lunes, 16 de septiembre de 2019

El Cazador de Nubes




                                       El Cazador de Nubes
                                        (Cuento para niños)



En una pequeña aldea perdida entre las montañas vivía Soplido, al que llegaron a llamarle  el Cazador de Nubes. ¿Por qué le decían así? Les contaré la historia.

Soplido desde que se levantaba se iba a jugar con los niños. No tiene nada extraño, pero tenía quince años y alto como un ciprés. Sobresalía por encima de las cabecitas  y a todos les hacía recordar a Gulliver en el país de los enanos. Los niños se divertían con él por las acrobacias que hacía y la sonrisa contagiosa que siempre permanecía en su rostro. Si un niño estaba triste, conversaba con él, le hacía un cuento y enseguida se ponía a jugar. Si alguno se caía, corría a socorrerlo, lo animaba con palabras dulces y si sufría algún pequeño corte o raspadura, le ponía yodo y una vendita si lo necesitaba. Y es que el joven siempre llevaba una mochila con agua, chuches y un botiquín de primeros auxilios.

Un día cuando Soplido fue a visitar a un familiar a otra aldea, observó como un niño, con su rostro compungido, se encontraba debajo de un árbol con una libreta y un lápiz, observando el cielo. Se le acercó y le preguntó muy dulcemente si podía ayudarlo en algo.

–Es que siempre miro las figuras que forman las nubes y las pinto en mi libreta, pero hace días que no hay ninguna que me muestre ositos, conejitos, caballos, barcos y no tengo que dibujar.

–¡No te preocupes!–le dijo dándole una palmadita en su pequeña espalda.

Fue ese encuentro que lo hizo pensar en hacer algo para complacer al niño porque, como dijo un gran pensador llamado José Martí, “Los niños nacen para ser felices”.

Construyó una especie de andamio con jaulas de distintos tamaños que iban sujetas a su cuerpo y tomó una caña larga a la cual ató, en uno de sus extremos, una especie de malla en forma de embudos y así comenzó a andar en busca de nubes. Escogía a aquellas que tenían formas de animales o cosas hasta llenar todas las jaulas.

Al primero que le obsequió dos nubes fue al niño que había encontrado debajo del árbol y luego, al llegar a su aldea, llamó a todos los niños y le fue dando una  nube a cada uno. Los niños estaban contentos de poder jugar con las nubes, pero con el tiempo se deshacían y solo dejaban pequeños charcos de agua. Cuando no quedaba ninguna le pedían a Soplido que por favor fuera a cazar más y él, muy alegre, cumplía el deseo de los niños.

Dicen unos campesinos que un día se formó una nube grande y negra. Y que de esa nube bajó un tentáculo hacia donde estaba Soplido y como si fuera un brazo, lo levantó con jaula y todo hasta desaparecer en su interior.

Desde entonces nunca más ha existido un cazador de nubes, sin embargo, generaciones tras generaciones, los niños tienen la esperanza de que un día la nube negra lo devuelva.





Autor: Pedro Celestino Fernández Arregui

Imagen: Pintura de Marcin Kolpanowicz . Título de la pintura: El Cazador de Nubes






























martes, 10 de septiembre de 2019

Escambray



                                                             



                                                 Escambray


–Teniente, otro de los nuestros ha sido alcanzado por ese hijo de puta.

–Me dijo el Alto Mando que un batallón está en camino. ¡Le vamos a tirar con todo!

Wilberto González había recibido la orden de capturar a un “alzado” que les había causado varias bajas y estaba dispuesto a todo por tal de cumplir la orden. Eran muchos y con los que llegaran en breve, ese tipo no podría escapar. Acarició su fusil checo SA 23 y se dirigió al exterior de la improvisada cabaña. Muy pronto comenzaron a llegar los camiones con el personal de refuerzo. Sin mucho rodeo le explicó a los recién llegados su principal objetivo.

Cientos de hombres disparaban sin cesar hacia el lugar donde supuestamente se encontraban los “bandidos”, hasta su rendición. Su Jefe, con heridas en la pierna y en el hombro fue llevado ante el teniente González quien se puso blanco al observar su prisionero.

