

 El día del cumpleaños veo a mi padre llegar montado en una bicicleta. Una Súper Red nueva. Las ruedas con bandas blancas, luces, timbre, en fin, una magnífica bicicleta. ¡Tremenda alegría! Era el único campesino, de todos los alrededores, con bicicleta.

 No sé cómo, ni cuando, ni donde había aprendido a pedalear.  Desde que tomé en mis manos el manillar, circulaba con perfecto equilibro, por aquellos trillos dejados por los cascos de los caballos y las pezuñas de los ovinos en los caminos y potreros. Me gustaba recorrer aquellos caminos a alta velocidad para sentir en el rostro aquel aire con olor a hierba y perfumes de flores silvestres.

 Un día mi padre salió con mi bicicleta. No sabía por qué. ¡Y es que no sabía o no comprendía tantas cosas!  No sabía que mi padre ayudaba a los rebeldes que luchaban contra la tiranía y había ido a llevar al pueblo, el dinero recogido para los guerrilleros. El transporte era muy precario por el hostigamiento de las fuerzas rebeldes que no cesaban de realizar sabotajes y destruir los pocos vehículos que circulaban. El ejército patrullaba las carreteras y vigilaba los accesos a los pueblos.

 Era tarde y mi padre no llegaba. Hasta nuestra casa llegaban ruido de explosiones. Mi madre y yo, muy nerviosos, esperábamos noticias no agradables. No sabíamos que los insurrectos habían detenido un autobús y luego de obligar a los pasajeros a descender, le prendieron fuego. De ahí provenían las explosiones que escuchábamos.

  Unas horas después, llegaba mi padre, sonriente, en mi flamante bicicleta. Mi madre se abrazó a él llorando y yo fui directamente a revisar mi bicicleta. Desapareció la incertidumbre nuestra. Mi madre por mi padre y yo por la bicicleta.

 

Pedro Celestino Fernández Arregui