Un blog para que todos puedan leer mis cuentos, hagan sus críticas y comentarios.
viernes, 19 de diciembre de 2014
Héroes
Héroe
Logró introducir sus manos por la ventana del auto sin conductor que pasaba frente a él y aferrarse al volante. Había visto la fila de niños, con sus uniformes escolar, atravesando la calle con sus alegrías y la inocencia del peligro que les acechaba. Le dolían las manos pero tenía que lograr desviarlo. Apenas sentía dolor en su cuerpo ensangrentado. No pudo más. Las manos septuagenarias de Jacinto soltaron el volante en el preciso momento del impacto con el árbol.
Abrió sus ojos. Niños y padres frente a él, con hermosos ramos de flores, contemplaban su última sonrisa.
viernes, 5 de diciembre de 2014
Lo importante
Lo Importante
“¿Estás sordo? ¿No oyes
el claxon?” No era la primera vez que escuchaba esas palabras gritadas con ira
contenida. En otras ocasiones, malas palabras dirigidas a mi cojera. No
importa. Tampoco importaba a los que sembraron las minas recibiendo órdenes.
Aquel nefasto día pensaba en mis hijos. ¡Dos
años sin verlos por culpa de la guerra! Sentí una explosión y escuché sus voces
gritando ¡Papá, papá! Otros diciendo: ¡Está vivo! No sentía ni veía nada. He aprendido a juzgar las cosas importantes. Los que me gritan en la calle, no son importante.
La nieta, tomándome de la mano, me acompañó hasta la casa.
Luego, suavemente, besó mi mejilla. Me
dijo al oído: “Abuelo, te quiero.” Eso es lo importante.
sábado, 11 de octubre de 2014
La Esperanza
La Esperanza
Cada gota de sangre era
una gota de vida que se escurría de su ser. Recostado al tronco de un cerezo y
apretándose el abdomen con sus dos manos, veía las hormigas llevando trocitos
de hojas para su sociedad. Hubiera querido ser una hormiga o ¿Acaso no lo era?
Se comportó toda su vida como esos insectos trabajando para los demás,
recibiendo estímulos de toda índole, soñando en cada día ser mejor y ayudar a
los demás. ¿Cuántos recordarán su muerte? ¡Que le importa ahora! Necesitaba
llegar hasta la casa del vecino. Tenía que recorrer tres mil metros. ¿Le
alcanzaría la sangre? Había que intentarlo. Sentía el bulto que llevaba en el
bolsillo del pantalón. Era la salvación de los demás. Si ellos la cogían, sería
el fin de la humanidad.
Cuando la iban a matar,
la tomó y corrió todo lo que pudo. Sintió la mordida de una serpiente de acero,
pero ella estaba intacta.
Trató de incorporarse
pero no pudo. Entre las luces violetas, sombras dantescas y el griterío de los
asesinos se aproximó una paloma, extrajo algo de su bolsillo y emprendió vuelo.
Por última vez en su vida, sonrió. Ella está a salvo. La humanidad se ha
salvado. ¡No pudieron matar la
esperanza!
Pedro Celestino Fernández Arregui
lunes, 24 de marzo de 2014
La Bicicleta
La Bicicleta
Faltaban pocos días para mi cumpleaños y mi
padre me había prometido un buen regalo por mis excelentes notas en los
exámenes. Sin dar detalles, me dijo que
era una sorpresa.
Vivía en el campo y no abundaban las
diversiones y mucho menos los juguetes. Pensé que podía ser un par de
revólveres de esos que usaban los cowboys norteamericanos y que tanto estaban
de moda. A todos los niños les gustaba por el ruido que hacían y les daba un
toque de realismo. Se les ponía un rollito como las serpentinas, con
protuberancias conteniendo pólvora y que coincidían con la aguja del gatillo
cada vez que disparaba. Y como los revólveres de los héroes del oeste,
realizaban un montón de disparos.
El día del cumpleaños veo a mi padre llegar
montado en una bicicleta. Una Súper Red nueva. Las ruedas con bandas blancas,
luces, timbre, en fin, una magnífica bicicleta. ¡Tremenda alegría! Era el único
campesino, de todos los alrededores, con bicicleta.
No sé cómo, ni cuando, ni donde había
aprendido a pedalear. Desde que tomé en
mis manos el manillar, circulaba con perfecto equilibro, por aquellos trillos
dejados por los cascos de los caballos y las pezuñas de los ovinos en los
caminos y potreros. Me gustaba recorrer aquellos caminos a alta velocidad para
sentir en el rostro aquel aire con olor a hierba y perfumes de flores
silvestres.
