miércoles, 8 de enero de 2020

Siempre Contigo




                                       Siempre Contigo


El sol del mediodía los castigaba con toda su fuerza. Susana, recostada a una pared rocosa, estaba tan adolorida que apenas sentía las fracturas en brazo y piernas,  así como  heridas sufridas en la cabeza y un muslo, mientras Nicolás rabiando de dolor por la pierna fracturada,  trataba de improvisar vendajes con sus propias vestimentas.

Se habían levantado temprano y revisado todo lo necesario que llevarían en el recorrido por las montañas. Brújula, mapa, los teléfonos móviles cargados y con baterías adicionales, cuerdas, capas, en fin, todo lo revisaron minuciosamente. No era la primera vez que practicaban senderismo y sobre todo, conocían la ruta de años anteriores. Era el último senderismo que practicarían porque no sabían hasta cuando, pues ella estaba embarazada de pocas semanas y deseaba dedicar todo su tiempo libre al bebé.

El día era maravilloso y pensaban estar de regreso antes de oscurecer. La primer parte del camino transcurría entre árboles, flores silvestres y el canto de algunas aves que lograban no fuera percibido, por el caminante, su paulatino ascenso. Al llegar a lo más alto del camino y ante la ausencia de árboles, se podía apreciar el mar y las olas bañando una hermosa playa.

Ahora andaban con sumo cuidado. El camino era estrecho y transcurría por la ladera de la montaña. Enormes rocas a la izquierda y un abismo a la derecha. Llegaron a un lugar donde había una pequeña grieta en el suelo, muy conocida por ellos y a la cual llamaban “La Sonrisa” por la forma que tenía. Alargar un poco el paso o un pequeño salto y se vencía “La sonrisa”. Nicolás le pidió que le diera la mochila para que fuera mejor. Ella le entregó la mochila y al saltar todo le dio vuelta y apenas puso los pies del otro lado de la grieta se fue de lado cayendo por el abismo. El joven soltó la mochila y trató de agarrarla en vano. Miró hacia abajo y a unos cinco metros, en un pequeño balcón de la ladera, estaba el cuerpo inmóvil de la joven. Buscaba en la mochila la cuerda cuando se desprendió el lugar donde estaba, cayendo justo al lado de la chica que por suerte no la aplastó, rebotó  y él cayó encima de ella. Una vez recobrado del fuerte golpe se dio cuenta de lo difícil de su situación. Las mochilas, con todo lo necesario para salir de un peligro como ese, incluyendo los móviles, habían caído a unos cien metros por debajo de ellos. Esperar a ser encontrados y rescatados, era de momento la única opción que tenían.

–Mi amor trata de salvarte tú.

–De ninguna manera, Susana. Saldremos los dos de aquí –dijo sin saber si realmente podía salir  del lugar.

–Nadie nos encontrara aquí –dijo en un susurro.

–Cuando vean que no regresamos, iniciaran la búsqueda.

–¡Como puede cambiar la vida en cuestión de segundo!

–No pensemos en eso. Nadie piensa en eso. Todos pensamos que la vida siempre nos va a tratar bien y otros piensan que la vida siempre los va a tratar mal. No existe la buena o la mala suerte. Existen cadenas de coincidencias negativas cuando las cosas salen mal y coincidencias buenas cuando salen bien. Nosotros, hasta ahora todo nos salía bien. Nuestras infancias, nuestro noviazgo, la boda y ahora esperar un hijo, todo era bueno.

–Mi amor, temo por el bebé. ¿Le habrá pasado algo?

–No le ha pasado nada. Ya verás. Él es fuerte como sus padres. No pienses en eso Susana. Trata de descansar.

–No puedo. Los dolores no me dejan.

La noche envolvió a aquellos jóvenes golpeados, heridos y adoloridos. El cielo estaba despejado y la luna llena los alumbraba. De pronto Nicolás observa algo deslizándose por las rocas en dirección a Susana.

–¡No te muevas, amor!

–¿Que es, Nicolás?

