martes, 31 de mayo de 2016

El Maestro, el Crimen y yo









                                          El maestro, el crimen y yo


 Sentí un ruido como si mil barriles cayeran de un camión. Con una rapidez increíble para su edad, tomó a la más pequeña por la mano y con su voz temblorosa y enérgica, dijo: “Vengan todos. ¡Rápido!” Nos condujo hasta una habitación que usaba para almacenar los materiales escolares. Muy nervioso, nos indicó el piso al tiempo que decía en voz baja: Siéntense en el suelo. No se muevan de aquí. Yo no asimilaba el porqué de tanto misterio por un ruido en la calle. Total, más misterioso era el almacén con docenas de cajones envueltos en polvo y adornados con algunas telarañas. Los demás niños no tenían que disimular el miedo que sentían, no por el ruido escuchado ni por la actitud del profesor, sino, por lo tétrico del local. Hasta Hugo, el más valiente de la clase se comía las uñas hasta ver salir la sangre y eso que… ¡Él no se comía las uñas!
   Los minutos pasaban y algunos niños llegaron a dormirse. Los mayores se entretenían con unos lápices sacados de una de las cajas utilizándolos como palitos chinos. Otros, como yo, preocupados porque llegarían tarde a sus respectivas casas. Según pasaba el tiempo, la luz en el interior de la habitación, se hacía más tenue.
   Pensaba en mi pobre yegua sin beber agua todo el día y seguramente se habría comido toda la hierba a su alcance. Bueno, también pensaba en lo asustados que pudieran estar mis padres.
   Vivía, a unos quince kilómetros del pueblo, en una casa enclavada en un pequeño terreno propiedad de mi abuelo. Me levantaba muy temprano. Tormenta, así se llamaba mi yegua, siempre disponible, le ponía un paño por encima y le hacía un bozal con la cuerda. Al trote, y con el trinar de los sinsontes y la brisa mañanera, recorría los tres kilómetros que separaba mi casa de la carretera. La ataba en un poste de la cerca, separada de la vía, pero con la cuerda larga para que pudiera alimentarse con las hierbas existentes en la cuneta. Cuando por la noche, me bajaba del autobús levantaba la cabeza y con la mirada, me suplicaba que la llevara para la finca. El regreso por aquel callejón, cubierto por las ramas de los árboles, era digno de formar parte del escenario de una novela de Agatha Christie. La oscuridad era absoluta y tenía que confiar en la buena visión de “Tormenta”. A veces se asustaba con alguna hoja de palmera, caída sobre una cerca.
   Como la escuela era de doble sesión, mi padre contrató el servicio de comida, con una fonda. Por cincuenta centavos podía comer lo que quisiera y siempre quería arroz con huevo frito. A mi padre no le agradaba que estuviera solo por pueblo durante dos horas y llegó a un acuerdo con el maestro para que comiera en su casa donde era atendido, por él y su esposa, a las mil maravillas. De manera que compartía desde las 8 de la mañana hasta las 5 de la tarde, con el maestro. Lo mismo en su hogar que en el colegio, siempre lo vi igual. No se enfadaba, no alzaba la voz y todos sus gestos eran delicados. No había tenido descendencia. Quizás por ese motivo, amaba a sus alumnos y los cuidaba como si fueran sus propios hijos. Los niños se comportaban disciplinadamente sin que él tuviera que exigir nada. Por eso aquel día estaba muy preocupado por ellos y sobre todo por mí, que debía tomar el autobús para irme a casa.
   En una ocasión tuve la osadía de levantarme y llegar hasta la puerta del almacén. El maestro miraba para la calle, por una pequeña apertura en la puerta. Seguía sin comprender el misterio y esa situación me ponía nervioso. Pasado varios minutos,, vino hacia el almacén y me llamó.
   -¡Coge tu maleta!
   Cogí el maletín y me llevó hasta la puerta principal.  Abrió la puerta. Estaba detrás de él y por los espacios libres entre su cuerpo y la puerta, pude ver que había una gran cantidad de soldados en la calle. Lo oí decir: “Sargento, por favor ¿Puede venir?” y por entre sus piernas pude ver unos pantalones de los que usaban los militares, calzaba botas bien pulidas, negras y altas. Le preguntó a mi maestro:
   -¿Qué quiere? 
   -Este niño, -le dijo echándose a un lado para que me viera- vive en el campo y tiene que coger el ómnibus. Es muy tarde.
   -Deja ver. -Me miró de arriba abajo, lentamente, con detenimiento, como si se tratara de un escáner. 
   - Está bien, que se vaya. Pero eso sí, que no se detenga. ¡Andando y ya estás allá, al final de la calle! Me había gritado el uniformado.
   No me despedí del profesor. Quería correr o volar, pero algo me lo impedía. Logré poder caminar de prisa. Al llegar a la primera intersección pude observar un hombre tendido en el suelo, bocabajo y un charco de sangre al lado de su cabeza, se extendía a lo largo del cuerpo hasta la cintura, manchando la camisa blanca que llevaba. A partir de ahí las piernas se me entumecieron a pesar de oír las voces que decían: ¡Vamos, Vamos, Camina rápido! Apenas tenía que recorrer tres calles, hasta el parque. pero me parecía una distancia enorme. Respiré profundo cuando logré pasar las vallas que cerraban el paso y dónde había una docena de curiosos que me preguntaban:
    -¿Qué pasó, qué pasó?
    -Nada. No sé. –Me limitaba a decir mientras me dirigía apresuradamente hacia la terminal de autobús.
   Tenía diez años y no entendía que habían asesinado a un revolucionario. No sabía que había una tiranía y mucho menos que habían personas luchando para derrocarla.
   Al otro día, todo estaba normal. El profesor no comentó nada de lo sucedido el día anterior. Al pasar por donde había caído el hombre, no podía evitar mirar a la calle donde aún quedaba vestigios de su sangre.  Durante todo el curso me parecía ver su cadáver y los soldados con sus rifles amenazantes.


