lunes, 26 de agosto de 2013

La Gritona de Seborucal





                                                    La Gritona del Seborucal


  Nunca había creído en fantasmas por ser ocurrencias anticientíficas o al menos descartado por la ciencia y además, porque  no creía sino en aquellas cosas que mis sentidos percibían. Años más tarde la ciencia me ha mostrado que hay cosas que nuestros sentidos no perciben y sin embargo existen, como decía Galileo Galilei, “E por si muove”, cuando  hubo de retractarse por sus afirmaciones sobre el movimiento de la Tierra.

 Nos habíamos trasladado a la Ciudad de San Juan de Los Remedios en la costa norte de la región central de Cuba. Mis padres habían alquilado una vivienda en la calle Goicuría, junto a una fábrica de elaboración de chorizos para conservas.  La casa poseía todas las condiciones para agradar a la vista y a la comodidad de sus moradores e incluso, el alquiler era muy barato, a tal punto que pensamos en un gran chollo. Lo único que nos estorbaban eran los cientos de mosquitos.

  La mudanza de nosotros comenzó con el inicio del curso escolar y a la siguiente semana comencé a asistir a clases en el Instituto. 

  No sé cómo, pero los estudiantes se enteraron de que venía de tierras lejanas, o sea, era un forastero en la ciudad y por curiosidad comenzaron las preguntas sobre mi procedencia, ocupación de mis padres, escuelas anteriores, enfermedades, preferencias, etc., etc.  El interrogatorio el primer día fue suficiente para que algunos se distanciaran de mí, pero lo que más me preocupaba era la cara que ponían cuando les daba la dirección de mi casa.

 El segundo día, los “torturadores” que quedaban, volvían a la carga y entonces invertí los papeles comencé también a preguntar sobre el Instituto, el pueblo, las fiestas  y principalmente sobre mi morada. La respuesta sobre esto último me dejó intrigado: mi casa estaba catalogada  de embrujada.

 A la hora de la cena, mi hermano menor y mis padres, sentados a la mesa, hice el comentario sobre la casa y todos se miraron entre sí y al mismo tiempo dijeron: “Lo sabíamos”. Efectivamente, mi padre le comentó a mi madre que en el trabajo le habían dicho que en nuestra vivienda ocurrían apariciones de fantasmas. Lo mismo le habían dicho a Lorenzo, mi hermano,  en el Cole.

 En realidad no habíamos notado nada anormal desde que vivíamos ahí y tampoco nos íbamos a preocuparnos por semejantes declaraciones porque en definitiva, ninguno de nosotros, incluyendo a mi hermano de 10 años creíamos en nada de eso.

 Acostumbrado a que en el pueblo nos conocieran por los “inquilinos de la casa embrujada” y que estábamos casi adaptados a un sistema social diferente al que conocíamos, el tiempo transcurría  con total normalidad y nuestra vida era similar a cualquier otro residente del pueblo.                                                               

 Pero las cosas comenzaron a cambiar al cuarto mes de llegar a Remedios cuando una madrugada alguien me levantó la mosquitera, la bajó y se marchó. No le di  importancia pues creía  había sido mi madre. A la mañana siguiente mi madre me dijo no haberse levantado en toda la noche. Pensé en una pesadilla extraña pues no recordaba haberle visto la cabeza a la mujer.

  Dos noches después, más o menos a la misma hora de mi pesadilla, mi hermano nos despertó a todos gritando. Corrimos hacia su dormitorio. Lloraba y temblaba como las hojas de un árbol por una fuerte brisa y me conmovió ya que Lorenzo no era llorón ni tampoco asustadizo. Mi padre le preguntó qué había corrido y llorisqueando le contestó que había visto a una mujer sin cabeza danzar alrededor de su cama. Claro, él tenía la costumbre de dormir con una pequeña lámpara en su mesita de noche y pudo ver perfectamente al “fantasma”.

