martes, 19 de mayo de 2020

Siguanea



    
                                                         Siguanea


En la desembocadura del río San Pedro, en Isla de Pinos, se encontraba un caserío indio. Sus habitantes se dedicaban a la caza y la pesca entre otras labores. Las mujeres y los hombres se repartían el trabajo y hasta los niños ayudaban como si esas labores fueran juegos.

La aldea tenía fama de tener a las mujeres mas bellas de la Isla, pero sobresalía, en hermosura, inteligencia y alegría, Siguanea. Había ciertos rumores de que la joven no era de esa tribu pues decían que la madre, a la cual no se le veía su vientre abultado, salió a buscar agua y regresó con la niña en los brazos. El padre había sido atacado por un cocodrilo que se lo llevó al fondo del río y jamás apareció su cuerpo

Siguanea tenía muchos pretendientes, pero a ella no le gustaba ninguno. No sentía amor sino, cariño por ellos y todos los vecinos. El Cacique habló con la madre y le informó que en la próxima luna se haría la selección del joven que sería el esposo de su hija.

Justo dos días antes de la selección, llegaron a la aldea tres jóvenes procedentes de una tribu del norte de la isla para intercambiar anacardos y productos artesanales por jutías y pescados. Uno de ellos, llamado Tubeco, fijó su mirada en la bella joven. Al enterarse de la proximidad del evento de la selección para el casamiento y sin pensarlo dos veces, se dirigió al Cacique y le dijo que deseaba participar como candidato. No hubiera ocurrido nada si no fuera porque Siguanea había sentido, por primera vez, como su corazón latía fuertemente cuando su mirada se cruzaba con la del joven visitante.

Sintieron una atracción tan fuerte que concertaron una cita en la ladera del cerro cercano y se entregaron al amor con todos sus deseos. Dicen que esa noche, cuando estaban acostados y abrazados, después de consumar el momento divino de sus vidas, se desató una tormenta como presagio a lo que vendría.

La selección consistía en la lucha cuerpo a cuerpo y el que ganara se quedaría con la joven. Los seis contendientes se fueron enfrentando hasta que quedaron Tubeco y Siney. El joven local era considerado el hombre mas fuerte de la aldea y el foráneo mostraba una musculatura impresionante. Mientras la lucha se desarrollaba, Siguanea era presa de una intensa fiebre y temblores en todo el cuerpo. Cuando todo parecía que el ganador sería el visitante, Siney le destrozó el cuello. Una exclamación unánime, se sintió en toda la aldea. La gente vitoreaba al vencedor el que iba a casarse con la joven recluida en su bohío. Ella se imaginó el desenlace al escuchar la algarabía de su pueblo. ¡No quería ser de nadie mas! Sabía que las leyes de la aldea la obligarían a compartir su vida con un hombre que no amaba y tomó una decisión. El ruido producido por los troncos huecos y cueros de animales no permitió escuchar el grito de la joven cuando se enterró una coa en el vientre.

El cuerpo de Tubeco fue llevado por sus compañeros para su aldea mientras el de Siguanea fue lanzado en las aguas de la ensenada donde desemboca el río San Pedro.

Desde entonces se le conoce como Ensenada de Siguanea y la playa junto al Hotel Colony se le puso el nombre de Paya Roja porque dicen que cuando lanzaron el cuerpo ensangrentado de la joven al mar, las olas tiñeron de sangre las arenas de la playa.

Imagen: Archivo de Oliver Carralero

Autor: Pedro Celestino Fernández Arregui

lunes, 18 de mayo de 2020

Motel Rio Verde




                                                      Motel  Río Verde


El hombre bajó por la escalerilla del avión con una maleta pequeña y la vista puesta en el pequeño edificio del aeropuerto. Pasó el pequeño salón y se dirigió hacia donde varios autos estaban estacionados.

─ Please, ¿Alquila? ─le preguntó al primer auto.

─Sí, Míster, puede sentarse ─le dijo el chofer abriendo la puerta de su Plymouth 1955.

─ ¿Para dónde lo llevo, Míster?

─ ¿Hay algún lugar donde me pueda alojar cerca del río que cruza la ciudad? ─preguntó en un mal castellano.

─ ¡Oh, sí! Hay muchos, Casa Mañana, Río Verde, Shangrila, Bamboo y Rancho El Tesoro.

─ Me gusta el nombre de Río Verde. ¿Es un hotel?

─ Es un motel de reciente inauguración, Míster

─ ¡Pues llévame a ese!

El hombre abrió su habitación, puso la maleta sobre la cama, la abrió y sacó una pequeña carpeta con documentos. Luego se sentó en una butaca y comenzó a leerlos.

 Muy cerca de allí, en una vivienda junto al río Las Casas, dos hombres estaban enfrascados en revisar sendas armas de fuego. Uno, una pistola calibre 45 y el otro un Máuser con mirilla telescópica. En una pequeña mesa un mapa. Una vez terminado de revisar el armamento, uno de ellos, alto, rubio de ojos azules, vestido de cazador y el otro un mestizo de larga melena y vestido con una camiseta y pantalones corto. Salieron y se dirigieron a un bote atado frente a la casa. Subieron a él y después de soltar el amarre, comenzaron a remar muy despacio río abajo.

Después de cenar, fue a su habitación situada en la segunda planta, tomó el teléfono y solicitó un taxi. Se fue hacia el balcón. Contemplaba el cielo estrellado y respiró profundo el aire puro de la Isla.

Mientras

─ Señor, su taxi ha salido para acá. ¡Oh, perdón! Es que de pronto lo he confundido con el señor de la habitación 24.

