martes, 3 de diciembre de 2013

OSCURIDAD SENIL


                           
 
                            Oscuridad senil

 

                                 Alma que no puede llegar a Aqueronte

                                 Porque desde que la luz se fue de tu corazón

                                Sigues por el Mundo solitaria y errante

                                 Hablando sandez y sin razón.

 

                                 Obscuridad llegada de la luz

                                 Que arde en el infierno de Dante.

                                 En eso te has convertido, tú

                                 En una Atenea demente.

 

                                  Triste muy triste es la demencia senil.

                                   Te odian, te maltratan, no te entienden

                                   Tú no sabes si vienes o te vas a ir

                                   No esperas nada, te hieren.

 

                                   Se ríen de ti, de tu equivocación

                                   De cosas que dices o haces

                                   Ellos te ven como diversión

                                   Tú solo ves disfraces.

 

                                   Tú que de todo te olvidabas

                                    Y Preguntabas ¿Quiénes son?

                                    Hoy se olvidan que amabas

                                    Y el lugar de tu panteón.

                            

 

              

 

                                

lunes, 16 de septiembre de 2013

El Niño y la Crisis de los Cohetes


              El Niño y la Crisis de los     Cohetes 
 
El niño jugaba alegremente con bueyes de maderas tirando de una  carreta, del mismo material, cargada de piedras que representaban sacos de aguacates, mangos y naranjas. En su imaginación, aquellas bestias tenían nombres: Azabache y Sabanero. Sus infantiles manos halaban los “bueyes” mientras sus rodillas se tornaban blanquecinas y se adornaba con rasguños producidos por las piedrecillas. Varias veces en el trayecto, detenía el juguete para bajar alguna “mercancía”. De vez en cuando volvía la cabeza hacia el camino cada vez que sentía el ruido de los camiones militares cargados de materiales diversos de construcción que pasaban veloces levantando densas nubes de polvo pintando los alrededores como si de nieve se tratara. Absorto en sus fantasías no escuchaba el llamado de su madre para que fuera a comer.

 Se levantó de pronto al ver un avión, tan grande como nunca lo había visto y con un ruido infernal como si mil toros resoplaran al mismo tiempo. Corrió para su casa, con el miedo en el cuerpo y sin importarle las espinas de las “dormideras”, llamando a su madre con desesperación.

 Cuando llegó, su madre le dijo que era un avión que había pasado muy bajo y no tenía que temer. Lo llevó al baño y le lavó las manos.  En ese momento llegó el padre, besó al niño y a la mujer. Mientras se aseaba para comer con su familia, le comentó a su esposa, la situación tensa que se estaba viviendo en el País. El radio lo decía, pero en realidad nadie sabía de qué se trataba. Aviones extranjeros cruzaban el espacio aéreo y otros extranjeros construían bases militares cerca de sus viviendas.

 Esa noche nadie durmió en la casa de los Garcés, ni en las Unidades Militares, ni en el Palacio de la Revolución, ni en el Kremlin, ni en la Casa Blanca, pero al otro día los aviones no pasaron, los extranjeros se fueron y el niño volvió a jugar con su carreta, Sabanero y Azabache.

martes, 3 de septiembre de 2013

Reflexiones Inconclusas (Humor)



     
                             Reflexiones Inconclusas

 Hoy es Domingo y voy andando hasta un lugar tranquilo  por lo que he decidido ir hasta el parque, disfrutar de la naturaleza, tomar aire puro, pero sobre todo, reflexionar sobre mi vida y todo lo que me rodea.

 Ah, Allí hay un banco vacío. Me siento. Una brisa fresca me acaricia el rostro mientras los cantos de las aves y el olor de las flores me relajan. Ahora puedo reflexionar, sí, hay que reflexionar para poder sacar conclusiones. Porque así podemos enmendar nuestros errores, tratar de ser mejor, de ayudar al prójimo, contemplar y cuidar los animalitos, o sea, ser mejor cada día. Esa señora que va ahí me ha dado los buenos días, le he respondido con mi mejor sonrisa. Saludaré al señor que viene acercándose. Tiene rostro de buena persona y una sonrisa en sus labios, y… ¿Pero, qué es esto? Maldita paloma me ha cagado en la cabeza.  El señor me saluda y lo mando al diablo. Se terminó la reflexión. Me voy muy enojado a la ducha no sin antes arrancar un montón de flores, del bello jardín del parque, para limpiarme la frente.