 Autor: Pedro Celestino Fernández Arregui

domingo, 29 de mayo de 2016

Kianda









                                                                         KIANDA
                                                  (Basado en una leyenda angolana)


 Joao no dejaba de lamentarse día y noche de su triste y mísera vida. Para sumar más males, apenas podía capturar peces y tenía que volver con su canasta vacía a su kimbo donde los esperaban su esposa e hijos con las bocas abiertas y sus vientres inflados como los balones de fútbol. Al oscurecer, mientras las mujeres hacían comentarios sobre distintos temas y los niños corrían entre las chozas jugando a ser invisibles, él se acostaba en su estera de paja observando un pequeño recorte de cielo adornados de estrellas.
Aquel día llevaba para el río las canastas llenas de pesimismo. Empujó el tronco ahuecado en forma de canoa hacia el agua y comenzó a deslizar la pequeña red construida con finos bejucos y piedras atadas para que llegara hasta el fondo. De pronto la red se movía fuertemente y aquel hombre que hacía tiempo no se inmutaba ante nada, sintió un escalofrío recorrerle la espalda cuando ante él, surgiendo de las turbias aguas envuelta en la red, pudo observar el rostro de Kianda que desesperadamente agitaba sus brazos y su gran cola de pez y le decía: “Suélteme y tu vida cambiará. Serás rico”
Estas palabras de la hermosa sirena lo hicieron reaccionar e inmediatamente la liberó. Ella le sonrió y desapareció en las aguas. No quiso seguir pescando. Emprendió el camino de regreso a la aldea.
Por el camino percibió un movimiento detrás de unos matorrales. Sabía que por allí no solían aparecer felinos peligrosos y decidió averiguar. Apartó las altas plantas con una vara y observó algo que brillaba. Se acercó y descubrió varias canastas repletas de objetos de oro.
No regresó a la aldea. Se fue para la Capital y allí se rodeó de mujeres y de lujos mientras en la aldea lloraban su desaparición.
Un día quiso salir a pescar en su lujoso yate por el Río Congo. Además de la tripulación la acompañaban 3 hermosas chicas. Siguieron río arriba hasta que el motor comenzó a fallar y tuvieron que parar cerca de la ribera sur. Mientras reparaban el desperfecto, Joao bajó a un bote acompañado de las tres chicas. Se fueron hasta la orilla y se lanzaron al agua. Nadando y jugando se fueron separando, sin percatarse, de las embarcaciones y llegaron hasta un recodo donde las tres chicas lo obligaron a sumergirse. Trató de salir a la superficie a tomar aire pero las chicas se lo impedían y poco antes de perder el conocimiento pudo ver, horrorizado, a las chicas con sendas colas de pez.
Lo primero que vio, al recobrar el conocimiento, fue su vieja canoa. Se incorporó y tomó el camino a su aldea donde fue recibido con tremenda algarabía por los niños que corrían de choza en choza anunciando la “aparición” de Joao. Su esposa e hijos salieron a la puerta de su choza y al verlos se arrodilló y pidió perdón. Todos se miraban incrédulos. Jamás Joao había pedido perdón. Era otro hombre. En su rostro se apreciaba paz, amor y felicidad.
Tres días estuvieron de fiesta celebrando el regreso de Joao. Al cuarto día tomó su red y se fue al Río. Al llegar escuchó una hermosa melodía y pudo ver sobre una roca del otro lado del cauce, a Kianda. Ella le sonrió y despidiéndose con movimientos de la mano, se perdió en la profundidad del agua fría.
Joao sabía que Kianda había sido muy benévola con ella pues aunque lo devolvió a la pobreza le dejó una gran lección: la mayor riqueza es la familia.