─Para la próxima tenga mas cuidado. Me preparas la cuenta. Mañana me marcho temprano. Habitación 23.Si alguien pregunta por mí, estaré en el bar. ─ dijo, con cara de malos amigos.

El recepcionista tocó en la puerta de la habitación. Venía a avisarle que el Taxi había llegado. Se percató que la puerta no tenía el seguro pasado y al no contestar nadie, abrió la puerta despacio. Entró llamando al huésped sin recibir contestación. Miró hacia el balcón y en el suelo había un cuerpo.

En la Estación de Policía, comentaban sobre el último asesinato.

─ Si no hubiera sido por Juan, que estaba pescando peces Lisa, nos hubiera sido difícil encontrar al asesino. Pero ese viejo es valiente porque los siguió y después de ver donde vivían vino y los denunció. ─ comentó el policía mas joven.

─ ¡Pobre ingeniero! Venía lleno de ilusiones. Hoy iba a tener una reunión con el alcalde. Según nos informaron en el Ayuntamiento venía a proponer un proyecto de puente elevadizo ─ había dicho un sargento.

─ Y el desgraciado mafioso, al que pretendían asesinar esos sicarios, se marchó feliz y contento de la Isla. ¡Qué cosas tiene la vida! Según los asesinos era a él a quien iban a matar y lo confundieron con el Ingeniero.

pcfa

sábado, 16 de mayo de 2020

Asesinato en el Hotel Cosmopolita




                      Asesinato en el Hotel Cosmopolita


Nicolás Suárez era un abogado que residía en La Habana, pero todos los años viajaba a Camajuaní para disfrutar de las parrandas de este pueblo.

Siempre llegaba cuando comenzaba el desfile de las hermosas carrozas, verdaderas joyas de la creación de los artistas locales quienes con su talento llevaban escenas vivientes de escenas históricas u obras universales de distintos autores, a los habitantes del poblado y a visitantes, llegados para la ocasión, de distintas partes de Cuba.

Después de recoger la llave, el señor Suárez se dirigió con rapidez a su habitación. Dejó su pequeña maleta sobre una silla y se dirigió al balcón. Contemplaba la hermosa carroza de uno de los dos barrios contendientes. La combinación de luces y las bellas muchachas que escenificaban un papel magistral, junto con la voz explicativa de la representación de la obra, hacía que todos quedaran boquiabiertos ante un clima donde se mezclaba la fantasía y la realidad a través de la cultura. De pronto, sintió como un aguijón en la espalda, se volteó  y observó delante de él a una persona portando un arma y disparó de nuevo. Todo se puso negro y cayó de bruces sobre la alfombra.

En la calle, la otra carroza hacía su representación y el pueblo seguía disfrutando, hasta el amanecer, de sus tradicionales parrandas.



El Inspector Diógenes Oliva llegó al mediodía con la misión de investigar el asesinato de Nicolás Suárez. Había ordenado que no tocaran nada en la habitación y tampoco procedieran al levantamiento del cadáver. Después de descartar el robo como motivo y no encontrar huellas, comenzó a recopilar los datos obtenidos por la inspección visual y las informaciones de los empleados. Supo que la puerta de la habitación estaba cerrada, sin embargo los disparos no provinieron del exterior, o sea, el asesino estaba dentro de la habitación. El calibre de la bala, nueve milímetro, correspondía a un arma pequeña, fácil de llevar consigo sin llamar la atención y muy práctica para personas con poco conocimiento de armas. También había sido informado sobre las noches “alegres” en Piscina Club, del señor Suárez. El asesino deseaba quitarle la vida a toda costa y no dudó en dispararle de nuevo. El inspector Oliva decidió poner en práctica un plan.

Al siguiente día salió la noticia en todos los periódicos provinciales y algunos nacionales, el intento de asesinato del abogado Nicolás Suárez en el Hotel Cosmopolita de Camajuaní quien se encontraba, con pronóstico reservado, en el hospital de Remedios.

A los tres días del suceso, una mujer entra a la sala de cirugía del hospital de Remedios, donde se encontraba una docena de enfermos, entre ellos, el señor Suárez. En la sala, excepto un anciano cuidando a una anciana enferma, no había acompañantes ni personal sanitario. La mujer se detuvo frente a una cama. Extrajo de su cartera una pequeña pistola y se detuvo cuando escuchó detrás de ella una voz que le ordenaba soltar el arma. El policía, disfrazado de anciano acompañante, le puso las esposas y la condujo a la Comisaría.

En el juicio, la supuesta asesina, declaró que hacía tres años, el señor Suárez la había invitado a ella y a su hermana de diez años a cenar en un restaurant en Santa Clara. Durante la comida se sintieron mal y pidió a Nicolás que la llevara de vuelta a Camajuaní. Ellas se quedaron dormidas y al despertar se encontraron semidesnudas en el cementerio del pueblo. Ambas habían sido violadas. Hizo la denuncia correspondiente y el abogado Suárez salió absuelto por falta de pruebas.

A partir del veredicto juró matarlo. Esperó su llegada al hotel, lo siguió sin que se diera cuenta y puso el pie para que la puerta no se cerrara. Esa táctica la había usado con otros huéspedes y sabía que con su víctima no iba a fallar.

La joven fue condenada a veinte años de cárcel.



                          FIN



Nota: Este es un cuento de ficción. En el hotel Cosmopolita jamás hubo un asesinato.



Autor: Pedro Celestino Fernandez Arregui




martes, 17 de marzo de 2020

La Finca Misteriosa





                                 La Finca Misteriosa



Joaquín Pérez salió esa mañana, como todos los días, a “guataquear” las pequeñas plantaciones de tubérculos y legumbres. “Cheo” García lo había visto encorvado sobre los surcos de yuca y hasta se saludaron. Fue la última persona que lo vio.