–¡Manuel! ¡No lo puedo creer!

–¿No me abrazas? –diciendo esto se acercó al teniente con los brazos extendido, pero fue detenido por dos uniformados.

–¡Tranquilos, no hay problemas!¡Pueden retirarse! –les ordenó a los soldados.

–Llevamos tiempo sin vernos y nuestro encuentro no es muy agradable.

–Recuerdo cuando íbamos al colegio, cuando nos bañábamos en el río, cuando le soltábamos las vacas a José, cuando jugábamos a la pelota. Siempre estábamos juntos. ¡Hasta en los castigos! Cuando hacías algo y te castigaban, decía que había sido yo. Entonces nos castigaban a los dos.

–¡Sí que lo recuerdo! Recuerdo nuestros días en el Instituto cuando hiciste explotar un bombillo en el aula mientras la maestra escribía en la pizarra, cuando le lanzaste la goma de borrar a un profesor.

–Wilbert, que locura aquella habernos ido a combatir sin saber ni manipular un arma. Me dijiste, “¿Vamos a darle una mano a los muchachos? Te dije, ¡Vamos! Y nos incorporamos a los rebeldes que atacaban al pueblo.

–¿Manuel, por qué? ¿Por qué combates contra tu pueblo? Tú no has sido afectado en nada y te pones del lado de los “yanquis”. ¿Es que acaso quieres que tu país sea colonia americana? ¿Quieres que vuelvan los grandes terratenientes, la explotación  y los abusos?

–¿Wilbert, aún no te has dado cuenta que esto es comunismo? Están interviniendo todo, han declarado la guerra a los religiosos, a los homosexuales, han fusilado a cientos de gentes inocentes, las cárceles se han llenado con aquellos que no están de acuerdo con tu gobierno. Estamos en las mismas, estamos ahora bajo otra tiranía.

–No, estás equivocado. Fidel dijo que esto no era comunismos, que nuestra revolución es mas verdes que las palmas. Se han encarcelado y fusilado a los criminales que cometieron crímenes y los que se han puesto bajo las órdenes de la C.I.A

–Me parece estar soñando. No puedo creer que tú eres el que está hablando de esa manera. ¿Recuerdas cuando lanzábamos grapas a la carretera para paralizar el tráfico y ayudábamos a papá en la venta de bonos para financiar a los rebeldes? ¿Por qué luchábamos si no era para acabar con la tiranía que nos oprimía?

–No sé si llamarte por el nombre o si decirte, Teniente. Como quieras, me sorprendes. Todo lo que dices lo recuerdo y me entristece verte al servicio del comunismo. Un Sistema que tiene el récord de muertos en el Mundo. Un Sistema donde lo único que vale es el Partido. Sí, pronto crearan el Partido Comunista de Cuba y se acabará la libertad de expresión. La familia se está dividiendo y se dividirá más. Dentro de poco me fusilaran y tú lo aceptarás, porque antes que todo está tu Revolución.

–¡No digas eso!

–¿No? Ahora mismo mi vida depende de ti. Sácame escondido en tu yipi que a ti nadie te va a revisar. No, no lo harás porque tú eres revolucionario y tu hermano es un “alzado” que ha traicionado a la Patria.

–Manuel, has asesinado a varios compañeros. Tú eres un sicario de la CIA. Te alzaste para entregar el país a los americanos. Te pagan por eso.

 –Te equivocas. No he asesinado a nadie. He matado en combate. ¿Acaso no hicimos lo mismo en el ataque al pueblo? ¿Acaso no hicimos lo mismo en los combates siguientes? ¿Acaso no hizo lo mismo tu Comandante en el ataque al cuartel Moncada? Él estuvo cinco años presos y vivía como un Rey en la prisión. A mí me van a fusilar. Sabes bien que muchos políticos americanos ayudaban a la Revolución en dinero y armas. Muchos, de esos terratenientes y capitalistas odiados por el Gobierno, fueron los primero en ayudar a que triunfara la Revolución, pero no entiendes eso porque los tuyos son los buenos y los nuestros son los malos.

