lunes, 3 de febrero de 2020

Apuntes de un Soldado Desaparecido



                          Apuntes de un Soldado Desaparecido



Cuando el miedo te estrangula, la reacción de supervivencia te puede llevar a realizar proezas. La vida nos lleva a situaciones difíciles donde podemos ser cobarde o valiente, depende de cómo esa situación ha influido en nuestro cerebro. La muerte nos buscará sin importarle si hemos llevado una vida útil, sin embargo nuestras vidas se sentirán satisfecha si hemos logrado dejar aunque sea pequeñas huellas.



Mis apuntes:

“El día de ayer fue horrible. Tenía miedo. No sabía lo que iba hacer. El sonido de las explosiones y los silbidos de las granadas al caer, hacían zumbar mis oídos. Disparaba a lo loco porque el humo de los vehículos ardiendo y de las mismas explosiones no me dejaba ver. Tenía miedo verme sorprendido por el enemigo. ¿Por qué tenemos que matarnos unos a otros? ¿Por qué existe la guerra? Lo lindo que sería llevarnos bien, sin importar ideologías, religiones, nacionalidades, o rango sociales. Sentí gritos de dolor, escuché que habían matado a alguien y eso me puso a punto de llorar. Luego corrí. Corrí sin saber para dónde y a través de un humo menos intenso, pude observar soldados con sus fusiles listos para disparar. Junto a mí había una estrecha zanja con agua y casi cubierta de hierbas. Me escondí ahí. Sentía como cruzaban por encima de mí. El tiempo transcurría y yo sin moverme dentro del agua de aquel estrecho canal. Los disparos habían cesado y solo se escuchaba algunas voces y ruidos de vehículos. Mi piel estaba arrugada de tener tanto tiempo el cuerpo sumergido en el sucio líquido. Estuve así hasta que llegó la noche. Al salir sentí un intenso frío por todo el cuerpo y me dolían los huesos. Con mucho cuidado caminé hacia una montaña cercana. A unos cincuenta metros me encontré un soldado muerto. En su espada, una mochila. Se la quité  y gracias a una capa que tenía en su interior, pude calentarme un poco, acostado entre las piedras de las montañas. Acurrucado y temblando comenzaron a pasar por mi mente, mi niñez en el campo con mis padres, quizás por llevar impregnada en mi nariz, el agua podrida del canal salvador. Ese mal olor me recordaba el estiércol de los cerdos mezclados con el barro y así, lentamente me quedé dormido”

“Anoche llegué a un pueblo pequeño con sus casas de barro y techo de pajas Esperé a que se durmieran para acercarme. Tomé un pantalón y una camisa de una tendedera. Me faltaba un par de zapatos. Me sorprendió que casi todas las casas estaban con las puertas abiertas y me recordó a mi pueblo. Cuando era niño las casas no cerraban sus puertas y los vecinos entraban y salían de cualquier casa como si fuera suya. Logré tomar un par de deportivos y después de alejarme bastante del pueblo, casi amaneciendo, me cambié de ropa y enterré el armamento con sus proyectiles y la bayoneta. Nadie podía sospechar que era un militar. Para los míos, soy un desertor y para los otros, soy su enemigo. Sé que mi decisión fue incorrecta. ¿Acaso hay algo correcto en una guerra? ¿Es normal que te conviertas en un robot? ¿Es normal que tus buenos sentimientos hacia el prójimo lo pisotees sin piedad?”

“He visto un letrero que al parecer decía el nombre del pueblo. Lugo me encontré con un río caudaloso de aguas rápidas. Esperé a que fuera de día para intentar cruzarlo. Según mis cálculos he caminado cerca de doscientos kilómetros en dirección Este, hacia la frontera con el Congo o Zambia. He anotado en la libreta la decimoquinta raya y creo que he promediado unos catorce o quince kilómetros por día. En algunos días pude andar más que otros debido a las condiciones del terreno o la presencia de personas. Sobre los animales salvajes puedo decir que no he visto ninguno peligroso. Las serpientes son preocupantes. En estos días he encontrado alimentos, sobre todo yuca, maíz tierno, mangos y piñas. Como arma, llevo un azadón que he tomado de una siembra de papas. He tenido que quitarme las botas y lanzarlas a un arroyo, porque me han producido ampollas y sangramientos en los pies. ¡Es lo único que me quedaba del uniforme militar! Ahora ando despacio por falta de costumbre, porque nunca  había caminado por la tierra con los pies descalzos”

“Por primera vez me he encontrado con un elefante. Después de observar el río, no  quedó otra opción que cruzarlo a nado con el azadón atado a la espalda con un bejuco y con la boca sosteniendo el sobre plástico con la libreta. Pensé que no llegaba porque fui arrastrado por la corriente y las fuerzas se me agotaban. Por suerte pude asirme a una larga rama y aunque exhausto, pude llegar a la orilla. Me incorporé rápidamente porque escuché un chapaleteo y pensé que pudiera ser un cocodrilo. Unos metros adelante, un pequeño elefante, trataba infructuosamente, salir del agua en un remanso. Las ramas de un árbol caído, lo había atrapado. ¡No podía dejarlo morir! Comencé a cortar las ramas con el azadón a riesgo de ser escuchado y visto por alguien. Me costó mucho trabajo porque era muy difícil cortar las ramas con esa herramienta casi sin filo. Después de mucho tiempo y con las manos sangrando, logré liberarlo. El rescate no había terminado. El bebé no podía subir la pequeña escarpa resbaladiza en ese lugar. Con el azadón hice en el barro una especie de escalera para que no resbalara y lo empujé por detrás con las pocas fuerzas que me quedaban. Me quedé helado cuando venía corriendo hacia mí un enorme elefante, probablemente, su madre. No tenía fuerzas para correr y me puse en cuclillas, mirando al suelo,  esperando lo peor. Logré ver las enormes patas del paquidermo junto a mí. Temblaba de miedo e hice tremendo esfuerzo para no moverme. Fueron unos segundos aplastantes que te incitan a gritar. Sentí ruido de ramas rompiéndose y entonces observé como madre e hija se perdían de vista.”

