lunes, 2 de mayo de 2016

MAL TERRIBLE




                                                       Mal Terrible



                               Desear ser comprendido, querido… en vano.

Querer correr, saltar, bailar o aunque sea hablar

Para que nos escuchen, para escuchar

Y ser parte de todos como un humano.

Sentir la tristeza que acompaña el dolor

En todo el cuerpo y sobre ellos sonreír

Cuando en realidad deseas llorar.

Saber que aunque te alimentes de ilusión

Aunque te aferres a la voluntad, es igual.

No hay retorno en el mar de la vida

El viento siempre sopla por popa,

Te empuja para llevarte al final.

 El dolor en el alma que también duele

Quizás mucho más que el dolor físico.

Ese dolor causado por la incomprensión

Y a veces hasta la burla de tu situación.

Te apartas, te arrinconas, te alejas.

No hay más que hacer. Poco a poco

Te vas volviendo invisible hasta desaparecer.

¡Oremos por los enfermos de Parkinson!

Comprenderlos, ayudarlos, amarlos.

¡Es lo único que podemos hacer!



      Pedro Celestino Fernandez Arregui

domingo, 11 de enero de 2015

El Escritor pobre

                                                   




                                                  El Escritor Pobre

 Los pobres tienen ilusiones insignificante para los demás. ¿Será que un trozo de pan pasa desapercibido en un banquete? o ¿Una moneda en una caja de caudal, sea un poco más que una piedrecilla? Puede ser, pero pocos saben lo grande que puede ser ese pan o esa moneda.
Conocí un escritor que toda su vida deseaba plasmar en letras lo que su conciencia y su alma mandaban. Quería gritarles a todos sus sentimientos como los pájaros que cantan para darle colorido al bosque donde viven. Escribía a la luz de una lámpara improvisada. El papel, a veces, mostraba pequeñas manchas rojas, huellas de mosquitos aplastados por sus manos. Escribía poemas de amor, cuentos fantásticos y novelas. Los guardaba en una carpeta y una vez por semana recorría las editoriales entregando sus manuscritos y al final regresaba a la casa con las suelas de sus calzados más gastadas, la carpeta llena de negativas y rechazos.
Llegaba a su humilde hogar y volvía a escribir con la ilusión de que la semana entrante, alguien publicara algunos de sus escritos.
Cierto día llegó a su vivienda un señor “distinguido” acompañado por un funcionario y la policía. Fue desalojado por no pagar la renta y no le dejaron recoger lo que más amaba, aquello lleno de ilusiones, de esperanza y de amor: su carpeta.
El señor elegante y de buenos modales entró a la vivienda después del desalojo, observó la miseria reinante en el lugar y fijó su mirada en lo que había encima de la endeble mesa. Tomó en sus manos los papeles y comenzó a leer uno por uno hasta que la oscuridad no le permitió seguir. Se llevó aquel cartapacio para su lujosa mansión y esa noche no durmió. Los rayos del sol que entraron por la ventana lo sorprendieron leyendo. Se acercó a la ventana y dicen los vecinos que transitaban, a esa hora por la calle, que era el rostro de otro hombre.
Salió en busca del escritor, pero no lo encontró. Recorrió toda la ciudad, puso denuncia de su desaparición en la policía, publicó comunicados en los diarios y pasó notas a todas las emisoras de radio y televisión.
Poco después el caballero compró una editorial con el objetivo de ayudar a los escritores sin recursos y le puso por nombre “El Escritor Pobre”.
El infeliz no apareció, pero logró conmover un alma. Había conseguido una ilusión

viernes, 19 de diciembre de 2014

Héroes







                                 Héroe





 Logró introducir sus manos por la ventana del auto sin conductor que pasaba frente a él y aferrarse al volante. Había visto la fila de niños, con sus uniformes escolar, atravesando la calle con sus alegrías y la inocencia del peligro que les acechaba. Le dolían las manos pero tenía que lograr desviarlo. Apenas sentía dolor en su cuerpo ensangrentado. No pudo más. Las manos septuagenarias de Jacinto soltaron el volante en el preciso momento del impacto con el árbol.
Abrió sus ojos. Niños y padres frente a él, con hermosos ramos de flores, contemplaban su última sonrisa.

viernes, 5 de diciembre de 2014

Lo importante







                                                      Lo Importante





“¿Estás sordo? ¿No oyes el claxon?” No era la primera vez que escuchaba esas palabras gritadas con ira contenida. En otras ocasiones, malas palabras dirigidas a mi cojera. No importa. Tampoco importaba a los que sembraron las minas recibiendo órdenes.