–Hermano, la Revolución ha enviado a miles de jóvenes a  alfabetizar. Dentro de poco no habrá analfabetos en Cuba. ¿Eso es malo? Le ha dado la oportunidad de estudiar a todos los pobres que antes no podían, otorgando becas y convirtiendo cuarteles en escuelas. ¿Eso es malo? Se ha firmado la Ley de Reforma Agraria para darle tierra a los campesinos y acabar con los grandes latifundios ¿Eso es malo?

–Wilberto, lo que dices de la alfabetización no es malo, pero acaso no es una forma de adoctrinar con las nuevas ideas revolucionarias. ¿Has leído las cartillas de alfabetización? Has visto el adoctrinamiento en los Centros de becarios.

–¡Teniente! El Comandante quiere que le envíes inmediatamente al prisionero –dijo un uniformado recién llegado.

–Un momento, por favor – contestó y le hizo seña para que saliera.

–Recuerda Wilbert, los políticos solo buscan su beneficio o el poder.

Se acercaron y se fundieron en un abrazo, se besaron y estuvieron mirándose un rato. Por las mejillas del Teniente Gonzáles rodaban muy lentamente las lágrimas. ¡Era su hermano! El corazón se le oprimía al saber que sería la última vez que lo vería. Manuel González lo miraba fijo sin pestañar. Entraron a buscarlo y antes de darle la espalda le lanzó una escupida y justo en la puerta se volteó para decirle:

–Teniente Wilberto Gonzáles, yo no veré a Cuba Libre, pero tú no verás una Cuba triunfante y próspera.

Al día siguiente, Manuel González fue fusilado. Recostado a un árbol en las lomas del Escambray, el Teniente Wilberto González lloraba.



Autor: Pedro Celestino Fernández Arregui









Imagen: https://aquellasarmasdeguerra.wordpress.com/2012/12/07/algunas-armas-utilizadas-en-la-guerra-del-escambray-1960-1966/

sábado, 7 de septiembre de 2019

El Monstruo




                                                  El Monstruo



La luz de los rayos iluminaba a intervalo la pequeña habitación. La sombra de las ramas de un árbol cercano, danzaban en la pared como figuras misteriosas mientras, él dormía plácidamente ajeno a lo que le rodeaba.

A escasos metros de la vivienda, una figura se acercaba sigilosamente a la cerca del jardín. La lluvia al caer opacaba el leve ruido de las pisadas misteriosas y el croar de las ranas se escuchaba como un canto de advertencia.

Una vez en el jardín, se dirigió a la puerta principal con la esperanza de que estuviera abierta. No había nada abierto y el frío de la lluvia nocturna entumecía sus huesos. Dentro de la casa alguien tenía pesadillas y se revolcaba en la cama. No podía imaginar la terrible tempestad que estaba ocurriendo ni sentir la presencia de aquel ser que inútilmente trataba de entrar a su hogar.

Se despertó sobresaltado y jadeando. Se levantó y se dirigió a la cocina a tomar agua. Había tenido pesadillas horribles. Soñaba que un monstruo quería devorarlo y cerró todas las puertas de la casa, pero aquello era muy fuerte y vomitando fuego trataba de derribar la puerta. Entonces sintió algo como un gemido unido al ruido del viento y los rayos. Sintió miedo. ¿Y si el sueño se hacía realidad y había un monstruo afuera? En sus siete años de existencia nunca había tenido tanto miedo. De pronto le pareció ver una sombra de una figura terrible desplazarse por la pared de la cocina. Llamaría a sus padres para  decirle que tenía miedo. Lo regañarían porque les iba a interrumpir el placer de ver la obra de teatro que se exhibía esa noche. Otro gemido, esta vez como un lamento, le había llegado a sus oídos. Volvió a su cuarto y se cubrió con la sábana. Cada vez que caía un rayo, saltaba como impulsado por un resorte. En su mente veía al monstruo de las pesadillas lanzando fuego con ruidos espantosos.