 Este suceso me dejó intrigado porque no le había dicho a nadie que la mujer observada por mí, no tenía cabeza o al menos no se la había visto. Esa noche, para que mi hermano se calmara, mi madre durmió con él toda la noche.

 A la semana siguiente el fantasma visitó la habitación donde dormían mis padres. Mi madre comenzó a gritar, nos despertó a todos y cuando llegamos, mi hermano y yo, mi padre estaba mudo y blanco como la cera. Mi hermano rompió a llorar de nuevo y yo calmando a mi madre e incitando a mi padre para que saliera del estado de shock en que se encontraba. En lugar de embrujada, nuestra vivienda parecía, en esos momentos, una  casa de locos. Después de casi una hora de estar todos calmados y sentados en el salón, nos dijeron que una mujer con un vestido blanco tiraba de un lado para otro, como si fuera una pelota, su propia cabeza que estaba separada del resto del cuerpo.

 A partir de esa noche, sobraban las habitaciones, porque dormimos todos en la misma habitación con las luces encendidas.

 Todos estos sucesos nos estaban dañando la salud porque apenas dormíamos. Sentíamos que nos invadía la ansiedad, todo el día en tensión y hasta el apetito habíamos perdido. Tenía que ver urgentemente a algún experto sobre estos fenómenos y después de averiguar, nos recomendaron a un famoso parasicólogo de la capital de  provincia. Sin decirles nada a mis padres y faltando a las clases del Instituto, decidí visitar al especialista.

 El hombre, un poco canoso pero de mediana edad, era muy gentil y me atendió enseguida. Le conté el problema que confrontábamos con todo lujo de detalles y me preguntó dónde vivía. Cuando le dije el lugar, se sonrió, movió la cabeza y me dijo:

̶ En el siglo XVII y XVIII, San Juan de los Remedios sufría constantes ataques de los piratas por lo que sus pobladores constantemente se escondían o trataban de evadirlos, ya sea, fundando otros pueblos más lejos de las costas, ocultando el dinero y los objetos de valor, ocultando a las mujeres jóvenes, construyendo laberintos debajo de la ciudad para esconder lo anteriormente dicho, en fin, realizaban cualquier acción por tal de minimizar esa plaga. Uno de esos ataques piratas fue muy sorpresivo y lograron apoderarse de muchas cosas de valor y casi capturar a una hermosa joven. Esta chica, sabiendo que su destino era servir de esclava sexual en la Isla de las Tortugas, espada en mano se defendió heroicamente hasta que unos de sus atacantes,  la decapitó. Su cuerpo tuvo fuerza suficiente para situarse la cabeza encima y salir corriendo para ocultarse en los túneles subterráneos de la ciudad. En principio solía recorrer las calles, con la cabeza en la mano, en Navidad o Año Nuevo pero más tarde  “La Gritona del Seborucal”,  nombre impuesto por los Remedianos, aparecía en cualquier fecha del año. Lo más probable sea que tu casa esté en una de las entradas a los túneles subterráneos de Remedios.

̶ ¿Cómo puedo evitar las molestias que causa a mi familia?

̶ Busca una “medio-unidad”. Me han dicho que en tu pueblo vive una mujer muy buena en ese tema, llamada Eslinda.

 Ante mi cara de desconcierto, prosiguió: “medio-unidad son aquellas personas que tienen capacidad para hablar con los muertos”.

 Me resistía a creer en todo esto que me había relatado el “experto” pero debía probar todas las posibles soluciones por muy descabelladas que fueran con tan de devolver la tranquilidad en nuestro hogar.

Eslinda era muy conocida en el pueblo y vivía apenas unos cuatrocientos metros de mi casa.