A Joaquín le decían el “Mudo”, no porque no hablara, sino porque no le gustaba conversar. Siempre estaba callado aunque era sociable y bondadoso. No presentaba ninguna enfermedad mental, no tomaba medicamentos y sólo bebía café por lo que el Agente Charles había descartado que la desaparición hubiera sido involuntaria.  No  tenía motivos para desaparecer y tampoco tenía enemigos. Al menos eso fue lo que dedujo el investigador en sus entrevistas a familiares, amigos y vecinos.

Toda la finca y zonas aledañas fueron rastreadas por cerca de doscientas personas y no encontraron ninguna pista. Anastasia, su esposa, lloraba desconsoladamente todo el tiempo y los dos hijos, uno de ellos con cierto retraso mental, ayudaban en la búsqueda.

Charles era de esos detectives que tienen un olfato especial para detectar cuando algo no está bien. Había alcanzado fama en la capital de provincia y estaba a punto de ser trasladado al Grupo Especial Nacional de Criminología. Mientras seguían buscando a Joaquín, decidió entrevistar de nuevo a los familiares y entrevistar a todos los vecinos.

        ¿Señora, a qué hora acostumbraba a regresar su esposo?

        A eso de las once de la mañana. Nosotros, almorzamos muy temprano. Porque nos levantamos de madrugada y apenas despunta el Sol, los hombres salen a trabajar. A partir de las doce el Sol calienta las espaldas y provocan sofoco.

        ¿Qué hizo cuando vio que era tarde y Joaquín no regresaba?

        Le dije a Pepe, mi hijo mayor, que fuera a ver por qué su padre no había regresado.

        ¿Recuerda la hora?

        Era la una o un poquito más porque el reloj, ese que está en la sala, había dado la campanada de la una.

        ¿Ustedes tienen dinero guardado?

        Sí, pero no en el Banco. Mi marido lo tenía guardado porque dice que no iba a molestarse cada vez que lo necesitara, en ir al pueblo. Además, no confiaba.

        ¿Usted sabe dónde lo tenía guardado?

        Eso no lo sabía nadie.

Se dirigió al Grupo de Búsqueda y Rescate, situado en un bohío cerca de la casa desde donde coordinaban las operaciones y preguntó por José y pidió que lo buscaran y lo trajeran para interrogarlo.

        ¿Tienes idea de cuál ha sido el motivo de la desaparición de tu padre?

        No tengo idea. Es algo extraño.

        ¿Sabes dónde tu padre guardaba el dinero?

        No, nunca nos dijo. Era muy desconfiado.

        ¿Pero con ustedes también?

        ¡Con todos!

        ¿Qué hiciste en toda la mañana?

        Ordeñé las vacas con mi padre y luego fui al pueblo. Tenía que comprar grampas y clavos para reparar las cercas.

        ¿A que hora fuiste para el pueblo?

        A eso de las nueve.

        Eso es todo. Gracias.

Comprobaría la coartada de José y ahora le haría algunas preguntas Lolo, su otro hermano.

        ¿Cómo estás?

        Estoy muy triste. Papá no está y yo lo quería mucho. A veces me reñía y yo me enfadaba, peo lo quería.

        A ver, Lolo ¿Te dicen Lolo, no es así?

        Sí, no sé por qué. A mi hermano le dicen Pepe y se llama José y a mi me dicen Lolo y me llamo Anacleto.

        ¿Recuerdas que hiciste ayer por la mañana?

        Sí, sí. Me fui a jugar al río. Me gusta tirar cosas y luego tirarle piedras.

        ¿Después de terminar de jugar en el río que hiciste?

        Fui a dónde estaba papá y se enfadó conmigo. Me dijo que llegaba tarde a trabajar. Entonces me enfadé y le tiré una piedra. Cayó al suelo y pensé que era para asustarme. Pero estaba desmayado. Seguro era el calor. Había mucho sol.

        ¿Qué hiciste entonces?

         Lo arrastré y lo tire al pozo. He oído que cuando la gente se desmaya es bueno echarle agua, pero como en ese pozo no había cubo para sacar agua, lo tiré.

        ¿Por qué no se lo dijiste a nadie?

        Tenía miedo que me regañaran.

        ¿Me enseñas el pozo?



Poco después, un buzo bajaba, bien equipado hasta el fondo del pozo sin encontrar nada. El inspector decidió traer un tractor con turbina, para extraer toda el agua del pozo. ¡No había nada!

Al no poder encontrase el cuerpo de Joaquín y no poder lograr verificar las palabras de Lolo, el juez decidió enviar a Lolo a un centro de atención mental y cerrar el caso.

Pocos meses después, Anastasia fallecía sin ningún motivo. El médico dijo que había sufrido un infarto.

José se quedó solo en la finca. Bebía mucho y decía que todas las noches veía fantasmas y que salía una luz por el lugar donde trabajó por última vez su padre. Se mostraba muy nervioso y algunos vecinos le recomendaron que vendiera la finca y se fuera a vivir para el pueblo, pero él decía que no podía vender la finca porque allí debía estar el cuerpo de su padre.

Al cabo de un tiempo, una plaga atacó s los cultivos de la finca y todos lo sembrado se secaron. También comenzaron a enfermarse los cerdos y las vacas.

Los campesinos de los alrededores comenzaron a tejer una leyenda sobre el lugar, diciendo que estaba embrujada y que seres malignos querían hacerle la vida imposible a José. No se atrevía nadie a pasar por el lugar. ¡Tenían miedo!