De pronto sintió ruido en la puerta. Su corazón latía desordenadamente. Después de unos minutos, sintió pasos que se acercaban. Había dejado en la sábana una pequeña abertura en la que se podía ver uno de sus ojos muy abiertos. La puerta se abrió y logró ver la figura de un hombre. ¡Su padre! Se levantó de un salto y corrió a abrazarse a su padre llorando.

        ¿Qué te pasa? ¿Por qué lloras?

        Tenía miedo –dijo entre sollozos.

        ¡Vamos, que no se diga!  Tú eres un hombre. ¡Miedo debe haber sentido Miki! ¡Pobrecito! Parece que se quedó afuera y lo ha cogido esta tormenta. Estaba temblando de frío frente a la puerta. Le dimos leche calientica y lo abrigamos bien.

Fue corriendo hasta donde estaba el perrito y lo abrazó. ¡Por culpa de su miedo el animalito había pasado frío!



El miedo es ese monstruo que nos puede destruir o destruir a los demás. Todos, en algún momento recibimos su ataque, pero depende de nuestras respuesta para poder vencerlo.



Pedro Celestino Fernández Arregui


miércoles, 4 de septiembre de 2019

La Rosa




                                                   La Rosa



–¡Por favor! ¿Me das aquella rosa?

Tomé la rosa y me dirigí al banco donde estaba sentada. ¡Era tan hermosa! Estoy seguro que no me va a rechazar esta preciosa rosa. Una rosa para otra rosa.

Mientras me dirijo hacia ella, pienso en las veces que necesitamos de alguien con un detalle para nosotros. Un sonrisa, un saludo, una flor, cualquier cosa puede significar mucho en una persona, aunque sea un momento feliz.

Llevo detrás  de mi espalda, la flor. Deseo sorprenderla. Observo miradas pícaras y sonrisitas disimuladas en aquellos que están sentados en otros bancos.

Mientras ella, ajena a todo, tiene su mirada puesta en el infinito, allí donde no se ve nada pero se observa todo. Sus manos entrelazadas encima de sus muslos, su cabello descuidado, su vestido sucio y su sonrisa olvidada.

Me detengo frente a ella. Por primera vez su mirada se clava en la mía.

–¡Quiero ofrecerle un regalo!

–¡A mí! ¿Por qué? ¿Nos conocemos?

–Sí, la conozco. Solo quiero que a cambio de mi regalo me deje besar su frente.

Frunció el ceño. Sabía que en ese momento pasaban por su mente miles de cosas.

–Usted es una mujer como otra que ha caminado por calles y caminos, que ha amado y sufrido decepciones.  Has vivido momento felices, se ha divertido, pero también ha llorado. Ha llegado sola, al último tramo de su vida. Para usted, esta flor.

De la admiración pasó a sonreír y mientras miraba la rosa le di un beso en su frente arrugada.

Le di la espalda ante las miradas incrédulas de los presentes en el lugar y desde lejos pude ver como disfrutaba de su rosa.

Pedro Celestino Fernández Arregui







miércoles, 28 de agosto de 2019

CRIMEN





                                                   Crimen


Regresaba a su casa, situada en uno de los barrios pobres de la ciudad, cuando de pronto se le interpuso un individuo.

–¡Hola Julio! ¿Te sorprende verme? Quiero recordarte que hace unos tres meses me pediste dinero. Me dijiste que en una semana me pagaba. ¿Recuerdas?

–Sí, pero me quedé sin trabajo. ¡Te juro que te lo pagaré en cuanto pueda! Manuel,  siempre he sido tu amigo y no te voy hacer una mierda –dijo con voz temblorosa y un miedo enorme le calaba los huesos.

–Pasado mañana vengo a buscar el dinero. No me digas nada. Si no tienes roba, pero quiero mi dinero. ¿De acuerdo?