lunes, 26 de agosto de 2013

La Gritona de Seborucal





                                                    La Gritona del Seborucal


  Nunca había creído en fantasmas por ser ocurrencias anticientíficas o al menos descartado por la ciencia y además, porque  no creía sino en aquellas cosas que mis sentidos percibían. Años más tarde la ciencia me ha mostrado que hay cosas que nuestros sentidos no perciben y sin embargo existen, como decía Galileo Galilei, “E por si muove”, cuando  hubo de retractarse por sus afirmaciones sobre el movimiento de la Tierra.

 Nos habíamos trasladado a la Ciudad de San Juan de Los Remedios en la costa norte de la región central de Cuba. Mis padres habían alquilado una vivienda en la calle Goicuría, junto a una fábrica de elaboración de chorizos para conservas.  La casa poseía todas las condiciones para agradar a la vista y a la comodidad de sus moradores e incluso, el alquiler era muy barato, a tal punto que pensamos en un gran chollo. Lo único que nos estorbaban eran los cientos de mosquitos.

  La mudanza de nosotros comenzó con el inicio del curso escolar y a la siguiente semana comencé a asistir a clases en el Instituto. 

  No sé cómo, pero los estudiantes se enteraron de que venía de tierras lejanas, o sea, era un forastero en la ciudad y por curiosidad comenzaron las preguntas sobre mi procedencia, ocupación de mis padres, escuelas anteriores, enfermedades, preferencias, etc., etc.  El interrogatorio el primer día fue suficiente para que algunos se distanciaran de mí, pero lo que más me preocupaba era la cara que ponían cuando les daba la dirección de mi casa.

 El segundo día, los “torturadores” que quedaban, volvían a la carga y entonces invertí los papeles comencé también a preguntar sobre el Instituto, el pueblo, las fiestas  y principalmente sobre mi morada. La respuesta sobre esto último me dejó intrigado: mi casa estaba catalogada  de embrujada.

 A la hora de la cena, mi hermano menor y mis padres, sentados a la mesa, hice el comentario sobre la casa y todos se miraron entre sí y al mismo tiempo dijeron: “Lo sabíamos”. Efectivamente, mi padre le comentó a mi madre que en el trabajo le habían dicho que en nuestra vivienda ocurrían apariciones de fantasmas. Lo mismo le habían dicho a Lorenzo, mi hermano,  en el Cole.

 En realidad no habíamos notado nada anormal desde que vivíamos ahí y tampoco nos íbamos a preocuparnos por semejantes declaraciones porque en definitiva, ninguno de nosotros, incluyendo a mi hermano de 10 años creíamos en nada de eso.

 Acostumbrado a que en el pueblo nos conocieran por los “inquilinos de la casa embrujada” y que estábamos casi adaptados a un sistema social diferente al que conocíamos, el tiempo transcurría  con total normalidad y nuestra vida era similar a cualquier otro residente del pueblo.                                                               

 Pero las cosas comenzaron a cambiar al cuarto mes de llegar a Remedios cuando una madrugada alguien me levantó la mosquitera, la bajó y se marchó. No le di  importancia pues creía  había sido mi madre. A la mañana siguiente mi madre me dijo no haberse levantado en toda la noche. Pensé en una pesadilla extraña pues no recordaba haberle visto la cabeza a la mujer.

  Dos noches después, más o menos a la misma hora de mi pesadilla, mi hermano nos despertó a todos gritando. Corrimos hacia su dormitorio. Lloraba y temblaba como las hojas de un árbol por una fuerte brisa y me conmovió ya que Lorenzo no era llorón ni tampoco asustadizo. Mi padre le preguntó qué había corrido y llorisqueando le contestó que había visto a una mujer sin cabeza danzar alrededor de su cama. Claro, él tenía la costumbre de dormir con una pequeña lámpara en su mesita de noche y pudo ver perfectamente al “fantasma”.

 Este suceso me dejó intrigado porque no le había dicho a nadie que la mujer observada por mí, no tenía cabeza o al menos no se la había visto. Esa noche, para que mi hermano se calmara, mi madre durmió con él toda la noche.

