miércoles, 19 de febrero de 2014

Decepción



                                                          Decepción


Había sido criado con los mejores principios del ser humano para con sus padres, su esposa e hijos y entendía la necesidad de luchar por un mundo mejor.
Así se lo hacía saber a sus alumnos cuando era profesor de química y por ello siempre tenía el cariño de aquellos estudiantes cubanos y extranjeros.
Además de profesor era explorador como reservista (de la misma unidad militar de la cual yo pertenecía) y un gran conocedor y aficionado del béisbol. Era un interlocutor perfecto. Sabía casi de todo por los conocimientos adquiridos a través de la lectura. Nunca lo vi enfadado o triste, aunque a veces se le reflejaba en el rostro cierta preocupación.
Lo conocí por mi hermano, también profesor, y siempre lo admiré por su análisis de las problemáticas mundial y nacional. Era muy crítico con todo lo que consideraba pudiera ser un daño para el proceso revolucionario del País y no le importaba que sus palabras pudieran herir a los llamados dirigentes del Partido o Gobierno.
Cierta noche, la Unidad Militar nos citó y nos llevaron al campamento. Nos explicaron que íbamos a cumplir una misión internacionalista. Aquello me pareció solamente parte de una maniobra que se iba a efectuar en saludo al tercer congreso del Partido. Mi amigo me decía: “Esto es en serio”
Estábamos en el mismo grupo de morteros. Él como explorador y yo como apuntador de mortero en una batería.
En el primer combate un proyectil nuestro, desviado, lo hirió en una mano y fue enviado a la retaguardia. Lo pusieron de sirviente en la casa donde radicaban los oficiales de alto rango y al otro día pidió lo enviaran al frente. No soportaba la exquisitez de aquellos jerarcas muy distintos a los sacrificios a que eran sometidos los soldados en las trincheras.
Después nos separamos. El participó en combates distintos a los míos y nos vimos otra vez en La Capital. Estaba contento por estar en casa y en su pecho colgaban las medallas. Pronto veríamos a nuestra familia.
A pesar de ser un héroe continuó con su vida sencilla pero su machete de crítica estaba más afilado. Era un verdadero revolucionario que luchaba por una vida mejor, llena de felicidad y no por una vida de sacrificios vanos, odios y violencia.
Un día se enfermó de una rodilla y necesitó dejar el trabajo. Poco a poco lo fueron olvidando. Los amigos de los juegos de dominó y los aficionados al béisbol, eran los únicos que hablaban con él. Cada día fumaba y bebía más. Renunció a su carnet del Partido y a la Asociación de Combatientes Internacionalista. Seguía siendo revolucionario pero estaba decepcionado del sistema que defendió. La cerveza y el ron eran constantes en su vida pero no dejaba de amar a su esposa e hijos.
Un día lo llevaron al médico. Estaba muy delgado. Lo llevaron y lo ingresaron en el mejor hospital de la capital. . No había cura. Tenía un cáncer muy avanzado. A los pocos días salió del centro hospitalario en silla de ruedas, más delgado aún.
A los quince días falleció. Yo estaba en otro País, pero ya que su muerte era cierta, me hubiera gustado que hubiera fallecido en África, a mi lado, para enterrarlo junto a un Baobab para que su alma viviera mientras durara el árbol, según cuenta la leyenda.

sábado, 1 de febrero de 2014

El León Rojo, Memorias de un Combatiente



                  El León Rojo, Memorias de un Combatiente


     Pensaba que los combatientes internacionalistas tenían que ser como el Ché  y nunca me imaginé que cumpliría una misión combativa en África.
 El León Rojo, nombre que le daban los sudafricanos a los terribles lanzacohetes múltiples BM21, es el título del libro que escribí sobre mis memorias en esa contienda.
Esta es la Sinopsis:


  Un joven mecánico de un taller de autobuses es citado por la Unidad Militar a la cual pertenece como reservista. Al principio todo parece ser una reunión para comprobar la disposición combativa. No se imagina que iba a formar parte de la operación militar más grande que haya emprendido jamás Cuba, en territorio extranjero, como parte de su política internacionalista.

 EL León Rojo nos muestra la participación de este joven, en esa contienda, desde que salió de su hogar hasta el rencuentro con la familia. Un desgarrador relato de alguien que vivió en carne propia una terrible batalla donde perdió a varios de sus compañeros.   