Cuando Manuel se marchó pudo respirar tranquilo. Manuel era temible. Se le atribuía la muerte de un anciano por el mismo motivo. Todavía no entiende como fue a pedirle dinero a él, habiendo otros prestamistas.

Llegó a su depauperada vivienda y llenó un vaso de una botella de aguardiente destilado en casa de un vecino. Entonces miró y vio en el piso un sobre. Le recogió, lo abrió y comenzó a leer la carta que había en su interior.

Pensaba que eras mi amigo y he descubierto la cochinada que me estás haciendo. Te la puedes llevar. Esa mujer no me interesa porque es una puta barata, pero Julio, estabas viviendo a mi costilla. Yo le daba dinero a ella y ella te lo daba a ti y eso no lo perdono. ¡La vas a pagar! No descansaré hasta ver tu boca cubierta de hormigas”

¡Mierda! Ricardo ha descubierto todo. ¿Qué hago? pensó, mientras se servía otro vaso del repugnante líquido. Hay días que todo lo malo le cae a uno y este es uno de ellos.

Se levantó temprano y fue a casa  de Castell. Un inválido que servía de intermediario entre la delincuencia y los traficantes de armas.  Le dijo que necesitaba una pistola con dos cargadores. Éste le mostró una Beretta.

–¿Te gusta ésta? Cuesta tres mil. ¿Te conviene?

–Sí, me va bien. Es solo por si acaso. Deja manipularla.

Apenas el hombre le dio la pistola y un cargador, Julio salió corriendo. Mataría a los dos individuos que lo amenazaron y luego le devolvería la pistola a Castell.

La policía llegó a la vivienda de Julio alertada por los vecinos, derribó la puerta y entraron. En medio del pequeño salón estaba su cuerpo sin vida. En la mano derecha, la pistola y en la sien un agujero provocado por un proyectil.

En un primer momento pensaron en un suicidio. Sin embargo el inspector Gondín, tenía sus dudas.

Después del informe del forense y las pesquisas realizadas con los vecinos, se descartaba el suicidio. ¡Había sido un asesinato!





Las pesquisas comenzaron de inmediato, sobre todo con los vecinos. Por ellos se supo que siempre estaba pidiendo dinero y que en ocasiones había acudido a prestamistas. Conocieron de las relaciones sentimentales con la esposa de un amigo. Averiguaron sobre la procedencia de la pistola sin resultado alguno.

Al primero en investigar fue al esposo de su amante.

–¿Dónde estaba usted el miércoles a las cuatro de la tarde? –preguntó el Inspector.

–Estaba en el trabajo. Toda la semana tenía el turno de dos de la tarde a las diez de la noche.

–¿Qué me dices de esta nota escrita por usted?

–Tenía rabia por haber sido traicionado, pero es una estupidez por mi parte. ¡Por supuesto, no iba a causarle daño!

–Sin embargo Julio fue asesinado y usted tenía motivos.

–¡No haría eso, Inspector! Quería asustarlo. Nada más.

–¡Puede marcharse!

Ricardo se marchó y el inspector Gondín quedó pensativo.

El segundo interrogatorio se le hizo a Manuel, el prestamista.

–¿Usted le prestó dinero a Julio? –comenzó el Inspector.

–¡Sí! Hace mucho tiempo.

–¿Y le pagó?

–No, me lo debe.

–¿Y qué piensa hacer para cobrarlo?

–Le meteré miedo. Oficial, es mi dinero.

–Julio está muerto. Ceo que no podrá cobrarlo. ¿No habrás cumplido una amenaza?

–No, no. Presto dinero pero no soy un asesino.

–¿Habrás cumplido una amenaza?

–No, no. Presto dinero pero no soy un asesino.

–¿ Si no le pagan? ¿Golpea, mata?

–¡Eso nunca!

–¿Que hacía usted el miércoles a las cuatro de la tarde?

–Estuve paseando con mi novia por la playa y luego tomamos unas copas en el Tulio’s Bar.

El tercer interrogatorio se le hizo a Castell.

–¿Usted vende armas?

–¡De ninguna manera! Yo con mi jubilación y la ayuda por minusvalía, tengo para vivir.

