lunes, 5 de febrero de 2018

¿ MACHISMO?










                                                     ¿MACHISMO?

Mi tío Facundo vivía solo en una casa lejos de la ciudad. Hacía mucho tiempo no lo veía y decidí hacerle la visita.

 La casa era espantosa, rodeada de árboles y excrementos de animales. Pensé que una casa con esas características venía bien para un señor de la tercera edad con un carácter amargado y una actitud, ante la Sociedad, que dejaba mucho que desear. Su primer divorcio se debió a un machismo sin precedente y el segundo matrimonio se rompió cuando fue descubierto toqueteando a una amiga de su esposa.

 La segunda sorpresa fue que no estaba solo. Un matrimonio joven lo acompañaba y dormían en una habitación de la casa.

 La primera noche no podía dormir. El viento movía las puertas del granero que se quejaban en forma de chirridos. Una lechuza hacía gala de sus sonidos misteriosos y los crujidos de maderas me enervaban los nervios.

 Decidí levantarme y dar un paseo alrededor de la casa bajo una luna llena. Cuando pasé cerca del granero escucho una conversación insólita. Alguien decía: “Coco, mi abuela se lo había dicho a mi madre y mi madre me lo transmitió. Siempre ha sido así. ¡Hemos sido unas desgraciadas!”. Alguien contestó: “Matilde no seas tan pesimista. Todo cambiará algún día” La primera voz, dijo: “Tu sabes que no es fácil ver como no dejan que tu hijo duerma contigo. Y todo con el consentimiento de su padre. Además, como siempre, vendrá facundo. Me acariciará el cuello, las nalgas y luego manoseará mis tetas y todo bajo la mirada de mi marido. ¡No es justo!”

 No soporté más y observé a los que hablaban. ¡No me lo podía creer! Me marché sin que me vieran pero llegué a mi habitación y preparé todo para marcharme temprano.

 Le dije a mi tío que me habían llamado del trabajo y salí de aquella casa directo al psiquiatra. La conversación que había escuchado me dejó desequilibrado mentalmente y el psiquiatra me puso un plan que sigo hoy en día.

 Estoy seguro que cualquiera que hubiera pasado por lo que pasé, le hubiera afectado igual porque, amigos,¡ No es fácil escuchar a un perro y una vaca hablando!

Autor: Pedro Celestino Fernández Arregui

sábado, 3 de febrero de 2018

ASESINATO










                                                  ASESINATO

En una bolsa llevaba el medio para asesinar a aquellos que le hacían la vida imposible. Sabía que iba cometer un asesinato pero no aguantaba más. Ese día iba a terminar con su calvario.
  Todo comenzó cuando conoció aquella chica en la playa y el quedó enamorado de ella al instante. Fue un flechazo de los que van directo al corazón. Lo invitó a su casa. El barrio donde vivía tenía mala fama por la cantidad de delincuentes que allí vivían. Pero pensó que no todos son iguales. Los hay buenos y malos como en todas partes.
  La casa no era nada agradable. Sucia y desordenada. Su madre y hermanos parecen que estaban disgustados con el jabón. ¿Cómo podía vivir allí una joven que estaba perfumada y limpia como un crisol?
  A los pocos días comenzaron los problemas. Los hermanos lo miraban de reojo y con mal carácter pero nunca le dirigían la palabra, sin embargo, había otros que hicieron acto de presencia y lo molestaban intencionadamente. Se lo dijo a su chica pero ella le respondió que no hiciera caso que esa situación las vivían muchos en el barrio.
Ahora era el momento.  Sabía que tenía que terminar con ellos de alguna manera porque no tenía paciencia para soportar esas agresiones.
  Llegó a la casa, se duchó, cenó y se situó junto a la ventana. Desde allí podía ver a todo los que pasaban rumbo al barrio de su amada. Esbozó una sonrisa y procedió.

 Al día siguiente, nadie le molestaba, había llevado a efecto el asesinato. No sentiría más la picazón en la cabeza. ¡HABÍA ACABADO CON LOS PIOJOS!


Autor: Pedro Celestino Fernandez Arregui

sábado, 20 de enero de 2018

La Silla







                                                                     La Silla

                                                   Cuento infantil para Navidad

 

Necesitaba una silla de  ruedas, de esas que usan la gente con problemas para caminar, y aprovechando la Navidad, pensé pedirla. En principio no sabía si a Papá Noel o a los Reyes Magos, aunque no sé por qué, vienen casi al mismo tiempo. Debía venir uno (Papá Noel que siempre está con gorro y traje de invierno), en Navidad y los otros que están acostumbrados al calor, en verano.