Un día mi padre salió con mi bicicleta. No
sabía por qué. ¡Y es que no sabía o no comprendía tantas cosas! No sabía que mi padre ayudaba a los rebeldes
que luchaban contra la tiranía y había ido a llevar al pueblo, el dinero
recogido para los guerrilleros. El transporte era muy precario por el
hostigamiento de las fuerzas rebeldes que no cesaban de realizar sabotajes y destruir
los pocos vehículos que circulaban. El ejército patrullaba las carreteras y
vigilaba los accesos a los pueblos.
Era tarde y mi padre no llegaba. Hasta nuestra
casa llegaban ruido de explosiones. Mi madre y yo, muy nerviosos, esperábamos
noticias no agradables. No sabíamos que los insurrectos habían detenido un
autobús y luego de obligar a los pasajeros a descender, le prendieron fuego. De
ahí provenían las explosiones que escuchábamos.
Unas horas después, llegaba mi padre,
sonriente, en mi flamante bicicleta. Mi madre se abrazó a él llorando y yo fui
directamente a revisar mi bicicleta. Desapareció la incertidumbre nuestra. Mi
madre por mi padre y yo por la bicicleta.
Pedro
Celestino Fernández Arregui
miércoles, 19 de febrero de 2014
Decepción
Decepción
Había sido criado con los mejores principios del ser humano para con sus padres, su esposa e hijos y entendía la necesidad de luchar por un mundo mejor.
Así se lo hacía saber a sus alumnos cuando era profesor de química y por ello siempre tenía el cariño de aquellos estudiantes cubanos y extranjeros.
Además de profesor era explorador como reservista (de la misma unidad militar de la cual yo pertenecía) y un gran conocedor y aficionado del béisbol. Era un interlocutor perfecto. Sabía casi de todo por los conocimientos adquiridos a través de la lectura. Nunca lo vi enfadado o triste, aunque a veces se le reflejaba en el rostro cierta preocupación.
Lo conocí por mi hermano, también profesor, y siempre lo admiré por su análisis de las problemáticas mundial y nacional. Era muy crítico con todo lo que consideraba pudiera ser un daño para el proceso revolucionario del País y no le importaba que sus palabras pudieran herir a los llamados dirigentes del Partido o Gobierno.
Cierta noche, la Unidad Militar nos citó y nos llevaron al campamento. Nos explicaron que íbamos a cumplir una misión internacionalista. Aquello me pareció solamente parte de una maniobra que se iba a efectuar en saludo al tercer congreso del Partido. Mi amigo me decía: “Esto es en serio”
Estábamos en el mismo grupo de morteros. Él como explorador y yo como apuntador de mortero en una batería.
En el primer combate un proyectil nuestro, desviado, lo hirió en una mano y fue enviado a la retaguardia. Lo pusieron de sirviente en la casa donde radicaban los oficiales de alto rango y al otro día pidió lo enviaran al frente. No soportaba la exquisitez de aquellos jerarcas muy distintos a los sacrificios a que eran sometidos los soldados en las trincheras.
Después nos separamos. El participó en combates distintos a los míos y nos vimos otra vez en La Capital. Estaba contento por estar en casa y en su pecho colgaban las medallas. Pronto veríamos a nuestra familia.
A pesar de ser un héroe continuó con su vida sencilla pero su machete de crítica estaba más afilado. Era un verdadero revolucionario que luchaba por una vida mejor, llena de felicidad y no por una vida de sacrificios vanos, odios y violencia.
Un día se enfermó de una rodilla y necesitó dejar el trabajo. Poco a poco lo fueron olvidando. Los amigos de los juegos de dominó y los aficionados al béisbol, eran los únicos que hablaban con él. Cada día fumaba y bebía más. Renunció a su carnet del Partido y a la Asociación de Combatientes Internacionalista. Seguía siendo revolucionario pero estaba decepcionado del sistema que defendió. La cerveza y el ron eran constantes en su vida pero no dejaba de amar a su esposa e hijos.
Un día lo llevaron al médico. Estaba muy delgado. Lo llevaron y lo ingresaron en el mejor hospital de la capital. . No había cura. Tenía un cáncer muy avanzado. A los pocos días salió del centro hospitalario en silla de ruedas, más delgado aún.
A los quince días falleció. Yo estaba en otro País, pero ya que su muerte era cierta, me hubiera gustado que hubiera fallecido en África, a mi lado, para enterrarlo junto a un Baobab para que su alma viviera mientras durara el árbol, según cuenta la leyenda.