–Tenemos información que Julio Estévez entró a su vivienda y salió corriendo. ¿Por qué?

–Me dijo que tenía algo urgente que hacer.

–¿No le vendió una pistola?

–¿De donde voy a sacar una pistola, Oficial?

–A julio se le ocupó una Beretta y dice que se la compró a usted.

–¡Hijo de Puta! En realidad se la enseñé y salió corriendo con ella. No lo he visto más.

–Pero anteriormente me mintió.

–Me daba vergüenza y luego el problema de tener un arma de fuego en la casa. Entiende, oficial, soy un minusválido y hay mucha gente mala.

–¿Dónde se encontraba el miércoles a las cuatro de la tarde?

–Aquí, en la casa. Yo no salgo a ninguna parte.

 

Si algo tenía claro el inspector Gondín, era que ni el prestamista, ni el traficante habían cometido el asesinato, quizás hubieran enviado a sicarios a cometer el crimen. Esos dos individuos conocían que Julio era zurdo y ninguno de los dos iba a cometer la torpeza de ponerle el arma en la mano derecha. ¡Tenía que hacerle preguntas a Ricardo y a Luisa, su mujer.
Citó a la esposa de Ricardo en el horario que éste se encontraba en el taller. Debía hacerle las preguntas por separado.
–Señora Gonzáles sabemos de sus relaciones sentimentales con Julio. Su esposo descubrió esa relación y le envió esta nota a Julio.
Luisa leyó la nota y esbozó una sonrisa.
–Ricardo no es capaz de matar a una mosca.
–¿Él se enfadaba a menudo?
–¡Nunca! En ocasiones se enfadaba pero rápidamente se le iba el enfado.
–¿Usted, lo quería mucho?
–¡Muchísimo! Llevamos 15 años de casado y siempre nos hemos amado.
–Sin embargo, llevaban meses sin tener relaciones sexuales.
–¡Eso no es cierto!
–Por eso estabas con Julio, porque no lo amabas. Era necesario mantener la relación porque así podías tener dinero y darle una parte a Julio. ¿Qué le decías para no tener relaciones sexuales?
–Eso que usted dice no es cierto y lo voy a demandar por injurias.
–Señora Gonzáles, tenemos información de una amiga suya a la cual usted le dijo, hace aproximadamente un mes, que no tenías relaciones sexuales con Ricardo y le habías dicho que tenías un tumor en la vagina que te daba mucho dolor. Que estabas en tratamiento. Le puedo refrescar la memoria diciéndole que esa conversación se sostuvo en la terraza de la cafetería “Elpis” el día 17 del mes pasado a las cuatro de la tarde.
–¡Mentirosa, María! Yo pensaba que era incapaz de revelar mis confidencias.
–También es mentiroso el médico que los atiende y al cual, su esposo y usted acudieron para un chequeo normal y que hace unos días, usted fue a buscar los resultados, recibiendo la mala noticia de que tenía el virus del SIDA.
Luisa bajó la cabeza y comenzó a llorar.
–¡Cuéntame todo! –dio el inspector al tiempo que le alcanzaba un pañuelo.
–Cuando el médico me dio el informe, el Mundo se me vino abajo –comenzó a decir entre sollozos– luego, el dolor se convirtió en ira cuando supe que efectivamente, él tenía la enfermedad. Me había engañado explotado y enfermado. Eso no tenía perdón. Ese día llevaba un cuchillo en mi cartera. ¡Iba a matarlo!–bebió un poco de agua que le había brindado el inspector y siguió declarando– Cuando llegué me abrazó y besó. Yo me dejé y entonces observé la pistola encima de la mesa. Le dije que íbamos a ir despacio que mi esposo no salía del trabajo hasta las diez de la noche. Le pregunté por la pistola. Me dijo riéndose que mi marido lo había amenazado y la compró para defenderse. Le pedí me enseñara a manipularla. Después que aprendí como hacerlo le pedí que preparara unos tragos para ir “calienticos” para la cama. En ese momento aproveché y dejé una bala en la recámara y le quité el cargador. Bebimos unos sorbos y le dije que si me dejaba de amar le iba a volar los sesos. Le dije que no tuviera miedo que estaba sin el cargador y le puse la pistola en la sien. Él se reía de mi gracia y yo de mi victoria. Apreté el gatillo y cayó al suelo. Me puse nerviosa y se me ocurrió que apareciera un suicidio. Me bebí lo que quedaba en las copas y me las llevé. Salí rápido por temor a que alguien hubiera oído el disparo. Eso es todo Inspector.
El Inspector Gondín observó con pena como se llevaban esposada a Luisa González. Siempre que resolvía un caso le sucedía lo mismo. Sentía pena por aquellas almas que caían en las llamas del infierno.