Pedro Celestino Fernandez Arregui

jueves, 26 de mayo de 2016

Angustia








                                                           Angustia



 Las manos heladas buscan temblorosamente en los bolsillos. De una casa, adornada con motivos navideños, se escuchan los ladridos de un perro rompiendo en pedazos el silencio de la noche. Mira las viviendas vecinas y piensa que sus moradores lo están observando a través de las ventanas. La luna llena también lo está contemplando, acompañado de millones de estrellas, gracias a un cielo despejado. Avanza un paso y retrocede dos. Revisa las ventanas con el mayor disimulo y rogándole a Dios que llene de nubes el cielo.
De pronto, sus ojos se iluminan. ¡Ha encontrado las llaves de su casa!

lunes, 23 de mayo de 2016

La Cita


                  




                  
              La Cita



Aquí estoy mi hermoso cofre

para conversar contigo, para sentir tu alma

, para recordar nuestra relación

Aquí estoy, escondiéndome en la noche.

¿Cómo empezó nuestro amor?

Acaso fue una mirada o la entrega de una flor.

No recuerdo, pero el corazón

latía fuerte y tú entre mis brazos, temblabas.

Eras la abeja de un gran panal.

Me traías polen con distintos sabores y

extraìas la miel de mis entrañas.

Nuestro amor era un secreto que rodaba por los rincones

Murmullos que confunden y engañan.

Alguien convirtió el susurro en una gran explosión

Y la tormenta se nos vino encima.

Llegó en forma de diablo, vomitando fuego y en la mano un metal.

Caímos al suelo pintado de rojo. Fue la última vez.

Pero sigo regalándote flores a pesar de no poder caminar.

Me voy, tropezando con mi silla en la oscuridad.

Nos vemos mañana. Me iré a soñar.

Aquí, en tu tumba, te dejo una flor.

sábado, 21 de mayo de 2016

El GUIJE



                                          El Güije

Lo vi. Juro que lo vi. Negro como el azabache, cabezón, ojos grandes y saltones, su boca era muy grande y los dientes grandes y muy blancos, barrigón y chiquitico. Sí, lo vi. Mi abuelo me lo había dicho: “No vayas por la Joba que ahí sale el Güije”. No le obedecía porque los padres y los abuelos siempre inventan cuentos que te dan miedo para que no hagas algo. Creía que mi abuelo me decía lo del Güije para que no fuera por la Joba porque es una poceta  muy honda y las aguas muy turbias.

  Fui a recoger pomarrosa que hay muchas alrededor de la Joba. Tenía mi pequeño Catauro casi lleno cuando sentí un ruido en la poceta. Pensé podía ser una biajaca o un majá de esos grandes que siempre están en las “matas”. Pero no vi nada y me senté en la piedra blanca que está al lado del chorro de agua. Estaba saboreando la pomarrosa y con las semillas grandes y pardas estaba formando un ejército que luego se enfrentaría al otro ejército formado por pequeñas piedras. Siempre que iba al río hacía lo mismo pero no en la Joba sino, más arriba donde  el agua no me cubría los pies y cogía la llagüita que envuelve el palmiche y ponía piedra pequeñas que eran vikingos. Pero ayer se me ocurrió ir por las pomarrosas  y lo vi pero no se lo puedo decir a nadie porque me regañarán por ir a la Joba y mi abuelo, más. Dirá que me puse de suerte porque no me comió el Güije y ya bastante miedo tengo para que me metan más. Lo que sí estoy seguro que no iré más a la Joba.
Pedro Celestino Fernandez Arregui

miércoles, 18 de mayo de 2016

Campo Minado





                                                           Campo Minado

  El enemigo se encontraba lejos de nuestra posición. En cualquier momento ellos tratarían de romper nuestra defensa y para prevenirlo, disponíamos de observadores en las elevaciones cercanas y frente a nosotros, un cartel nos avisaba que el terreno estaba sembrado de minas antipersonales Por tal motivo, el teniente no tuvo reparo en autorizarme a cazar algún animal pequeño para aumentar nuestro rancho.

