Amor no Correspondido
-Señor, aquí tiene
usted -dijo aquel hombre entregando unos documentos.
-Correcto!. Veo que
está muy bien recomendado por el señor Valdés Domíguez. Puede
permanecer en el País el tiempo que desee -dijo el funcionario una
vez leído los papeles.
Fue a la Escuela
Normal. Estaba casi seguro de encontrar empleo. Se presentó ante el
Director del Colegio.
- Ah!
Somos compatriotas, señor. He leído sus interesantes y contundentes
escritos. Comparto sus ideas porque yo también soy cubano y
exiliado. Necesitaba un profesor y quien mejor que usted. A partir de
mañana es usted el nuevo profesor de la Escuela Normal.
Ese día, su primer día
como profesor, disertó sobre la libertad, la política y los
derechos del ser humano. Todos los alumnos estaban muy atentos a
frases como estas: “Los hombres políticos de estos
tiempos han de tener dos épocas: la una, de derrumbe valeroso de la
innecesario; la otra, de elaboración paciente de la sociedad futura
con los residuos del derrumbe”, “ Nadie a la libertad tiene
derecho, cuando no hace hábito y gala de respetar la libertad
ajena”, ”En los pueblos libres el derecho ha
de ser claro. En los pueblos dueños de sí mismos, el derecho ha de
ser popular”, “Política
es eso: el arte de ir levantando hasta la justicia la humanidad
injusta; de conciliar la fiera egoísta con el ángel generoso; de
favorecer y de armonizar para el bien general, y con miras a la
virtud, los intereses”, etc. Pero
ese primer día pudo darse cuenta que había una alumna que lo
observaba no como profesor, sino, como hombre.
Los días siguientes
crecía la admiración de los alumnos por este profesor que hablaba
tantas verdades con elegancia y belleza en sus palabras. También
crecía el interés de la alumna que lo miraba con ojos de ensueños
y se sonrojaba cuando él le hacía alguna pregunta sobre la clase .
-José, el
General García Granados lo ha invitado a cenar.
A los pocos días de
la llegada del profesor a la ciudad, había hecho amistad con el
General pero no supo, hasta esa noche, que la joven que tanto lo
admiraba era su hija. Después de cenar se dirigían a la biblioteca
cuando un empleado, dirigiéndose al Granados, le dijo que el alcalde
deseaba verlo.
-
María, por favor, lleva al Profesor a la biblioteca.
La biblioteca era
inmensa. Leía los títulos con gran interés sin percatarse que al
igual, la joven, lo observaba a él.
- Profesor, tiene novia?
- Eh? Sí. -contestó él.
-
Es bonita
- Sí.-contestó mientras no apartaba su mirada
de los libros.
-
La ama?
-
Sí, mucho.
-
Yo también.
- Cuántos libros
buenos tiene su padre!-dijo fingiendo no haberla oído.
-
Profesor, lo amo.
-
Me alegra que digas
eso porque “ Amor es delicadeza, esperanza fina,
merecimiento, y respeto”
-No! No entiende que
lo amo con todo mi corazón. Desde el primer día me he enamorado de
usted. - dijo la joven acercándose hasta casi rosar su cuerpo.
-
Estás equivocada,
María. “La única verdad de esta vida, y la única
fuerza, es el AMOR. El patriotismo no es más que amor. La amistad
no es más que amor.”
-No! El amor que
siento por usted es el amor de la caricia pasional, el amor de los
labios rozando nuestra piel, el amor del deseo y la pasión.
-
No puede ser. Eres
una joven bonita y con muchas buenas cualidades pero dentro de unos
días viajaré a México para casarme con mi novia. Lo siento.
-
No me importa. Pero
ámame mientras tanto. Hazme tuya. Lo deseo!
El profesor abandonó
la biblioteca y le dijo a un empleado que tenía que irse. Que lo
despidiera del General. María lo llamó y acercándose le puso en su
mano una almohadilla de olor y en la mejilla un beso.
María, observaba,
desde su balcón, el camino. Una nube de polvo anunciaba el paso de
un carruaje que se acercaba. Sí, era él! Pero viene con ella -su
rostro se transformó y una lágrima rodó por su mejilla. Bajó las
escaleras apresuradamente y salió corriendo de la casa ahogada por
los sollozos.
-Muy
bonita su esposa, profesor
-
Gracias,
General..
-
Señor, María!
-Gritó un empleado mientras entraba corriendo al comedor.
Todos se levantaron
de la mesa en el momento que un hombre traía en brazos el cuerpo
inerte de la joven.
Días después, el Maestro se
sentó frente a su escritorio y escribió:
Quiero, a la sombra de un ala,
contar este cuento en flor:
la
niña de Guatemala,
la que se murió de amor.
Eran de
lirios los ramos;
y las orlas de reseda
y de jazmín; la
enterramos
en una caja de seda…
Ella dio al
desmemoriado
una almohadilla de olor;
él
volvió, volvió casado;
ella se murió de amor.
Iban
cargándola en andas
obispos y embajadores;
detrás iba el
pueblo en tandas,
todo cargado de flores…
Ella, por
volverlo a ver,
salió a verlo al mirador;
él volvió con su
mujer,
ella
se murió de amor.
Como
de bronce candente,
al beso de despedida,
era su frente -¡la
frente
que más he amado en mi vida!…
Se
entró de tarde en el río,
dicen que murió de frío,
yo sé
que murió de amor.
Allí, en la bóveda helada,
la
pusieron en dos bancos:
besé su mano afilada,
besé sus
zapatos blancos.
Callado, al oscurecer,
me llamó el
enterrador;
nunca más he vuelto a ver
a la que murió de amor.
Nota: Las letras en
cursiva y los versos pertenecientes a
La niña
de Guatemala de José Marti