“Hoy he llegado a un lugar que se llama Malanje. No sé si será una provincia. No tengo mapas y desconozco este país. Después de andar varios kilómetros me encontré con un letrero agujereado por proyectiles que decía: “PROHIBIDO ENTRAR SIN PERMISO” Y abajo: “Reserva Natural de Kangandala”. Entonces recordé que un nativo nos había dicho que en Malanje había un Parque Natural que se llamaba así y que era la reserva donde habitaba la Palanca Negra Gigante una especie de cabra gigante con dos cuernos curvos hacia atrás y de casi un metro de largo, según nos dijo el nativo. Antes de caer la noche, con varias ramas improvisé una especie de cabaña, sin embargo, el hambre no me dejaba dormir y para colmo sentí animales corriendo de un lado para otro y ojos brillantes que me observaban. Pensé que podían ser hienas o Leopardos. Quizás era solo un animal que se movía constantemente. Así me llegó el resplandor de un nuevo día.”

“Ayer fue un día peligroso. Fui visto por soldados. Me dieron el alto y comencé a correr. Seguí corriendo mientras sentía disparos y voces, hasta encontrarme con una aldea. Sin pensarlo me introduje en la primera cabaña que encontré. Estaba vacía y tomé una esterilla tejida de paja, me tiré al suelo recostado a la pared y me cubrí con ella. Sentí muchas pisadas y personas hablando en voz alta, en un dialecto nativo, pero no pude saber si habían observado el interior de la vivienda. Estas viviendas son de una sola pieza, rectangular o circular, piso de tierra y algunos recipientes de barros. Ésa, donde me escondí, era circular. Pasado unos minutos escuché a un hombre y una mujer hablando cerca de mí. Debido al polvo junto a mi nariz me vino un estornudo e inmediatamente fui despojado de la esterilla y ante mí había un hombre con un machete en la mano. Le hice entender, con gestos y algunas palabras, mi estado de prófugo y el vacío de mi estómago. Me trajeron en una vasija de barro, un poco de funche. Ese puré hecho de yuca podrida y con algunos insectos, nada agradable para mí. Sin embargo me supo a gloria, como si fuera un funche preparado en la ciudad, muy diferente al que me comí. Después me conminaron a irme. Al salir de la aldea, pasando la última cabaña, dos uniformados se me abalanzaron y ataron mis muñecas con una fina cuerda. Estaban vestidos de soldados enemigos, los que llevan boinas rojas y según nos ha informado el Mando Superior, son los sanguinarios de la U.N.I.T.A. cuyo Jefe es el temido Sabimbi. Me hicieron sentarme en el suelo y uno de ellos se sentó de frente a mí, mientras el otro desapareció por un camino peatonal. Pensé que iría a informar que tenían un prisionero. Mi indeseado acompañante comenzó a hojear la hoja donde he escrito mis vivencias cuando de pronto comenzaron a escucharse disparos cercanos. El soldado tiró la libreta al piso y salió corriendo por el mismo camino por donde se fue su compañero. Me levanté, tomé como pude la bolsa plástica y la libreta y salí corriendo sin rumbo determinado pero tratando de que el ruido de los disparos se fueran apagando. Oscurecía cuando diviso un auto en un terraplén. Le faltaban los cuatros neumáticos y el capot levantado. Dudé si acercarme a él porque pudiera ser que estuviera minado. Había escuchado en la Unidad Militar, la posibilidad que así fuera pues había sucedido antes. La mejor oportunidad para cortar mis amarres estaba en el auto. ¡Tenía que arriesgarme! Cogí una piedra y la lancé con fuerza hacia el vehículo. Por si acaso, para cortar mis ataduras tenía que hacerlo sin que el auto se moviera. Por suerte había cristales rotos en el suelo. Tomé un pedazo y retorné al monte donde pude, situando el cristal entre mis muslos y con mucho esfuerzo, cortar la cuerda. Guardé el cristal en un bolsillo. El azadón, mi arma y compañera querida, había quedado en la aldea. Dormí poco. Al menor ruido me despertaba pensando que pudiera ser el enemigo”

“He caminado 46 días. De acuerdo a los contratiempos que he tenido he caminado unos 600 kilómetros, pero me he desviado al Sur. Ayer, por primera vez, he podido tener un mapa del País en mis manos. Estaba en un libro cerca de una escuela, entre las hierbas. Arranqué la página con el mapa y ya tengo algo confiable para alcanzar la frontera. Estoy cerca de Luso, la capital de Moxico. Sé que por ahí pasa la línea de  ferrocarril que llega al Congo. Ayer, en un descanso, me dediqué a sacarme nigüas del pie con el cristal. Me pude dar cuenta que cualquier animal tiene sus patas más lindas que mis pobres pies. No se puede saber su color, cicatrices por todas partes, uñas de Perezoso. Tampoco mi aspecto no es agradable, barba un poco larga con un color difícil de identificar, el cabello me ha crecido y sin peinar, es como la cresta de la ninfa, ese loro curioso y juguetón,  cuando quiere presumir y mi rostro ha sido un mural donde las inclemencias del tiempo han estado trabajando.”