  Además, analiza las contradicciones internas de un País devastado por la guerra, las ideologías imperantes en los grupos guerrilleros, la autoridad de las tropas cubanas en Angola, los resultados nefastos de la política homofóbica imperante en la isla caribeña, la prepotencia de algunos oficiales y otros aspectos que le brindará un conjunto de información al lector sobre esa gesta heroica.
 El libro está a la venta en las librerías española y también puede solicitarlo en la Editorial United PC.




miércoles, 18 de diciembre de 2013

La Predicción Maldita


                                   
                                      LA PREDICCION MALDITA
 

 Había llegado de Delfos muy compungido y Yocasta, su esposa, se preocupó por el rostro compungido de su esposo preguntándole la razón por la cual denotaba preocupación.. El dio por excusas los problemas que tenía con aquellos que idolatraban al antiguo Rey Erecteo.
En realidad, Layo no podía apartar de su mente lo que el Oráculo le había dicho: su hijo lo mataría y se casaría con su esposa. Llegó a la firme idea de no tener hijos como la única forma de evitar esa desgracia.
El tiempo pasó y el Rey había olvidado aquella predicción cuando decidió hacer una fiesta por el cumpleaños de su joven esposa. Invitó a todas las personalidades de la época.
Todos llegaban con sus mejores vestimentas, adornos, joyas y majestuosos regalos para la Reina. Ella estaba muy feliz por tantas atenciones y sobre todo por la idea de su esposo de efectuar esa fiesta inolvidable. Los invitados estuvieron hasta tarde en la noche comiendo y bebiendo incluyendo a los Reyes. La noche se mostraba hermosa, adornada con una luna llena como corona y estrellas brillantes de distintos colores que parpadeaban formando un manto mágico que envolvía todo Tebas. La noche además, inspiraba el romanticismo entre los amantes y la pareja Real no estaba exentos de ello por lo que cuando los invitados se marcharon y casi sin poder mantenerse en pie, se fueron a la habitación. Esa noche vivieron la fantasía más grande de sus vidas, convirtiendo el aposento en un escenario, donde la lujuria no tenía fin, donde el sexo fue venerado y realizado con pasión, fervor y amor.
A los pocos meses de aquella inolvidable fiesta, Yocasta le confesó a su marido que estaba embarazada. Layo se puso pálido al recordar las consecuencias que podía traerle el nacimiento de su hijo y en un primer momento le exigió a su esposa que abortara. Ella se negó rotundamente diciéndole que en su vientre guardaba la flor de la semilla de amor que él le implantara, germinada y a punto de ver la luz. Layo no pronunció palabras, se retiró de la habitación y fue a sentarse en el gran sillón de los Reyes. Amaba demasiado a su esposa para causarle daño pero ella desconocía los resultados oscuros que se avecinaban con la llegada del bebé.
El niño nació fuerte y hermoso pero para Layo, su mujer había parido una víbora dispuesta a atacar y causar la muerte. Fue entonces que trazó un plan macabro para deshacerse de la criatura.
Cierta tarde al llegar a casa le comentó a su mujer sobre la visita al oráculo de Delfos y le habían revelado que el niño estaba poseído de un demonio. Tenían que dejarlo tres días en el monte Citerón con el fin de purificar su cuerpo y alma salvando al pueblo de una catástrofe. Pasado ese tiempo podrían recoger al niño. Para no temer que el niño se perdiera, le clavaron una fístula en los pies y el mismo Rey lo llevó al lugar.
Al poco tiempo del abandono del niño, un pastor que pasaba cerca sintió un llanto y observó a una pequeña criatura humana con los pies sangrantes, cubriéndose con un lindo manto y llorando. No tenía posibilidades de cuidar de él y lo llevó hasta el Rey Pólibo cuya esposa Mérope, Reina de Corinto, famosa en la comarca por su bondad y buen corazón. Se encargó de su cuidado y le puso por nombre Edipo.
El niño llegó a la juventud sintiendo todo el amor de sus padres adoptivos y aprendiendo las artes de las armas.
Edipo había oído hablar de los oráculos y estaba ansioso por saber que decían sobre él. Por tal motivo se dirigió al de Delfos y se quedó perplejo con la predicción: mataría a su padre y se casaría con su madre. Pensando que sus padres eran los Reyes de Corinto decidió abandonar su hogar y dirigirse a Tebas, la ciudad más grande de la región de Beocia. No tenía planes y solamente lo acompañaban los recuerdos de su placentera vida junto a sus padres. ¿Por qué tendría que matar a su padre? ¿Por qué se iba a casar con su madre cuando siempre la había visto con ojos de hijo? Estas preguntas se las repetía una y mil veces hasta atormentarlo.