El joven se quitó rápidamente las botas e introdujo sus manos en ellas. Lentamente se dirigió a la serpiente. Se trataba de una víbora hocicuda. Sabía que la mordida de este reptil podía producir sangrados de oídos, escalofrío, fiebres y la muerte, pero como muchas serpientes venenosas no atacan a las personas si no se ven atacadas, En el caso de ellos, consistía en tratar de no hacer movimientos para que ella no se viera amenazada.  Susana sería mordida si le pusiera el brazo encima sin darse cuenta o que volteara su y cayera sobre ella, entonces le mordería y le inyectara el veneno. Nicolás le puso delante las botas y ella la esquivó pero subió por encima del abdomen de la joven quien aterrada estaba a punto de gritar. Para alivio de los dos, la serpiente siguió su camino sin ningún problema. Nicolás acariciaba a Susana que lloraba de dolor y por el miedo pasado. El joven no durmió en toda la noche, atento a cualquier movimiento que delatara la presencia de una serpiente. Por la mañana temprano sintieron el ruido de un helicóptero que se mantuvo volando sobre sus cabezas. Nicolás le hacía señas con las manos. Con desconsuelo lo vieron irse.

Se abrazaron desconsolados. Susana lloraba mientras el joven le repetía que volverían. Efectivamente, una hora después regresó el helicóptero y Nicolás esbozó una sonrisa mientras bajaban una camilla para izarlos. Fueron llevados de inmediato a un hospital para curar sus heridas y facturas. Se comprobó que el feto no había sufrido daño.

Siempre llevaban consigo el lema “Siempre contigo” para cualquier lugar que fueran.



Un año y medio después, Alberto era bautizado por sus padres Susana y Nicolás.





Autor: Pedro Celestino Fernandez Arregui








El Asesinato de Joel Parra




                          El asesinato de Joel Parra


Estaba en el Club de Pesca desde las nueve de la noche. La ingesta de bebidas alcohólicas, los bailes y las risas mostraban un escenario de alegría, sin embargo, Joel Parra, acompañado de un pescador muy amigo suyo,  a pesar de reír y conversar con él, tenía una gran preocupación. No le había dicho a nadie que había recibido una carta amenazadora y esa carta podía haber sido escrita por algunos de los que compartían esa noche con él. En su mente tenía impresa, la amenaza; “Todas las noches voy al Club de Pesca y el día que tú vayas, te voy a matar”

No podía concentrarse en la conversación con su amigo, pues trataba de adivinar quién podía ser el autor de la carta.

Había tres parejas bailando. Arturo, hijo de un importante comerciante del pueblo, bailaba con Amelia, una hermosa rubia de ojos claros y sonrisa alucinante, hija de un norteamericano que poseía una hacienda cerca de McKinley. Nunca le había hablado aunque siempre le miraba con cierto aire de superioridad. A lo mejor porque él era un simple dependiente de una tienda de ropas, pensó. Guillermo, mulato fornido estibador del muelle, bailaba con Teresa un preciosa negra descendiente de caimaneros. Era muy buena persona. El taxista Ronualdo, vecino de Santa Fé que bailaba con Lucía, la mejor de las bailarinas y sobrina del dueño de un Motel. Del taxista se decía que era estafador, pero incapaz de pelear y menos matar a alguien. En la esquina del mostrador y frente a un sábalo de adorno en la pared, el dependiente, un joven descendiente de una de las mas viejas familias pineras,  conversaba con Edmundo, peón de uno de los ganaderos  ricos de la Isla. Edmundo regresaba de hacer unas compras en el pueblo y quiso tomarse una cerveza antes de seguir hacia su casa, cerca del autocine. Tenía fama de ser buen trabajador pero de mal genio. Frente a la vitrola se encontraba Francisco, hijo del dueño de un tejar. Pancho, como era conocido, vivía cerca del Club y todas las noches acudía a darse unos tragos. No trabajaba y siempre estaba buscando pleitos.

A la una de la madrugada, luego que todos se habían marchado, salieron Joel y su amigo. El dependiente escuchó cuando su amigo le dijo,  “Ahora para allá te toca remar” y los vio bajar la escalera de madera que conducía al río.

Al siguiente día, unos niños que nadaban en el río, cerca del puente basculante de Nueva Gerona, se horrorizaron al ver a un hombre atado en una de las columnas del puente, con el rostro ensangrentado.

La policía identificó a la víctima como Joel Parra. Al encontrar la nota amenazadora, en un bolsillo de su pantalón, decidieron abrir la investigación con aquellos que esa noche estuvieron en el Club de Pesca.