Todo esto llegó a los oídos del inspector Charles quien decidió volver al lugar. Conversó con José, anduvo por todo los lugares tomando muestras de plantas y agua, acompañado siempre por el propietario del terreno.

Tres meses después de la visita, José desapareció. Nadie sabía nada de él y a pesar de que la policía inspeccionara la casa y la finca, no encontraron huellas que pudiera revelar su presencia.

El Inspector Charles tenía en sus manos los resultados de las muestras que había llevado a laboratorio, había logrado obtener una orden de exhumación del cadáver de Anastasia para que fuera examinado por los forenses y una vez obtenidos los resultados, sabía cuál era el misterio de la finca de Joaquín Pérez.

José Pérez fue arrestado en su propio domicilio en un lujoso apartamento de la capital y llevado ante el inspector Charles.

–Sabía que la codicia y la maldad humana puede surgir en cualquier lugar  en cualquiera de las capas de una sociedad, pero hay personas así que disfrutan de una vida placentera hasta el final de sus días. Oros, no tienen tanta suerte y mueren violentamente o en una cárcel. ¿No crees, José Pérez?

–No sé porque me dice eso, Inspector. Todo lo que he hecho es normal. Al perder a mis padres, me enfermé de los nervios y veía fantasmas, luces y escuchaba voces. ¡No lo podía resistir! Bebía la mayor parte del tiempo para no sufrir hasta que decidí irme bien lejos, para la Capital. Allí pude montar un negocio y me va bien. Eso es todo.

–¿Con qué dinero abrió el negocio? ¿Con el de tu padre?

–No, yo tenía mis propios ahorros.

–Te voy a decir todo lo que pasó. Tu padre desconfiaba de todos, pero más de ti que de nadie. Por eso lo mataste y lo enterraste, en un rincón de la finca bien disimulado, donde nadie pudiera encontrar su cuerpo. Luego obligaste a tu hermano que contara aquella historia inculpándose. Eliminado tu padre y hermano, sólo se interponía en tu búsqueda, tu madre. Entonces pasaste a tu segundo plan. Eliminar a tu madre. Tu madre tenía artritis y necesitaba constantemente calmantes. Comenzaste a cuidar a tu madre como nunca, dándole los alimentos con dosis excesiva de Ibuprofeno. Claro al poco tiempo se le detuvo el corazón. El Ibuprofeno, en grandes cantidades como le suministraste a  Anastasia, produce acumulación de plaquetas, coágulos sanguíneos, estrechamiento arterial, aumento en la retención de líquido y sube la presión sanguínea por lo que es vinculante a un paro cardíaco. Sin nadie que te estorbara llegaste a encontrar el dinero y te marchaste a disfrutar de los ahorros de tu padre.

–¡Eso no es cierto!

–Tenemos los resultados de las pruebas del laboratorio. Supimos de las dolencia de tu madre, la cantidad de cajas de Ibuprofeno que comprabas, encontramos el cadáver de tu padre – mintió a propósito- y pudimos comprobar que tú mismo quemaste los sembrados fumigándolo con productos muy abrasivos y propagaste la historia de las luces, voces y apariciones.

José Pérez bajó la cabeza. Luego mas tarde confesó ante el juez haber arrojado el cadáver de su padre en un viejo escusado, donde se sumergió entre los excrementos.

Fue condenado a cadena perpetua.



Autor: Pedro Celestino Fernandez Arregui
















lunes, 3 de febrero de 2020

Apuntes de un Soldado Desaparecido



                          Apuntes de un Soldado Desaparecido



Cuando el miedo te estrangula, la reacción de supervivencia te puede llevar a realizar proezas. La vida nos lleva a situaciones difíciles donde podemos ser cobarde o valiente, depende de cómo esa situación ha influido en nuestro cerebro. La muerte nos buscará sin importarle si hemos llevado una vida útil, sin embargo nuestras vidas se sentirán satisfecha si hemos logrado dejar aunque sea pequeñas huellas.



Mis apuntes:

“El día de ayer fue horrible. Tenía miedo. No sabía lo que iba hacer. El sonido de las explosiones y los silbidos de las granadas al caer, hacían zumbar mis oídos. Disparaba a lo loco porque el humo de los vehículos ardiendo y de las mismas explosiones no me dejaba ver. Tenía miedo verme sorprendido por el enemigo. ¿Por qué tenemos que matarnos unos a otros? ¿Por qué existe la guerra? Lo lindo que sería llevarnos bien, sin importar ideologías, religiones, nacionalidades, o rango sociales. Sentí gritos de dolor, escuché que habían matado a alguien y eso me puso a punto de llorar. Luego corrí. Corrí sin saber para dónde y a través de un humo menos intenso, pude observar soldados con sus fusiles listos para disparar. Junto a mí había una estrecha zanja con agua y casi cubierta de hierbas. Me escondí ahí. Sentía como cruzaban por encima de mí. El tiempo transcurría y yo sin moverme dentro del agua de aquel estrecho canal. Los disparos habían cesado y solo se escuchaba algunas voces y ruidos de vehículos. Mi piel estaba arrugada de tener tanto tiempo el cuerpo sumergido en el sucio líquido. Estuve así hasta que llegó la noche. Al salir sentí un intenso frío por todo el cuerpo y me dolían los huesos. Con mucho cuidado caminé hacia una montaña cercana. A unos cincuenta metros me encontré un soldado muerto. En su espada, una mochila. Se la quité  y gracias a una capa que tenía en su interior, pude calentarme un poco, acostado entre las piedras de las montañas. Acurrucado y temblando comenzaron a pasar por mi mente, mi niñez en el campo con mis padres, quizás por llevar impregnada en mi nariz, el agua podrida del canal salvador. Ese mal olor me recordaba el estiércol de los cerdos mezclados con el barro y así, lentamente me quedé dormido”

