martes, 17 de mayo de 2016

El MIsterio de la Botella


                          
                                  
El Misterio de la Botella


                                                                               


 Había amanecido. Aquel grupo de jóvenes caminaba por la fría y fina arena de Playa Blanca, envueltos en una nube de mosquitos gigantes que mortificaban con sus zumbidos y sus finísimos aguijones. Todos eran aficionados a la pesca. Habían estado toda la noche pescando consiguiendo capturar algunos pargos, rabirrubias y pez-loro que guardaban orgullosos en sendas bolsas.   Conversaban sobre lo “duro” que había “tirado” del cordel aquel pez enorme imposible de traer a la costa o de los últimos chistes no aptos para menores. También comentaron sobre la noticia del gran tornado que el día antes había cruzado próximo al lugar. “Dice mi tío, pescador del barco “Adelita”, el cual faena un poco más arriba, cerca de Punta Higueras, que el rabo de nube tenía más de cien metros de diámetros y que todo se puso oscuro”. Otro comentó: “Tornado, Luis. Pero tampoco creo mucho en tu tío. Él ha inventado muchos cuentos.” Reían a carcajadas cuando uno de ellos tropezó con una botella. “Eh, amigos. Miren esto” exclamó. Todos se reunieron a examinar aquel recipiente transparente. En su interior mostraba un objeto cilíndrico cubierto de papel de aluminio. El de mayor edad, con aire militar, les dijo: “Déjenla ahí. Esa botella es sospechosa. Pueden observar que lleva dentro un objeto cubierto con papel plomo y….ustedes saben, el enemigo nos ha tratado de hacer daño por todos los medios. Eso puede ser un explosivo.” Todos fijaron sus miradas en aquella botella. El más joven, preguntó:” ¿Y si es un mensaje?” Las miradas se dirigieron al mayor. “No conozco de mensajes envuelto en ese tipo de papel.” El sobrino del pescador planteó: “Podemos lanzarle una piedra para romperla y así sabemos si tiene un explosivo”. El añoso, apresuradamente, dijo: “No. Hay bombas que solamente funcionan cuando se les retira el papel.” Un joven que había estado en silencio todo el tiempo, expuso su criterio: “No creo pueda ser un mensaje ni un objeto peligroso. No vale la pena abrir la botella. Para tranquilidad de todos, debemos lanzarla hacia aquel conjunto de mangles y así nadie corre riesgo.” Todos asintieron. Le indicaron al más joven: “Tú eres lanzador del equipo de béisbol. Hazla desaparecer.”  Arrojó la botella con fuerza, como si estuviera en el home y la desapareció de la vista de todos. Siguieron con sus bromas sin pensar más en el misterio de esa botella.



  Un día antes, una pequeña embarcación de la Marina de Guerra hacía su recorrido de rutinas, cuando el capitán le dijo a su tripulación: “Compañeros, vamos a inspeccionar Cayo Seboruco. Nos acercaremos hasta la playa. Eduardo y José revisaran el cayo.  Julio y yo permanecemos a bordo. Cualquier complicación, disparan al aire. ¿Entendido? Exploren bien. Recuerden que hace un mes localizamos una paca de marihuana en ese lugar.  Eduardo cogió galletas y refresco de naranja traído por su madre, el domingo anterior. Por su parte, José introdujo en el bolsillo unas chocolatinas y una caja de cigarro sin estrenar. El capitán, al ver el “arsenal” alimenticio que llevaban consigo, les dijo: “Soldados.  Esa misión es de una hora. No es para un mes” José le contestó, sonriendo: “Capitán, falta poco para la hora de merienda.” Se metieron en el agua cálida hasta la cintura y tratando de esquivar los erizos que se distinguían a través del agua trasparente, avanzaron hasta pisar la arena de la pequeña playa del islote.

   Revisaban todos los arbustos y las rocas mayores con mucho cuidado pero con prisa para disponer de tiempo para comer las golosinas. El cayo tendría unos doscientos metros de largo por cincuenta de ancho, aproximadamente. La parte norte era por donde habían desembarcado, mientras la parte sur era dominada por una pequeña elevación rocosa de apenas diez metros sobre el nivel del mar. Por tal motivo, el nombre de Cayo Seboruco, pues observándola desde tierra firme, se presentaba como una gran piedra flotando en el mar.