 A la semana siguiente el fantasma visitó la habitación donde dormían mis padres. Mi madre comenzó a gritar, nos despertó a todos y cuando llegamos, mi hermano y yo, mi padre estaba mudo y blanco como la cera. Mi hermano rompió a llorar de nuevo y yo calmando a mi madre e incitando a mi padre para que saliera del estado de shock en que se encontraba. En lugar de embrujada, nuestra vivienda parecía, en esos momentos, una  casa de locos. Después de casi una hora de estar todos calmados y sentados en el salón, nos dijeron que una mujer con un vestido blanco tiraba de un lado para otro, como si fuera una pelota, su propia cabeza que estaba separada del resto del cuerpo.

 A partir de esa noche, sobraban las habitaciones, porque dormimos todos en la misma habitación con las luces encendidas.

 Todos estos sucesos nos estaban dañando la salud porque apenas dormíamos. Sentíamos que nos invadía la ansiedad, todo el día en tensión y hasta el apetito habíamos perdido. Tenía que ver urgentemente a algún experto sobre estos fenómenos y después de averiguar, nos recomendaron a un famoso parasicólogo de la capital de  provincia. Sin decirles nada a mis padres y faltando a las clases del Instituto, decidí visitar al especialista.

 El hombre, un poco canoso pero de mediana edad, era muy gentil y me atendió enseguida. Le conté el problema que confrontábamos con todo lujo de detalles y me preguntó dónde vivía. Cuando le dije el lugar, se sonrió, movió la cabeza y me dijo:

̶ En el siglo XVII y XVIII, San Juan de los Remedios sufría constantes ataques de los piratas por lo que sus pobladores constantemente se escondían o trataban de evadirlos, ya sea, fundando otros pueblos más lejos de las costas, ocultando el dinero y los objetos de valor, ocultando a las mujeres jóvenes, construyendo laberintos debajo de la ciudad para esconder lo anteriormente dicho, en fin, realizaban cualquier acción por tal de minimizar esa plaga. Uno de esos ataques piratas fue muy sorpresivo y lograron apoderarse de muchas cosas de valor y casi capturar a una hermosa joven. Esta chica, sabiendo que su destino era servir de esclava sexual en la Isla de las Tortugas, espada en mano se defendió heroicamente hasta que unos de sus atacantes,  la decapitó. Su cuerpo tuvo fuerza suficiente para situarse la cabeza encima y salir corriendo para ocultarse en los túneles subterráneos de la ciudad. En principio solía recorrer las calles, con la cabeza en la mano, en Navidad o Año Nuevo pero más tarde  “La Gritona del Seborucal”,  nombre impuesto por los Remedianos, aparecía en cualquier fecha del año. Lo más probable sea que tu casa esté en una de las entradas a los túneles subterráneos de Remedios.

̶ ¿Cómo puedo evitar las molestias que causa a mi familia?

̶ Busca una “medio-unidad”. Me han dicho que en tu pueblo vive una mujer muy buena en ese tema, llamada Eslinda.

 Ante mi cara de desconcierto, prosiguió: “medio-unidad son aquellas personas que tienen capacidad para hablar con los muertos”.

 Me resistía a creer en todo esto que me había relatado el “experto” pero debía probar todas las posibles soluciones por muy descabelladas que fueran con tan de devolver la tranquilidad en nuestro hogar.

Eslinda era muy conocida en el pueblo y vivía apenas unos cuatrocientos metros de mi casa.

  Llegué a una vivienda construida hacía más de tres siglos con barro y madera, al estilo de muchas de las viviendas construidas por los aldeanos de muchas tribus africanas y de otros continentes. Por puertas y ventanas tenía cortinas fabricadas con sacos usados de  azúcar morena. A mis voces apareció en la puerta, apartando la tela, una anciana de piel negra, unos cincuenta kilos de peso y vestida de blanco con un pañuelo, del mismo color, enrollado en su cabeza. Le dije que venía a consultar con ella una situación que afectaba nuestra familia. Me dijo que entrara y me señaló una vieja silla de madera situada frente a una mesa redonda, del mismo material, para que me sentara mientras ella arrastraba otra silla y se sentaba enfrente.  Apoyada con los codos en la mesa y el mentón sobre sus manos entrelazadas, me observó unos segundos y después clavó su mirada en un triángulo trazado con líneas negras que presentaba en el centro una estrella pintada de amarillo. No indagó sobre los detalles de mi problema. Es como si lo conociera. Preguntó, sin apartar la vista del dibujo, “¿Por qué tú  a moletá gente? Gente é buena no hace daño.” Después de unos segundos, me miró y  dijo: “La niña Mercé decí  que  mama y papa ser rama de hombre malo que cortá cabeza. Pírito de criminá etá con tó familia”

