miércoles, 18 de mayo de 2016

Campo Minado





                                                           Campo Minado

  El enemigo se encontraba lejos de nuestra posición. En cualquier momento ellos tratarían de romper nuestra defensa y para prevenirlo, disponíamos de observadores en las elevaciones cercanas y frente a nosotros, un cartel nos avisaba que el terreno estaba sembrado de minas antipersonales Por tal motivo, el teniente no tuvo reparo en autorizarme a cazar algún animal pequeño para aumentar nuestro rancho.

 Salí armado solamente de un arco y algunas flechas por dos motivos: no hacer ruido que pudiera ser detectado por el enemigo y porque el uso del fusil en la caza menor provoca demasiado daño a la pieza. Además, confirmaría la eficiencia, del nativo de la zona, como maestro de esa arma primitiva.

 La mañana era ideal para apreciar la naturaleza en toda su belleza, las flores silvestres mostraban sus colores más brillantes y la brisa nos brindaba sus perfumes. Todo este conjunto de sensaciones nos transportaba a un entorno de paz, muy distinto al que estaba viviendo.

 Poco después de haber salido de la aldea abandonada, campamento de nuestra Unida Militar, diviso una hermosa liebre. Trataba de acercarme lo más posible para no fallar en el tiro, pero era imposible por sus constantes movimientos. No llegaba a tensar la cuerda del arco.

 No sé cuánto tiempo estuve detrás de la presa. Unos gritos me hicieron detenerme: “NO TE MUEVAS. NO DES NI UN PASO”. Miré hacia el lugar de las voces y tenía delante de mí, el campamento. Un escalofrío me invadió el cuerpo. Sin percatarme, había dado un recorrido formando un círculo y había penetrado en el campo minado. “TEN PACIENCIA. PRONTO LLEGARAN LOS ZAPADORES”. Por mi mente comenzaron a desfilar aquellos compañeros que visité en el hospital, víctimas de las minas antipersonales. También aquellos dos niños que se apoyaban en sendas varas de madera suplantando a la pierna faltante. La escena de Miguel, cuando asaltábamos la ciudad de Munge. Avanzaba apenas una veintena de metros delante de mí. Una explosión lo  envolvió en una nube de polvo. Al disiparse, observé horrorizado sus dos piernas desgarradas, gritando de dolor y perdiendo sangre.

 La ambulancia llegaba pero los zapadores, no. Nunca pensé en la probabilidad de ser un mutilado de guerra. Lo peor de todo es el doble daño, moral y física. Desgraciadamente la sociedad, en su conjunto, no asimila esta condición. Para siempre y para una gran parte, dejarás de ser una persona, serás un mutilado.

   Al fin llegaron los técnicos, desplegaron una hoja de papel sobre el tronco de un árbol y señalaron para varios lugares. Rompieron a reír a carcajadas. “VAMOS VEN. ESTE CAMPO NO ESTÁ MINADO” Esas palabras surtieron un efecto demasiado tranquilizador pata tantas tensión, lo suficiente para desmayarme.  No pude escuchar cuando el zapador jefe le decía al Teniente: “Esta parte se iba a minar pero luego recibimos una contraorden. Se nos olvidó retirar el cartel.

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