 Estaban aproximándose a la parte sur, cuando vieron una gran manga dirigiéndose a la embarcación. Todo estaba oscuro. El ruido inmenso provocado por aquella “bestia” y cuyos resoplidos ensordecían, hacían temblar al más valiente. Vieron con asombro como el tornado aspiraba el pequeño barco con sus compañeros a bordo. Era imposible acudir en su ayuda y comenzaron a correr hacia la parte más alta del cayo, donde sabían, existía una pequeña caverna, muy visitada por arqueólogos e historiadores que estudiaban las pictografías aborígenes plasmadas en sus paredes. Para correr mejor tiraron los fusiles en el suelo pues cada gramo era un impedimento para poder lograr que no les alcanzara el fenómeno atmosférico. Se introdujeron en la cueva con el tiempo justo para esquivar la trompa de aquel “monstruo”. Pocos segundos después, un montón de restos de barcos y viviendas obstruían, la entrada del refugio natural.

   Era demasiado para los nervios de los dos marines. Eduardo temblaba y llorisqueaba sin cesar con la cabeza entre sus piernas mientras su compañero se cubría las orejas.

   A los pocos minutos y cuando Eduardo no salía aún de su estado de shock. José se le acercó y le dijo: “Eduardo, tranquilo.  ¿Ves aquel pequeño orificio? Pues he tomado el papel de la cajetilla de cigarro, he escrito pidiendo ayuda indicando el lugar donde estamos. Lo enrollé al bolígrafo, cubrí con el papel plomo de la chocolatina, lo metí dentro de la botella donde teníamos el jugo de naranja y lo he lanzado por allí. Siempre hemos visto que todos los objetos lanzados al mar en este lugar, aparece en Playa Blanca al día siguiente. No te preocupes. Encontraran la botella con el mensaje y vendrán a socorrernos.” Eduardo levantó la cabeza y sonrió”

miércoles, 11 de mayo de 2016

Diálogo Transcendental


                                    
                                        Diálogo Trascendental



— ¡Hola! Como siempre, estarás detrás de los demás.

— ¿Y tú, no?

— Yo trato de que la gente entienda mi importancia pero no le hago daño a nadie.

— ¿Te lo crees? Cuanta gente por tu culpa han perdido un amor, una amistad, un trabajo y la vida.

— No me hables de perder la vida

— Hay gente que me llama y los complazco. ¡Hago muchos favores!

— ¿Le llamas favor a convertir a alguien en un cadáver?

— Yo no convierto nada. Todo llega cuando tiene que llegar.

— ¿Ves aquel anciano? Tiene noventa años, una enfermedad incurable y está rodeado de soledad y lleno de vacío. Tú has tenido la culpa de gran parte de su situación y yo le haré un favor.

— ¿Tengo culpa?

— Sí, has estado mucho con él, su enfermedad también es tu responsabilidad porque no tenía que dejarlo fumar durante años.

— Pero tú no puedes hablarme así. ¿Qué sucedió con el niño inocente que atropelló un coche?  No escuchaste los lamentos de su madre y las plegarias a Dios.  ¿Dónde estaba cuando aquel infeliz lo estaban torturando y te llamaba desesperadamente?

— No hay forma de entendernos. Contigo no hay quien pueda, Tiempo.

— Y tú siempre ganas, Muerte.



 Pedro Celestino Fernandez Arregui

martes, 10 de mayo de 2016

Momentos de mi Niñez


                           
                             Momentos de mi Niñez


Hace unos días, el cielo se puso con ese color que todos decimos negro pero en realidad es una mezcla de colores donde predomina el gris oscuro, comenzaron a caer granizos que impactaban contra los árboles y el suelo con fuerza. Con mala puntería a veces y certeros otras amenazaban con vestir de blanco el patio de la casa.

Asomado a la ventana, mientras respiraba el aire húmedo y observaba aquel juego de la naturaleza, acudieron en mi mente una granizada, una simple granizada que cayó en el bohío donde vivía en un paraje verde, lleno de animales y ausentes de personas. Ruidosos truenos llegaban a nuestros oídos y cegadores rayos cruzaban por encima de nuestras cabezas. Algunos impactaban en las altas palmas reales como si alguien disparara un arma exterminadora.