El primer sospechoso fue el pescador. Sin embargo, el Vigilante nocturno de la Fábrica Procesadora de Langosta, junto al puente, en la margen occidental del río Las Casas, afirmó haberlos visto desembarcar junto a la Fábrica. Joel y su amigo habían tomado la calle hacia Pueblo Nuevo, lugar donde vivía el pescador y a los diez o quince minutos, observó a Joel cruzar el puente abrazado a una mujer. El vigilante no pudo identificar a la mujer que lo acompañaba.

La policía se preguntaba: ¿Quién puede ser el asesino?



Había que identificar a la mujer que había estado con él y entrevistar a los presentes en el Club de Pesca. Las entrevistas no arrojaron nada positivo para la investigación y todos tenían sendas coartadas, sin embargo las mujeres fueron citadas para esa noche para una a una,  cruzar el puente con un agente,  con la intención de que el testigo de la factoría de pesca pudiera identificar el parecido con la misteriosa mujer. El hombre no pudo establecer semejanza alguna con la que él había visto esa noche, pero el agente que acompañó a las mujeres, notó cierto nerviosismo en una de ellas. Lucía Castro pasó a ser centro de la investigación. Se le hizo un severo y extenso interrogatorio hasta que no pudo más y confesó.

Fredesbinda, un mujer muy querida y respetada por sus vecinos, era esposa de un Capitán de barco. Joel Parra un día fue a visitar a un amigo que vivía frente a la vivienda de la esposa del Capitán y desde el primer momento se enamoró perdidamente de ella. La ausencia del esposo y la soledad hizo que pasado unos días y ante los detalles caballerosos y simpatía del joven, cayera en sus brazos. Él la amaba con todo su corazón y comenzaron a verse de madrugada, cuando la ciudad dormía en su casa situada en el Palmar, al cruzar el puente, donde vivía solo.

La infidelidad llegó al oído del Capitán que decidió quitarle la vida a Joel. Para lograr su objetivo contrató a Ignacio, un exmilitar que trabajaba como mecánico en el aserrío y que había conocido como mecánico naval. Este sicario le dijo a Fredesbinda que iba a matar a su Don Juan pues su marido le había pagado bastante, pero si estaba con él, no le haría nada. Ella se negó y pensaba que él se lo había dicho para que cediera.

Fredesbinda Castro tenía mucha confianza con su hermana y le contó todo. Lucía se arrepentía entre sollozos de no haber informado a la policía por miedo.

Se pudo saber que el asesino no había acudido al Club de Pesca, pero sabía que cuando Joel iba, lo hacía con su amigo el pescador, en su bote. Todas las noches vigilaba si salían o no, desde la orilla opuesta a la Fábrica Procesadora de Langosta. Cuando Joel regresó de llevar a su amante, Ignacio se cruzó intencionadamente con él y lo golpeó con un pesado martillo en la cara e inmediatamente lo llevó hasta los bajos del puente, lo ató y le propinó varios golpes en la cabeza. Lanzó el martillo al agua y se fue sin ningún remordimiento a su casa.

Ignacio Pérez fue sentenciado a cumplir cadena perpetua en el Presidio Modelo y el Capitán sentenciado a treinta años de cárcel en el mismo presidio.

La señora Fredesbinda Castro, al verse envuelta en un escándalo que hacía pedazos, su moral y reputación como mujer fiel, se suicidó pocos meses después, cerca del puente.



Nota: El suceso y los personajes son de ficción.



 Autor: Pedro Celestino Fernandez Arregui






sábado, 28 de diciembre de 2019

El Americano




                                 El Americano


Cerca de Santa Bárbara, en Isla de Pinos, vivía William Hunter. Su vivienda junto al río era similar a todas las construidas en la Isla por los norteamericanos, o sea, paredes de madera, machihembradas en distintas maneras, techos cubiertos de zinc o tejas, ventanas grandes de cristal, pisos de madera, grandes portales y las siempre presentes buhardillas y chimeneas. Nadie recuerda cuando llegó ni cuando comenzó a vivir en esa casa que siempre estuvo vacía y cuyos dueños nadie conoció. Míster Hunter, como lo conocían en el pueblo, vestía como todo un vaquero del Oeste de los Estados Unidos. Pantalones típicos de los vaqueros, camisa casi siempre de cuadros, sombrero de ala ancha y botas de cuero hasta la mitad de la pierna y con tacones rectangular de  tres centímetros. Esa vestimenta con su cuerpo fornido y barba espesa de diez centímetros causaba cierta impresión en los pobladores de Santa Bárbara.