   Después de hacerles unas cuantas preguntas para saber de qué se trataba pude comprender que se refería que entre los antepasados remotos de mi familia estaba su verdugo y su espíritu maligno estaba con nosotros. Le dije a Eslinda no entender mi culpa de algo que sucedió hacía más de trescientos años y se limitó a contestarme que los espíritus no piensan igual que los vivos. No podía razonar con ella esos argumentos y me limité a preguntarle por la posible solución.

̶ Tú punta. Traé a mí do pollo  do semana, ron caña y gran tabaco. Ven  aquí  con toíta familia y yo sacá pírito malo.

 La situación era complicada. Salí del hogar de la Médium como quien tiene por delante una Misión Imposible.

    Primero debía convencer a mis padres y para ello necesitaba todo mi arsenal psicológico y persuasivo. Sabía de antemano no iban a entender, como no  entendía yo, la relación de nosotros con los tatarabuelos de los tatarabuelos de mis tatarabuelos, con su muerte. Era como el odio que pudieran sentir los americanos hacia los españoles y portugueses por las masacres y asesinatos cometidos contra sus aborígenes. Pero si nuestro fantasma desapareciera por los “trabajos” de Eslinda, merecía la pena.

 Al final los convencí pronto hasta cierto punto. No estaban de acuerdo con la asistencia de mi hermanito. Pero logré su inclusión, aunque fuera a regañadientes por parte de mi padre.

  Aquel domingo, vestidos con las ropas que usamos para asistir al cine o a un cumpleaños, salimos con los materiales bien guardados en un bolso, rumbo a nuestra posible liberación. Ella nos esperaba y apenas llegamos nos condujo a una pequeña choza enclavada en el patio. Estaba construida de madera y forrada con hojas de palmas las paredes y el techo. El piso era de tierra y en un rincón se encontraba un altar con diversos objetos: caracolas, tabacos apagados, semillas de colores, figuras de madera, cocos secos, cabellos, patas de gallinas y mil cosas más. Le entregamos los materiales y casi inmediatamente tomó la botella de aguardiente, derramó un poco en el piso y evocó a  “Elegguá”. Cogió el tabaco, lo encendió y el olor insoportable, potenciado por el calor que reinaba en el recinto, hacía que el ambiente estuviera enrarecido y el aspecto del lugar, tenebroso. Cogió los dos pollitos por sus patas y con un largo machete les cortó el cuello de un tajo y la sangre la vertió a los pies de un gran ídolo de madera, junto al altar y que ella nombró como “Anansi”. Luego de tirar las aves decapitadas en una bolsa, derramó el alcohol formando un círculo como de tres metros de diámetro, alrededor de nosotros y le prendió fuego. Se puso de espaldas a mi padre y entrelazando sus brazos con él, se encorvó hacia delante, sosteniendo en sus espaldas todo el peso de mi progenitor mientras danzaba una melodía de sus antepasados, escuchada solamente por ella. Ese ritual lo repitió con todos nosotros y además del asombro natural, nos preguntábamos de donde sacaba esa fortaleza aquella endeble anciana. Cuando pensábamos que habían terminados los rituales, nos dijo que descubriéramos el torso hasta la cintura, se dirigió a una caja de madera y extrajo una gran serpiente, llamada en Cuba, Majá de Santamaría. La pasó rozando la piel de nuestro cuerpo y mi madre y su hijo pequeño temblaban de miedo (en realidad nunca habían dejado de tenerlo desde que entraron en la cabaña). Devolvió la serpiente al mismo lugar de donde la extrajo. Bebió de una botella llena de un líquido verde y según bebía nos la iba escupiendo por todo el cuerpo, incluyendo el rostro. Terminada esta operación nos alcanzó una tela que en un tiempo fue blanca para que nos secáramos. Había terminado la “ceremonia”. Le dimos algo de dinero, voluntariamente, y nos dirigimos a nuestra casa, cansados y en silencio.