“Anoche llegué a un pueblo pequeño con sus casas de barro y techo de pajas Esperé a que se durmieran para acercarme. Tomé un pantalón y una camisa de una tendedera. Me faltaba un par de zapatos. Me sorprendió que casi todas las casas estaban con las puertas abiertas y me recordó a mi pueblo. Cuando era niño las casas no cerraban sus puertas y los vecinos entraban y salían de cualquier casa como si fuera suya. Logré tomar un par de deportivos y después de alejarme bastante del pueblo, casi amaneciendo, me cambié de ropa y enterré el armamento con sus proyectiles y la bayoneta. Nadie podía sospechar que era un militar. Para los míos, soy un desertor y para los otros, soy su enemigo. Sé que mi decisión fue incorrecta. ¿Acaso hay algo correcto en una guerra? ¿Es normal que te conviertas en un robot? ¿Es normal que tus buenos sentimientos hacia el prójimo lo pisotees sin piedad?”

“He visto un letrero que al parecer decía el nombre del pueblo. Lugo me encontré con un río caudaloso de aguas rápidas. Esperé a que fuera de día para intentar cruzarlo. Según mis cálculos he caminado cerca de doscientos kilómetros en dirección Este, hacia la frontera con el Congo o Zambia. He anotado en la libreta la decimoquinta raya y creo que he promediado unos catorce o quince kilómetros por día. En algunos días pude andar más que otros debido a las condiciones del terreno o la presencia de personas. Sobre los animales salvajes puedo decir que no he visto ninguno peligroso. Las serpientes son preocupantes. En estos días he encontrado alimentos, sobre todo yuca, maíz tierno, mangos y piñas. Como arma, llevo un azadón que he tomado de una siembra de papas. He tenido que quitarme las botas y lanzarlas a un arroyo, porque me han producido ampollas y sangramientos en los pies. ¡Es lo único que me quedaba del uniforme militar! Ahora ando despacio por falta de costumbre, porque nunca  había caminado por la tierra con los pies descalzos”

“Por primera vez me he encontrado con un elefante. Después de observar el río, no  quedó otra opción que cruzarlo a nado con el azadón atado a la espalda con un bejuco y con la boca sosteniendo el sobre plástico con la libreta. Pensé que no llegaba porque fui arrastrado por la corriente y las fuerzas se me agotaban. Por suerte pude asirme a una larga rama y aunque exhausto, pude llegar a la orilla. Me incorporé rápidamente porque escuché un chapaleteo y pensé que pudiera ser un cocodrilo. Unos metros adelante, un pequeño elefante, trataba infructuosamente, salir del agua en un remanso. Las ramas de un árbol caído, lo había atrapado. ¡No podía dejarlo morir! Comencé a cortar las ramas con el azadón a riesgo de ser escuchado y visto por alguien. Me costó mucho trabajo porque era muy difícil cortar las ramas con esa herramienta casi sin filo. Después de mucho tiempo y con las manos sangrando, logré liberarlo. El rescate no había terminado. El bebé no podía subir la pequeña escarpa resbaladiza en ese lugar. Con el azadón hice en el barro una especie de escalera para que no resbalara y lo empujé por detrás con las pocas fuerzas que me quedaban. Me quedé helado cuando venía corriendo hacia mí un enorme elefante, probablemente, su madre. No tenía fuerzas para correr y me puse en cuclillas, mirando al suelo,  esperando lo peor. Logré ver las enormes patas del paquidermo junto a mí. Temblaba de miedo e hice tremendo esfuerzo para no moverme. Fueron unos segundos aplastantes que te incitan a gritar. Sentí ruido de ramas rompiéndose y entonces observé como madre e hija se perdían de vista.”

“Hoy he llegado a un lugar que se llama Malanje. No sé si será una provincia. No tengo mapas y desconozco este país. Después de andar varios kilómetros me encontré con un letrero agujereado por proyectiles que decía: “PROHIBIDO ENTRAR SIN PERMISO” Y abajo: “Reserva Natural de Kangandala”. Entonces recordé que un nativo nos había dicho que en Malanje había un Parque Natural que se llamaba así y que era la reserva donde habitaba la Palanca Negra Gigante una especie de cabra gigante con dos cuernos curvos hacia atrás y de casi un metro de largo, según nos dijo el nativo. Antes de caer la noche, con varias ramas improvisé una especie de cabaña, sin embargo, el hambre no me dejaba dormir y para colmo sentí animales corriendo de un lado para otro y ojos brillantes que me observaban. Pensé que podían ser hienas o Leopardos. Quizás era solo un animal que se movía constantemente. Así me llegó el resplandor de un nuevo día.”