Así se lo hacía saber a sus alumnos cuando era profesor de química y por ello siempre tenía el cariño de aquellos estudiantes cubanos y extranjeros.
Además de profesor era explorador como reservista (de la misma unidad militar de la cual yo pertenecía) y un gran conocedor y aficionado del béisbol. Era un interlocutor perfecto. Sabía casi de todo por los conocimientos adquiridos a través de la lectura. Nunca lo vi enfadado o triste, aunque a veces se le reflejaba en el rostro cierta preocupación.
Lo conocí por mi hermano, también profesor, y siempre lo admiré por su análisis de las problemáticas mundial y nacional. Era muy crítico con todo lo que consideraba pudiera ser un daño para el proceso revolucionario del País y no le importaba que sus palabras pudieran herir a los llamados dirigentes del Partido o Gobierno.
Cierta noche, la Unidad Militar nos citó y nos llevaron al campamento. Nos explicaron que íbamos a cumplir una misión internacionalista. Aquello me pareció solamente parte de una maniobra que se iba a efectuar en saludo al tercer congreso del Partido. Mi amigo me decía: “Esto es en serio”
Estábamos en el mismo grupo de morteros. Él como explorador y yo como apuntador de mortero en una batería.
En el primer combate un proyectil nuestro, desviado, lo hirió en una mano y fue enviado a la retaguardia. Lo pusieron de sirviente en la casa donde radicaban los oficiales de alto rango y al otro día pidió lo enviaran al frente. No soportaba la exquisitez de aquellos jerarcas muy distintos a los sacrificios a que eran sometidos los soldados en las trincheras.
Después nos separamos. El participó en combates distintos a los míos y nos vimos otra vez en La Capital. Estaba contento por estar en casa y en su pecho colgaban las medallas. Pronto veríamos a nuestra familia.
A pesar de ser un héroe continuó con su vida sencilla pero su machete de crítica estaba más afilado. Era un verdadero revolucionario que luchaba por una vida mejor, llena de felicidad y no por una vida de sacrificios vanos, odios y violencia.
Un día se enfermó de una rodilla y necesitó dejar el trabajo. Poco a poco lo fueron olvidando. Los amigos de los juegos de dominó y los aficionados al béisbol, eran los únicos que hablaban con él. Cada día fumaba y bebía más. Renunció a su carnet del Partido y a la Asociación de Combatientes Internacionalista. Seguía siendo revolucionario pero estaba decepcionado del sistema que defendió. La cerveza y el ron eran constantes en su vida pero no dejaba de amar a su esposa e hijos.
Un día lo llevaron al médico. Estaba muy delgado. Lo llevaron y lo ingresaron en el mejor hospital de la capital. . No había cura. Tenía un cáncer muy avanzado. A los pocos días salió del centro hospitalario en silla de ruedas, más delgado aún.
A los quince días falleció. Yo estaba en otro País, pero ya que su muerte era cierta, me hubiera gustado que hubiera fallecido en África, a mi lado, para enterrarlo junto a un Baobab para que su alma viviera mientras durara el árbol, según cuenta la leyenda.
sábado, 1 de febrero de 2014
El León Rojo, Memorias de un Combatiente
El León Rojo, Memorias de un Combatiente
Pensaba que los combatientes internacionalistas tenían que ser como el Ché y nunca me imaginé que cumpliría una misión combativa en África.
El León Rojo, nombre que le daban los sudafricanos a los terribles lanzacohetes múltiples BM21, es el título del libro que escribí sobre mis memorias en esa contienda.
Esta es la Sinopsis:
Un joven mecánico de un taller de autobuses es citado por la Unidad Militar a la cual pertenece como reservista. Al principio todo parece ser una reunión para comprobar la disposición combativa. No se imagina que iba a formar parte de la operación militar más grande que haya emprendido jamás Cuba, en territorio extranjero, como parte de su política internacionalista.
EL León
Rojo nos muestra la participación de este joven, en esa contienda, desde que
salió de su hogar hasta el rencuentro con la familia. Un desgarrador relato de
alguien que vivió en carne propia una terrible batalla donde perdió a varios de
sus compañeros.
Además,
analiza las contradicciones internas de un País devastado por la guerra, las
ideologías imperantes en los grupos guerrilleros, la autoridad de las tropas
cubanas en Angola, los resultados nefastos de la política homofóbica imperante
en la isla caribeña, la prepotencia de algunos oficiales y otros aspectos que
le brindará un conjunto de información al lector sobre esa gesta heroica.