“Tengo fiebre desde anoche. ¿Cómo estarán mis padres? ¡Como deseo llegar a mi barrio!No sé lo que puedo hacer. He caminado en paralela a la línea férrea. La debilidad y el hambre,  hizo muy lento el andar. He comido maní y yuca cruda bajo la protesta airada de un campesino que me amenazaba con un azadón y gritaba palabras, al parecer, ofensivas. ¡Cincuenta días! Falta poco para llegar a Texeira de Sousa, el último pueblo del ferrocarril, junto a la frontera.”

“Llevo dos días sin poder andar. Me he arrastrado, pero es imposible seguir. Escalofríos recorren mi cuerpo y estoy muy caliente. Necesito un médico urgente porque debo tener malaria o paludismo. El pueblo de Texeira debe estar cerca.  No puedo seguir escribiendo. ”

En el 2015 en los alrededores de una aldea cerca de Luau (Antes Texeira de Sousa) en Angola, unos niños jugaban alegremente a esconderse. Uno de ellos se ocultó en cuclillas detrás de una termita, cuando escuchó el llamado de su madre para que regresara a su casa a comer. Los demás niños regresaban a la aldea y él se había quedado rezagado, por lo que comenzó a correr para alcanzarlos, cuando tropezó con algo. Había tropezado con un hueso, pero al observarlo se dio cuenta que era un esqueleto humano.

La policía encontró junto al esqueleto una bolsa plástica conteniendo una libreta y una chapilla de metal unida a un cordón plástico. Todo fue cuidadosamente guardado hasta el arribo de varios profesionales de la Capital, entre ellos, un forense, un paleontólogo, un experto en criminalística y dos laboratoristas. Todo fue empaquetado y llevado al laboratorio central de la policía. Una vez analizado todos los elementos y comprobado de quien eran los restos así como lo encontrado en el bolsa plástica, fue enviado a su país de origen. La libreta consistía en algo parecido a un diario.

Se trataba de apuntes de un soldado dado por desaparecido durante la guerra de 1975.





Relato corto de Pedro Celestino Fernández Arregui










miércoles, 29 de enero de 2020

Los Insurgentes




                                   LOS INSURGENTES


El hombre tomó en sus manos el papel y lo leyó. “# 11: Debes lanzar un coctel Molotov contra la Oficina del Partido Patria, situado en la calle Hornos. Ahora destruya la nota con fuego.” Tenía miedo. Nunca había hecho nada en contra de nadie y mucho menos contra algo que representaba al Estado. Sabía que había que usar la fuerza para derrocar el Gobierno que tenía sumido al país en una cruel tiranía.

Eran las diez de la noche cuando preparó su botella con gasoil. Esperó, algo nervioso que fueran las 12 de la noche, para dirigirse al lugar del ataque.

El custodio, sentado en una silla, leía un periódico bajo una luz tenue. El local completamente oscuro y la mayoría de los vecinos, dormían. Se encontraba a unos cincuenta metros ocultándose junto a unos contenedores de basuras. El vigilante dobló el periódico, se puso de pie, tomó el fusil y caminó por un lateral del local hasta perderse de vista. Fue entonces que el hombre prendió la mecha, salió corriendo, lanzó la botella y regresó rápidamente a los contenedores. El ruido producido y las llamas hicieron que acudiera el custodio y algunos vecinos encendieron las luces de las casas. El custodio no podía entrar para llamar por teléfono a los bomberos y comenzó a gritar pidiendo ayuda. Algunos vecinos traían cubos de aguas y la lanzaban al fuego hasta que llegaron los bomberos. La acera de enfrente estaba llena de curiosos. Entre ellos. Visiblemente cansado y sudado, uno de los que había llevado cubo de aguas, el saboteador.

Sentado en el suelo recostado a la pared de un calabozo mal ventilado, estaba un prisionero, Sintió abrirse la puerta y vio entrar a dos militares. Después llegó otro uniformado con dos sillas, las colocó una frente a otra  y ordenaron al prisionero que se sentara en una.

      ¿Cómo te tratan? Seguro que muy bien. Vamos a conversar —dijo sentándose frente al prisionero. ¿Por qué hiciste eso? ¿No te diste cuenta que alguien observó tus movimientos y luego para disimular te uniste a los que estaban ayudando a apagar el fuego? No puedes decir que no fuiste tú. Lo que quiero saber es por qué lo hiciste y quién te mandó.

      Porque les tengo odio. Por eso lo hice. A mi padre ustedes lo condenaron acusándolo de pertenecer a la C.I.A. por haber gritado abajo el General y el Partido Patria. Ustedes sabían que no pertenecía a nada y que gritó eso porque lo tenían obstinado. No le daban trabajo, no le daban ningún tipo de ayuda por sus ideas contrarias a ustedes. Me lo ordenaron, Los Insurgentes.

En una oficina, lejos de allí, un grupo de oficiales sostenían una reunión.