 Aquel nefasto día pensaba en mis hijos. ¡Dos años sin verlos por culpa de la guerra! Sentí una explosión y  escuché sus voces gritando ¡Papá, papá! Otros diciendo: ¡Está vivo! No sentía ni veía nada. He aprendido a juzgar las cosas importantes. Los que me gritan en la calle, no son importante.

  La nieta, tomándome de la mano, me acompañó hasta la casa. Luego, suavemente, besó mi mejilla.  Me dijo al oído: “Abuelo, te quiero.” Eso es lo importante.

sábado, 11 de octubre de 2014

La Esperanza









                                                      La Esperanza


Cada gota de sangre era una gota de vida que se escurría de su ser. Recostado al tronco de un cerezo y apretándose el abdomen con sus dos manos, veía las hormigas llevando trocitos de hojas para su sociedad. Hubiera querido ser una hormiga o ¿Acaso no lo era? Se comportó toda su vida como esos insectos trabajando para los demás, recibiendo estímulos de toda índole, soñando en cada día ser mejor y ayudar a los demás. ¿Cuántos recordarán su muerte? ¡Que le importa ahora! Necesitaba llegar hasta la casa del vecino. Tenía que recorrer tres mil metros. ¿Le alcanzaría la sangre? Había que intentarlo. Sentía el bulto que llevaba en el bolsillo del pantalón. Era la salvación de los demás. Si ellos la cogían, sería el fin de la humanidad.


Cuando la iban a matar, la tomó y corrió todo lo que pudo. Sintió la mordida de una serpiente de acero, pero ella estaba intacta.


Trató de incorporarse pero no pudo. Entre las luces violetas, sombras dantescas y el griterío de los asesinos se aproximó una paloma, extrajo algo de su bolsillo y emprendió vuelo. Por última vez en su vida, sonrió. Ella está a salvo. La humanidad se ha salvado. ¡No pudieron matar  la esperanza!

Pedro Celestino Fernández Arregui

lunes, 24 de marzo de 2014

La Bicicleta








                                                      La Bicicleta

  Faltaban pocos días para mi cumpleaños y mi padre me había prometido un buen regalo por mis excelentes notas en los exámenes.  Sin dar detalles, me dijo que era una sorpresa.

 Vivía en el campo y no abundaban las diversiones y mucho menos los juguetes. Pensé que podía ser un par de revólveres de esos que usaban los cowboys norteamericanos y que tanto estaban de moda. A todos los niños les gustaba por el ruido que hacían y les daba un toque de realismo. Se les ponía un rollito como las serpentinas, con protuberancias conteniendo pólvora y que coincidían con la aguja del gatillo cada vez que disparaba. Y como los revólveres de los héroes del oeste, realizaban un montón de disparos.

 El día del cumpleaños veo a mi padre llegar montado en una bicicleta. Una Súper Red nueva. Las ruedas con bandas blancas, luces, timbre, en fin, una magnífica bicicleta. ¡Tremenda alegría! Era el único campesino, de todos los alrededores, con bicicleta.

 No sé cómo, ni cuando, ni donde había aprendido a pedalear.  Desde que tomé en mis manos el manillar, circulaba con perfecto equilibro, por aquellos trillos dejados por los cascos de los caballos y las pezuñas de los ovinos en los caminos y potreros. Me gustaba recorrer aquellos caminos a alta velocidad para sentir en el rostro aquel aire con olor a hierba y perfumes de flores silvestres.

 Un día mi padre salió con mi bicicleta. No sabía por qué. ¡Y es que no sabía o no comprendía tantas cosas!  No sabía que mi padre ayudaba a los rebeldes que luchaban contra la tiranía y había ido a llevar al pueblo, el dinero recogido para los guerrilleros. El transporte era muy precario por el hostigamiento de las fuerzas rebeldes que no cesaban de realizar sabotajes y destruir los pocos vehículos que circulaban. El ejército patrullaba las carreteras y vigilaba los accesos a los pueblos.