Todas las noches acudía al único bar del pueblo, pedía una botella de Whisky y se marchaba cuando se vaciaba. No conversaba con nadie y se iba como mismo había llegado. El dependiente de la bodega, Joaquín, le llevaba semanalmente los víveres que pedía por medio de una nota.

Hacía tres días que nadie había visto al norteamericano cuando Joaquín fue a llevarle los víveres solicitados la semana anterior. Se extrañó que no saliera al ruido del carruaje y que tampoco acudiera a los toques en la puerta ni al llamado a viva voz. Descargó todo en el portal y se marchó.

Al día siguiente algunos  vecinos de la zona pudieron observar varias auras tiñosas volando en círculos, como si se tratara de la danza de la muerte, cerca de la vivienda de William Hunter. Era normal ver a esos buitres volar de esa forma cuando había algún animal muerto, pero Joaquín comenzó a sospechar que algo le había sucedido a su extraño cliente. Así que el domingo decidió volver a su casa y averiguar. La mercancía llevada por él se encontraba en el mismo lugar, pero había sido dañada por aves y roedores. Un fuerte mal olor llegaba hasta la casa y con la ayuda de su olfato, encontró varias auras desgarrando un cuerpo humano.

Salió horrorizado a avisar al único policía del poblado y este llamó a Nueva Gerona.

Después de la precaria investigación se comprobó, para asombro de las autoridades, que se trataba de una mujer imposible de identificar. En toda la Isla no se había reportado la desaparición de ninguna persona. ¿Quién era esa mujer? ¿Dónde está Míster Hunter?



El caso de la desaparición de William Hunter y la aparición del cadáver de una desconocida cerca de su vivienda, se había convertido en la noticia del año en Isla de Pinos.
En aquella época, muchos residentes y comerciantes de la Isla visitaban La Habana a menudo, en busca de los mejores y novedosos artículos y alimentos. Fue así, que el suceso llegó a La Habana y al oído del joven detective Osvaldo Linares, recién graduado en criminalística en los Estados Unidos. Le llamó la atención ese caso y decidió viajar a la Isla para realizar sus investigaciones por su cuenta.
Conversó con el Jefe de Policía de Nueva Gerona, el policía y los vecinos de Santa Bárbara, incluyendo los de la tienda de víveres y el bar. Luego fue caminando hasta la casa de El Americano. La vivienda estaba igual aunque se podía apreciar el registro realizado por la policía. Los sacos de la mercancía estaban rotos y dispersos por el portal. En la casa no había  fotos ni documentos. Se notaba que antes de la incursión de la policía la vivienda se encontraba en orden y limpia. El exterior con la hierba cortada y limpio los alrededores. En un pequeño muelle se encontraba el bote en el cual le habían informado que solía salir a pescar truchas. En el patio una pequeña construcción de madera donde guardaba los utensilios de jardinerías y de su caballo. Según la policía,  el caballo se encontraba pastando libremente sin cuerda. Todo el día estuvo observando en el lugar. Al atardecer regresó al pequeño hotel del pueblo. En el Hotel estaban registrados los pocos huéspedes que habían estado alojados antes y  hasta el día del descubrimiento del cadáver. Sabía que la información de los pobladores no era fiable al cien por ciento y que lo verdadero estaba en los pocos detalles y pruebas materiales que había observado y algunos guardados en una pequeña caja que traía consigo.
En sus observaciones, el joven detective había descubierto varias pistas que lo iba acercado a descubrir quién era la joven muerta y el lugar posible donde podía encontrar a El Americano. Para tener el problema resuelto, solo esperaba un telegrama de su compañero de estudio en Criminalística, Joel Baker.
Al siguiente día sabía la identidad de la mujer, pero no podía saber la causa de su muerte. En esa época y el deterioro del cadáver era difícil pudiera ser descubierto por el mejor forense del Mundo. Tenía que encontrar al desaparecido para saber sobre esa muerte. Estaba seguro del lugar donde podía encontrarlo si es que no se había marchado de la Isla.
Dos días después recibió la respuesta  de su colega. Ahora todo estaba claro. Los datos sobre la familia de William Hunter y la joven fallecida, le confirmaba su hipótesis. Apenas leyó el telegrama, alquiló un caballo y se dirigió al poblado de Mac Kinley.