Vivíamos alejados de las palmas y las más cercas, dos hermosas y erguidas, con cintura y cabellera de mujer, custodiaban el camino a unos doscientos metros de nuestra casa.

No teníamos electricidad y gracias a ello no nos preocupaban muchas cosas que trae consigo el tenerla. El ambiente fresco dentro de aquella casa de tablas de palmas y techo de guano mantenía en su interior un clima agradable que no permitía la descomposición, a corto plazo, de algunos alimentos. Gracias a un receptor y una batería de automóvil, mi padre estaba al tanto de algunas cosas que ocurrían en el País y en el extranjero mientras que mi madre seguía las angustias, alegrías, traiciones y amores de los personajes principales de las dos o tres novelas que escuchaba. Las señales radiales llegaban débiles y para una mejor recepción teníamos instalados un cable al exterior como antena.

Ese día, lleno de ruidos, granizo, viento y luces, mi madre se dispuso a desconectar la “antena” coincidiendo la operación con un inmenso ruido, como una explosión y una luz de un potente flash iluminó la pequeña sala. Mi hermano y los cuatro dientes que formaban parte del “puente”, salieron despedidos del cuerpo de mi madre que cayó de inmediato al frío piso de la habitación.

Todo había sucedido en fracciones de segundos, sin embargo, lo había visto en cámara lenta y mi cuerpo rígido se mantenía como una lámpara de pie hasta después de levantarse mi madre y correr a levantar a mi hermano. Pude observar que ambos no tenían huellas de la descargar eléctrica y entonces pude moverme y abrazar a mi madre.

Al día siguiente, la cabellera verde de la palma estaba desordenada y marchita y su cuerpo presentaba una herida profunda tan profunda como la de Creta, mi cabrita, que yacía en el patio junto al cable de la antena inmóvil, sin vida.

sábado, 7 de mayo de 2016

La Reencarnación



                                               
                                                 La reencarnación



Desde muy pequeño escuchaba las conversaciones de los mayores, en silencio y prestando toda mi atención. Había un tema que me fascinaba y era lo referente a misterios, leyendas, ciencias ocultas, pero sobre todo aquellos que hablaban de la reencarnación.

La imaginación de un niño va más allá de las fantasías y las cosas increíbles y me preguntaba ¿Cómo se sentiría una persona reencarnada en una gallina? Debía ser muy triste verla corriendo con la señora atrás para cogerla y hacer una sopa o un fricasé. Quizás pensaría que era una crueldad y no la necesidad de alimentarse.

Hoy, sentado en el portal, pienso que no podemos calificar a las personas cuando sacrifican a un animal para alimentarse. Las personas no son malas por eso. Las personas son malas cuando maltratan a un animal o a un semejante y transmiten odio y crueldad. Es una radiación distinta a las buenas personas. Cuando mi hija pasa la mano por mi cabeza siento que me baña con esas radiaciones de bondad y cariño que emiten las buenas personas. Sin embargo, hay otras que debemos apartarnos de ellas porque por sus ojos sale el odio y están dispuestos a darte una patada.

¡Es algo complicado eso de las otras vidas! Por eso ayer no maté al ratón porque pudiera ser Pepe o Mario. Me conformo con la ración de gato que me sirve mi hija.



Autor: Pedro Celestino Fernandez Arregui

viernes, 6 de mayo de 2016

Jacinto y Futuro




                                                    Jacinto y Futuro



Todas las noches iba a casa de Pacheco a jugar a la lotería. Se reunían tres o cuatro vecinos para entretenerse en aquellas noches sin luz eléctrica. Repartían tres cartones para cada uno y de una bolsa, alguien comenzaba a leer el número estampado en la bolita. Jacinto no olvidará aquella noche. Había ganado veinticinco centavos pero su mayor satisfacción había sido la de escuchar los fantásticos cuentos de Pacheco sobre apariciones, fantasmas y espíritus. En aquel solitario paraje, en las noches sin luna, cualquier cosa podía parecer sobrenatural como, una “penca de guano” colgando de un árbol, una lechuza con su lúgubre canto, una vaca moviéndose entre los arbustos o simplemente el croar de una rana-toro. Pero aquella noche era mas oscura que ninguna. Él estaba acostumbrado a noches así y a veces con aguaceros torrenciales sin embargo presentía algo raro en la atmósfera y su instinto hizo que obligara a la bestia a trotar de prisa. De apronto, el caballo se detuvo. Un hombre y una mujer con un niño en brazos estaban en medio del camino.