“Ayer fue un día peligroso. Fui visto por soldados. Me dieron el alto y comencé a correr. Seguí corriendo mientras sentía disparos y voces, hasta encontrarme con una aldea. Sin pensarlo me introduje en la primera cabaña que encontré. Estaba vacía y tomé una esterilla tejida de paja, me tiré al suelo recostado a la pared y me cubrí con ella. Sentí muchas pisadas y personas hablando en voz alta, en un dialecto nativo, pero no pude saber si habían observado el interior de la vivienda. Estas viviendas son de una sola pieza, rectangular o circular, piso de tierra y algunos recipientes de barros. Ésa, donde me escondí, era circular. Pasado unos minutos escuché a un hombre y una mujer hablando cerca de mí. Debido al polvo junto a mi nariz me vino un estornudo e inmediatamente fui despojado de la esterilla y ante mí había un hombre con un machete en la mano. Le hice entender, con gestos y algunas palabras, mi estado de prófugo y el vacío de mi estómago. Me trajeron en una vasija de barro, un poco de funche. Ese puré hecho de yuca podrida y con algunos insectos, nada agradable para mí. Sin embargo me supo a gloria, como si fuera un funche preparado en la ciudad, muy diferente al que me comí. Después me conminaron a irme. Al salir de la aldea, pasando la última cabaña, dos uniformados se me abalanzaron y ataron mis muñecas con una fina cuerda. Estaban vestidos de soldados enemigos, los que llevan boinas rojas y según nos ha informado el Mando Superior, son los sanguinarios de la U.N.I.T.A. cuyo Jefe es el temido Sabimbi. Me hicieron sentarme en el suelo y uno de ellos se sentó de frente a mí, mientras el otro desapareció por un camino peatonal. Pensé que iría a informar que tenían un prisionero. Mi indeseado acompañante comenzó a hojear la hoja donde he escrito mis vivencias cuando de pronto comenzaron a escucharse disparos cercanos. El soldado tiró la libreta al piso y salió corriendo por el mismo camino por donde se fue su compañero. Me levanté, tomé como pude la bolsa plástica y la libreta y salí corriendo sin rumbo determinado pero tratando de que el ruido de los disparos se fueran apagando. Oscurecía cuando diviso un auto en un terraplén. Le faltaban los cuatros neumáticos y el capot levantado. Dudé si acercarme a él porque pudiera ser que estuviera minado. Había escuchado en la Unidad Militar, la posibilidad que así fuera pues había sucedido antes. La mejor oportunidad para cortar mis amarres estaba en el auto. ¡Tenía que arriesgarme! Cogí una piedra y la lancé con fuerza hacia el vehículo. Por si acaso, para cortar mis ataduras tenía que hacerlo sin que el auto se moviera. Por suerte había cristales rotos en el suelo. Tomé un pedazo y retorné al monte donde pude, situando el cristal entre mis muslos y con mucho esfuerzo, cortar la cuerda. Guardé el cristal en un bolsillo. El azadón, mi arma y compañera querida, había quedado en la aldea. Dormí poco. Al menor ruido me despertaba pensando que pudiera ser el enemigo”

“He caminado 46 días. De acuerdo a los contratiempos que he tenido he caminado unos 600 kilómetros, pero me he desviado al Sur. Ayer, por primera vez, he podido tener un mapa del País en mis manos. Estaba en un libro cerca de una escuela, entre las hierbas. Arranqué la página con el mapa y ya tengo algo confiable para alcanzar la frontera. Estoy cerca de Luso, la capital de Moxico. Sé que por ahí pasa la línea de  ferrocarril que llega al Congo. Ayer, en un descanso, me dediqué a sacarme nigüas del pie con el cristal. Me pude dar cuenta que cualquier animal tiene sus patas más lindas que mis pobres pies. No se puede saber su color, cicatrices por todas partes, uñas de Perezoso. Tampoco mi aspecto no es agradable, barba un poco larga con un color difícil de identificar, el cabello me ha crecido y sin peinar, es como la cresta de la ninfa, ese loro curioso y juguetón,  cuando quiere presumir y mi rostro ha sido un mural donde las inclemencias del tiempo han estado trabajando.”

“Tengo fiebre desde anoche. ¿Cómo estarán mis padres? ¡Como deseo llegar a mi barrio!No sé lo que puedo hacer. He caminado en paralela a la línea férrea. La debilidad y el hambre,  hizo muy lento el andar. He comido maní y yuca cruda bajo la protesta airada de un campesino que me amenazaba con un azadón y gritaba palabras, al parecer, ofensivas. ¡Cincuenta días! Falta poco para llegar a Texeira de Sousa, el último pueblo del ferrocarril, junto a la frontera.”

“Llevo dos días sin poder andar. Me he arrastrado, pero es imposible seguir. Escalofríos recorren mi cuerpo y estoy muy caliente. Necesito un médico urgente porque debo tener malaria o paludismo. El pueblo de Texeira debe estar cerca.  No puedo seguir escribiendo. ”

En el 2015 en los alrededores de una aldea cerca de Luau (Antes Texeira de Sousa) en Angola, unos niños jugaban alegremente a esconderse. Uno de ellos se ocultó en cuclillas detrás de una termita, cuando escuchó el llamado de su madre para que regresara a su casa a comer. Los demás niños regresaban a la aldea y él se había quedado rezagado, por lo que comenzó a correr para alcanzarlos, cuando tropezó con algo. Había tropezado con un hueso, pero al observarlo se dio cuenta que era un esqueleto humano.

La policía encontró junto al esqueleto una bolsa plástica conteniendo una libreta y una chapilla de metal unida a un cordón plástico. Todo fue cuidadosamente guardado hasta el arribo de varios profesionales de la Capital, entre ellos, un forense, un paleontólogo, un experto en criminalística y dos laboratoristas. Todo fue empaquetado y llevado al laboratorio central de la policía. Una vez analizado todos los elementos y comprobado de quien eran los restos así como lo encontrado en el bolsa plástica, fue enviado a su país de origen. La libreta consistía en algo parecido a un diario.

Se trataba de apuntes de un soldado dado por desaparecido durante la guerra de 1975.