Autor: Pedro Celestino Fernández Arregui










COPO




                                                    Copo



Bernardo se dirigía a Lugo para ver un partido de fútbol cuando a la altura de Meira, observó un pequeño perrito al borde de la carretera. ¡Lo habían abandonado! Lo recogió y se dirigió a su casa en el campo. Allí vivía desde muy joven acompañado de sus padres recién fallecidos. Aquel perrito era ahora, lo único que amaba. Lo alimentó y cuidó con esmero, pero sobre todo le daba mucho cariño. Era tan blanco y peludo que le puso Copo en alusión a los copos de nieves.

Bernardo y Copo se bañaban en el río, cenaban juntos y dormían juntos. El perro era inteligente y sobre todo no le perdía pies ni pisada a su amo.

Un día, estando de cacería, Bernardo cayó en una trampa de lazo y quedó guindando por una pierna. Copo, al ver que su amo no podía desprenderse de la trampa, salió al parecer en busca de ayuda.

Los minutos pasaban y no llegaba ayuda  y Copo no regresaba.  Comenzó a balancear el cuerpo hasta que logró agarrar el tronco del árbol cuya rama lo sostenía y con mucha dificultad logró soltarse. Le dolía el pie terriblemente y apoyándose en la escopeta comenzó a andar por aquellos montes  con la esperanza de encontrar a su querida mascota.

Andando y descansando a ratos, llegó a una casa. Se sentó bajo una encina y recostó la espalda al tronco. Pasado unos  minutos, salió un señor con un sombrero y una chaqueta vieja, una barba espesa y larga y vientre abultado.

–¡Eh, amigo! ¿Estás bien? –dirigiéndose a Bernardo que casi no podía gesticular palabra– ahora te traigo algo de comer. Jeje

Bernardo siguió al hombro que entró en la casa y al poco rato salió con un trozo de carne asada. En realidad tenía mucha hambre y aquella carne sazonada con hierbas le sabía a gloria.

–¡Tú come! Ahora te voy a traer un buen vino.

Cuando el hombre entró a la cabaña, observó un bolsa con muchas moscas volando encima. Se levantó y fue hasta la bolsa que estaba a unos pasos y la abrió. Lo que vió, le dieron deseos de vomitar y le salió del fondo de su garganta, un grito desgarrador que retumbó en todas aquellas montañas.

–¡Noooooooooo!

Bernardo regresó junto a su escopeta y cuando el hombre abrió la puerta recibió una descarga mortal. Con lágrimas en los ojos y el dolor reflejado en su rostro se dirigió al cuerpo del hombre y le volvió a disparar. Regresó a la bolsa llena de piel con pelos blancos.

Lloraba desconsoladamente cuando sintió como unos gemidos provenientes del inerior de la vivienda. En una habitación estaba herido Copo. Huellas delas garras y colmillos de los lobos por todo el cuerpo. El hombre lo había curado, le había dado alimento y le había hecho como una cama con mantas y sacos. Entonces, demasiado tarde,  comprendió todo. El hombre había salvado a Copo de los lobos y había matado uno para comérselo.



Nunca debemos tomar decisiones cuando a ira nos empuja porque podemos cometer errores y el corazón se nos estruja.