— Buenas noches — saludó.

No contestaron. La mujer le extendió el niño, automáticamente lo tomó en sus brazos y se puso a contemplarlo. ¡Era un bebé hermoso! Alzó la vista para preguntarles a los padres sobre el niño, pero… ¡Habían desaparecido! Miró en todas las direcciones pero la visibilidad era escasa. El cielo se había cubierto de nubes negras y amenazadoras como preludio de una gran tormenta. Pensó que había sido un tonto. No tenía por qué haberlo cogido. ¿Qué hacía con él? En la casa tenía ocho pequeños que apenas podía alimentar.

Comenzaron a caer las primeras gotas de agua.  Se dirigió hacia un rancho abandonado en medio de una arboleda. No deseaba que el niño se mojara. Depositó al niño en una tabla apoyada en la pared y se puso, en la puerta del pequeño rancho, observando como corría el agua. Su mujer había muerto de tuberculosis y desde entonces había tenido que trabajar muy duro cortando cañas, en canteras de piedras, en fin, en cualquier cosa. Llegar a la casa arrastro sus pies con dolores en todos los huesos y preparar la comida para los mas pequeños, lavarle las ropas  y eso que los mayores ayudaban pero eran niños también.

— ¿Qué nombre le pondré?

— Me llamo Futuro — se volteó al escuchar aquella voz y se quedó paralizado.

Frente a él se encontraba un joven alto, fuerte de largo cabello. Sonrió y mostró unos colmillos espeluznantes y ante sus ojos, se fue transformado en un perro salvaje.

Cuando volvió en sí, el perro había desaparecido y corrió a contar lo sucedido. Nadie le creía, excepto Pacheco quien le dijo: “Ocurren sucesos en nuestras vidas que nos dicen, en un lenguaje místico e irreal, cual va ser nuestro futuro. No podemos descifrarlo porque estamos muy pegados a la realidad. Sucede que según van sucediendo nos sorprende o simplemente es como si supiéramos lo que iba a acontecer”

Los años pasaron velozmente por encima de Jacinto doblándole la espalda y surcando su piel con profundas arrugas. Cada semana un hijo se despedía de él y en pocos meses, todos se   marcharon. Quedó platicando con la soledad y jugando con los pensamientos. Nadie lo visitaba en su destartalado bohío. Pensaba en su lucha diaria para sobrevivir. Ahora, muy viejo, nadie se acordaba de él, ni siquiera sus hijos que no supo mas de ellos.

Un día, apoyado en un palo de guayabo, se acercó a la ventana y observó un hermoso perro. Salió, se le acercó y tomó en sus manos una chapa impresa colgando del collar del animal. Decía: Futuro. Lo invitó a pasar y le puso en el suelo trozos de malanga. El animal, moviendo su cola, no dejó nada en el suelo y se tumbó a los pies de Jacinto que se había sentado en un taburete a observar como Futuro comía.

Una noche se desató una fuerte tormenta. Gotas de agua gruesas caían y sonaban como los cascos de los caballos en el suelo y los rayos alumbraban aquella noche como si se tratara de una fiesta de fuegos artificiales.

Al día siguiente, encontraron los cadáveres calcinados de Jacinto y Futuro abrazados. Habían sido víctimas de un rayo. Dicen los vecinos, que esa noche, vieron bajo la lluvia, un hombre y una mujer con un niño en brazo.



       Autor: Pedro Celestino Fernández Arregui

miércoles, 4 de mayo de 2016

Lacasu




                                        Lacasu

 Ignacio llegó a Lacasu alrededor del mediodía. Todo era diferente. Las casas, el arroyo, la gente, el árbol de la salida del caserío, todo era distinto. Estaba contento. Se había prometido regresar a ese lugar donde se había llevado recuerdos tristes.