Cabalgaba por aquel camino polvoriento, cerca de Tebas, cuando decidió descansar un poco en una encrucijada. Bebe agua y le está dando de beber al caballo cuando se acercan dos jinetes. Uno de ellos con aspecto de persona importante. El otro, con espada, lanza y escudo, le gritó: “Oiga amigo, apartaos del camino”. Edipo le hizo ademán con la mano de esperar un momento. Quería que el caballo terminara de beber. El mismo hombre que había gritado antes, empuñando su lanza empujó al caballo, la bestia se asustó y encabritó con un relincho y cuando fue a volver a su posición normal, se clavó el arma entre las dos patas delanteras. Cayó herido de muerte. Cuando el joven vio su caballo moviendo las patas en el suelo y la sangre anegando el suelo seco y polvoriento montó en cólera y se abalanzó con su espada contra el hombre que trataba inútilmente de sacar la alabarda de la bestia, clavándosela en el abdomen. El señor distinguido fue a sacar su espada pero Edipo fue más veloz y lo mató de la misma forma. Observó los dos cadáveres y después a su caballo inmóvil. Sabía que no tenía nada que hacer allí y siguió su camino.
Llegaba la noche y no quería entrar a la ciudad por lo que se dispuso a dormir en un lugar apartado del camino. Esa noche no tenía sueño. Su mente ahora vagaba del oráculo a los muertos de los dioses a los hombres de la realidad a la ficción. Sintió un ruido extraño, misterioso, aterrador y sin saber exactamente de dónde provenía, se puso en pie con la espada en la mano. En la oscuridad de la noche fue dibujándose una extraña silueta que exhalaba un olor raro y una niebla densa se apoderó del lugar. Aquella inmensa y extraña criatura, comenzó a decir con una voz ronca y tenebrosa: “Soy la Esfinge. Soy enviado de Hera y tenéis que adivinar mis acertijos de lo contrario, morirás” Aquella “cosa” alargaba las palabras como para que quedaran flotando por mucho tiempo. Edipo titubeó al principio pero después cruzando los brazos sobre el pecho, dijo: “No conozco el miedo, Adelante”. El enviado de la Diosa, le preguntó: ¿Qué ser vivo camina en cuatro patas por la mañana, en dos al mediodía y en tres por la noche? Edipo sonrió. El confiaba plenamente en la sabiduría que le habían transmitido, también los Dioses, en boca de sus supuestos padres.
El hombre es el único ser vivo camina de esa forma por las distintas etapas de su vida. Esas etapas se traducen en la mañana o comienzo de la vida cuando gatea, en la tarde o adultez cuando camina con sus dos pies y la noche o final de la vida cuando camina apoyado en el bastón. Por primera vez le adivinaba un acertijo a la Esfinge y esto la incomodó al punto que por la boca escupía llamas y los ojos soltaban chispas al tiempo que daba paseítos de impaciencia y de rabia. Al fin se calmó un poco y dijo: “Son dos hermanas. Una nace de la otra y viceversa” Sin titubear y con voz firme, Edipo contestó: el día y la noche”. El monstruo salió corriendo y maldiciendo en medio de la oscuridad y de pronto se escuchó un grito que se perdía en el vacío. El joven se dio cuenta que, al parecer como castigo, la esposa de Zeus, por fallar ante un humano, lo dejó caer en un profundo precipicio y se destruyó.
Lo que Edipo no sabía es que la Esfinge tenía aterrorizados a los habitantes de Tebas y muchos habían perecido en sus garras y engullidos como alimentos. Por ello, dos hombres que estaban cerca del lugar pudieron sentir y oír lo que aconteció y salieron muy veloces a contarle a la Reina.
Tuvieron que esperar a que Yocasta saliera al jardín para que los guardianes los dejaran entrar a darles las nuevas a la Reina. Ella mandó a que buscaran al hombre que había exterminado a la Esfinge y que leyeran un bando sobre el acontecimiento.
Edipo fue presentado a la Monarca que se quedó muy impresionada con el joven y algo le tocó las fibras de su corazón. Ella confundió sus sentimientos.
El pueblo se reunió en la gran plaza y clamaba por el nombramiento como Rey del gran hombre que había terminado con la terrible pesadilla que había sufrido Tebas durante tanto tiempo.
La Reina no dudó un instante en cumplir la voluntad del pueblo y le pidió a Edipo que se casara con ella para nombrarlo Rey. El joven, independientemente de la diferencia de edad se sentía atraído por ella y por el trono.
La boda se celebró y las fiestas fueron las más grandes que recuerda Tebas. El amor entre la pareja fue intenso y concibieron cuatro hijos pero al investigar lo ocurrido a Layo descubre que éste era su padre y su actual mujer, la madre. Lleno de ira, de dolor y culpa se arroja por el mismo precipicio por donde cayó el monstruo de Hera.