El libro está a la venta en las librerías española y también puede solicitarlo en la Editorial United PC.
miércoles, 18 de diciembre de 2013
La Predicción Maldita
LA PREDICCION MALDITA
Había llegado de Delfos muy compungido y Yocasta, su esposa, se preocupó por el rostro compungido de su esposo preguntándole la razón por la cual denotaba preocupación.. El dio por excusas los problemas que tenía con aquellos que idolatraban al antiguo Rey Erecteo. En realidad, Layo no podía apartar de su mente lo que el Oráculo le había dicho: su hijo lo mataría y se casaría con su esposa. Llegó a la firme idea de no tener hijos como la única forma de evitar esa desgracia. El tiempo pasó y el Rey había olvidado aquella predicción cuando decidió hacer una fiesta por el cumpleaños de su joven esposa. Invitó a todas las personalidades de la época. Todos llegaban con sus mejores vestimentas, adornos, joyas y majestuosos regalos para la Reina. Ella estaba muy feliz por tantas atenciones y sobre todo por la idea de su esposo de efectuar esa fiesta inolvidable. Los invitados estuvieron hasta tarde en la noche comiendo y bebiendo incluyendo a los Reyes. La noche se mostraba hermosa, adornada con una luna llena como corona y estrellas brillantes de distintos colores que parpadeaban formando un manto mágico que envolvía todo Tebas. La noche además, inspiraba el romanticismo entre los amantes y la pareja Real no estaba exentos de ello por lo que cuando los invitados se marcharon y casi sin poder mantenerse en pie, se fueron a la habitación. Esa noche vivieron la fantasía más grande de sus vidas, convirtiendo el aposento en un escenario, donde la lujuria no tenía fin, donde el sexo fue venerado y realizado con pasión, fervor y amor. A los pocos meses de aquella inolvidable fiesta, Yocasta le confesó a su marido que estaba embarazada. Layo se puso pálido al recordar las consecuencias que podía traerle el nacimiento de su hijo y en un primer momento le exigió a su esposa que abortara. Ella se negó rotundamente diciéndole que en su vientre guardaba la flor de la semilla de amor que él le implantara, germinada y a punto de ver la luz. Layo no pronunció palabras, se retiró de la habitación y fue a sentarse en el gran sillón de los Reyes. Amaba demasiado a su esposa para causarle daño pero ella desconocía los resultados oscuros que se avecinaban con la llegada del bebé. El niño nació fuerte y hermoso pero para Layo, su mujer había parido una víbora dispuesta a atacar y causar la muerte. Fue entonces que trazó un plan macabro para deshacerse de la criatura. Cierta tarde al llegar a casa le comentó a su mujer sobre la visita al oráculo de Delfos y le habían revelado que el niño estaba poseído de un demonio. Tenían que dejarlo tres días en el monte Citerón con el fin de purificar su cuerpo y alma salvando al pueblo de una catástrofe. Pasado ese tiempo podrían recoger al niño. Para no temer que el niño se perdiera, le clavaron una fístula en los pies y el mismo Rey lo llevó al lugar. Al poco tiempo del abandono del niño, un pastor que pasaba cerca sintió un llanto y observó a una pequeña criatura humana con los pies sangrantes, cubriéndose con un lindo manto y llorando. No tenía posibilidades de cuidar de él y lo llevó hasta el Rey Pólibo cuya esposa Mérope, Reina de Corinto, famosa en la comarca por su bondad y buen corazón. Se encargó de su cuidado y le puso por nombre Edipo. El niño llegó a la juventud sintiendo todo el amor de sus padres adoptivos y aprendiendo las artes de las armas. Edipo había oído hablar de los oráculos y estaba ansioso por saber que decían sobre él. Por tal motivo se dirigió al de Delfos y se quedó perplejo con la predicción: mataría a su padre y se casaría con su madre. Pensando que sus padres eran los Reyes de Corinto decidió abandonar su hogar y dirigirse a Tebas, la ciudad más grande de la región de Beocia. No tenía planes y solamente lo acompañaban los recuerdos de su placentera vida junto a sus padres. ¿Por qué tendría que matar a su padre? ¿Por qué se iba a casar con su madre cuando siempre la había visto con ojos de hijo? Estas preguntas se las repetía una y mil veces hasta atormentarlo. Cabalgaba por aquel camino polvoriento, cerca de Tebas, cuando decidió descansar un poco en una encrucijada. Bebe agua y le está dando de beber al caballo cuando se acercan dos jinetes. Uno de ellos con aspecto de persona importante. El otro, con espada, lanza y escudo, le gritó: “Oiga