El caso es que se lo pedí a Papá Noel. Me levanté temprano y corrí hacia el arbolito. Estaba lleno de paquetes envueltos en papeles de regalos. Busqué el mío y nada. Un paquete pequeño con mi nombre si había, pero no cabía una silla. ¡Claro era una Tablet! ¡Qué desilusión! Corrí hacia mi cuarto llorando y comencé a decirle barbaridades al gordito vestido de rojo que tengo en mi habitación. Él, impasible, soportaba heroicamente mi tempestad de improperios.

Me acosté con mis últimos sollozos pero al algo me despertó. Me incorporé y frente a mí ¡PAPA NOEL!  No sabía si seguir llorando o alegrarme. Se acercó y me dijo, con esas palabras dulces que salen del alma de los abuelos:

“Hijo, comprendo tu cólera, pero quiere decirte algo. Te traía tu silla cuando pasé por una aldea remota de África. Había muchos niños jugando con palos, piedras y muchas cosas que la naturaleza les brinda. Pero uno de los niños no reía ni jugaba. Le faltaba un brazo y sus padres habían muerto. No llevaba juguete para ellos porque ellos no saben ni que existo. Regresé y le dejé tu silla de rueda. ¡No sabes lo contento que se puso! ¿Sigues enfadado?” Le contesté casi en un susurro: La silla no era para mí. Era para mi vecinita que no tiene juguetes y no puede caminar.

 Papá Noel me abrazó fuerte y no dijo palabra. Se esfumó y me acosté de nuevo.

  Me desperté temprano y miré por la ventana como los niños del barrio jugaban con los regalos recibidos y quedé paralizado de emoción cuando ví a mi vecinita con una silla de ruedas.

 Le conté a mis padres mi encuentro con Papá Noel y me aseguraron que había sido un sueño y que la silla fue donada por una Asociación de ayuda a los discapacitado, pero yo sigo creyendo que hablé con él.

 

 

 

jueves, 11 de enero de 2018

Arturo y la Guásima











                                                Arturo y la Guásima

 Cada vez que paso junto a la mata de guásima me recuerdo de Arturito porque ese era su árbol favorito. Si querías hablar con él o invitarlo a jugar, tenías que ir a la guásima. Me decía que, sentado en una rama, hacia los deberes de la escuela, escribía carticas a una niña de la zona o se ponía a contemplar como los zorzales daban de comer a sus pichones. También lo observé varias veces como dos o tres vacas se ponían a la sombra de la guásima y le pasaba cariñosamente la mano y no sé pero me parecía que los animales le sonreían como un bebé a su madre cuando.
   Siempre andaba con un peine en el bolsillo y cada cierto tiempo se lo pasaba por el cabello hasta tal punto que algunos niños en lugar de decirle Arturo Despaigne, le decían Arturo el del peine. No era sociable sin embargo sufría cuando el maestro castigaba a un compañero y si alguien se daba un golpe, era el primero en acudir ayudarlo.

Decían que era raro pero no lo creo. Pienso que era distinto por ser tan inteligente y obtener buenas calificaciones en los exámenes, por amar a los animales, a la Naturaleza, por ser tan cariñoso con todos pero sobre todo con sus padres y sus abuelos. Hablaba de sus abuelos como si fueran Dioses. Decía que su abuelo le había dicho que las guásimas tienen muchas propiedades como que era buenísima para la diabetes, las hemorroides, la fiebre y muchas cosas. Desconocía esas propiedades pero sí ví a mi madre coger cortezas y hervirlas para hacer champú.

 Se sentaba en las piernas de su abuela y le hacía cuentos al tiempo que le acariciaba el rostro.

 Hace unos meses se fueron a vivir a otro país. Debe estar muy triste porque dice mi padre que donde vive ahora no hay guásima. Trataré de enviarle una foto de su guásima preferida.

jueves, 28 de diciembre de 2017

Verónica y Daniel


                                        
 
 
 
 
 
                                                    Verónica y Daniel

 