Relato corto de Pedro Celestino Fernández Arregui










miércoles, 29 de enero de 2020

Los Insurgentes




                                   LOS INSURGENTES


El hombre tomó en sus manos el papel y lo leyó. “# 11: Debes lanzar un coctel Molotov contra la Oficina del Partido Patria, situado en la calle Hornos. Ahora destruya la nota con fuego.” Tenía miedo. Nunca había hecho nada en contra de nadie y mucho menos contra algo que representaba al Estado. Sabía que había que usar la fuerza para derrocar el Gobierno que tenía sumido al país en una cruel tiranía.

Eran las diez de la noche cuando preparó su botella con gasoil. Esperó, algo nervioso que fueran las 12 de la noche, para dirigirse al lugar del ataque.

El custodio, sentado en una silla, leía un periódico bajo una luz tenue. El local completamente oscuro y la mayoría de los vecinos, dormían. Se encontraba a unos cincuenta metros ocultándose junto a unos contenedores de basuras. El vigilante dobló el periódico, se puso de pie, tomó el fusil y caminó por un lateral del local hasta perderse de vista. Fue entonces que el hombre prendió la mecha, salió corriendo, lanzó la botella y regresó rápidamente a los contenedores. El ruido producido y las llamas hicieron que acudiera el custodio y algunos vecinos encendieron las luces de las casas. El custodio no podía entrar para llamar por teléfono a los bomberos y comenzó a gritar pidiendo ayuda. Algunos vecinos traían cubos de aguas y la lanzaban al fuego hasta que llegaron los bomberos. La acera de enfrente estaba llena de curiosos. Entre ellos. Visiblemente cansado y sudado, uno de los que había llevado cubo de aguas, el saboteador.

Sentado en el suelo recostado a la pared de un calabozo mal ventilado, estaba un prisionero, Sintió abrirse la puerta y vio entrar a dos militares. Después llegó otro uniformado con dos sillas, las colocó una frente a otra  y ordenaron al prisionero que se sentara en una.

      ¿Cómo te tratan? Seguro que muy bien. Vamos a conversar —dijo sentándose frente al prisionero. ¿Por qué hiciste eso? ¿No te diste cuenta que alguien observó tus movimientos y luego para disimular te uniste a los que estaban ayudando a apagar el fuego? No puedes decir que no fuiste tú. Lo que quiero saber es por qué lo hiciste y quién te mandó.

      Porque les tengo odio. Por eso lo hice. A mi padre ustedes lo condenaron acusándolo de pertenecer a la C.I.A. por haber gritado abajo el General y el Partido Patria. Ustedes sabían que no pertenecía a nada y que gritó eso porque lo tenían obstinado. No le daban trabajo, no le daban ningún tipo de ayuda por sus ideas contrarias a ustedes. Me lo ordenaron, Los Insurgentes.

En una oficina, lejos de allí, un grupo de oficiales sostenían una reunión.

      Tenemos que acabar con ese Grupo que se hace llamar “Los Insurgente”. Ciento cuarenta sabotajes en todo el País en apenas dos meses. Eso sin contar las pintadas en muros  y paredes en contra del General

      Coronel hemos cogido a cinco.

      Como si cogen mil. El problema no es encarcelar gente. El problema es eliminar ese Grupo. Hay que hacerlo como sea. El pueblo quiere una respuesta de nosotros y tenemos que darla. Nadie puede hacer que nuestra Patria sea mancillada por terroristas pagados por la C.I.A. Si no los eliminamos, llegará el momento  en que comiencen a atentar con las vidas de nosotros. ¿Entienden?

      Permiso, Coronel. El problema es que ninguno de ellos conocen a los integrantes de esa banda y mucho menos, su Jefe. Es una organización como una escalera, donde el de arriba solo conoce al primer escalón, el primero conoce únicamente al segundo escalón y así sucesivamente, pero los escalones inferiores no conocen quienes son los de arriba. Utilizan distintos medios para y recibir y enviar órdenes. Tienen un sistema de verificación de los nuevos ingresos para determinar el grado de confiabilidad y la captación de nuevos integrantes lo hacen a través de mensajes de distintos tipos y por distintos medios.

      ¡Explíqueme eso, Capitán!

      Te invitan a pertenecer a ellos pasando una nota por debajo de la puerta, dejando una nota en un bolsillo, al parecer cuando viajan en autobús, caminando por una acera,  etc. Después te dan un número y letra que suponemos sea su identificación, ordenan hacer cualquier cosa por el mismo método y así una vez que ven que eres fiel a ellos, te siguen ordenando tareas, pero jamás llegan a conocer a ningunos de sus integrantes. Ordenan quemar los papeles donde están escritas las orientaciones. Hemos logrado que captaran a algunos de los nuestros y quemó otro papel para poder mostrarnos a nosotros el original. Son escritos con lápiz y cada letra varía en tamaño, inclinación y en forma. Los signos de puntuación son distintos. Todo eso lo hace difícil para el grafólogo. Los mensajes van escritos en cualquier cosa, un pedazo de cartón, un papel blanco o de color, el reverso de una etiqueta, pero la mayoría, están escritas en pedazos arrancados de nuestra publicidad. Suponemos que hay un jefe a nivel nacional y uno en cada provincia. Suponemos, todo es suposición, que esos jefes conozcan al principal, pero ningún otro miembro conoce a sus jefes.

Cuando el Coronel se disponía a realizar otra pregunta una fuerte explosión hizo encorvarse a todos los presentes y todo el local se convirtió en un terrible horno. Algunos oficiales y el Coronel pudieron salir de las llamas y fueron hospitalizados. Dentro quedaron algunos cadáveres carbonizados.

El sabotaje fue adjudicado al Grupo Los Insurgentes y dado a conocer por  los medios de difusión masiva.