      Tenemos que acabar con ese Grupo que se hace llamar “Los Insurgente”. Ciento cuarenta sabotajes en todo el País en apenas dos meses. Eso sin contar las pintadas en muros  y paredes en contra del General

      Coronel hemos cogido a cinco.

      Como si cogen mil. El problema no es encarcelar gente. El problema es eliminar ese Grupo. Hay que hacerlo como sea. El pueblo quiere una respuesta de nosotros y tenemos que darla. Nadie puede hacer que nuestra Patria sea mancillada por terroristas pagados por la C.I.A. Si no los eliminamos, llegará el momento  en que comiencen a atentar con las vidas de nosotros. ¿Entienden?

      Permiso, Coronel. El problema es que ninguno de ellos conocen a los integrantes de esa banda y mucho menos, su Jefe. Es una organización como una escalera, donde el de arriba solo conoce al primer escalón, el primero conoce únicamente al segundo escalón y así sucesivamente, pero los escalones inferiores no conocen quienes son los de arriba. Utilizan distintos medios para y recibir y enviar órdenes. Tienen un sistema de verificación de los nuevos ingresos para determinar el grado de confiabilidad y la captación de nuevos integrantes lo hacen a través de mensajes de distintos tipos y por distintos medios.

      ¡Explíqueme eso, Capitán!

      Te invitan a pertenecer a ellos pasando una nota por debajo de la puerta, dejando una nota en un bolsillo, al parecer cuando viajan en autobús, caminando por una acera,  etc. Después te dan un número y letra que suponemos sea su identificación, ordenan hacer cualquier cosa por el mismo método y así una vez que ven que eres fiel a ellos, te siguen ordenando tareas, pero jamás llegan a conocer a ningunos de sus integrantes. Ordenan quemar los papeles donde están escritas las orientaciones. Hemos logrado que captaran a algunos de los nuestros y quemó otro papel para poder mostrarnos a nosotros el original. Son escritos con lápiz y cada letra varía en tamaño, inclinación y en forma. Los signos de puntuación son distintos. Todo eso lo hace difícil para el grafólogo. Los mensajes van escritos en cualquier cosa, un pedazo de cartón, un papel blanco o de color, el reverso de una etiqueta, pero la mayoría, están escritas en pedazos arrancados de nuestra publicidad. Suponemos que hay un jefe a nivel nacional y uno en cada provincia. Suponemos, todo es suposición, que esos jefes conozcan al principal, pero ningún otro miembro conoce a sus jefes.

Cuando el Coronel se disponía a realizar otra pregunta una fuerte explosión hizo encorvarse a todos los presentes y todo el local se convirtió en un terrible horno. Algunos oficiales y el Coronel pudieron salir de las llamas y fueron hospitalizados. Dentro quedaron algunos cadáveres carbonizados.

El sabotaje fue adjudicado al Grupo Los Insurgentes y dado a conocer por  los medios de difusión masiva.





Autor: Pedro Celestino Fernandez Arregui












miércoles, 8 de enero de 2020

Siempre Contigo




                                       Siempre Contigo


El sol del mediodía los castigaba con toda su fuerza. Susana, recostada a una pared rocosa, estaba tan adolorida que apenas sentía las fracturas en brazo y piernas,  así como  heridas sufridas en la cabeza y un muslo, mientras Nicolás rabiando de dolor por la pierna fracturada,  trataba de improvisar vendajes con sus propias vestimentas.

Se habían levantado temprano y revisado todo lo necesario que llevarían en el recorrido por las montañas. Brújula, mapa, los teléfonos móviles cargados y con baterías adicionales, cuerdas, capas, en fin, todo lo revisaron minuciosamente. No era la primera vez que practicaban senderismo y sobre todo, conocían la ruta de años anteriores. Era el último senderismo que practicarían porque no sabían hasta cuando, pues ella estaba embarazada de pocas semanas y deseaba dedicar todo su tiempo libre al bebé.

El día era maravilloso y pensaban estar de regreso antes de oscurecer. La primer parte del camino transcurría entre árboles, flores silvestres y el canto de algunas aves que lograban no fuera percibido, por el caminante, su paulatino ascenso. Al llegar a lo más alto del camino y ante la ausencia de árboles, se podía apreciar el mar y las olas bañando una hermosa playa.

Ahora andaban con sumo cuidado. El camino era estrecho y transcurría por la ladera de la montaña. Enormes rocas a la izquierda y un abismo a la derecha. Llegaron a un lugar donde había una pequeña grieta en el suelo, muy conocida por ellos y a la cual llamaban “La Sonrisa” por la forma que tenía. Alargar un poco el paso o un pequeño salto y se vencía “La sonrisa”. Nicolás le pidió que le diera la mochila para que fuera mejor. Ella le entregó la mochila y al saltar todo le dio vuelta y apenas puso los pies del otro lado de la grieta se fue de lado cayendo por el abismo. El joven soltó la mochila y trató de agarrarla en vano. Miró hacia abajo y a unos cinco metros, en un pequeño balcón de la ladera, estaba el cuerpo inmóvil de la joven. Buscaba en la mochila la cuerda cuando se desprendió el lugar donde estaba, cayendo justo al lado de la chica que por suerte no la aplastó, rebotó  y él cayó encima de ella. Una vez recobrado del fuerte golpe se dio cuenta de lo difícil de su situación. Las mochilas, con todo lo necesario para salir de un peligro como ese, incluyendo los móviles, habían caído a unos cien metros por debajo de ellos. Esperar a ser encontrados y rescatados, era de momento la única opción que tenían.