Se detuvo frente a una casona donde varios niños jugaban alrededor. Allí estuvo, durante varios días, la cocina de campaña en aquel año que sus paredes mostraban las huellas de disparos. Allí calentaban la ración del soldado y alguna que otra mandioca. Recuerda aquella niña blanca que resaltaba entre todos los nativos, pequeña y su cabello rubio desarreglado le cubría parte de su rostro sucio. Traía en sus manitos un saltamontes y lo tiró a las brasas del improvisado fogón. Luego, con una pequeña rama lo sacó, le desprendió la cabeza y se lo comió como si fuera dulce golosina. La llamó, abrió su mochila y extrajo un bote de carne. “¡Toma! Le dijo y puso el bote en su mano tiznada. La niña sonrió y se fue corriendo. ¡Cómo había hambre en aquellos años de guerra!

Se iba a montar en el todoterreno cuando alguien le tocó el hombro. Se viró y vio a una desconocida que le extendió la mano. Le entregó un bote de carne. Dio la vuelta y salió corriendo mientras, la siguió con la vista hasta que la cabellera rubia se perdió detrás de una casa. ¡Era la misma carne en conserva que le había entregado a la niña!

Inútilmente, preguntó a casi todos los vecinos por aquella mujer blanca. ¡Nadie la conocía! Como tampoco nadie conocía a aquella niña que comía saltamontes.



Pedro Celestino Fernández Arregui

martes, 3 de mayo de 2016

Añoranza de un Anciano


                                                            Añoranza de un anciano

 Mi vista se clava en la ladera de la montaña y salen, como lava ardiente, aquellos recuerdos que siguen incrustados en mi cerebro. La Sierra de las Casas, mi vieja montaña vestida de mármol, no es la que ven mis ojos, porque esa, está muy lejos tal vez llorando mi ausencia. Su cuerpo había sido perforado para extraerle la piedra preciosa y poseía cavernas naturales que albergaron hombres semidesnudos que disfrutaban del verdor de los pinos y el sabor de la tierra pero sentía orgullo de ser testigo de huracanes que arañaron su piel sin vencerla y de ver nacer una ciudad a sus pies. Esa ciudad, de historia corta pero de brazos largos, ha acogido y adoptados hijos de varios continentes. Esa ciudad, acariciada por el río y custodiada por dos montañas, es mi ciudad.

Cerca de la ciudad se erige un monumento a la tristeza, el sufrimiento y el odio. Un presidio que albergaba miles de almas sufriendo duras condenas quizás más que la de los cuerpos que habitaban y paradójicamente era la riqueza que alimentaba muchas bocas en la ciudad.

Sin camisa y con mis pantalones cortos me sentaba en un tronco de pino y me extasiaba viendo los papalotes hacer piruetas sobre el río o sobre viviendas, mientras pequeños cangrejos caminaban entre mis pies y se escondían en los diminutos agujeros en el piso arenoso. Me llamaba la atención los barcos llenos de langostas o pescados tripulados por hombres curtidos por el sol y el salitre, pero contentos por regresar a casa, nos saludaban con sus manos.

Inolvidables las noches domingueras en el parque central. Aquella orquesta interpretando danzones y contradanzas desde la glorieta y las jovencitas con sus mejores atuendos paseando alrededor de la glorieta observando a todos los que hacíamos el paseo en sentido contrario con hermosas sonrisas y perturbadoras miradas.

El verano llegaba con su ardiente sol invitándonos a aquella playa con sus arenas negras de mármol de ese color y adornada con cocoteros. Las estrellas y las conchas se ofrecían para que la regaláramos a la novia o para que los niños se entretuvieran.

No sé de esta montaña que estoy observando pero por momento se transforma en aquella que sigue esperando y en su cima salen espíritus con pinos como aquellos, playas de arenas negras, gente que sonríe, baila y la atmósfera se carga de viejas melodías.  Enciendo el viejo toca-disco para que haga brotar con su aguja un Suco Sucu de mi tierra.





Autor: Pedro Celestino Fernández Arregui