Verónica conoció a Daniel en el Burger King. Él la observaba atentamente, no perdía detalles de lo que  hacía hasta que se incorporó y se dirigió hacia ella. La invitó a dar un paseo y la joven aceptó con una sonrisa. Pasearon  por todo el litoral de la playa conversando sobre ellos y el amor y terminar con un beso apasionado.
  Daniel era complaciente, cariñoso y alegre, cualidades suficiente para que Verónica decidiera que ese iba a ser el hombre de su vida.
  Siempre estaba con ella. Incluso cuando estaba en el trabajo la llamaba constantemente por lo cual más de una vez sus superiores le llamaron la atención.
  Un día decidieron fijar fecha para la boda. Estaban convencidos del amor que los embargaba. Ese mismo día salieron para celebrar el anuncio de sus nupcias y entraron en un bar del barrio. Los asistentes admiraban a la pareja de jóvenes que se besaban y  abrazaban constantemente. El dueño del bar puso en la tele un canal musical y ellos se pusieron a bailar. Ella no se había percatado que el iba muy a menudo al baño. La última vez, al regresar, observó a Verónica conversando muy animadamente con un joven y al llegar a la mesa donde estaba sentada su chica, la haló por el brazo y la sacó del local. Ella, asustada, le preguntó el porqué de su actitud pero Daniel se limitó a darle una cachetada y gritarle palabrotas. Enfadada y llorando corrió a refugiarse al bar.
  Un matrimonio mayor se ofreció para acompañarla a su casa pero ella desistió. Imaginaba que Daniel había sufrido un ataque de celos pero que se le pasaría.
  Esperaba impaciente la llamada de él y por último fue ella la que decidió llamarlo. Él le dijo que lo perdonara y ella escuchó como el lloraba.
  Al atardecer fue a buscarla a su casa. Ella salió corriendo a abrazarla y en lugar de sentir sus brazos rodeando su cintura, sintió un objeto punzante penetrando su abdomen. Su mirada de terror se le congeló mientras se iba deslizando hacia el suelo.
  Daniel fue detenido y enviado a prisión mientras la tumba de Verónica se llena de rosas todos los días.

    Esta muerte pudo haber sido una de las mas de cincuenta mujeres asesinadas en España en 1917 a manos de sus parejas.

 

 

lunes, 4 de diciembre de 2017

Angustia de una Madre




                 


                                                      ANGUSTIA DE UNA MADRE

   
                                                

    Marta se encontraba preparando la comida cuando Alberto, su hijo de ocho años,  le pidió permiso para ir al cine. No le gustaba dejar salir a su hijo pero tampoco le podía dejar encerrado en la casa. Ella había visto tantos casos de niños desaparecidos y violados por los periódicos y la televisión que la idea de que saliera solo, la aterraba. De todas maneras, el cine estaba a doscientos metros de su casa y su hijo iba a la primera tanda, a las seis de la tarde.

 Mientras se cocía los garbanzos, se sentó en una butaca y encendió el televisor. Estaban transmitiendo el noticiero. La  casualidad quiso que estuvieran entrevistando al Jefe de la Policía Local. El oficial brindaba a los televidentes una información aterradora. Se trataba del asesinato de una niña. La pequeña había salido a buscar agua y no volvió a su casa. A los tres días, apareció su cadáver cerca del río.

 Miro por la ventana hacia la calle tratando de divisar la figura de su hijo sin resultado alguno. El reloj marcaba las ocho y treinta. La película había terminado por lo menos hacia media hora y el niño no llegaba. Llamó por teléfono a varios amigos del niño y a sus tíos. Ninguno de ellos había visto a Alberto. La mente se le había llenado de dudas y temores, formando una mezcla que proporcionaba miedo, angustia, le faltaba el aire, sus ojos se llenaban de lágrimas y el corazón quería salirse de su pecho. El reloj de la pared, ajeno a la angustia de la mujer, seguía monótonamente moviendo el secundario alrededor de su eje. ¡Once y media! ¡No podía más! Llamaría a la Policía para notificarle la desaparición de su hijo. Sí, sabía que de momento no iniciarían la búsqueda. Siempre piensan que el niño se fue con algún amiguito o amiguita. Pero no importaba. Haría la denuncia y ella misma comenzaría la búsqueda. Los temblores en el cuerpo y sobre todo en las manos, no le permitía coger el teléfono. Después de angustiosos segundos, tan largos como el miedo  que sentía, logró tomar en sus manos el teléfono. Una voz detrás de ella, la dejó inmóvil.

─Mamá, tengo hambre.

─¿Por qué llegas tan tarde?

─Mamá no he salido. Al final la película no era tan buena y me acosté. ¿Por qué estás tan nerviosa?

 Marta se desmayó ante el asombro de su hijo.

 

 

 

domingo, 5 de noviembre de 2017

La Tortuga y la Rana


                               
 
                           
                                             La Tortuga y la Rana

Junto a un arroyo se ponía la tortuga a coger el sol y en la orilla opuesta estaba una rana de esas grandes que le dicen ranatoro.  Ésta  le decía en tono burlón a la tortuga “Yo emito un sonido fuerte y tu nooo, Jooom, ojom, ojom. La tortuga sonreía mientras la rana volvía  a la carga “yo puedo dar grandes saltos y tu noooo” La tortuga sonreía al ver los saltos de la rana. “Yo tengo cintura y tu nooo” y se paraba en sus dos patas y se contoneaba moviendo su cintura. Estaba haciendo sus demostraciones y no se había percatado en la serpiente, un majá grande de Santamaría, que tenía a pocos pasos y de pronto se abalanzó sobre ella. La rana con la cabeza fuera de la boca de la serpiente miró por última vez a la tortuga que le decía “A ti te comen y a mí noooo”

Moraleja: No presumas de lo que tienes con los que no tienen porque todos tenemos algo que otros no tienen.