–Mi amor trata de salvarte tú.

–De ninguna manera, Susana. Saldremos los dos de aquí –dijo sin saber si realmente podía salir  del lugar.

–Nadie nos encontrara aquí –dijo en un susurro.

–Cuando vean que no regresamos, iniciaran la búsqueda.

–¡Como puede cambiar la vida en cuestión de segundo!

–No pensemos en eso. Nadie piensa en eso. Todos pensamos que la vida siempre nos va a tratar bien y otros piensan que la vida siempre los va a tratar mal. No existe la buena o la mala suerte. Existen cadenas de coincidencias negativas cuando las cosas salen mal y coincidencias buenas cuando salen bien. Nosotros, hasta ahora todo nos salía bien. Nuestras infancias, nuestro noviazgo, la boda y ahora esperar un hijo, todo era bueno.

–Mi amor, temo por el bebé. ¿Le habrá pasado algo?

–No le ha pasado nada. Ya verás. Él es fuerte como sus padres. No pienses en eso Susana. Trata de descansar.

–No puedo. Los dolores no me dejan.

La noche envolvió a aquellos jóvenes golpeados, heridos y adoloridos. El cielo estaba despejado y la luna llena los alumbraba. De pronto Nicolás observa algo deslizándose por las rocas en dirección a Susana.

–¡No te muevas, amor!

–¿Que es, Nicolás?

El joven se quitó rápidamente las botas e introdujo sus manos en ellas. Lentamente se dirigió a la serpiente. Se trataba de una víbora hocicuda. Sabía que la mordida de este reptil podía producir sangrados de oídos, escalofrío, fiebres y la muerte, pero como muchas serpientes venenosas no atacan a las personas si no se ven atacadas, En el caso de ellos, consistía en tratar de no hacer movimientos para que ella no se viera amenazada.  Susana sería mordida si le pusiera el brazo encima sin darse cuenta o que volteara su y cayera sobre ella, entonces le mordería y le inyectara el veneno. Nicolás le puso delante las botas y ella la esquivó pero subió por encima del abdomen de la joven quien aterrada estaba a punto de gritar. Para alivio de los dos, la serpiente siguió su camino sin ningún problema. Nicolás acariciaba a Susana que lloraba de dolor y por el miedo pasado. El joven no durmió en toda la noche, atento a cualquier movimiento que delatara la presencia de una serpiente. Por la mañana temprano sintieron el ruido de un helicóptero que se mantuvo volando sobre sus cabezas. Nicolás le hacía señas con las manos. Con desconsuelo lo vieron irse.

Se abrazaron desconsolados. Susana lloraba mientras el joven le repetía que volverían. Efectivamente, una hora después regresó el helicóptero y Nicolás esbozó una sonrisa mientras bajaban una camilla para izarlos. Fueron llevados de inmediato a un hospital para curar sus heridas y facturas. Se comprobó que el feto no había sufrido daño.

Siempre llevaban consigo el lema “Siempre contigo” para cualquier lugar que fueran.



Un año y medio después, Alberto era bautizado por sus padres Susana y Nicolás.





Autor: Pedro Celestino Fernandez Arregui








El Asesinato de Joel Parra




                          El asesinato de Joel Parra


Estaba en el Club de Pesca desde las nueve de la noche. La ingesta de bebidas alcohólicas, los bailes y las risas mostraban un escenario de alegría, sin embargo, Joel Parra, acompañado de un pescador muy amigo suyo,  a pesar de reír y conversar con él, tenía una gran preocupación. No le había dicho a nadie que había recibido una carta amenazadora y esa carta podía haber sido escrita por algunos de los que compartían esa noche con él. En su mente tenía impresa, la amenaza; “Todas las noches voy al Club de Pesca y el día que tú vayas, te voy a matar”

No podía concentrarse en la conversación con su amigo, pues trataba de adivinar quién podía ser el autor de la carta.

Había tres parejas bailando. Arturo, hijo de un importante comerciante del pueblo, bailaba con Amelia, una hermosa rubia de ojos claros y sonrisa alucinante, hija de un norteamericano que poseía una hacienda cerca de McKinley. Nunca le había hablado aunque siempre le miraba con cierto aire de superioridad. A lo mejor porque él era un simple dependiente de una tienda de ropas, pensó. Guillermo, mulato fornido estibador del muelle, bailaba con Teresa un preciosa negra descendiente de caimaneros. Era muy buena persona. El taxista Ronualdo, vecino de Santa Fé que bailaba con Lucía, la mejor de las bailarinas y sobrina del dueño de un Motel. Del taxista se decía que era estafador, pero incapaz de pelear y menos matar a alguien. En la esquina del mostrador y frente a un sábalo de adorno en la pared, el dependiente, un joven descendiente de una de las mas viejas familias pineras,  conversaba con Edmundo, peón de uno de los ganaderos  ricos de la Isla. Edmundo regresaba de hacer unas compras en el pueblo y quiso tomarse una cerveza antes de seguir hacia su casa, cerca del autocine. Tenía fama de ser buen trabajador pero de mal genio. Frente a la vitrola se encontraba Francisco, hijo del dueño de un tejar. Pancho, como era conocido, vivía cerca del Club y todas las noches acudía a darse unos tragos. No trabajaba y siempre estaba buscando pleitos.