Autor: Pedro Celestino Fernandez Arregui












miércoles, 8 de enero de 2020

Siempre Contigo




                                       Siempre Contigo


El sol del mediodía los castigaba con toda su fuerza. Susana, recostada a una pared rocosa, estaba tan adolorida que apenas sentía las fracturas en brazo y piernas,  así como  heridas sufridas en la cabeza y un muslo, mientras Nicolás rabiando de dolor por la pierna fracturada,  trataba de improvisar vendajes con sus propias vestimentas.

Se habían levantado temprano y revisado todo lo necesario que llevarían en el recorrido por las montañas. Brújula, mapa, los teléfonos móviles cargados y con baterías adicionales, cuerdas, capas, en fin, todo lo revisaron minuciosamente. No era la primera vez que practicaban senderismo y sobre todo, conocían la ruta de años anteriores. Era el último senderismo que practicarían porque no sabían hasta cuando, pues ella estaba embarazada de pocas semanas y deseaba dedicar todo su tiempo libre al bebé.

El día era maravilloso y pensaban estar de regreso antes de oscurecer. La primer parte del camino transcurría entre árboles, flores silvestres y el canto de algunas aves que lograban no fuera percibido, por el caminante, su paulatino ascenso. Al llegar a lo más alto del camino y ante la ausencia de árboles, se podía apreciar el mar y las olas bañando una hermosa playa.

Ahora andaban con sumo cuidado. El camino era estrecho y transcurría por la ladera de la montaña. Enormes rocas a la izquierda y un abismo a la derecha. Llegaron a un lugar donde había una pequeña grieta en el suelo, muy conocida por ellos y a la cual llamaban “La Sonrisa” por la forma que tenía. Alargar un poco el paso o un pequeño salto y se vencía “La sonrisa”. Nicolás le pidió que le diera la mochila para que fuera mejor. Ella le entregó la mochila y al saltar todo le dio vuelta y apenas puso los pies del otro lado de la grieta se fue de lado cayendo por el abismo. El joven soltó la mochila y trató de agarrarla en vano. Miró hacia abajo y a unos cinco metros, en un pequeño balcón de la ladera, estaba el cuerpo inmóvil de la joven. Buscaba en la mochila la cuerda cuando se desprendió el lugar donde estaba, cayendo justo al lado de la chica que por suerte no la aplastó, rebotó  y él cayó encima de ella. Una vez recobrado del fuerte golpe se dio cuenta de lo difícil de su situación. Las mochilas, con todo lo necesario para salir de un peligro como ese, incluyendo los móviles, habían caído a unos cien metros por debajo de ellos. Esperar a ser encontrados y rescatados, era de momento la única opción que tenían.

–Mi amor trata de salvarte tú.

–De ninguna manera, Susana. Saldremos los dos de aquí –dijo sin saber si realmente podía salir  del lugar.

–Nadie nos encontrara aquí –dijo en un susurro.

–Cuando vean que no regresamos, iniciaran la búsqueda.

–¡Como puede cambiar la vida en cuestión de segundo!

–No pensemos en eso. Nadie piensa en eso. Todos pensamos que la vida siempre nos va a tratar bien y otros piensan que la vida siempre los va a tratar mal. No existe la buena o la mala suerte. Existen cadenas de coincidencias negativas cuando las cosas salen mal y coincidencias buenas cuando salen bien. Nosotros, hasta ahora todo nos salía bien. Nuestras infancias, nuestro noviazgo, la boda y ahora esperar un hijo, todo era bueno.

–Mi amor, temo por el bebé. ¿Le habrá pasado algo?

–No le ha pasado nada. Ya verás. Él es fuerte como sus padres. No pienses en eso Susana. Trata de descansar.

–No puedo. Los dolores no me dejan.

La noche envolvió a aquellos jóvenes golpeados, heridos y adoloridos. El cielo estaba despejado y la luna llena los alumbraba. De pronto Nicolás observa algo deslizándose por las rocas en dirección a Susana.

–¡No te muevas, amor!

–¿Que es, Nicolás?

El joven se quitó rápidamente las botas e introdujo sus manos en ellas. Lentamente se dirigió a la serpiente. Se trataba de una víbora hocicuda. Sabía que la mordida de este reptil podía producir sangrados de oídos, escalofrío, fiebres y la muerte, pero como muchas serpientes venenosas no atacan a las personas si no se ven atacadas, En el caso de ellos, consistía en tratar de no hacer movimientos para que ella no se viera amenazada.  Susana sería mordida si le pusiera el brazo encima sin darse cuenta o que volteara su y cayera sobre ella, entonces le mordería y le inyectara el veneno. Nicolás le puso delante las botas y ella la esquivó pero subió por encima del abdomen de la joven quien aterrada estaba a punto de gritar. Para alivio de los dos, la serpiente siguió su camino sin ningún problema. Nicolás acariciaba a Susana que lloraba de dolor y por el miedo pasado. El joven no durmió en toda la noche, atento a cualquier movimiento que delatara la presencia de una serpiente. Por la mañana temprano sintieron el ruido de un helicóptero que se mantuvo volando sobre sus cabezas. Nicolás le hacía señas con las manos. Con desconsuelo lo vieron irse.

Se abrazaron desconsolados. Susana lloraba mientras el joven le repetía que volverían. Efectivamente, una hora después regresó el helicóptero y Nicolás esbozó una sonrisa mientras bajaban una camilla para izarlos. Fueron llevados de inmediato a un hospital para curar sus heridas y facturas. Se comprobó que el feto no había sufrido daño.

Siempre llevaban consigo el lema “Siempre contigo” para cualquier lugar que fueran.



Un año y medio después, Alberto era bautizado por sus padres Susana y Nicolás.





Autor: Pedro Celestino Fernandez Arregui