  Pasaron semanas y meses sin tener la presencia del molesto fantasma. Comenzamos a sentirnos nosotros mismos y hasta nuestras vidas mejoraron. A mi padre lo ascendieron de puesto en el trabajo, los estudiantes obtuvimos magníficas evaluaciones en los exámenes y mi madre haciendo maravillas con los postres.

 Llegó el mes de Diciembre y el recuerdo de los primeros días amargos en la ciudad se había convertido  para nosotros, en un remoto episodio de pesadillas y miedo.

 Llegó el día tan esperado por los pobladores del lugar, la Noche Buena, el día de las Parrandas de Remedios como se conocen desde las primeras décadas del  Siglo XIX cuando intervenían en las Fiestas, nueve barrios. Alrededor de 1850, los festejos se convirtieron en una emulación entre dos barrios rivales: El Carmen y San Salvador. Cada barrio competía con el otro en Trabajos de Plaza (una variante de las Fallas de Valencia), carrozas y fuegos artificiales. Casi todo el año, en silencio y en “secreto” se confeccionaban las piezas que formaban parte de esos festejos, se recogía dinero, aportes materiales y grupos de gentes con tambores y trompetas patrullaban las calles del pueblo bailando alegremente. Los elementos para la construcción de las carrozas y los Trabajos de Plaza, donados por los habitantes del pueblo, se trasladaban y se armaban, como un puzle, a ambos lados de la Plaza principal y junto al límite del “dominio” de cada barrio.

 Desde horas tempranas el parque y sus alrededores era un hormiguero de personas de todas las edades esperando ver la sorpresa que este año les trae el Gallo o el Gavilán, símbolos de San Salvador o Carmen, respectivamente. Nosotros nos situamos al lado del Trabajo de Plaza del Carmen, nuestro barrio, con el distintivo en las manos: banderitas con la figura del ave rapaz.

 A las nueve de la noche, retiraron todo lo que ocultaba al monumento de yeso, madera y cartón, al tiempo que cientos de luces multicolores comenzaron a encenderse y apagarse por el método del gran tambor con láminas de cobres como contacto  que servían de interruptores, algo parecido a las cajas de música.                                                    

  El Trabajo de Plaza medía alrededor de diez metros de alto y el conjunto de colores con la combinación de luces nos hizo a todos brotar una unísona exclamación de satisfacción pero pronto me percaté que aquella magnífica obra representaba a la Gritona del Seburocal, con la cabeza sostenida, entre sus dos manos, a la altura del abdomen. Un escalofrío recorrió mi cuerpo al tiempo que nos miramos, mi familia y yo. Me quedé estático, mirando fijo al rostro de nuestro pasado martirio hasta que percibí un ligero guiño de ojo como muestra de complicidad. Sonreí y le dije a mis padres de ir a contemplar los fuegos artificiales y las carrozas, con la satisfacción y la felicidad reflejadas en el rostro de todos nosotros.

viernes, 23 de agosto de 2013

"Memorias de un Difunto"


                                                                          

                  Memorias de un Difunto



  Aquel señor era la verdadera imagen de la bondad, amabilidad, cortesía y en fin, una persona que “cae bien”.  Muchas veces coincidimos en el Bar El Ratón y comentábamos sobre el  deporte nacional, la situación política en el País y las noticias más relevantes  llegadas del extranjero.  Pero uno de los temas obligados en nuestras conversaciones  era las colecciones de pieles. Digo tema obligado,  porque siempre me llevaba  la conversación a ese tema y yo prácticamente  escuchaba pensando en los pobres animalitos que sufrían el acoso de cazadores sin escrúpulos.

 Cierto día me dijo que ahora se iba a dedicar a coleccionar otras cosas porque las pieles eran una vergüenza. Aquellas palabras me llenaron de satisfacción y hasta le mostré mi alegría por tal decisión.

 Después de varios meses sin ir por el Ratón, llegó Arturo (así se llamaba el señor)  y se sentó en mi mesa. Se veía alegre. Después de los temas rutinarios me confesó que  una vez había coleccionado violines, otras veces tambores pero nunca había coleccionado órganos u organillos y me invitó a ver la incipiente colección.