 Cuando Osvaldo Linares llegó a Mac Kinley saludó a los dos policías, llegados de Nueva Gerona, que lo estaban esperando. Se dirigieron a una de las viviendas fuera del caserío y llamaron a la puerta. Al ver que nadie contestaba empujaron levemente la puerta y ésta se abrió. Entraron con sumo cuidado y con las armas listas para disparar. No había nadie en la casa y el detective observó en el dormitorio una palangana con agua jabonosa frente a un espejo y muchos pelos en el suelo. Pantalón de vaquero, camisa, sombrero y un par de botas tirados en una cama en la cual nadie había dormido desde hacía muchos meses.
–¡Se nos ha escapado!
–¿Quién era? –preguntó uno de los policías.
–En los Estados Unidos existió un bandido muy famoso que había formado una banda de salteadores al concluir la Guerra Civil. Llegó a coger tanta fama por sus acciones y crímenes que el Gobierno ofreció una recompensa de diez mil dólares a quien lo matara. La ambición es mala, amigos. La persona ambiciosa es capaz de vender su alma al diablo y así era un joven, integrante de su banda. En un momento que el famoso bandolero se encontraba de pie en una silla limpiando el polvo de un cuadro le disparó por la espalda, causándole la muerte. Si bien había matado al famoso delincuente por otro lado se había buscado el odio, no sólo entre los amigos y familiares, sino también, en muchas personas que lo consideraban un héroes y repudiaban a los traidores. Por tal motivo tenía que estar cambiando de pueblo cada cierto tiempo. Un día, estando con la mujer con la cual mantenía relaciones íntimas, se formó un tiroteo en su local de Crede, en Colorado, donde resultó muerto un individuo muy parecido a él. Algunos de los clientes llegaron a decir que el difunto era él y entonces le pidió a la mujer que simulara que lo estaba llorando y le cambiara los documentos prometiéndole darle una buena cantidad de dinero. Así lo hizo y para todo el mundo, el traidor había muerto. Por su parte, cambió su identidad y aprovechando la ola de emigrantes que venía hacía aquí, decidió venir a vivir en Santa Bárbara en una propiedad que previamente había comprado a una compañía inmobiliaria de los Estados Unidos. Es el hombre que conocíamos por William Hunter. La mujer vino a reclamar el dinero vestida de hombre por miedo a que la siguieran los enemigos de su amante. Llegó a la vivienda de este malvado pero se negó a darle el dinero. Quizás hayan discutido, forcejearon y la asesinó. No lo sabemos. Sacó el cadáver un poco apartado de la casa para que las auras borraran las huellas e identidad. Al ver que faltaba la montura, supuse que se había marchado con otro caballo y lo más probable es que hubiera pensado dirigirse hacia aquí, porque era muy difícil que lo vieran y además, existían algunas viviendas vacías de norteamericanos que habían regresado a su país.
–¿Quien fue ese famoso bandolero? – preguntó uno de los policías.
–Se llamaba Jess James y su asesino que lo traicionó se llamaba Robert Ford al cual hemos conocido como William Hunter.



Autor: Pedro Celestino Fernández Arreui
















El Informe




                               
                                      El Informe



–¡Informe, teniente!

–Aquel mundo es muy raro general. Es necesario enviar allí a nuestros científicos eminentes para que nos puedan descifrar cómo actúan y por qué. Ese mundo está dividido por fronteras, colores, ideología y orientación sexual. Están muy atrasados en tecnología y tienen guerra por un líquido negro y piedras que brillan. Hay lugares donde existen tiranos y mucha gente los adora. Eligen para que los gobierne a individuos que todos saben que roban y les miente. Hay guerras, secuestros, violaciones, asesinatos y gentes huyendo de los lugares donde reina el hambre y las batallas, hacia lugares donde abunda el individualismo y la avaricia.

–¿Estás seguro que fuiste a ese mundo?