Nota: Versión libre Basada en la Leyenda Mitológica del Rey Edipo.

martes, 3 de diciembre de 2013

OSCURIDAD SENIL


                           
 
                            Oscuridad senil

 

                                 Alma que no puede llegar a Aqueronte

                                 Porque desde que la luz se fue de tu corazón

                                Sigues por el Mundo solitaria y errante

                                 Hablando sandez y sin razón.

 

                                 Obscuridad llegada de la luz

                                 Que arde en el infierno de Dante.

                                 En eso te has convertido, tú

                                 En una Atenea demente.

 

                                  Triste muy triste es la demencia senil.

                                   Te odian, te maltratan, no te entienden

                                   Tú no sabes si vienes o te vas a ir

                                   No esperas nada, te hieren.

 

                                   Se ríen de ti, de tu equivocación

                                   De cosas que dices o haces

                                   Ellos te ven como diversión

                                   Tú solo ves disfraces.

 

                                   Tú que de todo te olvidabas

                                    Y Preguntabas ¿Quiénes son?

                                    Hoy se olvidan que amabas

                                    Y el lugar de tu panteón.

                            

 

              

 

                                

lunes, 16 de septiembre de 2013

El Niño y la Crisis de los Cohetes


              El Niño y la Crisis de los     Cohetes 
 
El niño jugaba alegremente con bueyes de maderas tirando de una  carreta, del mismo material, cargada de piedras que representaban sacos de aguacates, mangos y naranjas. En su imaginación, aquellas bestias tenían nombres: Azabache y Sabanero. Sus infantiles manos halaban los “bueyes” mientras sus rodillas se tornaban blanquecinas y se adornaba con rasguños producidos por las piedrecillas. Varias veces en el trayecto, detenía el juguete para bajar alguna “mercancía”. De vez en cuando volvía la cabeza hacia el camino cada vez que sentía el ruido de los camiones militares cargados de materiales diversos de construcción que pasaban veloces levantando densas nubes de polvo pintando los alrededores como si de nieve se tratara. Absorto en sus fantasías no escuchaba el llamado de su madre para que fuera a comer.

 Se levantó de pronto al ver un avión, tan grande como nunca lo había visto y con un ruido infernal como si mil toros resoplaran al mismo tiempo. Corrió para su casa, con el miedo en el cuerpo y sin importarle las espinas de las “dormideras”, llamando a su madre con desesperación.

 Cuando llegó, su madre le dijo que era un avión que había pasado muy bajo y no tenía que temer. Lo llevó al baño y le lavó las manos.  En ese momento llegó el padre, besó al niño y a la mujer. Mientras se aseaba para comer con su familia, le comentó a su esposa, la situación tensa que se estaba viviendo en el País. El radio lo decía, pero en realidad nadie sabía de qué se trataba. Aviones extranjeros cruzaban el espacio aéreo y otros extranjeros construían bases militares cerca de sus viviendas.