amigo, apartaos del camino”. Edipo le hizo ademán con la mano de esperar un momento. Quería que el caballo terminara de beber. El mismo hombre que había gritado antes, empuñando su lanza empujó al caballo, la bestia se asustó y encabritó con un relincho y cuando fue a volver a su posición normal, se clavó el arma entre las dos patas delanteras. Cayó herido de muerte. Cuando el joven vio su caballo moviendo las patas en el suelo y la sangre anegando el suelo seco y polvoriento montó en cólera y se abalanzó con su espada contra el hombre que trataba inútilmente de sacar la alabarda de la bestia, clavándosela en el abdomen. El señor distinguido fue a sacar su espada pero Edipo fue más veloz y lo mató de la misma forma. Observó los dos cadáveres y después a su caballo inmóvil. Sabía que no tenía nada que hacer allí y siguió su camino. Llegaba la noche y no quería entrar a la ciudad por lo que se dispuso a dormir en un lugar apartado del camino. Esa noche no tenía sueño. Su mente ahora vagaba del oráculo a los muertos de los dioses a los hombres de la realidad a la ficción. Sintió un ruido extraño, misterioso, aterrador y sin saber exactamente de dónde provenía, se puso en pie con la espada en la mano. En la oscuridad de la noche fue dibujándose una extraña silueta que exhalaba un olor raro y una niebla densa se apoderó del lugar. Aquella inmensa y extraña criatura, comenzó a decir con una voz ronca y tenebrosa: “Soy la Esfinge. Soy enviado de Hera y tenéis que adivinar mis acertijos de lo contrario, morirás” Aquella “cosa” alargaba las palabras como para que quedaran flotando por mucho tiempo. Edipo titubeó al principio pero después cruzando los brazos sobre el pecho, dijo: “No conozco el miedo, Adelante”. El enviado de la Diosa, le preguntó: ¿Qué ser vivo camina en cuatro patas por la mañana, en dos al mediodía y en tres por la noche? Edipo sonrió. El confiaba plenamente en la sabiduría que le habían transmitido, también los Dioses, en boca de sus supuestos padres. El hombre es el único ser vivo camina de esa forma por las distintas etapas de su vida. Esas etapas se traducen en la mañana o comienzo de la vida cuando gatea, en la tarde o adultez cuando camina con sus dos pies y la noche o final de la vida cuando camina apoyado en el bastón. Por primera vez le adivinaba un acertijo a la Esfinge y esto la incomodó al punto que por la boca escupía llamas y los ojos soltaban chispas al tiempo que daba paseítos de impaciencia y de rabia. Al fin se calmó un poco y dijo: “Son dos hermanas. Una nace de la otra y viceversa” Sin titubear y con voz firme, Edipo contestó: el día y la noche”. El monstruo salió corriendo y maldiciendo en medio de la oscuridad y de pronto se escuchó un grito que se perdía en el vacío. El joven se dio cuenta que, al parecer como castigo, la esposa de Zeus, por fallar ante un humano, lo dejó caer en un profundo precipicio y se destruyó. Lo que Edipo no sabía es que la Esfinge tenía aterrorizados a los habitantes de Tebas y muchos habían perecido en sus garras y engullidos como alimentos. Por ello, dos hombres que estaban cerca del lugar pudieron sentir y oír lo que aconteció y salieron muy veloces a contarle a la Reina. Tuvieron que esperar a que Yocasta saliera al jardín para que los guardianes los dejaran entrar a darles las nuevas a la Reina. Ella mandó a que buscaran al hombre que había exterminado a la Esfinge y que leyeran un bando sobre el acontecimiento. Edipo fue presentado a la Monarca que se quedó muy impresionada con el joven y algo le tocó las fibras de su corazón. Ella confundió sus sentimientos. El pueblo se reunió en la gran plaza y clamaba por el nombramiento como Rey del gran hombre que había terminado con la terrible pesadilla que había sufrido Tebas durante tanto tiempo. La Reina no dudó un instante en cumplir la voluntad del pueblo y le pidió a Edipo que se casara con ella para nombrarlo Rey. El joven, independientemente de la diferencia de edad se sentía atraído por ella y por el trono. La boda se celebró y las fiestas fueron las más grandes que recuerda Tebas. El amor entre la pareja fue intenso y concibieron cuatro hijos pero al investigar lo ocurrido a Layo descubre que éste era su padre y su actual mujer, la madre. Lleno de ira, de dolor y culpa se arroja por el mismo precipicio por donde cayó el monstruo de Hera. Nota: Versión libre Basada en la Leyenda Mitológica del Rey Edipo. |
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