A la una de la madrugada, luego que todos se habían marchado, salieron Joel y su amigo. El dependiente escuchó cuando su amigo le dijo,  “Ahora para allá te toca remar” y los vio bajar la escalera de madera que conducía al río.

Al siguiente día, unos niños que nadaban en el río, cerca del puente basculante de Nueva Gerona, se horrorizaron al ver a un hombre atado en una de las columnas del puente, con el rostro ensangrentado.

La policía identificó a la víctima como Joel Parra. Al encontrar la nota amenazadora, en un bolsillo de su pantalón, decidieron abrir la investigación con aquellos que esa noche estuvieron en el Club de Pesca.

El primer sospechoso fue el pescador. Sin embargo, el Vigilante nocturno de la Fábrica Procesadora de Langosta, junto al puente, en la margen occidental del río Las Casas, afirmó haberlos visto desembarcar junto a la Fábrica. Joel y su amigo habían tomado la calle hacia Pueblo Nuevo, lugar donde vivía el pescador y a los diez o quince minutos, observó a Joel cruzar el puente abrazado a una mujer. El vigilante no pudo identificar a la mujer que lo acompañaba.

La policía se preguntaba: ¿Quién puede ser el asesino?



Había que identificar a la mujer que había estado con él y entrevistar a los presentes en el Club de Pesca. Las entrevistas no arrojaron nada positivo para la investigación y todos tenían sendas coartadas, sin embargo las mujeres fueron citadas para esa noche para una a una,  cruzar el puente con un agente,  con la intención de que el testigo de la factoría de pesca pudiera identificar el parecido con la misteriosa mujer. El hombre no pudo establecer semejanza alguna con la que él había visto esa noche, pero el agente que acompañó a las mujeres, notó cierto nerviosismo en una de ellas. Lucía Castro pasó a ser centro de la investigación. Se le hizo un severo y extenso interrogatorio hasta que no pudo más y confesó.

Fredesbinda, un mujer muy querida y respetada por sus vecinos, era esposa de un Capitán de barco. Joel Parra un día fue a visitar a un amigo que vivía frente a la vivienda de la esposa del Capitán y desde el primer momento se enamoró perdidamente de ella. La ausencia del esposo y la soledad hizo que pasado unos días y ante los detalles caballerosos y simpatía del joven, cayera en sus brazos. Él la amaba con todo su corazón y comenzaron a verse de madrugada, cuando la ciudad dormía en su casa situada en el Palmar, al cruzar el puente, donde vivía solo.

La infidelidad llegó al oído del Capitán que decidió quitarle la vida a Joel. Para lograr su objetivo contrató a Ignacio, un exmilitar que trabajaba como mecánico en el aserrío y que había conocido como mecánico naval. Este sicario le dijo a Fredesbinda que iba a matar a su Don Juan pues su marido le había pagado bastante, pero si estaba con él, no le haría nada. Ella se negó y pensaba que él se lo había dicho para que cediera.

Fredesbinda Castro tenía mucha confianza con su hermana y le contó todo. Lucía se arrepentía entre sollozos de no haber informado a la policía por miedo.

Se pudo saber que el asesino no había acudido al Club de Pesca, pero sabía que cuando Joel iba, lo hacía con su amigo el pescador, en su bote. Todas las noches vigilaba si salían o no, desde la orilla opuesta a la Fábrica Procesadora de Langosta. Cuando Joel regresó de llevar a su amante, Ignacio se cruzó intencionadamente con él y lo golpeó con un pesado martillo en la cara e inmediatamente lo llevó hasta los bajos del puente, lo ató y le propinó varios golpes en la cabeza. Lanzó el martillo al agua y se fue sin ningún remordimiento a su casa.

Ignacio Pérez fue sentenciado a cumplir cadena perpetua en el Presidio Modelo y el Capitán sentenciado a treinta años de cárcel en el mismo presidio.

La señora Fredesbinda Castro, al verse envuelta en un escándalo que hacía pedazos, su moral y reputación como mujer fiel, se suicidó pocos meses después, cerca del puente.



Nota: El suceso y los personajes son de ficción.



 Autor: Pedro Celestino Fernandez Arregui






sábado, 28 de diciembre de 2019

El Americano




                                 El Americano


Cerca de Santa Bárbara, en Isla de Pinos, vivía William Hunter. Su vivienda junto al río era similar a todas las construidas en la Isla por los norteamericanos, o sea, paredes de madera, machihembradas en distintas maneras, techos cubiertos de zinc o tejas, ventanas grandes de cristal, pisos de madera, grandes portales y las siempre presentes buhardillas y chimeneas. Nadie recuerda cuando llegó ni cuando comenzó a vivir en esa casa que siempre estuvo vacía y cuyos dueños nadie conoció. Míster Hunter, como lo conocían en el pueblo, vestía como todo un vaquero del Oeste de los Estados Unidos. Pantalones típicos de los vaqueros, camisa casi siempre de cuadros, sombrero de ala ancha y botas de cuero hasta la mitad de la pierna y con tacones rectangular de  tres centímetros. Esa vestimenta con su cuerpo fornido y barba espesa de diez centímetros causaba cierta impresión en los pobladores de Santa Bárbara.