 Esa noche nadie durmió en la casa de los Garcés, ni en las Unidades Militares, ni en el Palacio de la Revolución, ni en el Kremlin, ni en la Casa Blanca, pero al otro día los aviones no pasaron, los extranjeros se fueron y el niño volvió a jugar con su carreta, Sabanero y Azabache.

martes, 3 de septiembre de 2013

Reflexiones Inconclusas (Humor)



     
                             Reflexiones Inconclusas

 Hoy es Domingo y voy andando hasta un lugar tranquilo  por lo que he decidido ir hasta el parque, disfrutar de la naturaleza, tomar aire puro, pero sobre todo, reflexionar sobre mi vida y todo lo que me rodea.

 Ah, Allí hay un banco vacío. Me siento. Una brisa fresca me acaricia el rostro mientras los cantos de las aves y el olor de las flores me relajan. Ahora puedo reflexionar, sí, hay que reflexionar para poder sacar conclusiones. Porque así podemos enmendar nuestros errores, tratar de ser mejor, de ayudar al prójimo, contemplar y cuidar los animalitos, o sea, ser mejor cada día. Esa señora que va ahí me ha dado los buenos días, le he respondido con mi mejor sonrisa. Saludaré al señor que viene acercándose. Tiene rostro de buena persona y una sonrisa en sus labios, y… ¿Pero, qué es esto? Maldita paloma me ha cagado en la cabeza.  El señor me saluda y lo mando al diablo. Se terminó la reflexión. Me voy muy enojado a la ducha no sin antes arrancar un montón de flores, del bello jardín del parque, para limpiarme la frente.

lunes, 26 de agosto de 2013

La Gritona de Seborucal





                                                    La Gritona del Seborucal


  Nunca había creído en fantasmas por ser ocurrencias anticientíficas o al menos descartado por la ciencia y además, porque  no creía sino en aquellas cosas que mis sentidos percibían. Años más tarde la ciencia me ha mostrado que hay cosas que nuestros sentidos no perciben y sin embargo existen, como decía Galileo Galilei, “E por si muove”, cuando  hubo de retractarse por sus afirmaciones sobre el movimiento de la Tierra.

 Nos habíamos trasladado a la Ciudad de San Juan de Los Remedios en la costa norte de la región central de Cuba. Mis padres habían alquilado una vivienda en la calle Goicuría, junto a una fábrica de elaboración de chorizos para conservas.  La casa poseía todas las condiciones para agradar a la vista y a la comodidad de sus moradores e incluso, el alquiler era muy barato, a tal punto que pensamos en un gran chollo. Lo único que nos estorbaban eran los cientos de mosquitos.

  La mudanza de nosotros comenzó con el inicio del curso escolar y a la siguiente semana comencé a asistir a clases en el Instituto. 

  No sé cómo, pero los estudiantes se enteraron de que venía de tierras lejanas, o sea, era un forastero en la ciudad y por curiosidad comenzaron las preguntas sobre mi procedencia, ocupación de mis padres, escuelas anteriores, enfermedades, preferencias, etc., etc.  El interrogatorio el primer día fue suficiente para que algunos se distanciaran de mí, pero lo que más me preocupaba era la cara que ponían cuando les daba la dirección de mi casa.

 El segundo día, los “torturadores” que quedaban, volvían a la carga y entonces invertí los papeles comencé también a preguntar sobre el Instituto, el pueblo, las fiestas  y principalmente sobre mi morada. La respuesta sobre esto último me dejó intrigado: mi casa estaba catalogada  de embrujada.

 A la hora de la cena, mi hermano menor y mis padres, sentados a la mesa, hice el comentario sobre la casa y todos se miraron entre sí y al mismo tiempo dijeron: “Lo sabíamos”. Efectivamente, mi padre le comentó a mi madre que en el trabajo le habían dicho que en nuestra vivienda ocurrían apariciones de fantasmas. Lo mismo le habían dicho a Lorenzo, mi hermano,  en el Cole.

 En realidad no habíamos notado nada anormal desde que vivíamos ahí y tampoco nos íbamos a preocuparnos por semejantes declaraciones porque en definitiva, ninguno de nosotros, incluyendo a mi hermano de 10 años creíamos en nada de eso.