Autor: Pedro Celestino Fernandez Arregui








sábado, 17 de agosto de 2019

El Cocuyo




                                               
                                             EL COCUYO

Cerca de San Juan de los Remedios, en Cuba, vivía Andrés. Como todos los niños sentía curiosidad por todo lo que estaba a su alrededor, lo que observaba y lo que escuchaba. También le gustaba mucho las plantas y los animales a los cuales les hablaba como si fueran sus amiguitos.
Una noche cogió un pomo, que había tenido mermelada, lo lavó y lo secó. Tomó la tapa del envase y la perforó con la punta de un cuchillo y se sentó en un escalón que había a la entrada de la casa. Cada cierto tiempo venía un cocuyo y cogiéndolo con sus dedos lo introducía en el pomo. Así llegó a tener catorce de esos insectos los cuales emitían bastante luz para alumbrar aquella noche que no había querido salir la luna. Así estuvo casi una hora caminando por el patio alumbrando cuanto caracol y rana veía hasta que su madre lo llamó para acostarse.
Cuando se acostó, puso el frasco con los cocuyos junto a la mesita de noche y apagó la lámpara. Sonreía satisfecho al ver la luz procedente de los cocuyos alumbrar la habitación. Observaba los insectos y pensaba en sus amiguitos del Cole. Le contaría  sobre la lámpara que había inventado y probablemente recibiría felicitaciones de ellos. Así se quedó dormido.
Apenas media hora después de dormirse, lo despertó un ruido. Sus ojos se abrieron como los ojos de la lechuza que había visto hacía dos noches en un poste de la cerca del patio. Los cocuyos se habían puesto de acuerdo y todos, empujando hacia arriba habían hecho volar el pomo. Aquello parecía una luz mágica danzando por toda la habitación como las hadas que emiten una luz mientras vuela. Era fantástico y a la vez hermoso ver aquel espectáculo, pero como si fuera un helado de chocolate que cuando se acaba sientes aún el sabor en la boca, así terminó la danza de las luces al chocar el pomo contra la pared cerca de la cabecera de su cama y se rompió en muchos pedazos. Los insectos salieron volando, menos uno. Lo cogió y entonces para mayor asombro, comenzó a parpadear sus luces y una voz muy aguda y baja le dijo:
–¡Por favor, no me cojas!
–¿Tú hablas?
–Sí, todos hablamos, pero no todos los humanos nos escuchan. Me he lastimado un ala al golpear el pomo contra la pared. Por eso no he podido salir volando.
–No temas. No te haré daño.
Lo tomó con mucho cuidado y lo puso encima de la cama. Encendió la luz y vio su ala fuera de la posición normal. No sabía arreglar ese problema y caminaba impaciente de un lado a otro de la habitación hasta que escuchó de nuevo la vocecita.
–Ve al jardín busca una telaraña y tráemela.
Andrés buscó la telaraña la puso al lado del insecto y éste con sus paticas la fue distribuyendo de tal manera que el ala volvió a su lugar y pudo moverla.
–Eres un niño bueno por eso me escuchas. Los niños y las personas mayores que son malos, no escuchan. Nunca trates de alumbrarte con luz ajena y menos si ello implica la pérdida de libertad. Tú luz es la mejor y es la que tienes que seguir usando. Le pediré disculpa a la araña por tomarle su tela, pero sabrá comprenderme. ¡Buenas noches!
Diciendo esto, salió volando por la ventana. El niño siguió con su vista la lucecita hasta perderse en la noche.
Cuando la mamá despertó a Andrés, ésta vio en el suelo los cristales del pomo roto.
–¿Qué pasó aquí?
–Nada mamá. Sin darme cuenta rompí el pomo.
–No pasa nada. Levántate que se te hace tarde para la escuela.
El niño sonrió mientras pensaba en su conversación con el insecto. A partir de ese día no capturó más cocuyos y cada noche cuando veía uno, se acercaba, lo saludaba y preguntaba por el herido, aunque no recibiera respuesta.

Autor: Pedro Celestino Fernández Arregui