  Esa noche no tenía ningún plan. Ni siquiera había deportes, así que fui a la dirección de mi amigo. Me impresionó su vivienda no por lo grande ni bonita, sino, por lo extraña. Las ventanas semejaban aspilleras de fortificaciones y la puerta principal ancha como para entrar un camión. Ni siquiera una pequeña lámpara en el jardín por lo que cualquiera la confundiría con un castillo abandonado  del siglo XIII.

 Me abrió la puerta con una agradable sonrisa y me invitó a pasar al salón, tan normal como el de un apartamento cualquiera. Me sirvió una copa de vino y  no sé cómo pero comenzamos  a hablar sobre África, sus costumbres, sus dialectos. Se veía que había estudiado mucho sobre ese continente o quizás lo había recorrido.

 Me sentí un poco mareado después de la tercera copa y así se lo manifesté. Me dijo que no me preocupara pues no me brindaría más vino y me invitó a seguirlo para que viera su nueva colección.

 Me extrañó que  esa recopilación de instrumentos musicales estuviera en el sótano pero todo en esa casa era raro.  Empezó por enseñarme unos frascos pequeños, como los de pinturas de uñas, que contenía algo difícil de identificar.  Según me iba mostrando los frascos, me decía: riñón de rana, pulmón de tortuga, etc. Después me fue mostrando otros  envases de cristal de tamaño mediano. Esto es el corazón de un perro,  este los testículos de un conejo y así llegamos a  dónde se encontraban, alineados en un estanque, unas garrafas que también me fue describiendo. Esta es la colección más importante: los órganos humanos. El mareo y los deseos de vomitar, el impacto de lo que estaban viendo mis ojos, me sentían desfallecer, mientras el hombre seguía con sus muestras. Este es un pene humano con sus testículos, un corazón, pulmones, hígado…Lo comprendí todo.

 Según me iba del mundo, oía cada vez más lejos, hasta apagarse por completo, las macabras carcajadas de mi diabólico amigo.














ASÍ FUE LA EMBOSCADA


           
                                                Así fue la Emboscada

Varios hombres se desplazan  por la jungla a cumplir una misión bélica. Llegan al borde de la carretera y deciden sentarse unos, acostarse otros y el que lleva el lanza-cohetes clava en el suelo una horqueta preparada de antemano. Después se tumba de espalda en la tierra fría, siente en su cuerpo la acaricia de las hierbas húmedas, y se dedica a contemplar las estrellas. Enciende un cigarro y aunque apenas distingue el humo que expulsa de sus pulmones logra observar que está amaneciendo y las estrellas se van desvaneciendo como anticipo a la llegada de un nuevo día. Por su mente comienzan a pasar pasajes de su pobre vida en una aldea perdida en la selva.  Desde pequeño sabía el arte de cazar antílopes, gallinas, palomas y defenderse de los animales peligrosos como los leones, las onzas, los cocodrilos y otros.  Su vida fue transcurriendo pacíficamente hasta que un día llegaron unos hombres con uniforme y le propusieron que se fuera con ellos. Tendría alimentos y mucho dinero para comprarles cosas a sus hijos. No lo dudó y de pronto estaba atrapado en una guerra de la cual desconocía, todo. Solamente tenía que obedecer órdenes.

 Un vehículo blindando transitaba por la carretera escoltando un camión cargados de alimentos. En su interior cuatros militares conversaban alegremente sobre pasajes de sus respectivas vidas en la vida civil. El de mayor edad, alrededor de los 35 años, comentaba sobre las travesuras de sus hijos de 4 y 6 años, sin apartar un segundo la vista de la vía.

 En la cabina del camión que los seguía, tres hombres uniformados conversaban, sobre los últimos combates ocurridos en el frente mientras en la parte posterior, encima de la carga otros cuatro hombres armados escudriñaban la carretera y la maleza colindante.

 El hombre revisó nuevamente el arma y el cohete mortal. La caja de cigarros estaba casi vacía. Echó un vistazo a la carretera en ambas direcciones.  Sus amigos de contienda se reían de los chistes de un hombre pequeño de estatura e intranquilo. Encendió otro cigarro y recordaba cuando su padre, al cruzar el río, fue alcanzado por un cocodrilo que luego de clavarles los dientes lo arrastró y sumergió su cuerpo en las oscuras aguas.