Todas las noches acudía al único bar del pueblo, pedía una botella de Whisky y se marchaba cuando se vaciaba. No conversaba con nadie y se iba como mismo había llegado. El dependiente de la bodega, Joaquín, le llevaba semanalmente los víveres que pedía por medio de una nota.

Hacía tres días que nadie había visto al norteamericano cuando Joaquín fue a llevarle los víveres solicitados la semana anterior. Se extrañó que no saliera al ruido del carruaje y que tampoco acudiera a los toques en la puerta ni al llamado a viva voz. Descargó todo en el portal y se marchó.

Al día siguiente algunos  vecinos de la zona pudieron observar varias auras tiñosas volando en círculos, como si se tratara de la danza de la muerte, cerca de la vivienda de William Hunter. Era normal ver a esos buitres volar de esa forma cuando había algún animal muerto, pero Joaquín comenzó a sospechar que algo le había sucedido a su extraño cliente. Así que el domingo decidió volver a su casa y averiguar. La mercancía llevada por él se encontraba en el mismo lugar, pero había sido dañada por aves y roedores. Un fuerte mal olor llegaba hasta la casa y con la ayuda de su olfato, encontró varias auras desgarrando un cuerpo humano.

Salió horrorizado a avisar al único policía del poblado y este llamó a Nueva Gerona.

Después de la precaria investigación se comprobó, para asombro de las autoridades, que se trataba de una mujer imposible de identificar. En toda la Isla no se había reportado la desaparición de ninguna persona. ¿Quién era esa mujer? ¿Dónde está Míster Hunter?



El caso de la desaparición de William Hunter y la aparición del cadáver de una desconocida cerca de su vivienda, se había convertido en la noticia del año en Isla de Pinos.
En aquella época, muchos residentes y comerciantes de la Isla visitaban La Habana a menudo, en busca de los mejores y novedosos artículos y alimentos. Fue así, que el suceso llegó a La Habana y al oído del joven detective Osvaldo Linares, recién graduado en criminalística en los Estados Unidos. Le llamó la atención ese caso y decidió viajar a la Isla para realizar sus investigaciones por su cuenta.
Conversó con el Jefe de Policía de Nueva Gerona, el policía y los vecinos de Santa Bárbara, incluyendo los de la tienda de víveres y el bar. Luego fue caminando hasta la casa de El Americano. La vivienda estaba igual aunque se podía apreciar el registro realizado por la policía. Los sacos de la mercancía estaban rotos y dispersos por el portal. En la casa no había  fotos ni documentos. Se notaba que antes de la incursión de la policía la vivienda se encontraba en orden y limpia. El exterior con la hierba cortada y limpio los alrededores. En un pequeño muelle se encontraba el bote en el cual le habían informado que solía salir a pescar truchas. En el patio una pequeña construcción de madera donde guardaba los utensilios de jardinerías y de su caballo. Según la policía,  el caballo se encontraba pastando libremente sin cuerda. Todo el día estuvo observando en el lugar. Al atardecer regresó al pequeño hotel del pueblo. En el Hotel estaban registrados los pocos huéspedes que habían estado alojados antes y  hasta el día del descubrimiento del cadáver. Sabía que la información de los pobladores no era fiable al cien por ciento y que lo verdadero estaba en los pocos detalles y pruebas materiales que había observado y algunos guardados en una pequeña caja que traía consigo.
En sus observaciones, el joven detective había descubierto varias pistas que lo iba acercado a descubrir quién era la joven muerta y el lugar posible donde podía encontrar a El Americano. Para tener el problema resuelto, solo esperaba un telegrama de su compañero de estudio en Criminalística, Joel Baker.
Al siguiente día sabía la identidad de la mujer, pero no podía saber la causa de su muerte. En esa época y el deterioro del cadáver era difícil pudiera ser descubierto por el mejor forense del Mundo. Tenía que encontrar al desaparecido para saber sobre esa muerte. Estaba seguro del lugar donde podía encontrarlo si es que no se había marchado de la Isla.
Dos días después recibió la respuesta  de su colega. Ahora todo estaba claro. Los datos sobre la familia de William Hunter y la joven fallecida, le confirmaba su hipótesis. Apenas leyó el telegrama, alquiló un caballo y se dirigió al poblado de Mac Kinley.