 Acostumbrado a que en el pueblo nos conocieran por los “inquilinos de la casa embrujada” y que estábamos casi adaptados a un sistema social diferente al que conocíamos, el tiempo transcurría  con total normalidad y nuestra vida era similar a cualquier otro residente del pueblo.                                                               

 Pero las cosas comenzaron a cambiar al cuarto mes de llegar a Remedios cuando una madrugada alguien me levantó la mosquitera, la bajó y se marchó. No le di  importancia pues creía  había sido mi madre. A la mañana siguiente mi madre me dijo no haberse levantado en toda la noche. Pensé en una pesadilla extraña pues no recordaba haberle visto la cabeza a la mujer.

  Dos noches después, más o menos a la misma hora de mi pesadilla, mi hermano nos despertó a todos gritando. Corrimos hacia su dormitorio. Lloraba y temblaba como las hojas de un árbol por una fuerte brisa y me conmovió ya que Lorenzo no era llorón ni tampoco asustadizo. Mi padre le preguntó qué había corrido y llorisqueando le contestó que había visto a una mujer sin cabeza danzar alrededor de su cama. Claro, él tenía la costumbre de dormir con una pequeña lámpara en su mesita de noche y pudo ver perfectamente al “fantasma”.

 Este suceso me dejó intrigado porque no le había dicho a nadie que la mujer observada por mí, no tenía cabeza o al menos no se la había visto. Esa noche, para que mi hermano se calmara, mi madre durmió con él toda la noche.

 A la semana siguiente el fantasma visitó la habitación donde dormían mis padres. Mi madre comenzó a gritar, nos despertó a todos y cuando llegamos, mi hermano y yo, mi padre estaba mudo y blanco como la cera. Mi hermano rompió a llorar de nuevo y yo calmando a mi madre e incitando a mi padre para que saliera del estado de shock en que se encontraba. En lugar de embrujada, nuestra vivienda parecía, en esos momentos, una  casa de locos. Después de casi una hora de estar todos calmados y sentados en el salón, nos dijeron que una mujer con un vestido blanco tiraba de un lado para otro, como si fuera una pelota, su propia cabeza que estaba separada del resto del cuerpo.

 A partir de esa noche, sobraban las habitaciones, porque dormimos todos en la misma habitación con las luces encendidas.

 Todos estos sucesos nos estaban dañando la salud porque apenas dormíamos. Sentíamos que nos invadía la ansiedad, todo el día en tensión y hasta el apetito habíamos perdido. Tenía que ver urgentemente a algún experto sobre estos fenómenos y después de averiguar, nos recomendaron a un famoso parasicólogo de la capital de  provincia. Sin decirles nada a mis padres y faltando a las clases del Instituto, decidí visitar al especialista.

 El hombre, un poco canoso pero de mediana edad, era muy gentil y me atendió enseguida. Le conté el problema que confrontábamos con todo lujo de detalles y me preguntó dónde vivía. Cuando le dije el lugar, se sonrió, movió la cabeza y me dijo:

̶ En el siglo XVII y XVIII, San Juan de los Remedios sufría constantes ataques de los piratas por lo que sus pobladores constantemente se escondían o trataban de evadirlos, ya sea, fundando otros pueblos más lejos de las costas, ocultando el dinero y los objetos de valor, ocultando a las mujeres jóvenes, construyendo laberintos debajo de la ciudad para esconder lo anteriormente dicho, en fin, realizaban cualquier acción por tal de minimizar esa plaga. Uno de esos ataques piratas fue muy sorpresivo y lograron apoderarse de muchas cosas de valor y casi capturar a una hermosa joven. Esta chica, sabiendo que su destino era servir de esclava sexual en la Isla de las Tortugas, espada en mano se defendió heroicamente hasta que unos de sus atacantes,  la decapitó. Su cuerpo tuvo fuerza suficiente para situarse la cabeza encima y salir corriendo para ocultarse en los túneles subterráneos de la ciudad. En principio solía recorrer las calles, con la cabeza en la mano, en Navidad o Año Nuevo pero más tarde  “La Gritona del Seborucal”,  nombre impuesto por los Remedianos, aparecía en cualquier fecha del año. Lo más probable sea que tu casa esté en una de las entradas a los túneles subterráneos de Remedios.

̶ ¿Cómo puedo evitar las molestias que causa a mi familia?

̶ Busca una “medio-unidad”. Me han dicho que en tu pueblo vive una mujer muy buena en ese tema, llamada Eslinda.