    Uno de los jóvenes que viajaba en el blindado detallaba la belleza de una joven que había conocido en el pueblo cercano a la Unidad Militar. En los ojos se le reflejaban los rayos de luces que solamente ven los enamorados. Pediría permiso a sus superiores para formalizar unas firmes relaciones con ella y lo más probable es que hubiera boda cuando terminara la guerra.

 Los guerreros de la selva se levantaron rápidamente al escuchar ruidos de motores. A lo lejos se acercaba un vehículo militar blindado y detrás un camión. El jefe ordenó la posición de combate y el encargado del lanzacohetes le introdujo el proyectil y lo apoyó en la horqueta. Los otros se tiraron al suelo y quitaron el seguro a sus armas.

  Estaban en el kilómetro doscientos cuatro, la zona más peligrosa de la carretera. Todos conocían las emboscadas realizadas en ese lugar, por el enemigo, y la cantidad de  bajas producidas a causa de las minas y  los disparos del enemigo. Nadie hablaba, los vehículos aumentaban la velocidad al máximo, los fusiles apuntaban hacia los bordes de la carretera listos para abrir fuego. De pronto un cohete de un RPG7 impacta en el blindado y andanadas de proyectiles surcan el espacio con sus silbidos de muerte. La tanqueta blindada ha quedado inmóvil. Por la escotilla sale humo negro. El camión después de un largo frenazo ha detenido su marcha.

El jefe de los atacantes va a dar la orden de desvalijar el camión y rematar a los heridos cuando, ve a lo lejos, un vehículo que se acerca, piensa:. “Seguramente estos forman parte de una caravana”, y ordena la retirada. En el campo quedan dos cadáveres mientras el operador del  lanzacohetes ha recibido un disparo  que le ha ocasionado una herida grave en el vientre. Se arrastra con dificultad dejando las hierbas aplastadas y pintadas de sangre. Está confundido, ve borroso las raíces y troncos de los árboles. Le falta el aire, en su mente va desfilando su aldea y sobre todo su familia al tiempo que todo se pone negro. Su corazón ha dejado de palpitar.

 La ambulancia llega al lugar. Los sanitarios pisan el suelo asfaltado y caminan hacia los heridos lentamente por precaución. La escena que ven ante sus ojos es aterradora. El camión está lleno de orificios de balas y la mercancía que transportaba, bañada en sangre. Cinco cuerpos inertes desperdigados por la calzada. En la cabina hay dos cuerpos, uno con la cabeza  inclinada hacia afuera, sin vida y otro quejándose de dolores fuertes en el tórax. Caminaron hasta el blindado. Un pequeño agujero de menos de diez centímetros en la parte lateral derecha parecía más una perforación con un soplete de oxicorte que el impacto de un cohete. En su interior, solo humo, cenizas, hollín y cuatro montículos de carbón.