–Sí, mi general. Es una lástima porque es un Mundo que debió ser hermoso con grandes extensiones de bosques, infinitas variedades de plantas y especies de animales. Un mar azul, inmenso y un cielo que se puede ver las estrellas perfectamente. ¡Están destruyendo ese mundo! Cada día menos árboles y menos animales y las personas cada día van perdiendo humanidad.

–¿Cree usted que podemos hacer algo por ellos?

–No lo creo. Viven con el miedo metido en el cuerpo por actos de terrorismo y vandalismos. Si fuéramos, nos harían la guerra porque pensarían que vamos a dominarlos. Por eso confío en que el trabajo de nuestros científicos puede ser la salvación de ellos. Hay que introducir mejoras en su cerebro y fortalecer los de aquellas personas que aún son honestas, cuidan su mundo, son solidarias y desean la paz. Aquellas que aman al prójimo y son solidarias, para que recapaciten y salven su mundo.

–¡Muy bien, teniente! Necesito el informe completo y su sugerencia, dentro de tres días, para presentarlo a la Junta. ¿Cómo me dijo que le llaman a ese mundo?

–Le llaman Planeta Tierra.



Autor: Pedro Celestino Fernández Arregui

El Gemelo Desaparecido



                                 El Gemelo Desaparecido


Cuando me ví que mi hermano gemelo no estaba por poco me da algo. Habíamos entrado juntos y nos habíamos divertido como solíamos hacer todos los fines de semanas. Estaba muy triste. Y sólo observaba como lo buscaban. Lloraba en un rincón de la casa donde nadie me veía. Como puedo olvidar los paseos que dábamos con María, la pequeña de la casa. Me da vergüenza decirlo pero siempre nos elogiaban mas a nosotros que a ella y nos decían lindos, bonitos o hermosos. Aunque no es correcto que lo diga, pero ella es bastante fea. Hacía cosas y luego nosotros pagábamos lo mal hecho como el día que llegamos llenos de pelusas o cuando nos presentamos llenos de barros. No vale la pena pensar en esas boberías. Ahora me doy cuenta que hay cosas muy importantes y sin embargo, pasamos por alto. ¡Mi hermano, caramba! ¿Por qué te perdiste? En cuanto se dieron cuenta de tu desaparición todos comenzaron a buscarte. ¡Hasta María! No sé lo que haré sin ti. Veo que todos me miran con lástima. Ha llegado un señor con una maleta. ¿Será un policía? Pasó por mi lado y ni me miró. Después de largos minutos, el hombre trae algo en sus manos. Lloro de emoción. ¡Es mi hermano! El técnico lo sacó de la lavadora. ¡Volveremos a ser los lindos calcetines de María!



Pedro Celestino Fernandez Arregui

lunes, 16 de diciembre de 2019

"Diablo"




                                                       Diablo



Donald está sentado en la terraza de una cafetería en Málaga. Como siempre busca la página Cultural, pero se detiene en la página de Sucesos y lee el titular: “Asesinan a un hombre en la calle Badisoa”. Se pone visiblemente nervioso, se incorpora, tira el periódico en la mesa y se marcha.

Meses después aparece ahorcado cerca de la Calle Eresma, un joven  en cuyo DNI, consta el nombre de Donald Heiz.



–Gallardo, han encontrado un joven colgado por el cuello en un árbol junto a la calle Eresma, casi llegando a la calle de La Yesera. Presume sea un suicidio. Así que tienes un trabajito fácil –le dijo el oficial.

Llegó al lugar, acordonado por miembros de la Policía Local, y se dirigió hacia el lugar donde estaba el cuerpo inmóvil del joven. Comenzó a observar detenidamente el cadáver. Luego miró en el suelo un taburete plástico de costado.

–Quiero que busquen huellas en el taburete y registren minuciosamente todo ésta área y los bordes de las calles. Esto es un asesinato. Iré a su casa.

     –¡Buenos días! Soy el Inspector Gallardo de la Sección de Criminalística –dijo mientras le enseñaba su carnet.

–¿Sucede algo? –preguntó una señora de unos ochenta años que había acudido a abrirle la puerta al oficial.

–¿Podemos hablar dentro?

–Sí, sí, como no. Pase, por favor –dándole paso y señalándole el interior de la casa.

El comedor presentaba una decoración inglesa con algunos elementos españoles, una limpieza impecable y los muebles, aunque eran baratos, distribuidos con elegancia.