 Ante mi cara de desconcierto, prosiguió: “medio-unidad son aquellas personas que tienen capacidad para hablar con los muertos”.

 Me resistía a creer en todo esto que me había relatado el “experto” pero debía probar todas las posibles soluciones por muy descabelladas que fueran con tan de devolver la tranquilidad en nuestro hogar.

Eslinda era muy conocida en el pueblo y vivía apenas unos cuatrocientos metros de mi casa.

  Llegué a una vivienda construida hacía más de tres siglos con barro y madera, al estilo de muchas de las viviendas construidas por los aldeanos de muchas tribus africanas y de otros continentes. Por puertas y ventanas tenía cortinas fabricadas con sacos usados de  azúcar morena. A mis voces apareció en la puerta, apartando la tela, una anciana de piel negra, unos cincuenta kilos de peso y vestida de blanco con un pañuelo, del mismo color, enrollado en su cabeza. Le dije que venía a consultar con ella una situación que afectaba nuestra familia. Me dijo que entrara y me señaló una vieja silla de madera situada frente a una mesa redonda, del mismo material, para que me sentara mientras ella arrastraba otra silla y se sentaba enfrente.  Apoyada con los codos en la mesa y el mentón sobre sus manos entrelazadas, me observó unos segundos y después clavó su mirada en un triángulo trazado con líneas negras que presentaba en el centro una estrella pintada de amarillo. No indagó sobre los detalles de mi problema. Es como si lo conociera. Preguntó, sin apartar la vista del dibujo, “¿Por qué tú  a moletá gente? Gente é buena no hace daño.” Después de unos segundos, me miró y  dijo: “La niña Mercé decí  que  mama y papa ser rama de hombre malo que cortá cabeza. Pírito de criminá etá con tó familia”

   Después de hacerles unas cuantas preguntas para saber de qué se trataba pude comprender que se refería que entre los antepasados remotos de mi familia estaba su verdugo y su espíritu maligno estaba con nosotros. Le dije a Eslinda no entender mi culpa de algo que sucedió hacía más de trescientos años y se limitó a contestarme que los espíritus no piensan igual que los vivos. No podía razonar con ella esos argumentos y me limité a preguntarle por la posible solución.

̶ Tú punta. Traé a mí do pollo  do semana, ron caña y gran tabaco. Ven  aquí  con toíta familia y yo sacá pírito malo.

 La situación era complicada. Salí del hogar de la Médium como quien tiene por delante una Misión Imposible.

    Primero debía convencer a mis padres y para ello necesitaba todo mi arsenal psicológico y persuasivo. Sabía de antemano no iban a entender, como no  entendía yo, la relación de nosotros con los tatarabuelos de los tatarabuelos de mis tatarabuelos, con su muerte. Era como el odio que pudieran sentir los americanos hacia los españoles y portugueses por las masacres y asesinatos cometidos contra sus aborígenes. Pero si nuestro fantasma desapareciera por los “trabajos” de Eslinda, merecía la pena.

 Al final los convencí pronto hasta cierto punto. No estaban de acuerdo con la asistencia de mi hermanito. Pero logré su inclusión, aunque fuera a regañadientes por parte de mi padre.