 Cuando Osvaldo Linares llegó a Mac Kinley saludó a los dos policías, llegados de Nueva Gerona, que lo estaban esperando. Se dirigieron a una de las viviendas fuera del caserío y llamaron a la puerta. Al ver que nadie contestaba empujaron levemente la puerta y ésta se abrió. Entraron con sumo cuidado y con las armas listas para disparar. No había nadie en la casa y el detective observó en el dormitorio una palangana con agua jabonosa frente a un espejo y muchos pelos en el suelo. Pantalón de vaquero, camisa, sombrero y un par de botas tirados en una cama en la cual nadie había dormido desde hacía muchos meses.
–¡Se nos ha escapado!
–¿Quién era? –preguntó uno de los policías.
–En los Estados Unidos existió un bandido muy famoso que había formado una banda de salteadores al concluir la Guerra Civil. Llegó a coger tanta fama por sus acciones y crímenes que el Gobierno ofreció una recompensa de diez mil dólares a quien lo matara. La ambición es mala, amigos. La persona ambiciosa es capaz de vender su alma al diablo y así era un joven, integrante de su banda. En un momento que el famoso bandolero se encontraba de pie en una silla limpiando el polvo de un cuadro le disparó por la espalda, causándole la muerte. Si bien había matado al famoso delincuente por otro lado se había buscado el odio, no sólo entre los amigos y familiares, sino también, en muchas personas que lo consideraban un héroes y repudiaban a los traidores. Por tal motivo tenía que estar cambiando de pueblo cada cierto tiempo. Un día, estando con la mujer con la cual mantenía relaciones íntimas, se formó un tiroteo en su local de Crede, en Colorado, donde resultó muerto un individuo muy parecido a él. Algunos de los clientes llegaron a decir que el difunto era él y entonces le pidió a la mujer que simulara que lo estaba llorando y le cambiara los documentos prometiéndole darle una buena cantidad de dinero. Así lo hizo y para todo el mundo, el traidor había muerto. Por su parte, cambió su identidad y aprovechando la ola de emigrantes que venía hacía aquí, decidió venir a vivir en Santa Bárbara en una propiedad que previamente había comprado a una compañía inmobiliaria de los Estados Unidos. Es el hombre que conocíamos por William Hunter. La mujer vino a reclamar el dinero vestida de hombre por miedo a que la siguieran los enemigos de su amante. Llegó a la vivienda de este malvado pero se negó a darle el dinero. Quizás hayan discutido, forcejearon y la asesinó. No lo sabemos. Sacó el cadáver un poco apartado de la casa para que las auras borraran las huellas e identidad. Al ver que faltaba la montura, supuse que se había marchado con otro caballo y lo más probable es que hubiera pensado dirigirse hacia aquí, porque era muy difícil que lo vieran y además, existían algunas viviendas vacías de norteamericanos que habían regresado a su país.
–¿Quien fue ese famoso bandolero? – preguntó uno de los policías.
–Se llamaba Jess James y su asesino que lo traicionó se llamaba Robert Ford al cual hemos conocido como William Hunter.



Autor: Pedro Celestino Fernández Arreui
















El Informe




                               
                                      El Informe



–¡Informe, teniente!

–Aquel mundo es muy raro general. Es necesario enviar allí a nuestros científicos eminentes para que nos puedan descifrar cómo actúan y por qué. Ese mundo está dividido por fronteras, colores, ideología y orientación sexual. Están muy atrasados en tecnología y tienen guerra por un líquido negro y piedras que brillan. Hay lugares donde existen tiranos y mucha gente los adora. Eligen para que los gobierne a individuos que todos saben que roban y les miente. Hay guerras, secuestros, violaciones, asesinatos y gentes huyendo de los lugares donde reina el hambre y las batallas, hacia lugares donde abunda el individualismo y la avaricia.

–¿Estás seguro que fuiste a ese mundo?

–Sí, mi general. Es una lástima porque es un Mundo que debió ser hermoso con grandes extensiones de bosques, infinitas variedades de plantas y especies de animales. Un mar azul, inmenso y un cielo que se puede ver las estrellas perfectamente. ¡Están destruyendo ese mundo! Cada día menos árboles y menos animales y las personas cada día van perdiendo humanidad.

–¿Cree usted que podemos hacer algo por ellos?

–No lo creo. Viven con el miedo metido en el cuerpo por actos de terrorismo y vandalismos. Si fuéramos, nos harían la guerra porque pensarían que vamos a dominarlos. Por eso confío en que el trabajo de nuestros científicos puede ser la salvación de ellos. Hay que introducir mejoras en su cerebro y fortalecer los de aquellas personas que aún son honestas, cuidan su mundo, son solidarias y desean la paz. Aquellas que aman al prójimo y son solidarias, para que recapaciten y salven su mundo.

–¡Muy bien, teniente! Necesito el informe completo y su sugerencia, dentro de tres días, para presentarlo a la Junta. ¿Cómo me dijo que le llaman a ese mundo?

–Le llaman Planeta Tierra.



Autor: Pedro Celestino Fernández Arregui

El Gemelo Desaparecido



                                 El Gemelo Desaparecido


Cuando me ví que mi hermano gemelo no estaba por poco me da algo. Habíamos entrado juntos y nos habíamos divertido como solíamos hacer todos los fines de semanas. Estaba muy triste. Y sólo observaba como lo buscaban. Lloraba en un rincón de la casa donde nadie me veía. Como puedo olvidar los paseos que dábamos con María, la pequeña de la casa. Me da vergüenza decirlo pero siempre nos elogiaban mas a nosotros que a ella y nos decían lindos, bonitos o hermosos. Aunque no es correcto que lo diga, pero ella es bastante fea. Hacía cosas y luego nosotros pagábamos lo mal hecho como el día que llegamos llenos de pelusas o cuando nos presentamos llenos de barros. No vale la pena pensar en esas boberías. Ahora me doy cuenta que hay cosas muy importantes y sin embargo, pasamos por alto. ¡Mi hermano, caramba! ¿Por qué te perdiste? En cuanto se dieron cuenta de tu desaparición todos comenzaron a buscarte. ¡Hasta María! No sé lo que haré sin ti. Veo que todos me miran con lástima. Ha llegado un señor con una maleta. ¿Será un policía? Pasó por mi lado y ni me miró. Después de largos minutos, el hombre trae algo en sus manos. Lloro de emoción. ¡Es mi hermano! El técnico lo sacó de la lavadora. ¡Volveremos a ser los lindos calcetines de María!



Pedro Celestino Fernandez Arregui