–¿Conoce a Donald Heiz?

–Es mi hijo. ¿Le ha sucedido algo?

Al ver el rostro compungido del Inspector y moviendo la cabeza afirmativamente, comenzó a llorar.

–¿Cómo fue? – pudo balbucear entre sollozos.

–Se ha quitado la vida.

–¿Por qué? No tenía problemas con nada ni con nadie. Era cumplidor en su trabajo. Sus compañeros le querían mucho y los vecinos también. Cuando iba a alguna fiesta regresaba temprano. Muy bueno, inteligente, buen hijo. ¡Como va a sufrir Mariana cuando lo sepa!

–¿Quién es Mariana?

–Es su hermana.

–Me tengo que ir. Lo siento mucho. Mañana regresaré para hacerles algunas preguntas a usted y a su hija. ¡Hasta mañana!



–Hemos encontrado huellas de zapatos en el lugar. Una huella coincide con los zapatos de Donald y junto a esa otra huella que no coincide. En el taburete hay huellas dactilares que no son de la víctima. La huella en el brazo izquierdo parece ser de uñas clavadas en la piel. –informaba uno de los investigadores al Inspector.

–Desde el primer momento me pareció que no era un suicidio. La posición del taburete correspondía a la acción de alguien que no podía ser Donald. Además, la marca en el brazo izquierdo. ¿Algo más?

–El chico era buen trabajador y buen vecino. Todos hablan bien de él.

–Comprueben las huellas de sus compañeros de trabajo y si pueden tomar muestras de ADN en la huella del brazo.



–¿Usted es la hermana de Donald?

–Sí. - contestó llorando la joven.

–¿Cuándo fue la última vez que lo vió?

–Ayer, siempre lo veo a la hora de comida. Vivimos todos juntos. Vino a la casa a comer y volvió para el trabajo. Tiene turno partido. Siempre llego después que él porque todas las noches salgo con mi novio por eso no supe que no había llegado

–¿No vio nada extraño en él que le llamara su atención?

              –Casi no nos vemos pero desde hace varios días lo notaba algo nervioso.

–¿ Sabes el motivo o se lo imagina?

–¡No!

–¿Tenía algún momento que mostraba enfado?

–Cuando único se ponía serio era cuando le decía que iba a salir con mi novio. Él me quería mucho y no le gustaba que saliera con alguien que no conociera.

–Era tu novio y lo conocería.

–Lo había visto dos veces como máximo. Creo que no le gustó cuando le dije que era extranjero. No le gustaban los extranjeros. Decía que venían a hacer cosas malas aquí.

–¿Ustedes no son descendientes de extranjeros?

–Sí, mi padre era Suizo. Murió cuando éramos niños.

–¿Qué enemigo podría tener su hermano? ¿Tenía deuda? ¿Había peleado con alguien?

–No, no, nada de eso. Le aseguro que no tenía enemigos.



–Tenemos el resultado de las huellas pero no se pudo coger muestra de ADN.

              –¿Y…?

–Pertenecen a Stivor Marka, un ciudadano de Kosovo buscado por la Interpol por múltiples asesinatos. Su seudónimo es, “Diablo”. Se cree que está como sicarios de algunas mafias.

–¿Qué relación pudo haber tenido con Donald?

–¡Mucho! Marka es Stucker, el novio de Mariana Heiz –dijo el oficial Manso, mostrándole una foto.

–¿Cuál podría ser el móvil del crimen? ¿Por celos? No lo creo. ¿Sabía Donald que era buscado por criminal? No, tampoco.

–Marka fue visto, hablando con Donald, el día del asesinato por el dependiente de la cafetería donde el acostumbra a tomar café. Ambos salieron y se montaron en un Audi negro.



Stivor Marka fue juzgado y sancionado a cadena perpetua por los crímenes cometidos, menos por el asesinato de Donald Heiz por falta de pruebas. Alegó que tocó el taburete porque estaba en medio de la vía y lo tiró para el área verde.

Al no encontrarse el motivo del crimen, se supone que el joven fue testigo de algunos de sus crímenes y por eso lo asesinó.