A

jueves, 22 de agosto de 2013

Un anfiteatro Flavio y Yo


       
                                                  Un Anfiteatro Flavio y Yo
Aquel desconocido me había susurrado al oído la existencia de un zoológico clandestino con fines comerciales. Estaba dispuesto, por unas pocas monedas, a revelarme el lugar. Al principio no  di crédito a sus palabras pero había tocado mi carácter aventurero y la vena profesional. Había algo de misterio en este asunto y pudiera ser hasta peligroso pero acepté, porque al fin y al cabo, había estado realizando reportajes en varios escenarios de guerras para mi periódico y estaba acostumbrado al peligro, si es que uno llega a acostumbrarse. Con mi cámara fotográfica me dirigí al lugar indicado sin saber la gran sorpresa que me deparaba el destino.
 Después de abandonar la carretera, tomé un camino que demostraba la ausencia de tránsito desde hacía mucho tiempo. A ambos lado del camino existían arbustos y algunos árboles dispersos. Después de media hora, llegué al final de la senda. De acuerdo con  la información, debía seguir andando en dirección Este.  Comencé a sentir malos olores, ruidos apagados de animales y cuando menos lo esperaba apareció ante mí unas instalaciones dignas de una película de misterio. A la entrada del recinto, un pequeño cartel ilegible donde se podía adivinar que decía, “CRIADERO DE AVESTRUZ”. Entré despacio, pensando en una trampa, una emboscada o cualquier otra cosa. Dije un “HOLA” en voz alta. Solamente tuve por respuesta, los sonidos un poco más fuertes, de los animales enjaulados. Repetí varias  veces la acción y siempre obtenía la misma respuesta. Me dispuse a observa el lugar con más detenimiento. Estaba compuesto por varias jaulas en estado deplorable, dispersas por un área relativamente pequeña, sin orden aparente. Los techos estaban cubiertos por una enredadera parecida a la Dipladenia Splendes  o jazmín chileno, seguramente con el objetivo de camuflar las celdas. Aquellos animales estaban abandonados. Se podía apreciar que no ingerían alimentos en varios días. Algunos apenas podían levantar la cabeza y otros estaban muertos. Tenía ante mí otra escena de la crueldad humana tantas veces vista en los conflictos armados en distintos países donde igual que estos animales, perecen seres humanos. Los autores de este hecho horrible no tienen nada que envidiar de aquellos que asesinan inocentes por el motivo que sea. Un doble crimen: privarlos de su libertad y dejarlos morir de hambre. Aunque el mal olor casi me mareaba, comencé a tomar fotos de todas las instalaciones. Quería reflejar muy bien el estado depauperado de felinos,  cebras, monos y avestruz; las condiciones higiénicas de las jaulas en las que habían sufrido las inclemencias del tiempo las cuales se encontraban en unas pésimas condiciones. Subí al techo de una de las instalaciones y comencé a caminar  para tomar varias instantáneas desde arriba y desde  diferentes ángulos. De pronto, el techo de la jaula donde estaba, cedió y caí dentro. Un débil rugido me hizo incorporarme de un salto. Ante mí, un delgado y debilucho león, pero muy hambriento, se me acercaba lentamente, mostrándome sus afilados colmillos. No me había percatado de las heridas sufridas por los filos de las finas planchas y ni siquiera del piso lleno de excrementos y orine. Mi atención estaba  concentrada en el animal y cómo diablos lo podía neutralizar para evitar su ataque. Cuando se me acercó un poco más,  el instinto me llevó a oprimir el obturador de la cámara y el impacto de la luz del flash hizo retroceder al felino. Me percaté que era muy tarde y la jaula, cubierta por la enredadera, estaba en penumbra. A partir de ese momento existía la incógnita de hasta cuando duraría la efectividad de mi “arma” pues podía agotarse la batería o el verdugo se acostumbraría a los destellos luminosos. Mi teléfono había quedado en la camioneta. No tenía forma de avisar. Sin darme cuenta, la noche se me venía encima, añadiendo un  problema más: la oscuridad.
   Desearía de todo corazón que la luna observara mi situación, pero no una luna cualquiera, sino, una luna llena grande y brillante como nunca ha existido. Desgraciadamente, la brisa suave acariciaba mi rostro, pronosticando una noche lluviosa. No llovió pero tampoco las nubes se retiraron y el flash estuvo trabajando hasta agotar la batería.
 Al amanecer, la bestia se encontraba echada junto a las rejas laterales de una parte y yo sentado junto a las rejas del lado contrario. Ninguno de los dos apartábamos la vista. Me sentía muy débil debido a la pérdida de sangre, la tensión permanente sin dormir y la falta de  alimentos. Los párpados caían como pesadas cortinas de hierro. Hacía lo imposible para mantenerme con los ojos bien abiertos. La fiera yacía tendida pero de vez en cuando levantaba la cabeza para cerciorarse que su presa estaba disponible.
 Los minutos pasaban. Mantenía la esperanza  de que no tardaran en rescatarme. Mi esposa seguramente denunció mi desaparición, localizarían mi auto y luego “peinarían” la zona hasta encontrarme, pero ¿Cuándo? No podía más. Todo se mostraba confuso, borroso, como si una densa niebla invadiera el lugar. Los párpados lentamente se volvían a cerrar y esta vez, por mucho tiempo.                      
  Dicen que cuando me encontraron, los colmillos afilados del terrible león, estaban a escasos centímetros de mi pierna, pero su corazón no latía. También había sufrido mucho esa noche pues había realizado un esfuerzo tremendo para poder sobrevivir pero su corazón estaba muy débil. Se había comportado como el verdadero Rey de la Selva.
 Fueron pocos los animales que se pudieron salvar  pero valió la pena haber pasado esos minutos de peligro en un duelo por la supervivencia.