 Era tarde y mi padre no llegaba. Hasta nuestra casa llegaban ruido de explosiones. Mi madre y yo, muy nerviosos, esperábamos noticias no agradables. No sabíamos que los insurrectos habían detenido un autobús y luego de obligar a los pasajeros a descender, le prendieron fuego. De ahí provenían las explosiones que escuchábamos.

  Unas horas después, llegaba mi padre, sonriente, en mi flamante bicicleta. Mi madre se abrazó a él llorando y yo fui directamente a revisar mi bicicleta. Desapareció la incertidumbre nuestra. Mi madre por mi padre y yo por la bicicleta.

 

Pedro Celestino Fernández Arregui

 

 

miércoles, 19 de febrero de 2014

Decepción



                                                          Decepción


Había sido criado con los mejores principios del ser humano para con sus padres, su esposa e hijos y entendía la necesidad de luchar por un mundo mejor.
Así se lo hacía saber a sus alumnos cuando era profesor de química y por ello siempre tenía el cariño de aquellos estudiantes cubanos y extranjeros.
Además de profesor era explorador como reservista (de la misma unidad militar de la cual yo pertenecía) y un gran conocedor y aficionado del béisbol. Era un interlocutor perfecto. Sabía casi de todo por los conocimientos adquiridos a través de la lectura. Nunca lo vi enfadado o triste, aunque a veces se le reflejaba en el rostro cierta preocupación.
Lo conocí por mi hermano, también profesor, y siempre lo admiré por su análisis de las problemáticas mundial y nacional. Era muy crítico con todo lo que consideraba pudiera ser un daño para el proceso revolucionario del País y no le importaba que sus palabras pudieran herir a los llamados dirigentes del Partido o Gobierno.
Cierta noche, la Unidad Militar nos citó y nos llevaron al campamento. Nos explicaron que íbamos a cumplir una misión internacionalista. Aquello me pareció solamente parte de una maniobra que se iba a efectuar en saludo al tercer congreso del Partido. Mi amigo me decía: “Esto es en serio”
Estábamos en el mismo grupo de morteros. Él como explorador y yo como apuntador de mortero en una batería.
En el primer combate un proyectil nuestro, desviado, lo hirió en una mano y fue enviado a la retaguardia. Lo pusieron de sirviente en la casa donde radicaban los oficiales de alto rango y al otro día pidió lo enviaran al frente. No soportaba la exquisitez de aquellos jerarcas muy distintos a los sacrificios a que eran sometidos los soldados en las trincheras.
Después nos separamos. El participó en combates distintos a los míos y nos vimos otra vez en La Capital. Estaba contento por estar en casa y en su pecho colgaban las medallas. Pronto veríamos a nuestra familia.
A pesar de ser un héroe continuó con su vida sencilla pero su machete de crítica estaba más afilado. Era un verdadero revolucionario que luchaba por una vida mejor, llena de felicidad y no por una vida de sacrificios vanos, odios y violencia.
Un día se enfermó de una rodilla y necesitó dejar el trabajo. Poco a poco lo fueron olvidando. Los amigos de los juegos de dominó y los aficionados al béisbol, eran los únicos que hablaban con él. Cada día fumaba y bebía más. Renunció a su carnet del Partido y a la Asociación de Combatientes Internacionalista. Seguía siendo revolucionario pero estaba decepcionado del sistema que defendió. La cerveza y el ron eran constantes en su vida pero no dejaba de amar a su esposa e hijos.
Un día lo llevaron al médico. Estaba muy delgado. Lo llevaron y lo ingresaron en el mejor hospital de la capital. . No había cura. Tenía un cáncer muy avanzado. A los pocos días salió del centro hospitalario en silla de ruedas, más delgado aún.
A los quince días falleció. Yo estaba en otro País, pero ya que su muerte era cierta, me hubiera gustado que hubiera fallecido en África, a mi lado, para enterrarlo junto a un Baobab para que su alma viviera mientras durara el árbol, según cuenta la leyenda.