Pedro Celestino Fernandez Arregui














sábado, 7 de diciembre de 2019

Un Vuelo muy Extraño




                         Un Vuelo Muy Extraño
  

¡Al fin! –dijo Jim cuando pudo sentarse. Su asiento, el 42-A, le era incómodo pero soportaría los cuarenta y cinco minutos de vuelo. El cielo despejado permitía ver los bosques y los ríos con claridad. Los niños se divertían mirando por las ventanas circulares del avión y el resto de los pasajeros leían, conversaban con sus acompañantes o simplemente dormían. A su lado, una señora tenía en sus manos un ejemplar de “El Tiempo que nos une”. Una novela de Alejandro Palomas. Del otro lado del pasillo, un niño jugaba con una bola de cristal y la madre, junto a él, buscaba algo en su bolso. Una hermosa aeromoza caminaba dirigiendo su mirada hacia la cintura de los pasajeros cerciorándose que tuvieran los cinturones abrochados.

Jim reclinó su cabeza en el espaldar del asiento y cerró sus ojos. No le gustaba mirar para afuera por padecer de una acrofobia terrible. Cuando era pequeño un amigo lo invitó a subir a un árbol. Tuvo la mala suerte que la rama donde estaba sentado se partió. Tuvo que ser ingresado con fracturas en sus extremidades y desde entonces lo perseguía ese miedo a las alturas. No pudo observar como todo oscureció en cuestión de segundos. En un principio, los pasajeros no le dieron importancia, pero comenzaron a alarmarse cuando la oscuridad se fue poniendo densa. Algunos comenzaron a llamar a las azafatas y otros en voz alta preguntaban qué sucedía. Las voces altas y los niños llorando, despertaron a Jim que solo alcanzó los últimos instantes en que todo quedara oscuro por completo. Las voces fueron cesando. Poco después, en medio de un silencio total, poco a poco volvió la claridad.

No, no todo era como antes. Jim comenzó a observar a los demás pasajeros y todos habían envejecidos. ¡No había niños! Los pasajeros eran adolescente, jóvenes y ancianos. La señora sentada a su lado se había convertido en una anciana. El niño de la bola de cristal, no estaba. En su lugar, había un joven sentado al lado de su abuela. Se miró sus manos y estaban arrugadas. Una aeromoza apenas se podía sostener y caminaba con mucha dificultad tratando de esbozar una sonrisa entre múltiples arrugas que surcaban su rostro.

–¿Qué sucede señorita? –preguntó a la aeromoza.

–No sucede nada, caballero. Hemos volado sobre el tiempo. ¡Sabe usted lo que es el tiempo?

–Si, claro.

–No, usted no sabe lo que es el tiempo. ¿Ves los pasajeros? ¡Ese es el tiempo!

Es aquello que nos transforma y sin piedad nos atropella. Es el momento que empleamos para amar, reír, en fin, disfrutar de la vida. Es lo mas valioso del Universo y es lo menos que tenemos presente.

–Pero ahora hemos envejecidos y teníamos compromisos con el trabajo, nuestra familia, mi novia... ¿Qué hago ahora?

–¿Usted valoró eso antes, señor? No, no pensó en eso. No pensó que el tiempo pasa. No le importa nada de usted. Él pasa sin que te des cuenta. Tú eres el que te tienes que darse cuenta.

–¡Yo aprovecho el tiempo! Aprovecho al máximo mi trabajo, salgo con mi novia, amo a mis padres.

–Pero no lo has valorado. ¡El tiempo vale, señor! Tú le puedes dar mas valor. Recuerda que el tiempo pasa, pero a su vez deja huellas buenas y malas, hasta que se acaba.

–¿Qué puedo hacer?

–¡Dale valor a tu tiempo!¡Abrochase el cinturón! Estamos a punto de aterrizar.

El avión se deslizó por la pista en medio de una absoluta oscuridad, la cual desapareció en cuanto se detuvo la aeronave.

Por la mente de Jim pasaba la imagen de su familia, de sus compañeros de trabajo, pero sobre todo su novia que lo estaba esperando en la terminal. Sacó el pañuelo para secarse una lágrima y entonces observó su mano sin arrugas. Miró a todos los pasajeros y todos estaban como cuando el avión había despegado. Una bella aeromoza con rasgos que le recordaba a la anciana que le había hablado anteriormente, le guiñó un ojo.

–Joven, ha llegado a su destino. ¡Hemos llegado en tiempo!



Autor: Pedro Celestino Fernandez Arreguui