  Aquel domingo, vestidos con las ropas que usamos para asistir al cine o a un cumpleaños, salimos con los materiales bien guardados en un bolso, rumbo a nuestra posible liberación. Ella nos esperaba y apenas llegamos nos condujo a una pequeña choza enclavada en el patio. Estaba construida de madera y forrada con hojas de palmas las paredes y el techo. El piso era de tierra y en un rincón se encontraba un altar con diversos objetos: caracolas, tabacos apagados, semillas de colores, figuras de madera, cocos secos, cabellos, patas de gallinas y mil cosas más. Le entregamos los materiales y casi inmediatamente tomó la botella de aguardiente, derramó un poco en el piso y evocó a  “Elegguá”. Cogió el tabaco, lo encendió y el olor insoportable, potenciado por el calor que reinaba en el recinto, hacía que el ambiente estuviera enrarecido y el aspecto del lugar, tenebroso. Cogió los dos pollitos por sus patas y con un largo machete les cortó el cuello de un tajo y la sangre la vertió a los pies de un gran ídolo de madera, junto al altar y que ella nombró como “Anansi”. Luego de tirar las aves decapitadas en una bolsa, derramó el alcohol formando un círculo como de tres metros de diámetro, alrededor de nosotros y le prendió fuego. Se puso de espaldas a mi padre y entrelazando sus brazos con él, se encorvó hacia delante, sosteniendo en sus espaldas todo el peso de mi progenitor mientras danzaba una melodía de sus antepasados, escuchada solamente por ella. Ese ritual lo repitió con todos nosotros y además del asombro natural, nos preguntábamos de donde sacaba esa fortaleza aquella endeble anciana. Cuando pensábamos que habían terminados los rituales, nos dijo que descubriéramos el torso hasta la cintura, se dirigió a una caja de madera y extrajo una gran serpiente, llamada en Cuba, Majá de Santamaría. La pasó rozando la piel de nuestro cuerpo y mi madre y su hijo pequeño temblaban de miedo (en realidad nunca habían dejado de tenerlo desde que entraron en la cabaña). Devolvió la serpiente al mismo lugar de donde la extrajo. Bebió de una botella llena de un líquido verde y según bebía nos la iba escupiendo por todo el cuerpo, incluyendo el rostro. Terminada esta operación nos alcanzó una tela que en un tiempo fue blanca para que nos secáramos. Había terminado la “ceremonia”. Le dimos algo de dinero, voluntariamente, y nos dirigimos a nuestra casa, cansados y en silencio.

  Pasaron semanas y meses sin tener la presencia del molesto fantasma. Comenzamos a sentirnos nosotros mismos y hasta nuestras vidas mejoraron. A mi padre lo ascendieron de puesto en el trabajo, los estudiantes obtuvimos magníficas evaluaciones en los exámenes y mi madre haciendo maravillas con los postres.

 Llegó el mes de Diciembre y el recuerdo de los primeros días amargos en la ciudad se había convertido  para nosotros, en un remoto episodio de pesadillas y miedo.

 Llegó el día tan esperado por los pobladores del lugar, la Noche Buena, el día de las Parrandas de Remedios como se conocen desde las primeras décadas del  Siglo XIX cuando intervenían en las Fiestas, nueve barrios. Alrededor de 1850, los festejos se convirtieron en una emulación entre dos barrios rivales: El Carmen y San Salvador. Cada barrio competía con el otro en Trabajos de Plaza (una variante de las Fallas de Valencia), carrozas y fuegos artificiales. Casi todo el año, en silencio y en “secreto” se confeccionaban las piezas que formaban parte de esos festejos, se recogía dinero, aportes materiales y grupos de gentes con tambores y trompetas patrullaban las calles del pueblo bailando alegremente. Los elementos para la construcción de las carrozas y los Trabajos de Plaza, donados por los habitantes del pueblo, se trasladaban y se armaban, como un puzle, a ambos lados de la Plaza principal y junto al límite del “dominio” de cada barrio.

 Desde horas tempranas el parque y sus alrededores era un hormiguero de personas de todas las edades esperando ver la sorpresa que este año les trae el Gallo o el Gavilán, símbolos de San Salvador o Carmen, respectivamente. Nosotros nos situamos al lado del Trabajo de Plaza del Carmen, nuestro barrio, con el distintivo en las manos: banderitas con la figura del ave rapaz.

 A las nueve de la noche, retiraron todo lo que ocultaba al monumento de yeso, madera y cartón, al tiempo que cientos de luces multicolores comenzaron a encenderse y apagarse por el método del gran tambor con láminas de cobres como contacto  que servían de interruptores, algo parecido a las cajas de música.                                                    

  El Trabajo de Plaza medía alrededor de diez metros de alto y el conjunto de colores con la combinación de luces nos hizo a todos brotar una unísona exclamación de satisfacción pero pronto me percaté que aquella magnífica obra representaba a la Gritona del Seburocal, con la cabeza sostenida, entre sus dos manos, a la altura del abdomen. Un escalofrío recorrió mi cuerpo al tiempo que nos miramos, mi familia y yo. Me quedé estático, mirando fijo al rostro de nuestro pasado martirio hasta que percibí un ligero guiño de ojo como muestra de complicidad. Sonreí y le dije a mis padres de ir a contemplar los fuegos artificiales y las carrozas, con la satisfacción y la felicidad reflejadas en el rostro de todos nosotros.