 Salí armado solamente de un arco y algunas flechas por dos motivos: no hacer ruido que pudiera ser detectado por el enemigo y porque el uso del fusil en la caza menor provoca demasiado daño a la pieza. Además, confirmaría la eficiencia, del nativo de la zona, como maestro de esa arma primitiva.

 La mañana era ideal para apreciar la naturaleza en toda su belleza, las flores silvestres mostraban sus colores más brillantes y la brisa nos brindaba sus perfumes. Todo este conjunto de sensaciones nos transportaba a un entorno de paz, muy distinto al que estaba viviendo.

 Poco después de haber salido de la aldea abandonada, campamento de nuestra Unida Militar, diviso una hermosa liebre. Trataba de acercarme lo más posible para no fallar en el tiro, pero era imposible por sus constantes movimientos. No llegaba a tensar la cuerda del arco.

 No sé cuánto tiempo estuve detrás de la presa. Unos gritos me hicieron detenerme: “NO TE MUEVAS. NO DES NI UN PASO”. Miré hacia el lugar de las voces y tenía delante de mí, el campamento. Un escalofrío me invadió el cuerpo. Sin percatarme, había dado un recorrido formando un círculo y había penetrado en el campo minado. “TEN PACIENCIA. PRONTO LLEGARAN LOS ZAPADORES”. Por mi mente comenzaron a desfilar aquellos compañeros que visité en el hospital, víctimas de las minas antipersonales. También aquellos dos niños que se apoyaban en sendas varas de madera suplantando a la pierna faltante. La escena de Miguel, cuando asaltábamos la ciudad de Munge. Avanzaba apenas una veintena de metros delante de mí. Una explosión lo  envolvió en una nube de polvo. Al disiparse, observé horrorizado sus dos piernas desgarradas, gritando de dolor y perdiendo sangre.

 La ambulancia llegaba pero los zapadores, no. Nunca pensé en la probabilidad de ser un mutilado de guerra. Lo peor de todo es el doble daño, moral y física. Desgraciadamente la sociedad, en su conjunto, no asimila esta condición. Para siempre y para una gran parte, dejarás de ser una persona, serás un mutilado.

   Al fin llegaron los técnicos, desplegaron una hoja de papel sobre el tronco de un árbol y señalaron para varios lugares. Rompieron a reír a carcajadas. “VAMOS VEN. ESTE CAMPO NO ESTÁ MINADO” Esas palabras surtieron un efecto demasiado tranquilizador pata tantas tensión, lo suficiente para desmayarme.  No pude escuchar cuando el zapador jefe le decía al Teniente: “Esta parte se iba a minar pero luego recibimos una contraorden. Se nos olvidó retirar el cartel.

martes, 17 de mayo de 2016

El MIsterio de la Botella


                          
                                  
El Misterio de la Botella


                                                                               


 Había amanecido. Aquel grupo de jóvenes caminaba por la fría y fina arena de Playa Blanca, envueltos en una nube de mosquitos gigantes que mortificaban con sus zumbidos y sus finísimos aguijones. Todos eran aficionados a la pesca. Habían estado toda la noche pescando consiguiendo capturar algunos pargos, rabirrubias y pez-loro que guardaban orgullosos en sendas bolsas.   Conversaban sobre lo “duro” que había “tirado” del cordel aquel pez enorme imposible de traer a la costa o de los últimos chistes no aptos para menores. También comentaron sobre la noticia del gran tornado que el día antes había cruzado próximo al lugar. “Dice mi tío, pescador del barco “Adelita”, el cual faena un poco más arriba, cerca de Punta Higueras, que el rabo de nube tenía más de cien metros de diámetros y que todo se puso oscuro”. Otro comentó: “Tornado, Luis. Pero tampoco creo mucho en tu tío. Él ha inventado muchos cuentos.” Reían a carcajadas cuando uno de ellos tropezó con una botella. “Eh, amigos. Miren esto” exclamó. Todos se reunieron a examinar aquel recipiente transparente. En su interior mostraba un objeto cilíndrico cubierto de papel de aluminio. El de mayor edad, con aire militar, les dijo: “Déjenla ahí. Esa botella es sospechosa. Pueden observar que lleva dentro un objeto cubierto con papel plomo y….ustedes saben, el enemigo nos ha tratado de hacer daño por todos los medios. Eso puede ser un explosivo.” Todos fijaron sus miradas en aquella botella. El más joven, preguntó:” ¿Y si es un mensaje?” Las miradas se dirigieron al mayor. “No conozco de mensajes envuelto en ese tipo de papel.” El sobrino del pescador planteó: “Podemos lanzarle una piedra para romperla y así sabemos si tiene un explosivo”. El añoso, apresuradamente, dijo: “No. Hay bombas que solamente funcionan cuando se les retira el papel.” Un joven que había estado en silencio todo el tiempo, expuso su criterio: “No creo pueda ser un mensaje ni un objeto peligroso. No vale la pena abrir la botella. Para tranquilidad de todos, debemos lanzarla hacia aquel conjunto de mangles y así nadie corre riesgo.” Todos asintieron. Le indicaron al más joven: “Tú eres lanzador del equipo de béisbol. Hazla desaparecer.”  Arrojó la botella con fuerza, como si estuviera en el home y la desapareció de la vista de todos. Siguieron con sus bromas sin pensar más en el misterio de esa botella.