  Llegué a una vivienda construida hacía más de tres siglos con barro y madera, al estilo de muchas de las viviendas construidas por los aldeanos de muchas tribus africanas y de otros continentes. Por puertas y ventanas tenía cortinas fabricadas con sacos usados de  azúcar morena. A mis voces apareció en la puerta, apartando la tela, una anciana de piel negra, unos cincuenta kilos de peso y vestida de blanco con un pañuelo, del mismo color, enrollado en su cabeza. Le dije que venía a consultar con ella una situación que afectaba nuestra familia. Me dijo que entrara y me señaló una vieja silla de madera situada frente a una mesa redonda, del mismo material, para que me sentara mientras ella arrastraba otra silla y se sentaba enfrente.  Apoyada con los codos en la mesa y el mentón sobre sus manos entrelazadas, me observó unos segundos y después clavó su mirada en un triángulo trazado con líneas negras que presentaba en el centro una estrella pintada de amarillo. No indagó sobre los detalles de mi problema. Es como si lo conociera. Preguntó, sin apartar la vista del dibujo, “¿Por qué tú  a moletá gente? Gente é buena no hace daño.” Después de unos segundos, me miró y  dijo: “La niña Mercé decí  que  mama y papa ser rama de hombre malo que cortá cabeza. Pírito de criminá etá con tó familia”

   Después de hacerles unas cuantas preguntas para saber de qué se trataba pude comprender que se refería que entre los antepasados remotos de mi familia estaba su verdugo y su espíritu maligno estaba con nosotros. Le dije a Eslinda no entender mi culpa de algo que sucedió hacía más de trescientos años y se limitó a contestarme que los espíritus no piensan igual que los vivos. No podía razonar con ella esos argumentos y me limité a preguntarle por la posible solución.

̶ Tú punta. Traé a mí do pollo  do semana, ron caña y gran tabaco. Ven  aquí  con toíta familia y yo sacá pírito malo.

 La situación era complicada. Salí del hogar de la Médium como quien tiene por delante una Misión Imposible.

    Primero debía convencer a mis padres y para ello necesitaba todo mi arsenal psicológico y persuasivo. Sabía de antemano no iban a entender, como no  entendía yo, la relación de nosotros con los tatarabuelos de los tatarabuelos de mis tatarabuelos, con su muerte. Era como el odio que pudieran sentir los americanos hacia los españoles y portugueses por las masacres y asesinatos cometidos contra sus aborígenes. Pero si nuestro fantasma desapareciera por los “trabajos” de Eslinda, merecía la pena.

 Al final los convencí pronto hasta cierto punto. No estaban de acuerdo con la asistencia de mi hermanito. Pero logré su inclusión, aunque fuera a regañadientes por parte de mi padre.

  Aquel domingo, vestidos con las ropas que usamos para asistir al cine o a un cumpleaños, salimos con los materiales bien guardados en un bolso, rumbo a nuestra posible liberación. Ella nos esperaba y apenas llegamos nos condujo a una pequeña choza enclavada en el patio. Estaba construida de madera y forrada con hojas de palmas las paredes y el techo. El piso era de tierra y en un rincón se encontraba un altar con diversos objetos: caracolas, tabacos apagados, semillas de colores, figuras de madera, cocos secos, cabellos, patas de gallinas y mil cosas más. Le entregamos los materiales y casi inmediatamente tomó la botella de aguardiente, derramó un poco en el piso y evocó a  “Elegguá”. Cogió el tabaco, lo encendió y el olor insoportable, potenciado por el calor que reinaba en el recinto, hacía que el ambiente estuviera enrarecido y el aspecto del lugar, tenebroso. Cogió los dos pollitos por sus patas y con un largo machete les cortó el cuello de un tajo y la sangre la vertió a los pies de un gran ídolo de madera, junto al altar y que ella nombró como “Anansi”. Luego de tirar las aves decapitadas en una bolsa, derramó el alcohol formando un círculo como de tres metros de diámetro, alrededor de nosotros y le prendió fuego. Se puso de espaldas a mi padre y entrelazando sus brazos con él, se encorvó hacia delante, sosteniendo en sus espaldas todo el peso de mi progenitor mientras danzaba una melodía de sus antepasados, escuchada solamente por ella. Ese ritual lo repitió con todos nosotros y además del asombro natural, nos preguntábamos de donde sacaba esa fortaleza aquella endeble anciana. Cuando pensábamos que habían terminados los rituales, nos dijo que descubriéramos el torso hasta la cintura, se dirigió a una caja de madera y extrajo una gran serpiente, llamada en Cuba, Majá de Santamaría. La pasó rozando la piel de nuestro cuerpo y mi madre y su hijo pequeño temblaban de miedo (en realidad nunca habían dejado de tenerlo desde que entraron en la cabaña). Devolvió la serpiente al mismo lugar de donde la extrajo. Bebió de una botella llena de un líquido verde y según bebía nos la iba escupiendo por todo el cuerpo, incluyendo el rostro. Terminada esta operación nos alcanzó una tela que en un tiempo fue blanca para que nos secáramos. Había terminado la “ceremonia”. Le dimos algo de dinero, voluntariamente, y nos dirigimos a nuestra casa, cansados y en silencio.