  Un día antes, una pequeña embarcación de la Marina de Guerra hacía su recorrido de rutinas, cuando el capitán le dijo a su tripulación: “Compañeros, vamos a inspeccionar Cayo Seboruco. Nos acercaremos hasta la playa. Eduardo y José revisaran el cayo.  Julio y yo permanecemos a bordo. Cualquier complicación, disparan al aire. ¿Entendido? Exploren bien. Recuerden que hace un mes localizamos una paca de marihuana en ese lugar.  Eduardo cogió galletas y refresco de naranja traído por su madre, el domingo anterior. Por su parte, José introdujo en el bolsillo unas chocolatinas y una caja de cigarro sin estrenar. El capitán, al ver el “arsenal” alimenticio que llevaban consigo, les dijo: “Soldados.  Esa misión es de una hora. No es para un mes” José le contestó, sonriendo: “Capitán, falta poco para la hora de merienda.” Se metieron en el agua cálida hasta la cintura y tratando de esquivar los erizos que se distinguían a través del agua trasparente, avanzaron hasta pisar la arena de la pequeña playa del islote.

   Revisaban todos los arbustos y las rocas mayores con mucho cuidado pero con prisa para disponer de tiempo para comer las golosinas. El cayo tendría unos doscientos metros de largo por cincuenta de ancho, aproximadamente. La parte norte era por donde habían desembarcado, mientras la parte sur era dominada por una pequeña elevación rocosa de apenas diez metros sobre el nivel del mar. Por tal motivo, el nombre de Cayo Seboruco, pues observándola desde tierra firme, se presentaba como una gran piedra flotando en el mar.

 Estaban aproximándose a la parte sur, cuando vieron una gran manga dirigiéndose a la embarcación. Todo estaba oscuro. El ruido inmenso provocado por aquella “bestia” y cuyos resoplidos ensordecían, hacían temblar al más valiente. Vieron con asombro como el tornado aspiraba el pequeño barco con sus compañeros a bordo. Era imposible acudir en su ayuda y comenzaron a correr hacia la parte más alta del cayo, donde sabían, existía una pequeña caverna, muy visitada por arqueólogos e historiadores que estudiaban las pictografías aborígenes plasmadas en sus paredes. Para correr mejor tiraron los fusiles en el suelo pues cada gramo era un impedimento para poder lograr que no les alcanzara el fenómeno atmosférico. Se introdujeron en la cueva con el tiempo justo para esquivar la trompa de aquel “monstruo”. Pocos segundos después, un montón de restos de barcos y viviendas obstruían, la entrada del refugio natural.

   Era demasiado para los nervios de los dos marines. Eduardo temblaba y llorisqueaba sin cesar con la cabeza entre sus piernas mientras su compañero se cubría las orejas.

   A los pocos minutos y cuando Eduardo no salía aún de su estado de shock. José se le acercó y le dijo: “Eduardo, tranquilo.  ¿Ves aquel pequeño orificio? Pues he tomado el papel de la cajetilla de cigarro, he escrito pidiendo ayuda indicando el lugar donde estamos. Lo enrollé al bolígrafo, cubrí con el papel plomo de la chocolatina, lo metí dentro de la botella donde teníamos el jugo de naranja y lo he lanzado por allí. Siempre hemos visto que todos los objetos lanzados al mar en este lugar, aparece en Playa Blanca al día siguiente. No te preocupes. Encontraran la botella con el mensaje y vendrán a socorrernos.” Eduardo levantó la cabeza y sonrió”