  Pasaron semanas y meses sin tener la presencia del molesto fantasma. Comenzamos a sentirnos nosotros mismos y hasta nuestras vidas mejoraron. A mi padre lo ascendieron de puesto en el trabajo, los estudiantes obtuvimos magníficas evaluaciones en los exámenes y mi madre haciendo maravillas con los postres.

 Llegó el mes de Diciembre y el recuerdo de los primeros días amargos en la ciudad se había convertido  para nosotros, en un remoto episodio de pesadillas y miedo.

 Llegó el día tan esperado por los pobladores del lugar, la Noche Buena, el día de las Parrandas de Remedios como se conocen desde las primeras décadas del  Siglo XIX cuando intervenían en las Fiestas, nueve barrios. Alrededor de 1850, los festejos se convirtieron en una emulación entre dos barrios rivales: El Carmen y San Salvador. Cada barrio competía con el otro en Trabajos de Plaza (una variante de las Fallas de Valencia), carrozas y fuegos artificiales. Casi todo el año, en silencio y en “secreto” se confeccionaban las piezas que formaban parte de esos festejos, se recogía dinero, aportes materiales y grupos de gentes con tambores y trompetas patrullaban las calles del pueblo bailando alegremente. Los elementos para la construcción de las carrozas y los Trabajos de Plaza, donados por los habitantes del pueblo, se trasladaban y se armaban, como un puzle, a ambos lados de la Plaza principal y junto al límite del “dominio” de cada barrio.

 Desde horas tempranas el parque y sus alrededores era un hormiguero de personas de todas las edades esperando ver la sorpresa que este año les trae el Gallo o el Gavilán, símbolos de San Salvador o Carmen, respectivamente. Nosotros nos situamos al lado del Trabajo de Plaza del Carmen, nuestro barrio, con el distintivo en las manos: banderitas con la figura del ave rapaz.

 A las nueve de la noche, retiraron todo lo que ocultaba al monumento de yeso, madera y cartón, al tiempo que cientos de luces multicolores comenzaron a encenderse y apagarse por el método del gran tambor con láminas de cobres como contacto  que servían de interruptores, algo parecido a las cajas de música.                                                    

  El Trabajo de Plaza medía alrededor de diez metros de alto y el conjunto de colores con la combinación de luces nos hizo a todos brotar una unísona exclamación de satisfacción pero pronto me percaté que aquella magnífica obra representaba a la Gritona del Seburocal, con la cabeza sostenida, entre sus dos manos, a la altura del abdomen. Un escalofrío recorrió mi cuerpo al tiempo que nos miramos, mi familia y yo. Me quedé estático, mirando fijo al rostro de nuestro pasado martirio hasta que percibí un ligero guiño de ojo como muestra de complicidad. Sonreí y le dije a mis padres de ir a contemplar los fuegos artificiales y las carrozas, con la satisfacción y la felicidad reflejadas en el rostro de todos nosotros.

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